Capítulo 196
—Han surgido circunstancias inevitables, por lo que parece que no podré regresar a la capital de inmediato.
Ya dentro de la casa, envueltos por un cálido ambiente, ambos estaban sentados frente a la mesa mirándose cuando Robertick, con las yemas de los dedos ya frías, acarició suavemente la superficie de una taza de té humeante y habló.
— Por eso… me preguntaba si podría seguir quedándome aquí un tiempo más.
Robertick esbozó una sonrisa forzada, levantando las comisuras de los labios mientras hablaba.
—Esa circunstancia inevitable que mencionas…
Shastia preguntó con cautela, estudiando la expresión de Robertick.
Entonces, en el semblante del hombre elegante, como si la luz misma hubiera sido moldeada en forma humana, apareció una leve grieta.
—… Por un problema que un caballero imperial común no habría tenido que afrontar, tendré que permanecer oculto durante un tiempo. Por supuesto, Shastia, puede estar tranquila: no habrá nada que la perjudique.
No te dará una respuesta definitiva, ¿verdad?
Shastia miró el rostro de Robertick, que la observaba con una sonrisa amable, luego bajó la cabeza y pensó.
—Pagaré la deuda que tengo con usted por adelantado.
En ese momento, Robertick colocó una pesada bolsa de cuero sobre la vieja mesa y habló.
—¿Pago…?
Preguntó Shastia, atónita.
—Mi familia envió dinero por el lado elemental. De ahí he separado, a mi criterio, la parte que le corresponde a usted. Revíselo, por favor.
Shastia dudó, moviendo los ojos de un lado a otro, y luego extendió la mano lentamente para desatar la cuerda.
—¡…!
Jadeó, mirando a Robertick con ojos temblorosos.
Docenas de monedas de plata, brillando con un lustre lujoso que nunca había visto en su vida, tintinearon suavemente al derramarse del saco.
—Esto es… Es demasiado. Lo único que hice fue… simplemente…
Lo único que había hecho era darle una infusión de hierbas barata que apenas había encontrado en las montañas y vendarle las heridas.
¿Cómo iba a aceptar docenas de monedas de plata?
—Piense que voy a seguir causándole molestias, así que considérelo un pago adelantado y acéptelo con tranquilidad. Al fin y al cabo, usted me salvó la vida cuando estuve a punto de morir.
Robertick tranquilizó a Shastia con un tono generoso.
— A… a-ah, muchas gracias. De verdad…
Shastia, con una expresión al borde de las lágrimas, acunó con cuidado el saco de monedas de plata y respondió con voz temblorosa.
¿De verdad era para tanto como para alegrarse —y hasta asustarse— así solo por unas cuantas decenas de monedas de plata?
Robertick observó su reacción en silencio y, sin darse cuenta, pensó en Mariette.
Aquella joven que lo había tenido todo desde su nacimiento; por más tesoro valioso que cayera en sus manos, jamás había visto asomarse la más mínima emoción en su rostro pálido e indiferente. La muchacha que siempre se había mostrado serena, con un orgullo tan alto que lindaba con la arrogancia, y la mujer que ahora tenía delante, encogida, temblando de pies a cabeza y recibiendo incluso lo más pequeño como algo preciosísimo… eran completamente distintas.
Aunque las analizara hasta el último detalle y diseccionara sus almas sin dejar rincón alguno intacto, no existía nada que las hiciera parecerse.
Ese punto, de alguna manera, no dejaba de atraer su mirada.
Robertick mantuvo durante un buen rato en su campo de visión la figura de Shastia, que lo observaba sin saber qué hacer.
* * *
Pasaron varios días más.
Robertick, lamentándose de la situación en la que había sido arrojado sin su consentimiento, en medio de una profunda sensación de impotencia, decidió desviar su atención hacia la madre y la hija, Shastia y Alea, para sacudirse la tristeza que lo asaltaba.
—¡KYAA, KYAA!
—Veo gusta que la levanten en brazos, ¿verdad?
Así, Robertick pasó la mayor parte de sus días ayudando a Shastia con las tareas domésticas o cuidando de Alea.
—Robertick, ¿no está cansado? Yo cuidaré de Alea, así que entre y descanse, por favor.
—No pasa nada. La niña es muy tranquila, así que cuidarla no es difícil.
Alea era, efectivamente, una niña tranquila.
Nunca lloraba cuando la tocaba un extraño, se acurrucaba cómodamente en los brazos de Robertick durante largos ratos e incluso comía con ganas cuando él le daba de comer en lugar de Shastia.
Probablemente, su llanto al ver a Will se debió simplemente a que se asustó al encontrarse con una presencia realmente desconocida.
—Alea parece que le tiene mucho cariño.
Shastia observaba a Robertick jugando con Alea, con una tranquila sonrisa en los labios.
—¿Ha cuidado alguna vez a un niño?
—No, nunca.
Shastia se sentó frente a Robertick y le preguntó con cautela sobre las cosas que le habían intrigado todo este tiempo.
—Eh… si no es mucha molestia, ¿puedo preguntarle si la persona con la que ha estado en contacto constante es, quizá, algún hermano o hermana suya?
La forma en que dominaba al elemental como si fuera una parte más de su cuerpo y entregaba con naturalidad docenas de monedas de plata dejaba claro que era un noble.
