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Capítulo 204

Mariette ocultó su identidad y se infiltró en secreto en la residencia del Gran Duque.

—¡Papá, papá!   

—Sí, Alea. Soy tu padre.

Sentados juntos bajo la pérgola del jardín, donde florecían abundantemente rosas rosadas que desprendían una fragancia dulce e intensa, Mariette se detuvo y observó la escena de su íntima conversación.

—Robertick, Alea parece creer de verdad que eres su padre.

—Soy su padre. No importa lo que digan los demás, Alea es mi hija.

Una imagen de una familia perfecta, intocable para cualquiera.

«¿Era esta la imagen misma de la utopía familiar de la que Robertick había hablado tan a menudo?»

Mikumkzuu: Una utopía es un plan, proyecto o sociedad idealizada, imaginaria y casi perfecta, que suele ser de muy difícil realización en la práctica. 

Mariette se llevó la mano con delicadeza al vientre, donde aún no se sentía ningún movimiento, y se quedó mirando al vacío, sumida en sus pensamientos.

«Me esforcé tanto por seguir mi destino, pero incluso ahora, llevando este milagro dentro de mí, sigo sintiéndome tan desgraciada.»

—Me tranquiliza que lo que pasó antes no parezca haber afectado mucho a Alea.

—Por favor, ojalá esta agonizante lucha terminara un poco antes.

—No te preocupes, Shastia. El resultado ya está decidido.

«Tú, que sacudiste y rompiste todo orden natural, ¿por qué estás tan feliz?»

Por primera vez, Mariette comenzó a cuestionarse su propia vida y el destino que había seguido ciegamente.

Y esa duda pronto se convirtió en una grieta que partió su fe.

La tragedia se desarrolló tal y como se había predicho.

A Siorn le despojaron de todo lo que había conseguido desde su nacimiento, mientras que Mariette se vio obligada a observar impotente cómo aquellos que le habían avergonzado tenían un final feliz.

Y antes de que llegara el amanecer, se vería obligada a abandonar la residencia del Duque de Basteban, donde había vivido desde su nacimiento, y sería desterrada a una humilde mansión de la que nunca había oído hablar.

Mariette fue por última vez al jardín de rosas azules que tanto amaba.

De pie, inmóvil, contemplando el paisaje fresco y misterioso, los acontecimientos que habían ocurrido en ese lugar y los recuerdos del pasado, que ahora le parecían inmundos, se mezclaban y repetían caóticamente.

Sin embargo, a pesar de su propia miseria, había una última cosa que tenía que hacer.

—Mainhardt.

Mariette llamó al hombre que se había acercado por detrás, con el corazón vacío.

—Lady Mariette.

La respuesta vino de Mainhardt.

Mariette bajó la mirada y murmuró en voz baja:

—Tengo una última cosa que decir.

«El hombre al que había conocido incluso antes que a Robertick en su juventud… No, para ser precisos, el primer ser al que había salvado con mis propias manos.»

—¿Cuándo fue que nos conocimos? Al mirar hacia atrás, me doy cuenta de que el tiempo realmente pasa rápido.

Mariette se volvió lentamente hacia él y habló.

—El secreto que jamás pude confiar ni siquiera a mi padre… solo contigo me atreví a compartirlo.

Sus ojos oscuros, claramente inquietos a pesar de que se esforzaba por ocultarlo, reflejaban su imagen por completo.

—Mainhardt Ciel Astrape, la orden que debes recordar ahora es solo una.

Alejando a la fuerza los delirios del pasado, Mariette habló con tono frío.

—Proteger a este niño que dejaré atrás.

Colocó suavemente su esbelta mano sobre su vientre inmóvil.

Tal y como Laer le había ordenado, cumplió la última tarea que debía realizar antes de encontrar la muerte.

—Ese niño…

Sin embargo, no había previsto que Mainhardt le haría esa pregunta.

—¿De verdad lo amas?

La pregunta, pronunciada con una voz que delataba un ligero temblor, conmovió el corazón de Mariette.

—Amor…

«Hacía tiempo que sabía que Mainhardt era un ser ligado al sacrificio y al amor. Sin embargo, me preguntaba a mí, incapaz de amar, sobre el amor. Aunque compartíamos un destino y habíamos manchado juntos nuestras manos de sangre, él nunca vio mi verdadera esencia. Tú también me fallaste.»

Mariette abrió la boca para negar la pregunta de Meinhardt.

Pero borró las palabras que estaba a punto de pronunciar y dijo otra cosa en su lugar.

—Sí, lo amo. Al igual que como mis padres me querían, yo también quiero a este niño.

Porque si no decía al menos eso, su propia situación le parecería demasiado miserable.

Había perdido todo el orgullo que la había convertido en Mariette Aydin Basteban.

En la ruina más absoluta, se aferró al hijo del hombre que le había traído la vergüenza como su única esperanza.

Después de dar a luz al niño, la muerte la engulliría… Un destino miserablemente infeliz.

Esa era la única verdad.

