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Capítulo 227

Esimed contemplaba con mirada perdida a la joven que había amado, a esa belleza inalterada que no difería en nada de cuando estaba viva.   

No podía creerlo.

«El poder infinito que emanaba de esa joven era sin duda el de Ilipa, pero ¿cómo era posible que… ese poder… perteneciera ahora a Edith? Tú, a quien recordaba y amaba, eras claramente humana.»

AH…

En ese instante, los ojos de Edith, que observaban a Arcane al borde del final, se deslizaron como si rodaran para posarse sobre la Muerte, que a su vez la contemplaba desde el pálido fulgor de sus propias pupilas, mientras ella seguía reviviendo a toda la creación.

Contemplando esos ojos lúcidos que contenían un amanecer que jamás pensó volver a ver, la Muerte dejó escapar un suspiro tembloroso.

Inmediatamente después, una lágrima fría cayó de sus pupilas que asemejaban a tenues y brillantes estrellas azules.

Deseaba, en ese mismo momento, cruzar la barrera que los separaba.

Alcanzar a la joven en el centro de esa lluvia de meteoros que teñía el vasto cielo nocturno con su esplendor.

«Abrazarte, y confesarte mi dolor y mi desesperación, pensando que te había perdido para siempre. Quería preguntarte cómo era que habías heredado el poder de Ilipa, dejando de ser humana para convertirte en la Reina de los Espíritus.»

Sus deslumbrantes ojos azules brillaron con una súplica ardiente.

—Al final…

Sin embargo, lo que sujetó el tobillo de Esimed fue…

—Tú… me has abandonado por completo.

El susurro de Arcane, empapado en un pesar infinito y tembloroso hasta la demencia.

—¡Al final, reviviste a esa cosa y le entregaste mi poder como Reina Espíritu de la Vida…!

Esimed giró la cabeza lentamente.

Vestido con el destrozado cuerpo de una mujer, derramando lágrimas y mirando hacia la joven elegida por el cosmos con una mirada desesperada…

Aquél que en el pasado fue el más arrogante y todopoderoso de todos, habiendo perdido por completo su estatus y reducido a una ruin caída.

Su hermano, a quien una vez siguió con sinceridad, Arcane, miraba hacia Edith con un rostro lleno de desesperación y rabia, todo su cuerpo temblando ante su propio fin que se acercaba con cada instante.

En el momento en que observó detenidamente esa escena, Esimed comprendió de repente.

La razón por la que la joven que amaba, Edith, había heredado el poder de Ilipa y regresado al mundo como Reina Espíritu, era precisamente para expulsar a Arcane.

Expulsarlo…

Podría significar sellarlo de nuevo en el vacío con una prohibición, como antes.

Pero Esimed, con la mente en blanco, recordó.

Las crueles maldades que Arcane había cometido hasta ahora… Su culpa era demasiado profunda.

Esimed volvió la mirada hacia su joven, Edith, con ojos vacilantes.

Observando detenidamente ese rostro sereno y severo, libre de cualquier emoción.

El Rey Espíritu de la Muerte finalmente comprendió.

Que la joven que amaba pretendía aniquilar a su antiguo hermano.

Aunque hubiera heredado el poder de Ilipa, de Vanus, no podía estar seguro de si sería capaz de erradicar por completo la oscuridad de este universo…

Pero destruir a Arcane, la voluntad misma de la oscuridad, sí sería posible.

Si eso ocurría, al ser al que una vez consideró su hermano… no volvería a verlo jamás.

Una gran ondulación surgió en sus pupilas bañadas en un pálido resplandor azul.

Lo odiaba.

Odiaba a su propio hermano, causante de toda esta tragedia.

Pero, por otra parte… no podía evitar sentir compasión por ese ser necio y miserable, que, creyendo haber sido completamente abandonado por su ser amado, sumido en la desesperación y la rabia, había cometido toda clase de atrocidades.

Por ese hermano que solo con él fue infinitamente tierno.

[—Esimed, tú eres todo lo que tengo. Y yo soy todo lo que tienes tú. …Prometamos que jamás nos abandonaremos el uno al otro.]

[—Esimed.]

