Capítulo 214
La serpiente, cegada por el deseo de recuperar a su hermano, a quien perdió por las artimañas de la sabiduría, comprendió en el instante en que se topó con la niña que estaba junto a él, que el sabotaje que había planeado con Carlyle Freium había fracasado.
El ser que traería su ruina era, ni más ni menos, quien ahora ocupaba el lugar al lado de su amado hermano.
Por ello, Arcane priorizó como su objetivo principal recuperar a Esimed, dejando la eliminación de Edith Ronen Haylian como una meta secundaria.
Sin embargo, esa maldita humana se le escapaba de las manos una y otra vez, arruinando todos sus planes. Y Esimed, a quien apenas había logrado recuperar, terminó huyendo de él para refugiarse en las manos de Frinshur, consumido por el miedo que le tenía a Arcane.
Así, una vez más, Arcane quedó solo en el vacío. Derramando lágrimas de odio, terminó por destrozar con sus propias manos el último vestigio de cordura que le quedaba.
Entonces regresó a su forma original, la de la serpiente gigante que envuelve el universo. Desgarró su propia piel para arrancarse los huesos y, a medida que recuperaba poco a poco su poder, lo imbuía en el arma que él mismo había creado.
Finalmente, la terminó.
Sin importar qué trucos usara Laer, ni qué insignificante mortal intentara interponer: había creado la verdadera “Aniquilación”, capaz de pulverizar sin dejar rastro incluso al destino absoluto.
Arcane rió mientras vomitaba sangre negra. Sumergido en el júbilo, soltó una carcajada que sonaba más bien como un sollozo.
Había creado la “Aniquilación” sin importarle que su propio cuerpo original se estuviera desmoronando.
Había sufrido heridas tan extremas que lo obligarían a permanecer agazapado en la oscuridad, sin poder mover ni un solo dedo durante los próximos decenas de miles de años; pero no le importaba.
Mientras Esimed permaneciera a su lado, cualquier dolor desaparecería sin dejar rastro, sumergido en una felicidad indescriptible.
[—Finalmente, pongo fin a este fastidioso conflicto.]
Arcane, quien vestía el cuerpo de Alea Freium, murmuró mientras dibujaba una sonrisa cargada de locura.
—No, no… ¡No! Edith, ¿cómo pudo…?
Esimed gritó consternado, con el rostro desencajado por el impacto, mientras miraba a Edith, que yacía en sus brazos.
El hueso de Arcane había cercenado el alma de Edith.
Y ahora, su cuerpo físico también se estaba desmoronando, convirtiéndose poco a poco en cenizas negras.
—…Esi… med.
Edith, quien sufría un dolor atroz, logró abrir los ojos con dificultad para mirar a Esimed.
La imagen del hombre, sumido en una desesperación absoluta como si lo hubiera perdido todo, llenó por completo su visión.
El dolor era tan inmenso que devoraba incluso su capacidad de asombro, impidiéndole pensar en alguna forma de retrasar esta tragedia. Sin embargo…
—… No llores.
Edith extendió su mano temblorosa con gran esfuerzo y secó las lágrimas que rodaban por la mejilla de Esimed.
“La niña del destino”, el ser que expulsaría la oscuridad que amenazaba al mundo.
«¿Habían sido mentira aquellas palabras, o era que su destino estaba condenado a derrumbarse finalmente ante una interferencia tan persistente?»
Edith pensó esto mientras observaba a Esimed con ojos cuya luz se apagaba lentamente.
Recordó la imagen de Mariette, quien la trajo al mundo sumergida en la desesperanza antes de encontrar la muerte.
«Al final, yo, que nací sobre el sacrificio de tu vida, terminé encontrando un final que no es distinto al tuyo.»
Edith clavó la mirada en Perion mientras derramaba lágrimas cargadas de odio y vacío.
—¡No!
La voz de Esimed, que clamaba en un grito desgarrador, se fue alejando poco a poco hasta volverse un eco tenue.
Y así, finalmente, tras dar vueltas por un tiempo eterno.
Edith Ronen Haylian encontró la muerte a manos de Perion Mijaíl Haldebart.
Extra: Suicidio
Esimed pudo sentirlo.
El hecho de que, en ese preciso instante, la vida de Edith se había hecho añicos, fluyendo hacia el vacío.
Esimed rompió en un llanto incontrolable mientras estrechaba el cadáver de Edith entre sus brazos.
Primero negó su muerte, pero al final, comprendiendo que esta era una realidad que no podía ignorar, lloró amargamente mientras abrazaba el cuerpo que se desmoronaba.
—…
Aquel cuerpo sin vida, algo que en el pasado él habría considerado como algo carente de valor, ahora lo sostenía con desesperación, como si fuera el tesoro más preciado del mundo.
La Muerte Primordial comprendió, por primera vez, lo que significaba la pérdida.
Y así, llegó a entender por completo lo que era la vida mortal.
—…
En el momento en que su duda más antigua encontró respuesta y llegó a su fin, la Muerte quedó sumida en una tristeza eterna. Laer, que observaba la escena en silencio, giró lentamente la cabeza.
Laer, manifestado en su forma original y no en el cuerpo de la Gran Elementalista, observó con una mirada gélida y serena a Arcane. Este, a pesar de haberle infligido una herida eterna a su amado hermano menor, no miraba al atribulado Esimed, sino que observaba a Laer con una sonrisa embriagada por la victoria.
[—¿Acaso pensaste que, con solo eso, podrías contener a Ilipa?] —exclamó él, mirando a Laer con ojos llenos de júbilo—. [—¡Te equivocaste! ¡Tu esperanza estaba errada desde su origen hasta su desenlace!]
Entonces, la asquerosa oscuridad soltó una carcajada estrepitosa, saboreando su triunfo.