Sin embargo, si aceptaba esa verdad como realidad, Mariette prefería apuñalarse el corazón y morir.

Por lo tanto, tuvo que inventar esa mentira.

—Incluso si este niño naciera sin rumbo alguno…

«Amo el destino que se me ha dado. Aunque fuera un destino tan cruel que me fuera totalmente imposible de amar, lo acepté por completo, incluso abandonando el deseo mismo de sobrevivir.»

—Amo a mi hijo…

Mientras seguía hablando con una expresión de ternura en el rostro, una vocecita susurró desde mi interior, preguntando:

«¿De verdad lo habría amado?»

—Lo habría amado.

«Sabes que eso no es cierto. Aunque el destino lo había concebido, en el momento en que me di cuenta de que el niño existía, no sentí ni una pizca de alegría. No, si Robertick no me hubiera avergonzado, seguramente habría sido feliz. Al fin y al cabo, tu miserable destino no cambiará: darás a luz al hijo de un hombre que no amas y morirás por ello.»

Mariette, intentando cortar de raíz las preguntas que no cesaban en su mente, apretó la mano hasta hacerse sangrar.

La grieta seguía extendiéndose, imposible de detenerse.

A medida que su vientre crecía, la muerte anunciada se acercaba cada vez más.

Cada vez pasaba más tiempo con la mirada vacía, perdida frente a la ventana.

Al verla así, Siorn sufría, aunque no podía evitar percibir en la desesperación de su hija un matiz extraño, difícil de definir.

Ni siquiera su propio padre podía comprender del todo lo que Mariette sentía.

Que Liat viniera a buscarla fue algo que jamás habría esperado.

Mariette lo miró con desolación, mientras él volvía a confesarle su amor.

Al ver la mano que él le tendía, pensó:

«Si no fuera por el destino que me ha sido impuesto, quizá habría tomado tu mano y partido contigo.»

Tal vez incluso habría necesitado al rey de Nisha para vengar todas las humillaciones y desesperación que Robertick Arne Haylian y sus cómplices le habían hecho sufrir.

Pero, con apenas unos meses de vida por delante, ¿qué oportunidad le quedaba?

Mariette rechazó a Liat una vez más. Era una elección realista.

Sin embargo, al descubrir en sus ojos grises una tristeza indescriptible, por primera vez sintió que el pecho se le oprimía.

¿Era culpa de él? ¿O una compasión que aún no había desaparecido?

Observó largo rato la figura de Liat alejándose, y de pronto pensó:

Si en otro mundo no me hubiera sido dado un destino tan cruel…Yo también, Liat… Quizá te habría querido mucho.

Mikumkzuu: si este es el mismo liat, quien diría que más tarde él secuestraría a la hija de la mujer que él quería (no juzguen si me equivoco, tengo memoria a corto plazo 🥺)

* * *

—Ma… ¡Mariette! ¡No, no cierres los ojos…! Ah, debo llamar al médico…

—Deténgase, padre… El hecho de que haya dado a luz debe permanecer en secreto… para todos.

En aquel mísero pueblo no había ojos vigilantes, pero aun así había que prever cualquier peligro.

Y aunque trajeran al médico, la muerte de Mariette no podría evitarse.

—Hija… Mariette… ¿Cómo puede ser esto? Ya dejé partir a tu madre de esta manera… ¿y ahora tú también…?

Mariette miró a Siorn, que lloraba sobre su hija moribunda, y le confió por última vez el cuidado del niño que acababa de nacer.

El llanto del recién nacido resonó en la habitación.

Aun así, tras obligar a su padre a marcharse, incapaz de apartarse de ella, Mariette quedó sola, con la mirada perdida en el techo.

Podía sentir instintivamente que la fría y vacía muerte estaba ya a las puertas.

De sus ojos dorados, que iban perdiendo la luz, rodaron lágrimas transparentes que empaparon la almohada.

[—Has sufrido bastante, Mariette.]

Y como si hubiera estado allí desde el principio:

[—Ahora descansa en paz.]

Laer apareció en un rincón de la habitación y le dirigió sus últimas palabras.

En ese instante, Mariette lloró y aceptó por fin la verdad que había evitado con desesperación.

Desde su nacimiento hasta aquel momento, Mariette Aydin Basteban había vivido solo como instrumento de los deseos de Laer.

Su voluntad y sus sentimientos estaban destinados a ser aplastados para cumplir el destino, y lo que ella había considerado gloria no era más que un falso espejismo.

Comprendió plenamente que en su vida no había existido ni una sola chispa de verdadera felicidad.

—Nací con el destino de engendrar un milagro.

Mariette susurró, sumida en la tristeza:

—Pero mi propia vida… termina en la desesperación.

La luz de sus ojos, que habían brillado como el sol, se apagó.

La muerte pálida se acercó y se llevó su último aliento



TRADUCCIÓN: MIKUMKZU
CORRECCIÓN: MIKUMKZU
REVISIÓN: MIKUMKZU
RAW HUNTER: ACOSB


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¿Te has cansado?


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