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Capítulo 28

* * *

Una vez plantada, la semilla de la duda creció dentro de mi sin control.

Tras la partida del Príncipe Heredero, reuní todos los registros históricos que narraban el reinado del monarca actual, que se habían conservado en el palacio secundario para la educación de la Princesa Heredera, en busca de cualquier mención al actual Príncipe Heredero.

—Nada…

Como para avivar las llamas de mi sospecha, no había ni una sola línea que indicará que el Príncipe Heredero Valerian Heine Ruairi hubiera invocado a un espíritu.

Esto contrastaba radicalmente con los numerosos registros que detallaban su uso del poder del fuego desde que ocupó el puesto de Heredero.

«¿Quizás, demasiado joven para ejercer su poder? Entonces, al menos, debería haber invocado a un espíritu.»

Además, el hecho de que este chico, claramente humano y de sangre real, pueda lograr lo que el Príncipe Heredero del Imperio Roshan, que ha heredado la bendición de Phoenix durante generaciones, no pueda…

—Ah, me duele la cabeza.

Me presioné la frente con los dedos, tragándome el gemido que se me escapó.

Nunca debí haber aceptado el compromiso con el Príncipe Heredero.

«Si hubiera sabido que me vería envuelta en un problema tan complejo e incomprensible, nunca habría aceptado.»

—Me llamarás de nuevo esta noche, ¿verdad?

Dado lo que había hecho, estaba segura de que me llamaría para presumir de algo totalmente ridículo.

Sin embargo, a medida que avanzaba la noche, el chico no me llamó.

* * *

—Su Majestad Imperial ha elogiado mucho la elegancia y el porte de su hija.

De repente, salí de mi ensoñación, aún con la taza de té en la mano.

La condesa Frederica, mi profesora de etiqueta, me miraba con satisfacción.

—Y yo también coincido con las palabras de Su Majestad. La ceremonia de compromiso es dentro de poco, y estoy segura de que también ese día se comportará de manera admirable.

—Gracias, señora. —solo después de que hubiera pasado un tiempo considerable, la condesa abandonó el palacio secundario—. Por fin se ha ido.

Ya había pasado más de una semana desde que se repitiera el incidente con el hielo. Durante ese tiempo, el chico no me había llamado ni una sola vez.

Era lo que más deseaba, pero, como si fuera el destino, nuestro contacto cesó por completo tras el incidente con el Príncipe Heredero..

Una ansiedad desconocida seguía estrechándome el corazón.

{—Por favor, pregunte si Su Alteza Real el Príncipe Heredero se encuentra bien. Además, qué reacción mostró Su Majestad el Emperador al ver el estado de Su Alteza Real.}

Transmití mis saludos al Príncipe Heredero para averiguar la reacción del Emperador al ver su estado.

La dama de compañía regresó poco después y me transmitió la noticia.

{—Al ver la mano de Su Alteza Real el Príncipe Heredero, el rostro de Su Majestad se endureció inmediatamente. El asistente principal del Príncipe Heredero se apresuró a acudir ante Su Majestad y le explicó toda la situación. Sin pronunciar una sola palabra, Su Majestad lo derritió en silencio y lentamente el hielo que cubría la mano de Su Alteza Real desapareció. Aun así, Su Alteza no podía dejar de llorar. El emperador se limitó a consolarlo, pidiéndole que regresara al palacio de inmediato, antes de abandonar la sala.}

{—¿Abandonó la sala?}

{—Sí. Y se dice que Su Majestad Imperial no regresó al Palacio Imperial hasta varias horas después.}

El semblante del Emperador se había endurecido al ver al Príncipe Heredero en ese estado. No mostró ningún signo de enojo, pero tras resolver el asunto, partió inmediatamente hacia un destino desconocido y regresó varias horas más tarde.

Entonces me vino a la mente la imagen del niño, encarcelado solo en ese antiguo castillo, demasiado desolado y ruinoso para que cualquier persona, y mucho menos un niño, pudiera habitar en él.

«El niño, que claramente había sido encarcelado por el Emperador, se rebeló contra él y supuestamente causó daños continuamente al Príncipe Heredero y al Segundo Príncipe…»

{—Al fin y al cabo, soy de la realeza..}

En el momento en que finalmente recordé lo que había dicho aquel niño, todos los hilos de la causalidad comenzaron a entrelazarse.

Los contornos de una verdad que temía afrontar comenzaron a surgir lentamente.

«El emperador había elevado a su hijo primogénito, que carecía de la bendición del espíritu, a la posición de Príncipe Heredero, mientras que confinaba a otro pariente consanguíneo, un chico con un talento incomparablemente mayor, a un castillo abandonado. Ese chico, consumido por la rabia hacia el Emperador que lo había encarcelado y borrado su existencia del mundo, dirigió sus flechas de odio hacia los hijos del Emperador, el Príncipe Heredero y el Segundo Príncipe, y comenzó a tramar su caída.»

