Capítulo 63
Mainhardt apretó los dientes y guardó silencio.
SSSHAA…
Al mismo tiempo que se oía el leve sonido de un roce, ella finalmente se volvió y lo miró de frente.
{—¿Cuándo fue la primera vez que tú y yo nos conocimos? Al pensarlo… sin duda el tiempo ha pasado muy rápido.}
Aquellos ojos dorados que, en sus momentos de ira, irradiaban tal intensidad que nadie se atrevía a sostenerles la mirada, ahora estaban serenos, sumidos en pensamientos profundos.
{—Un destino que ni siquiera pude compartir con mi padre… Pero contigo sí pude contarlo todo.}
Mainhardt reprimió la agitación que lo invadía y sostuvo la mirada de Mariette.
{—Mainhardt Ciel Astrape. Solo queda una orden que debes recordar.}
Como siempre, sin mostrar emociones claras, con esa belleza pálida y sin expresión que cubría su rostro…
{—Proteger al niño que dejaré atrás.}
Mariette le dio su última orden, y con delicadeza, posó su mano sobre el vientre, aún sin señales de vida.
{—Al niño…}
Pero ante esa orden, Mainhardt ya no pudo mantener la indiferencia.
{—¿Usted de verdad… ama a ese niño?}
La pregunta brotó en voz baja, con un leve temblor que traicionaba su contención.
«Era el hijo de un hombre que, consumido por la inferioridad y por miedos sin forma, había cometido una elección torpe que arruinó todo. ¿Podía ella amar a una vida nacida de eso?, ¿o acaso fue concebido para cumplir un “destino” que debía completarse? ¿Y por eso, no era más que algo que debía protegerse?»
{—Amor.}
La mujer, que había pronunciado esa palabra con voz clara y tranquila, respondió sin titubeos:
{—Sí, lo amo. Así como mis padres me valoraron con ternura, yo también aprecio profundamente a este niño. Incluso si él no hubiera nacido con ningún destino… yo, igualmente…}
Sobre aquel rostro tan pálido, se dibujó por fin una leve calidez, una ternura apenas perceptible, mientras ella susurraba:
{—Lo habría amado.}
{—…Así que tú eres Mainhardt… Que adorable. Menos mal que no se parece a su abuelo.}
«¿Por qué? Ni el rostro, ni la situación, ni siquiera la voz se parecían en nada… Y sin embargo, ¿por qué esos recuerdos que tanto había intentado enterrar volvían ahora, superponiéndose con lo que tenía frente a los ojos? ¿Por qué justo ahora, cuando menos quería recordarlos?»
Mainhardt bajó la cabeza, conteniendo a duras penas la oleada de emociones que amenazaba con desbordarse.
{—Nos hemos desviado del tema. A partir de este momento, desaparece sin dejar rastro. Y cuando hayan pasado siete años, dile a Robertick que existe un hijo mío.}
{—¿Está segura de querer hacerlo?}
«¿Qué sentiría ella al encomendarle a ese hombre, el mismo que no solo la traicionó, sino que la arrojó sin piedad al abismo, el hijo que había traído al mundo tras un dolor que le arrancó el alma?»
{—Mientras el niño esté a salvo, no me importa dejarlo en manos de Robertick. No… de hecho, él mismo desea que así sea.}
Era una pregunta que ella había intentado reprimir, pero que no podía dejar de pesarle en el corazón. Sin embargo, la firmeza de Mariette no era algo que pudiera quebrarse con emociones frágiles.
{—Porque es el destino.}
«Destino.»
A diferencia del cielo nocturno, donde brillaban las estrellas, en sus ojos no había ni una sola chispa de luz. Solo oscuridad vacía. Y sin embargo, en esa figura pálida se reflejaba una fuerza que no se quebraría ante ninguna adversidad.
«¿Por qué ese cabello lavanda, que danzaba con la brisa nocturna, se sentía tan distante, tan frío?»
Mainhardt lo sabía: una vez que este momento pasara, ya no podría volver a verla.
Observó su figura sin apartar la mirada, como si quisiera grabarla para siempre.