Sin embargo, Robertick solo se refería a la persona con la que se comunicaba como familia, sin compartir nunca más información con Shastia.
Era natural que no hablara de asuntos íntimos con una simple desconocida, pero Shastia sentía cada vez más curiosidad por este hombre llamado Robertick.
—No, es mi prometida.
Robertick dejó de jugar con la mano de Alea y respondió en voz baja.
— A-ah… ya veo. Lo siento, dije algo absurdo…
Dios mío. Shastia, muy alterada, se apresuró a disculparse.
Sí, para un aristócrata de esa edad, sería más inusual no tener un prometido.
Shastia miró al silencioso Robertick con ojos temblorosos, con el rostro inexpresivo, luego giró la cabeza y pensó.
«Así que cuando hablaba de esa tal “Mariette” y mostraba aquella expresión… era porque se trataba de su prometida, la mujer a la que amaba.»
—Mis padres fallecieron pronto. No tenía hermanos y me quedé solo en el mundo.
—…
En ese momento, cuando las palabras salieron de los labios de Robertick, Shastia se tensó y se volvió lentamente hacia él.
Tras perder a su familia, se encontró solo en el mundo.
Esa historia le recordó nada menos que su propia infancia.
No tenía a nadie en quien apoyarme. Fue entonces cuando la persona que me acogió fue quien ahora es el padre de mi prometida.
—Así que tenía esas circunstancias…
Parecía el tipo de hombre al que todas las dificultades y dolores del mundo pasarían de largo.
Nunca había imaginado que alguien nacido con una nobleza tan innata pudiera cargar con una historia así.
¿O quizá había sido ella la necia por sacar conclusiones apresuradas basándose únicamente en su estatus y riqueza?
—No hay nadie en la ciudad que no conozca la historia de mi familia. Aunque ahora está en decadencia, la casa en la que nací fue en su día muy famosa.
Robertick sonrió con ironía y se volvió para mirar a Shastia.
Los dos se miraron, dejando que un silencio tácito pasara entre ellos.
—Realmente recibí un favor que no puedo pagar. Enamorarme de su hija me pareció lo más natural del mundo.
Robertick murmuró, con una expresión que mezclaba varias emociones.
— Que hoy siga vivo y pueda siquiera vivir aparentando ser un noble… todo se debe a la gracia que me concedieron mi prometida y su familia.
—Yo también estaría muerta si mi esposo no me hubiera salvado…
En ese momento, el relato de Shastia sobre su pasado fue una elección puramente impulsiva.
Robertick miró a Shastia con los ojos muy abiertos.
Su rostro mostraba claramente su asombro.
—¿Su esposo…? No recuerdo que me lo hubiera mencionado antes.
—… Ese hombre ya está muerto.
Respondió Shastia en voz baja.
Una leve conmoción se reflejó en la expresión de Robertick.
Ah, ¿realmente había sido una decisión acertada contárselo?
Shastia luchó con la duda hasta el final, pero de alguna manera sintió una certeza inexplicable y abrió la boca.
Que ante este hombre que tenía delante, tal vez estaría bien desahogarse y contarle su miserable historia….
Era una fe sin razón.
* * *
Shastia comenzó su relato de forma desordenada, dejando que las palabras fluyeran de sus labios tal y como le venían.
La infancia en la que, tras la muerte de su familia, quedó sola y fue empujada hasta casi morir de hambre.
Y ante ella, un muchacho que apareció como una cuerda de salvación caído del cielo.
…Y los años de desprecio y abusos que siguieron
—Para mí, en aquel entonces, mi difunto esposo era todo mi mundo. Si lo amaba o no, no era lo importante.
Con tal de permanecer pegada a su lado, de no soltar esa mano cruel.
Atrapada por una creencia retorcida que solo así podría estar a salvo de un mundo aterrador.
— Y, sin embargo, él ni me amó ni me respetó… solo me mantuvo a su lado por su propia conveniencia.
Aceptó con alegría las palabras con las que él le exigía matrimonio, cayendo en la necia ilusión de que esa persona también la amaba, aunque no lo demostrara.
—… Y entonces nació Alea, pero mi vida seguía siendo miserable y dolorosa. Entonces se produjo un incendio y mi esposo murió.
Shastia recitó esas palabras mirando al vacío, con una expresión ausente.
Su muerte… parecía haber sido insoportablemente triste.
Pero había pasado apenas un año y ya no estaba segura.
De si su muerte le había llegado como un dolor absoluto…
…o si se había tratado de una alegría vacía, nacida del hecho de haber sido por fin liberada de una dominación de la que no podía escapar por sus propios medios.
—Ahora que lo pienso…
Del mismo modo, Robertick, que había estado escuchando con la mirada perdida la historia de Shastia, habló lentamente.
—Somos muy parecidos, ¿sabes?
Ante sus palabras, Shastia bajó la mirada del vacío y miró a Robertick.
La forma en que habían considerado a la persona que les había tendido la mano como un rayo de salvación como su mundo entero, la forma en que no podían, no querían soltarla, incluso sintiendo el dolor…
¿No eran realmente parecidos?

TRADUCCIÓN: DULCINEA
CORRECCIÓN: DULCIEA
REVISIÓN: DULCINEA
RAW HUNTER: ACOSB