{—Hasta ahora, he usado al Príncipe heredero, a los sirvientes, incluso a idiotas para abrir la puerta. Pero el Emperador, decidido a impedirlo, lanzó un hechizo que prohíbe invocar espíritus. Como si eso no bastara, usó reliquias sin dueño para encerrarme aquí con fuerza. Solo me dan una comida al día. Por eso he estado atrapado aquí casi un mes entero.}

Cada vez que ocurría un incidente de este tipo, el Emperador castigaba al niño.

«Era demasiado doloroso de contemplar, pero si el castigo implicaba confinamiento y hambre…»

—Y lo que es peor…

«¿Seguro que podría haberle hecho eso a aquel niño pequeño?»

Todo lo que tenía ante mis ojos se volvió completamente blanco.

Presa de una sensación enloquecedora, huí como un fugitivo al jardín, donde la puesta de sol se había teñido de carmesí.

SHHH…

En ese instante, como por arte de magia, las plantas crecieron salvajemente ante mí, revelando un camino extraño y misterioso.

—No puede ser verdad, ¿cierto? —murmuré sin entender nada, mirando en silencio el extraño pasadizo.

«¿Por qué ahora, precisamente ahora?»

* * *

—Estoy aquí. —con el corazón latiéndome con tanta fuerza a punto de salirse por mi garganta, entré en el castillo, aún desolado, y me obligué a hablar con calma.

Pero solo me respondió el silencio.

«No, dime que no te pasó nada. Por favor…»

Corrí, casi a toda velocidad hacia la habitación donde había estado encerrado el niño.

La enorme puerta permanecía firmemente cerrada, e inserté el colgante en su ranura.

Se produjo un extraño eco y, sin prestar atención al calor que se precipitó hacia dentro, atravesé rápidamente la puerta y entré en la habitación.

— ¡¿Qué te pasó?! ¿Estás bien? 

El chico al que apenas había logrado encontrar yacía flácido en el suelo.

Tenía el mismo aspecto de siempre, pero su tez parecía algo alterada. Se me encogió el corazón y me apresuré a sentarme en el suelo para hablar con él.

El chico, que se había estado protegiendo los ojos con el brazo, lo bajó lentamente y me miró.

Sus penetrantes ojos azules me miraron fijamente, sin expresión, a mi rostro sorprendido.

—Estoy bien. —me respondió con voz tranquila.

A simple vista, no parecía tener ninguna lesión visible….

«Menos mal…»

Por muy incómodo y desagradable que fuera el tema, estaba claro que se trataba de un niño…

Y la idea de que pudiera estar sufriendo maltratos me había llenado de tal temor y preocupación que sentí que me iba a volver loca.

—¿Por qué no me llamaste en todo este tiempo? —relajé mi cuerpo, que estaba tenso por los nervios, y me senté un poco más cómodamente antes de preguntar.

—Pensé que estarías más contenta si no llamaba.

—Eso…

«¡Ojalá las cosas no hubieran sido así!»

Me mordí el labio y volví a mirar al niño.

—Fuiste tú quien congeló la mano del Príncipe Heredero, ¿verdad?

—Sí.

—Qué descaro…—lo miré con repugnancia y le pregunté en voz baja—. ¿Por qué haces esto?

—¿Qué? —Una voz fría como el hielo respondió.

Apreté con fuerza el dobladillo de mi bata y hablé:

—¿Por qué amenazar al Príncipe Heredero y al Segundo Príncipe? ¿Es porque Su Majestad el Emperador te ha encarcelado?

No quería saberlo. 

No quería verme envuelta en ello.

 Pero… habiendo llegado hasta aquí, habiendo empezado a trazar un esquema que podría estar cerca de la verdad, no podía darme la vuelta y fingir que no veía nada.

A diferencia de antes, la respuesta no llegó de inmediato. El chico se limitó a mirarme fijamente con sus tranquilos ojos azules.

No aparté la mirada, sino que lo miré directamente a los ojos, decidido a averiguarlo, aunque me llevara tiempo.

—¡Tú, sal de aquí ahora mismo! —En ese momento, el chico se incorporó bruscamente, con los ojos muy abiertos, y gritó.

—¿Qué? —atónita, repetí la pregunta, sorprendida por la repentina urgencia y la brusca despedida, en marcado contraste con su actitud anterior, casi apática.

El chico apretó la mandíbula, luego me levantó a la fuerza y me empujó fuera de la habitación.

—¡Espera un momento…!

Mi grito fue amortiguado por la mano del chico.

—No puedo dejarte ir todavía. —habló, con la mano sobre mi boca—. Así que… quédate aquí escondida y en silencio. No deben encontrarte bajo ningún concepto.