{—Cumpliré la orden.}
Respondió con los labios fríos, apenas temblorosos, apretados en una línea firme.
Ese fue el final.
Mainhardt se alejó de ella, y ni siquiera pudo estar a su lado en el momento de su muerte.
Observar la muerte de Mariette desde la distancia fue el único duelo que se le permitió.
{—Pequeña… Nuestra querida nieta… Eres mí nieta y de Atara, niña de Mariette. Nada más importa. Y aunque existiera algo más… no sería nada que tuviera que ver contigo.}
Después de celebrar el funeral de su hija, toda la antigua grandeza se había desvanecido.
El antiguo héroe, envejecido como un anciano lleno de canas, acariciaba con ternura al bebé que dormía profundamente, ajeno al mundo, mientras las lágrimas le corrían por el rostro.
{—Tu nombre, desde ahora, será Edith. Edith Ronen… Basteban.}
Curiosamente, y quizá de forma incomprensible incluso para él mismo, aquel viejo héroe le dio a su recién nacida nieta un nombre parecido al de un amigo que había muerto hacía mucho tiempo.
Por eso, Mainhardt no pudo evitar mirar al bebé envuelto en pañales blancos con una emoción que no lograba descifrar.
Hija de Robertick Arne Haylian, a quien odiaba sin medida, y de Mariette Aydin Basteban, a quien veneraba con devoción. Una vida que, además, había recibido un nombre tan parecido al de él.
«¿Qué se supone que debía sentir por esa niña?»
{—Incluso si todo este destino fue dispuesto para ella…}
Sacrificio y amor… Ya eran palabras que le repugnaban.
Mainhardt apretó los dientes y apartó la mirada del bebé con esfuerzo.
En ese momento, el dolor era demasiado. No pudo aceptar a esa niña en su corazón. Simplemente, no.
***
Mainhardt nunca se alejó. Siempre observó en silencio cómo crecía la hija de Mariette. Aún no había llegado el momento en que el destino comenzaría a moverse, pero ella ya era alguien a quien debía proteger de cualquier peligro incierto. Y al mismo tiempo, debía velar por el bienestar del Duque Basteban, su benefactor.
{—¡Jalabuji! ¡Abuelito!}
{—Sí, sí, ¡abuelo soy! ¡Nuestra Edith ya puede decir “abuelo”!}
Siorn abrazó a su nieta, que acababa de aprender a hablar, y le dio un beso en la mejilla.
La pequeña, con sus grandes ojos rojos e inocentes brillando de alegría, soltó una risita mientras miraba a su abuelo.
«Mariette… nunca había sonreído con tanta pureza.»
Aunque, claro, él nunca la había visto a una edad tan temprana como esa… así que no podía saberlo con certeza.
{—¡Tío Basteban!}
«Ese pasado lejano, que ahora solo le provocaba repulsión… ¿No era así como sonreía Robertick Arne Haylian? Con esa expresión pura, radiante, como si fuera un ángel caído del cielo, ignorando por completo toda la inmundicia que existe en el mundo…»
{—No… ¿qué estoy pensando frente a una niña que no sabe nada?}
Mainhardt se pasó la mano por los ojos, cortando de raíz aquel pensamiento insensato.
Sus sentimientos personales no importaban.
Lo único que debía recordar era que esa niña era el único hijo que Mariette había dejado atrás, y que era la portadora del destino que el Rey Espíritu de la Sabiduría había esperado durante tanto tiempo.
Mainhardt saltó ágilmente desde la copa del árbol cubierto de follaje, y se dio la vuelta con el corazón vacío.
* * *
Edith Ronen Basteban fue creciendo poco a poco.
Pero cuando la niña cumplió alrededor de cinco años, Siorn ya no pudo quedarse siempre a su lado: la vida se volvió demasiado difícil, y tuvo que salir a trabajar. Por eso, durante el día, la casa quedaba vacía.
Ante cualquier posible imprevisto, Mainhardt comenzó a vigilarla con aún más atención, sin apartar los ojos de la casa donde la niña quedaba sola.
