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Capítulo 48

No funciona bien.

En una noche oscura, solo la respiración de un niño profundamente dormido resonaba en la residencia del palacio. 

El hombre, que llevaba un buen rato mirando por la ventana oscura, se giró lentamente.

—¿Adónde vas? —preguntó.   

—¿Desde cuándo me observas?

Siorn miró con desaprobación al hombre que intentaba ocultarse sin cesar. Sin embargo el hombre no respondió, sólo inclinó la cabeza, oculta bajo la capucha blanca.

—¿Por qué haces eso? ¿Por qué sigues intentando irte? —Siorn, con el corazón ardiendo, pronunció su nombre en voz baja—. Mainhardt.

Mainhardt abrió lentamente los labios al oír su nombre pronunciado por la  boca de Siorn.

—…Solo puedo disculparme con Su Excelencia. —como siempre lo único que salió de ellos fue una disculpa.

Siorn miró a Mainhardt con la mente llena de dudas y recordó lo sucedido antes de ir a salvar a Edith.

{—…Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi, duque Basteban.}

Un niño, cuya sombra no había visto en  la última década, apareció ante sus ojos de una forma que le hizo dudar si era un sueño o la realidad.

Siorn, que lo había estado observando desde lejos en silencio durante un buen rato, finalmente habló tenía una mirada feroz: {—¿Dónde demonios has estado? ¿Por qué te fuiste sin decir nada?… ¿Y cómo es que ni siquiera acompañaste a Mariette en su lecho de muerte?}—ninguna de sus  preguntas obtuvo respuesta. 

Así, Siorn finalmente formuló la pregunta, tragándose la rabia, la traición, la duda y los sentimientos que aún lo atormentaban. 

{—¿Por qué le informaste a Robertick Arne Haylian de la existencia de Edith?}

En ese momento, Siorn no vio a Mainhardt apretar el puño hasta que sus manos se pusieron blancas.

En cambio, una voz suave respondió: {—Si digo que había una razón para hacerlo… No te conformarás si solo respondo eso.}

En ese instante, Siorn, incapaz de contener su ira, intentó encararlo, pero enseguida se calló al ver la mirada de Mainhardt. 

Sus ojos firmes demostraban que no era algo que había hecho por traición ni por motivos personales para confabularse con el enemigo. Hubo un momento de silencio.

{—Eso no importa ahora, porque la señorita Edith ha sido secuestrada por el rey de Nisha.}

{—¿Qué? ¿Secuestro?} —Siorn, horrorizado por la terrible noticia, exclamó con urgencia.

{—¿De qué estás hablando? ¿Es eso cierto? No, más aún, ¿cómo sabes que Edith ha sido secuestrada?}

Se hicieron numerosas preguntas, pero solo hubo una respuesta.

{—¿Crees que te mentiría?}

Siorn conocía la respuesta a la perfección. Mainhardt hubiera preferido callarse y morderse la lengua antes que cubrir sus faltas con mentiras.

{—¡Bien, te creeré! ¡En cambio, después de que todo esto se resuelva, te preguntaré detalladamente qué has estado haciendo!}

En el camino, Siorn pidió ayuda rápidamente a sus camaradas y partió para rescatar a Edith. Y tan pronto como todo se aclaró, Mainhardt estaba tratando de  partir de nuevo.

Siorn, mirando al niño que había criado directamente pero cuyo interior aún era difícil de adivinar, con una mirada complicada, dijo: —¿Es por la muerte de Mariette? ¿Su muerte…Te impactó tanto?

En ese instante, los ojos, ocultos bajo la profunda sombra, perdieron su brillo y quedaron vacíos.

—Este…

Los recuerdos del pasado brotan sin control, nublando la realidad de Mainhardt.

{—¿Por qué estás solo aquí?}

Una infancia cuando perdió todo.

En algún lugar desconocido, vagando sin cesar, sentado en un rincón de la calle, esperando la muerte. Una niña menuda apareció y le habló.

{—¿Por qué no contestas? pareces estar vivo.} —siguió haciendo preguntas sin cansarse, con un rostro inexpresivo que no reflejaba ninguna emoción, y ni siquiera con el corazón endurecido podía ignorarlo.

{—No importa.}

Todo estaba terriblemente aletargado. La voluntad de vivir y el deseo básico que estimula el cuerpo son pecaminosos.