Me dejó sola detrás de una vieja vitrina que había en el pasillo.

Me quedé allí sentada un momento, desconcertada por la incomprensible situación, antes de que el chico cerrara apresuradamente la puerta de la habitación en la que había estado encerrado.

PUM, PUM…

Los pasos, sin duda los de un hombre adulto, resonaban en el silencio.

Asomándome con cautela, me tapé la boca con la mano.

El dueño de ese sonido repentino era… ¡El Emperador!

El Emperador abrió la puerta, que estaba bien cerrada, con un colgante idéntico al que yo tenía.

KIIIING…

Una extraña resonancia resonó y un sonido colosal llenó el desolado castillo.

¡ZAS!

Y entonces, un látigo apareció en las manos del Emperador, con llamas ardientes parpadeando, entró silenciosamente en la habitación.

Inmediatamente después, se oyó un rugido ensordecedor, como si el suelo se estuviera rompiendo.

Dudando de mis propios oídos, miré fijamente la puerta abierta de par en par.

«No se ve nada desde aquí.»

Levanté mi cuerpo tembloroso y me acerqué a la habitación, paso a paso, conteniendo la respiración.

Y entonces lo vi.

La mirada del niño, que yacía allí sin vida, ahora ardía de odio, parpadeando y bailando con las llamas ondulantes.

Apenas podía respirar mientras presenciaba aquel espantoso espectáculo.

Sabía perfectamente que quien había encarcelado a aquel niño, era el Emperador.

Sabía que mantenía encarcelado a su propio hijo, a menudo privándole incluso de sus comidas.

«Y, sin embargo… que él sufriera tal… tal violencia horrible…»

No quería pensar en ello.

No quería saberlo.

Me quedé mirando al niño desplomado en el suelo, perdido en mis pensamientos.

En ese momento… Incluso en medio de aquellas manos despiadadas, sus penetrantes pupilas azules se encontraron con las mías sin rastro de miedo.

«Ah.»

Ya no podía soportar mirarlo.

Retrocedí inconscientemente, y di media vuelta, huyendo de aquel lugar.

* * *

Sin el permiso del niño, no podía escapar del castillo abandonado. Pero un pasillo familiar apareció justo delante de mí y pude regresar sano y salvo a mis aposentos.

«Quizás él abrió el camino… para que pudiera huir.»

Miré fijamente al techo de la habitación completamente a oscuras y luego me cubrí la cabeza con la manta.

Quizás por la conmoción, me empezó a doler ligeramente la cabeza y sentí fiebre en todo el cuerpo.

«¿Por qué demonios? Ese niño no era ni un fantasma ni un monstruo. Era simplemente una persona como yo, un niño humano. Pero ¿por qué demonios? ¿Qué había hecho mal ese niño?»

Las dudas y los temores que había acumulado poco a poco hacia el chico habían desaparecido por completo.

Solo quedaba la culpa por haber huido de aquella escena, y la abrumadora conmoción. Solo quedaban preguntas y conflictos para atormentarme.

—¿Qué debo hacer…? —mi voz, aún temblorosa, sonaba como si estuviera conteniendo las lágrimas.

Temblé durante mucho tiempo en la habitación completamente a oscuras.

* * *

Esimed estaba sentado solo en la habitación a oscuras.

Cada vez que él ejercía su “venganza”, el Emperador venía durante días y días, desatando su furia indiscriminadamente.

Y en el momento en que ese recuerdo surgió, seguido de la imagen de la niña que se le vino a la mente, Esimed detuvo la mano que estaba curando su herida.

Era un rostro aterrorizado.

Al final, él había mostrado ese rostro y la niña había huido, dejando atrás a Esimed.

«Quizás no vuelva aquí nunca más.»

Pensó Esimed, cerrando los ojos.

¡KIIIING!

En ese momento, un sonido penetrante que perturbó la tranquilidad del lugar resonó en el aire.

BOOM…

Una puerta colosal, imposible de atravesar sin que alguien la abriera, se abrió de par en par.

Esimed miró fijamente la puerta, ahora completamente entreabierta, cuya abertura permitía que se filtrara la luz.

«Podría ser el regreso del Emperador.»

Trató de reprimir la esperanza que no dejaba de brotar en su interior mientras repetía ese pensamiento para sí mismo.

—Tú.

La figura que se encontraba en la puerta abierta no era el Emperador.

Era una niña pequeña, una que Esimed conocía bien.



TRADUCCIÓN: MIKUMKZUU.
CORRECCIÓN: MIKUMKZUU.
REVISIÓN: MIKUMKZUU.
RAW HUNTER: ACOSB


¿Aquí no ibas?


¿Te has cansado?


¿Uno más?

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