En ese momento, en la mente de Esimed, atormentada por emociones irreconciliables, resonó suavemente una voz bondadosa.

[—Te daré una oportunidad para elegir.]

Era la voz de Ilipa.

No, era la voz de Vanus.

[—Mi sucesora, y la joven que tú amas, también concederá una tregua y detendrá el juicio si tú lo deseas.]

Esimed, aturdido y con lágrimas que caían, escuchó las palabras de Vanus.

[—Así que elige lo que más deseas. ¿Qué final quieres para tu antiguo hermano? ¿Qué palabras finales deseas dirigirle?]

Tuvo la ilusión de que una mano cálida como un sueño le enjugaba suavemente las lágrimas que corrían por su mejilla.

[—Vamos, adelante ahora.]

Con un último y afectuoso empujón en la espalda de Esimed,la voz de Vanus se apagó en silencio.

«Lo que yo más deseo…»

Esimed volvió la mirada hacia la joven más allá de la ventana, rodeada por la luz de las estrellas del cielo nocturno, brillando con esplendor.

Edith lo estaba mirando.

Sin mostrar ya ninguna palabra ni acción más.

Tanto Vanus como Edith.

Todos esperaban la respuesta de Esimed.

[—La amo.]

Y así, Esimed confesó la emoción que ya no podía contener y que llenaba su corazón.

—¿…Qué?

Esimed se volvió lentamente y miró hacia abajo, a Arcane, que sentado en el suelo lo observaba aturdido.

[—Así como usted me cuidaba, yo también he encontrado a alguien a quien amo de verdad.]

«Tal vez debí haber hecho esto desde el principio.»

Esimed miró a Arcane con ojos tristes y lo pensó.

«Si en el momento en que decidí dejarte, te hubiera confesado mi verdadero corazón. Quizás tú, al perderme de repente, no habrías perdido la razón en tu furia. Quizás no habrías tensado la cuerda del arco hacia incontables tragedias para el mundo… quizás.»

—Esimed.

Arcane miró a Esimed con aire aturdido y susurró el nombre de su hermano menor.

[—Él es la vida que ha florecido en este mismo universo.]

Así que ahora debía decirlo.

Esimed, con el corazón angustiado, cerró los ojos con fuerza y se desahogó.

[—Me he enamorado de la vida, ¿cómo podría entonces quedarme de brazos cruzados y permitir que usted… intente matar y destruir el mundo en el que ella vive?]

Con una voz sincera y serena, libre de cualquier odio o rencor.

[—Por lo tanto, con la última pizca de afecto que me queda hacia mi hermano, le imploro…]

Esimed recitó una súplica, depositando en ella toda su sinceridad.

[—Por favor, no me haga ser testigo con mis propios ojos de su final.]

Reflejando a Arcane en sus ojos azules cargados de profunda tristeza.

AH…

Arcane, con la mirada perdida, movió los labios mientras observaba a EsImed.

«Que decía… amarla… A esa humana.»

Con mirada temblorosa, observó a Edith, quien desde el cielo posponía el momento del juicio para observarlos.

[—Así como usted me cuidaba, yo también he encontrado a alguien a quien amo de verdad.]

«Así como yo te amé a ti.»

Diciendo que la apreciaba con tanto anhelo y cariño.

Las lágrimas comenzaron a caer de sus ojos, que observaban a Edith como si estuviera fuera de sí.

—Yo, a ti…

«Quería recuperarte. Ya me arrebataron a Vanus, no podía permitir que también te arrebataran a ti.»

—Pero…

«Ya lo sabía, pero aun así…»

Arcane bajó la cabeza y murmuró sin fuerzas.

Las lágrimas caían sin cesar, mezclándose con la sangre en las manos que apoyaba en el suelo.

—Que de tu propia boca, digas que amas… no a mí, tu hermano… sino a esa humana…

«A una humana con la que solo compartiste un momento, irrisorio comparado con el tiempo que pasamos juntos.»

Su corazón, que ya creía imposible de quebrar de nuevo, pareció hacerse añicos una vez más.

Arcane lloró sin consuelo, sin poder siquiera dejar escapar un sollozo.

