Capítulo 187
Las olas de la verdad me embistieron como una inundación. Atrapada por un impacto abrumador, caí al suelo sin fuerzas y me quedé sentada, mirando fijamente a Laer con la mirada perdida.
El verdadero nombre de Ilipa.
El fin de la oscuridad que traería consigo el nuevo Rey Espíritu de la vida.
Y el nombre que Laer acababa de pronunciar era…
—Carlyle Freium… No puede ser, él es… —susurré aturdida, bajando la cabeza lentamente hacia el suelo.
[—Parece que conoces ese nombre.]
—¡…!
Al escuchar la voz de Laer en ese instante, mi cuerpo se estremeció violentamente y levanté la mirada de golpe.
[—Edith Ronen Haylian no debería haber tenido oportunidad alguna de conocer ese nombre.]
Habló con calma, como si estuviera recitando algo para sí mismo.
En sus pupilas gris plateado, que brillaban en silencio, se reflejaba con total nitidez mi rostro sumido en el impacto.
[—Bueno, eso no es lo importante ahora.]
Mientras decía aquello cerrando los ojos, no había ni rastro de sospecha en su semblante.
Solo se percibía una profunda serenidad, como si simplemente estuviera aceptando un hecho inevitable.
[—No es que pueda conocer con exactitud los sentimientos de Arcane. Solo te cuento lo que puedo suponer. Sin embargo, hay algo que es un hecho innegable: a él le agradaba bastante ese tal Carlyle Freium.]
Laer desvió la mirada que tenía fija en mí y se quedó contemplando el parpadeo de la vela.
[—Además, Carlyle Freium era una pieza útil para Arcane. Lo ayudó a interferir con el destino y a entorpecer sus planes.]
Su voz, que fluía con total calma, se cortó de forma antinatural en ese instante, dando paso a un silencio incómodo.
—¿…?
Me quedé mirándolo fijamente mientras él vacilaba, como si le costara encontrar las palabras para continuar.
[—Mariette… El que esa niña terminara cargando con una infamia tan absurda… también fue el resultado de una estratagema que Carlyle Freium le ofreció a Arcane.]
—¡…!
Mariette.
El nombre de la mujer que se encontraba en el origen de todo esto.
Pensé que ya había escuchado toda la verdad sobre ella de labios de Mainhardt cuando era niña, pero…
[—Sobre lo que pasó con tus padres… será mejor que lo veas por ti misma en lugar de escucharlo de mi boca.]
Su sombra se proyectó sobre mí, que seguía desplomada en el suelo. Mientras miraba perdida la mano pálida que se extendía ante mis ojos, su voz profunda resonó en mis oídos:
[—Mira con tus propios ojos la ruina que provocó tu estúpido padre, al caer en la tentación susurrada por ese engendro de la impureza.]
Y entonces, mi visión se sumió en la oscuridad.
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Arcane sintió una fascinación particular por un humano llamado Carlyle Freium.
Él, que despreciaba a todos los hombres y ni siquiera se dignaba a responder a menos que le ofrecieran el sacrificio de cientos de vidas, actuó de forma distinta.
Para sorpresa de todos, Arcane incluso le otorgaba revelaciones personales a Carlyle Freium y lo mantenía cerca de él.
Carlyle era el único capaz de escuchar aquella voz que resonaba desde el vacío; ese trato tan increíblemente especial elevó a niveles inigualables el estatus de Carlyle entre los creyentes, a pesar de que en ese entonces no era más que un niño.
Carlyle atesoraba con sinceridad la gloria que se le había concedido. Consideraba que cualquier palabra de Arcane era la verdad absoluta y le profesaba una adoración fanática.
Sin embargo, cada vez que recordaba y rumiaba su propio final, que se acercaba momento a momento, la ansiedad y la ira lo consumían.
Arcane, aunque fuera solo para calmar su espíritu agitado, dejaba pasar las horas en conversaciones triviales con Carlyle.
[—Hubo una vez que logré descubrir el contenido de una profecía que Laer había visto.]
Entonces, un día.
Mientras charlaba con Carlyle como de costumbre, Arcane sacó el tema por puro impulso.
—¿Una profecía? —preguntó Carlyle, con los ojos brillando de curiosidad.
Sumergido en la oscuridad, Arcane lo observó fijamente mientras pensaba:
«¿Tendrá este insignificante mortal algún valor que pueda usar para evitar mi propio final?».
[—La profecía decía algo así: Un niño, nacido de la hija de Basteban y el Gran Duque de Haylian, expulsará las sombras que cubren el mundo, y el destino finalmente recuperará su curso natural.]
Arcane murmuró con una voz que, más que serena, se sentía gélida.
[—Ciertamente, es una profecía que encaja a la perfección con el gusto tan exigente de Laer, ¿no crees?]
Concluyendo sus palabras con una aguda burla, Arcane susurró entre dientes:
[—Sin embargo, por más que intento entorpecer ese destino, las cosas no salen bien. Intenté cortar de raíz el linaje del Gran Ducado de Haylian, pero su heredero todavía sigue con vida como si nada.]
—… Se refiere a Robertick Arne Haylian, ¿verdad?
Carlyle preguntó con una expresión pensativa, ladeando un poco la cabeza como si estuviera recordando a alguien o estuviera sumido en sus pensamientos.