[—… Después de tanto retorcer el destino.] —dijo Laer con una calma imperturbable, sin rastro de agitación—. [—Terminaste arrojando incluso a esa niña al vacío; sin duda, “Él” estallará en furia. ¿Acaso no pensaste en las consecuencias?]
Arcane, que se dirigía nuevamente hacia el trono imperial, se detuvo en seco.
[—… ¿Crees que hice todo esto sin estar dispuesto a asumir incluso eso?] —preguntó en voz baja, con un tono del que se había esfumado toda risa.
[—Incluso ahora puedo sentirlo.] —dijo, mientras sus manos, incapaces de ocultar el temblor, se aferraban con fuerza al trono—. [—Cómo mi propia existencia se está desmoronando…]
Como si sus palabras fueran ciertas, Arcane, sosteniéndose a duras penas mientras su cuerpo tambaleaba, se giró hacia Laer con una obsesión maníaca ardiendo en sus ojos.
[—Pasarán eras antes de que pueda recuperar todo mi poder. ¡Sin embargo, esa muchacha, a quien ustedes llamaban el ser que traería mi final, ha tenido su alma destrozada por completo, así que ni siquiera podrá poner un pie en el flujo de la reencarnación!]
Laer observó con lástima a aquel ser que, por creerse un Espíritu Primordial y cimiento del universo, no dudaba de que conocía todos los secretos y dominaba el destino.
En realidad, era la criatura más necia del mundo.
Incluso esta situación estaba dentro de sus predicciones. No existía posibilidad alguna de que Edith Ronen Haylian encontrara la muerte definitiva a manos de Arcane.
Laer bajó la mirada hacia el cuerpo mortal que se desvanecía lentamente en cenizas y reflexionó.
Era un secreto que Arcane nunca llegó a conocer. Un secreto que Laer supo desde el instante en que presenció aquella imagen de un futuro resplandeciente. Al ser el único que recordaba la verdad absoluta, Laer no caía en la desesperación.
La chispa del anhelo aún no se había extinguido.
Entonces…
Laer contempló el rostro de Edith, teñido de una palidez mortal.
«[—Busca… busca todos los recuerdos que has perdido…]»
Le habló con un sentimiento de urgencia y fervor:
«[—Rechaza con todas tus fuerzas las garras de la muerte que se abalanzan sobre ti para desgarrarte. Debes comprender, sin falta, la única razón por la cual comenzó todo este destino.]»
[—Está bien, esperemos y veamos.] —dijo Laer, volviéndose hacia Arcane con una mirada que brillaba con serenidad—. [—De qué forma caerá, finalmente, el telón de este destino.]
[—…]
Arcane frunció el ceño mientras observaba el rostro de Laer, quien se mantenía excesivamente indiferente.
Si todos sus anhelos han sido destrozados, lo natural sería que me lanzara maldiciones enfurecido, o que, sumido en la desesperación, no pudiera articular palabra…
Arcane bajó la mirada hacia el lugar vacío que dejó Laer al desaparecer como una ilusión inexistente, y pensó:
«Se comporta como si hubiera previsto que todo esto sucedería.»
[—Es imposible. El alma de esa mujer ya se extinguió, ¿qué clase de plan podría tener…?]
Por un instante, una leve punzada de ansiedad lo asaltó, pero al recordar que la victoria ya estaba decidida, Arcane dejó que una sonrisa de suficiencia se dibujara en el rostro de Alea.
[—… Esimed.]
Finalmente, el ser que traería su ruina había sido aniquilado por completo.
Laer se había marchado como quien huye; por lo tanto, ¡todos los obstáculos que se interponían entre él y Esimed habían desaparecido!
Con una expresión de pura euforia, Arcane se giró hacia Esimed, quien todavía permanecía allí, abrazando el cuerpo de Edith que se desvanecía, derramando lágrimas en un silencio aturdido.
[—Al fin, solo quedamos tú y yo.]
Sin siquiera tomar en cuenta a Perion, que observaba desde lejos encogido y con el rostro pálido de terror, Arcane dio un paso hacia Esimed con una sonrisa llena de anticipación.
—… No te acerques.
En ese momento, Esimed, que mantenía la cabeza baja mientras sus lágrimas caían como cristales de hielo, abrió la boca.
—Me repugnas.
Y con una voz baja, cargada de una infinidad de emociones reprimidas, volvió a hablar.
[—¡…!]
Eran palabras que jamás, ni en sus más remotos pensamientos, imaginó escuchar de boca de su hermano.
Arcane se detuvo en seco, dudando de lo que acababan de oír sus oídos.
El silencio, cargado de un choque gélido, se rompió cuando Esimed giró la cabeza para mirar a Arcane. En sus pupilas, que antes brillaban con un azul gélido como las estrellas que iluminan el cielo nocturno del Mar del Norte, ahora solo habitaba un sentimiento:
Un odio feroz.
Eso era lo único que quedaba.
[—¡…!]
Arcane puso una expresión de asombro al encontrarse con los ojos de su hermano. Como si nunca hubiera previsto que él lo miraría con semejante desprecio.
Con una actitud que resultaba aborrecible, observó a Esimed con aire de incredulidad, como si estuviera genuinamente conmocionado.
—… Durante muchísimo tiempo, justo después de nuestro nacimiento —dijo Esimed, con la voz temblando por el desborde de sus emociones—, confié en ti y te seguí. Como si fuera un humano sirviendo a su propio padre.
Derramando lágrimas impregnadas de recuerdos de un pasado al que ya no podía volver, Esimed fulminó a Arcane con una mirada penetrante y feroz.

TRADUCCIÓN: VALK
CORRECCIÓN: VALK
REVISIÓN: WOLF
RAW HUNTER: ACOSB