Pensando así, Mainhardt, como un niño, cerró los ojos. Esperando el silencio eterno que pronto llegaría.

{—Ni siquiera pareces tener una voluntad básica de vivir. Pero solo se vive una vez. Estoy segura de que te arrepentirás cuando hayas alcanzado el final deseado.}

Era irritante oír una voz débil recitando esas palabras tan molestas. Mainhardt abrió los ojos de nuevo y miró a la chica que lo observaba desde arriba, mostrando por primera vez en mucho tiempo una expresión en su rostro.

{—Si no hay adónde ir.}

Unos ojos negros que no dejaban escapar la luz y unos ojos dorados que brillaban intensamente, como si abrazaran toda la luz del mundo, se miraron fijamente.

{—¿No quieres venir conmigo?} —la chica le tendió la mano.

{—…}

Mainhardt miró sin comprender  su pequeña mano blanca y brillante que extendía hacia él.

—Si ibas a seguir vagando así, ¿por qué no te quedaste en su lecho de muerte?

En ese momento, Mainhardt, despertado por las palabras que lo devolvieron a la realidad, intentó ahogar la amargura de sus recuerdos.

—Lo siento.

Siempre ofrecía la misma disculpa.

Siorn suspiró profundamente. 

—Ya está hecho, ¿cómo voy a doblegar tu terquedad? Ve adonde quieras ir.

Mainhardt inclinó la cabeza y respondió agradecido a Siorn, quien hablaba como si se hubiera dado por vencido.

—No he olvidado la gracia que me has concedido, Su Excelencia. Tendré que pagarla con cada momento de mi vida.

—Ya basta de esas palabras —dijo Siorn frunciendo el ceño—. ¿Cuánto tiempo más vas a vivir solo dando las gracias? Ahora también tienes que vivir tu vida.

Era el último de los niños a los que una vez cuido. Esperaba que dejara de vagar y se estableciera en un solo lugar para vivir felizmente.

Eran palabras dichas con sincera preocupación, pero Mainhardt no cambió de expresión. Una vez más, miró hacia la ventana de la habitación donde Edith dormía y dijo: —Me voy.

En un abrir y cerrar de ojos, ondeando el borde de la túnica blanca, Mainhardt escaló la muralla que rodeaba el palacio y saltó más allá.

—…¿De quien habra heredado esa terquedad? —Siorn, que se había quedado solo tras la marcha del hombre, suspiró con desánimo y murmuró en voz baja.

***

Ya ha pasado una semana desde que regresamos a la capital.

El primer adversario al que Esimed y yo tuvimos que enfrentarnos fue Robertick, que irrumpió en la Gran Residencia en cuanto se enteró de la noticia.

—¡EDITH!

Robertick con un rostro demacrado como si no hubiera dormido en días, no podía ver a los abuelos que estaban a mi lado, así que me abrazó con todas sus fuerzas y murmuró como si no pudiera creer esta situación

—¿De verdad, has vuelto sana y salva? ¿Estás herida?… ¿Quién demonios te ha secuestrado?

—…Hablaré del secuestro más tarde. Mi abuelo me salvó a mí y a Su Alteza el Segundo Príncipe.

—¿Qué? —solo entonces, se dio cuenta del entorno; Robertick alzó la vista con expresión pálida y se encontró con la mirada de mi abuelo, que lo observaba con un aura furiosa—. ¿Cómo diablos lo supiste…?

—Todo es por tu incompetencia. —el abuelo, que soltó una carcajada, giró la cabeza y miró al anciano que estaba detrás de él—. Iba de camino a reunirme con mis viejos camaradas, así que irrumpí sin dificultad y rescaté a Edith y al Segundo Príncipe. Esto es algo que debes reconocer.

—¿Cómo puedo obtener esa información…? ¡Imposible! ¿Es él? —Robertick, que rechinaba los dientes al pensar en alguien, finalmente se puso de pie frente a mí y preguntó con tono hostil—: ¿Quién estuvo detrás de esto? ¡¿Quién en su sano juicio secuestró a la única sucesora de Haylian?!

En el momento en que Robertick, incapaz de reprimir su resentimiento, gritó, oí el sonido de una respiración entrecortada a mis espaldas.

Al voltear, Shastia, que aún estaba en la habitación, se cubría la boca con manos temblorosas.