{—Una semilla de diente de león…}
Sin embargo, Edith no era como otros niños de su edad, que no soportan el aburrimiento y trataban de cruzar la cerca para explorar el mundo exterior. Ni siquiera abría la puerta cuando llamaban vecinos conocidos, si estaba sola en casa.
Solo salía al patio cuando el aburrimiento se volvía insoportable, y pasaba el tiempo observando las flores, esperando con paciencia a su abuelo.
En sus grandes ojos rojos, brillantes y cristalinos, había algo que nunca se apagaba: una lucidez que recordaba a la mirada de Mariette.
{—Al menos no parece haber heredado la estupidez de su padre.}
Murmuró Mainhardt en voz baja, apoyando el mentón en la mano.
La niña, que reía alegremente mientras observaba cómo las blancas semillas de diente de león se dispersaban flotando en el aire con cada pequeño soplo, bajó la cabeza y murmuró:
{—Tengo que encontrar otra… ¿eh?}
¡GUAU!
La niña, con los ojos brillando de emoción, inspeccionaba cada rincón del jardín cuando, de pronto, un pequeño cachorro apareció entre leves ruidos.
{—¿Has vuelto otra vez…? Seguro que vienes por comida.}
¡GUAU, GUAU!
El perrito marrón movía la cola con entusiasmo, lamiendo sin parar la mano de la niña.
{—Ay, ¡haces cosquillas! Está bien, hay carne que sobró del almuerzo, pero está un poco salada para ti… así que solo un poquito.}
La niña soltó una risa rendida, acariciando con alegría el suave pelaje del cachorro.
Su risa estallaba como brotes de flores en primavera, clara y dispersa, mientras el animalito, como si quisiera agradecerle por la comida, se quedaba cerca, juguetón y afectuoso.
Ante aquella escena de paz que parecía sacada de un sueño, Mainhardt olvidó por un momento los pensamientos sombríos que llenaban su mente. Y simplemente… contempló en silencio esa calma.
{—¡Aquí! ¡Ven por aquí!}
¡GUAU!
El cachorro, que había devorado con entusiasmo el pequeño trozo de carne, corrió vivazmente detrás de la niña que se movía de un lado a otro. Ella reía con esa risa clara y luminosa que le era tan propia.
Mainhardt no recordaba ni un solo momento en que Mariette hubiera sonreído así, con tanta libertad.
Siempre había sido una niña tranquila y precoz, con un semblante que la hacía parecer pálida, como si algo la oprimiera desde dentro…
{—¿Todo eso… fue una cadena para ella?}
Tal vez la misión que le fue impuesta por la sabiduría misma se convirtió en un peso demasiado grande. Quizá, incluso desde muy pequeña, Mariette no pudo permitirse una risa pura, sin ataduras.
Por primera vez, Mainhardt se preguntó si Mariette no había nacido fuerte, sino que fue obligada a serlo.
{—¿Eh? ¡Abuelito!}
{—¿Te divertías, Edith?}
La niña corría con pequeños pasos por el césped de finales de primavera, donde la vida comenzaba a brotar, y se lanzaba a los brazos de su abuelo. Su cabello, ondeando tras ella, se parecía tanto al de Mariette…
«Tal vez, cuando algún día descubra la verdad de su destino y cargue con su peso… ¿será incapaz de sonreír con sinceridad, como le ocurrió a Mariette?»
Al pensar eso, el corazón de Mainhardt se estremeció con un dolor que nunca antes había sentido.
Por más que intentara recordarse a sí mismo que debía mantenerse firme, no podía borrar el odio que yacía en el fondo de sus sentimientos hacia Robertick Arne Haylian.
Pero en el momento en que comprendió que el destino que esa niña debía cargar era tan cruel y trágico como el de su madre…
Ya no pudo seguir odiando a la hija nacida de la muerte de Mariette.

TRADUCCIÓN: MIKUMKZU
CORRECCIÓN: MIKUMKZU
REVISIÓN: MIKUMKZU
RAW HUNTER: ACOSB