Esimed le resultaba tan detestable.

Pero, a pesar de todo.

Para Arcane, ese “él” seguía siendo precioso…

[—Por lo tanto, con la última pizca de afecto que me queda hacia mi hermano, le imploro… Por favor, no me haga ser testigo con mis propios ojos de su final.]

La imagen de su hermano menor, interponiéndose ante el Juez y suplicando con desesperación, esas palabras…

En el momento en que las vio con sus propios ojos y las escuchó con sus propios oídos,

Arcane ya no pudo avivar ningún odio más.

El rencor, los celos, el odio… todos se habían consumido hasta volverse negros, sin dejar ni una brasa que avivar.

—Está bien. Lo entiendo.

Arcane habló entre sollozos.

La sincera confesión de Esimed derribó la locura de Arcane, obligándolo a enfrentar la verdad.

—Regresaré por mi propia voluntad. Al vacío. Y… no volveré a aparecer en este mundo, por toda la eternidad.

El deseo de Arcane, de aplastar, destruir, quemar todo lo que se interpusiera y recuperar lo que le habían arrebatado, finalmente se desvaneció.

Sin atreverse siquiera a mirar a los ojos de Esimed, con un sentimiento de vanidad y derramando lágrimas, Arcane recitó ante la Juez celestial su promesa de derrota.

Solo para conceder el deseo de su hermano, de no ser testigo de su final.

Porque aunque no podía comprender nada más, quería cumplir el deseo de su amado hermano menor.

[—Acepto que se someta a un confinamiento perpetuo. Sería mejor que no volviéramos a vernos nunca más.]

Edith, que había observado la escena, respondió con una voz baja y severa a la promesa de Arcane.

Al escuchar la sentencia de Edith, Arcane cerró los ojos con fuerza y tragó un dolor infinito.

Sin más dilación, liberando el cuerpo de Alea Freium que había poseído, Arcane regresó al vacío que sería su infierno eterno.

Por debajo de los ojos de Esimed, que contemplaba la figura de la mujer desplomándose sin fuerzas como una marioneta con los hilos cortados, corrió una lágrima silenciosa.

* * *

Como si fuera a borrar la realidad, la deslumbrante y arrebatadora lluvia de estrellas comenzó a amainar lentamente.

Todos aquellos que habían sufrido una muerte injusta habían vuelto a la vida.

Y así, la Reina de los Espíritus de la Vida, que había expulsado por completo la oscuridad que devoraba la capital de Roshan, descendió sobre la aguja más alta, la que se alzaba en el centro del palacio imperial y tocaba el cielo más de cerca.

Mientras contemplaba su propio cuerpo, reflejado contra el cielo crepuscular —inalterado en apariencia, pero con su esencia más fundamental irrevocablemente cambiada—, la presencia de un ser no humano llegó a sus oídos.

[—Esimed.]

Ella —ya no con voz humana, sino con la voz de un espíritu— pronunció el nombre de ese ser.

[—Edith.]

El Rey Espíritu de la Muerte, que lo observaba con unos ojos al borde del llanto, la llamó por su nombre mortal.

[—¿Cómo…? Ah, no puede ser…]

Él, con gesto angustiado, intentó continuar su pregunta, pero fue entonces,justo en ese momento, cuando un fragmento de su memoria más antigua acudió a su mente… Inevitablemente, acudió.

[—Así que me has reconocido, Esimed.]

Ella, la Reina Espíritu de la Vida, Edith Ronen Haylian, se volvió lentamente y, con rostro sereno, miró el semblante de Esimed, petrificado por el impacto, y habló en voz baja.

«El momento más primordial, aquel que ni siquiera recordaba. La única razón por la que pude nacer…»

[—Yo… te devoré a ti, ¿verdad?]

Bajo sus ojos azules desprovistos de luz, las lágrimas comenzaron a fluir.

Envuelto en un terrible sentimiento de culpa, Esimed murmuró aturdido.



TRADUCCIÓN: MIKUMKZU
CORRECCIÓN: MIKUMKZU
REVISIÓN: MIKUMKZU
RAW HUNTER: ACOSB


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