—¿La única sucesora, entonces nuestra Alea…? —murmuró con voz débil, pero, por desgracia, a Robertick y a los demás presentes no les importó su asombro.

—…A estas alturas, el Emperador ya debe haber recibido una carta —dijo el abuelo con voz pausada.

—¿Emperador? ¿Por qué Oswald…? —Robertick incluso olvidó su ira y murmuró con incredulidad.

Esta era la razón por la que mi abuelo y nosotros no regresamos con los Grandes Sacerdotes Elementalistas durante quince días, a pesar de que el caso del secuestro se había resuelto.

Fue antes de que Liat regresará a Nisha.

{—Te he causado mucho daño con esto, así que me aseguraré de vengarme.}

El abuelo, el Gran Sacerdote Elementalista de la Luz, curó a sus hombres, que habían caído brutalmente golpeados por los ancianos y justo antes de que los reuniera y se pusieran en camino; Liat se detuvo y dijo de inmediato:

{—Le enviaré una carta al Emperador; lleva a tu padre biológico ante él y el Emperador lo confesará por sí mismo.}

Liat dejó  solo esas palabras y se marchó.

—Lleva a Edith al palacio ahora mismo. Oh, será mejor que también lleves a Su Majestad el Segundo Príncipe.

El abuelo se calló y nos guiñó un ojo a Esimed y a mí. Sí, por fin llegó el momento de contraatacar, Esimed y yo sonreímos levemente, intercambiando miradas.

***

—Esto…… es una locura… —las manos de Oswald temblaban mientras leía la carta, con el rostro enrojecido por la furia—. ¡Qué malvado esbirro de Arcane! —Oswald, que había arrojado la carta con brusquedad, jadeó y apenas logró mantenerse en pie.

El remitente de la carta era Liat Ilkay Khalid.

En resumen, el contenido era el siguiente:

[Le devuelvo amablemente a la Gran Duquesa Haylian junto con el Segundo Príncipe, así que me encargaré de organizar personalmente las respuestas que el Emperador debe dar cuando el padre de la Gran Duquesa venga al palacio para preguntar sobre quién estuvo detrás del secuestro.

El Emperador le pidió al Gremio del Crimen de Nisha que asesinara al Segundo Príncipe porque quería deshacerse de él, pero al cumplir la orden, secuestraron “accidentalmente” a la Gran Duquesa de Haylian. Sin embargo, los viejos héroes, que llegaron justo a tiempo para la buena fortuna, rescataron sanos y salvos al Segundo Príncipe y a la Gran Duquesa, evitando así una terrible catástrofe. No tengo palabras para disculparme por este asunto, aunque incline la cabeza cien o mil veces. Le pido disculpas a la gran dama.

Después de eso, le corresponde al Emperador apaciguar al Gran Duque que estará completamente loco. Si no actúas como te dije y finalmente mencionas mi nombre…

Entonces todo el continente sabrá que el Emperador de Roshan intentó asesinar a su propio hijo con la ayuda del gremio criminal de una nación enemiga.]

Y lo que se adjuntó con la carta…

—¿Enviar lingotes de oro como estos para burlarse de mí?

Era una colección de cofres repletos de piedras espirituales, cuyo valor multiplicaba varias veces el anticipo que Oswald había pagado; esto como compensación por romper el contrato y salvar al Segundo Príncipe.

Las palabras escritas eran buenas, dándole una gran compensación, pero en realidad, era una burla y una amenaza que había dado en el clavo en su mayor debilidad: que era que valoraba la reputación más que nadie.

—¡No te dejaré en paz, jamás! —Oswald pateó y rompió las pesadas cajas, desahogando su ira.

—¡Su Majestad!

—¿Qué está pasando?

Un sirviente insensible interrumpió su furia y se apresuró a hablar.

—Su Excelencia el Gran Duque de Haylian… Solicita una audiencia privada con Su Majestad.

Oswald gritó, conteniendo a duras penas su deseo de arrasar con todo. Sentía que la piel se le ponía blanca. Oswald tuvo que hacer un gran esfuerzo para sujetarse el cuello y calmar su respiración entrecortada, como si fuera a desmayarse en cualquier momento.



TRADUCCIÓN: TSUBASA
CORRECCIÓN: TSUBASA
REVISIÓN: ALEN
RAW HUNTER: ACOSB


¿Aquí no ibas?


¿Te has cansado?


¿Uno más?

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