[—Sí, ese era el nombre… Si la profecía de Laer es realmente cierta, mi final llegará en un futuro no muy lejano, ya que el heredero de Haylian ha contraído nupcias con la hija de Basteban.]
«¿De verdad se acercaba el final?»
Arcane murmuró distraídamente mientras rumiaba la idea de su final.
El fin, el final absoluto.
La ruina y la muerte eran conceptos que jamás deberían haberle afectado a él.
Incluso si el universo le había dado la espalda para elegir la luz, nunca imaginó que el destino mismo orquestaría la desaparición de su propia existencia.
«¿De verdad tienes la intención de abandonarme por completo?»
Arcane lanzó esa pregunta al aire con el corazón destrozado, sabiendo que no recibiría respuesta.
—Matarlo no es la única forma, ¿no le parece?
En ese instante, la voz clara de Carlyle resonó, sacando lentamente a Arcane de sus pensamientos.
[—… ¿Qué dijiste?]
Él miró fijamente a Carlyle y volvió a preguntar en silencio.
—Mi señor Arcane, en este momento usted se encuentra atado por restricciones que le impiden usar sus poderes adecuadamente. Por lo tanto, lo correcto sería elegir un camino distinto al de antes.
Carlyle esbozó una leve sonrisa y, como quien teme que sus palabras lleguen a oídos de algún Espíritu del viento que flote en el aire, bajó la voz para declarar:
—Si el destino dicta que un mortal lo derrocará, ¿no basta con separar a sus padres para que nunca lleguen a estar juntos?
[—¡…!]
Arcane, que estaba recostado como si estuviera sumergido en una oscuridad viscosa, se incorporó lentamente y preguntó:
[—… ¿Y de qué manera piensas separarlos?]
Luego, observando la prisión de tinieblas en la que se encontraba atrapado, murmuró para sí mismo:
[—Si mato a ambos, o a uno de ellos, para interferir directamente en el destino, Ilipa no se quedará de brazos cruzados. Eso sería lo mismo que entregarle a Laer la excusa perfecta para condenarme.]
—Mi señor Arcane, ya se lo dije. Matarlos no es la única forma.
Arcane observó a Carlyle con desconfianza mientras pensaba:
«Durante los incontables milenios que han pasado desde los tiempos antiguos, la muerte siempre ha sido el método más conveniente y el que menos problemas deja. ¿En qué se basa este mortal para afirmar algo así con tanta seguridad?»
—¿No sería suficiente con lograr que el corazón del Hijo de la Luz se incline hacia otra mujer?
En ese momento, Carlyle habló con un tono lleno de confianza, mientras sus ojos negros brillaban intensamente.
[—Cuando dices otra mujer…]
—No importa quién sea. Solo necesitamos hacer que el heredero de Haylian ame a una mujer que no sea la hija de Basteban. Si logramos cortar por completo el destino que daría nacimiento al mortal que traerá su final, eso será suficiente.
[—… Ese es un plan que no había considerado. Sin embargo, el amor es un territorio donde mi poder no tiene alcance. ¿Cómo pretendes mover el corazón de un humano por un medio que no sea el terror?]
Ante la pregunta de Arcane, quien se sentía genuinamente desconcertado, Carlyle respondió con una sonrisa radiante.
—El amor puro no existe. Es un sentimiento que se tambalea y se corrompe fácilmente por diversas razones, como el complejo de inferioridad, la arrogancia o la ansiedad.
A diferencia de su voz, que sonaba clara y juvenil, los ojos del muchacho estaban empapados de un cinismo absoluto mientras decía aquellas palabras.
—Así que, mi señor Arcane, permítame encargarme de esto. Le dedicaré cada una de las estrategias que sea capaz de crear solo para usted.
Carlyle se puso de rodillas y, extendiendo los brazos hacia el vacío donde no había nada, hizo su promesa.
Mientras lo observaba, una ligera sonrisa apareció en el rostro pálido de Arcane.
[—Está bien, acepto.]
La oscuridad decidió acoger con gusto el plan que este joven, tan arrogante y audaz, le ofrecía.
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Primero, necesitaban a una mujer de una belleza excepcional.
Debían cautivar al Hijo de la Luz y lograr que le diera la espalda a la hija de Basteban. Aquel muchacho había perdido a sus padres de la noche a la mañana y había sido despojado de todo lo que poseía; por fuera fingía haber olvidado el pasado y aparentaba ser feliz, pero no cabía duda de que, por dentro, sus heridas se estaban pudriendo.
El Duque de Basteban lo había salvado, sí, pero también se había quedado de brazos cruzados mientras ejecutaban a su padre. ¿De verdad alguien creía que ese chico confiaba en él o dependía de él con sinceridad?
Su vida, su estatus y todo lo que lo definía como persona estaban en las garras del Ducado de Basteban. Si alguna vez cambiaban de opinión, lo perdería todo en un instante y caería al abismo. ¿Podía gustarle una situación así?
… En medio de una inestabilidad tan grande, lo único que tenía para sostenerse era el amor que la joven Basteban sentía por él.
Ja. ¿No era ese el escenario perfecto para que alguien terminara perdiendo la cabeza?

TRADUCCIÓN: VALK
CORRECCIÓN: VALK
REVISIÓN: VALK
RAW HUNTER: ACOSB