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Capítulo 177

El rostro, antes sin sombra alguna, se volvió de pronto tan helado como un bloque de hielo.

Por fin, todas las máscaras se habían desvanecido, y yo contemplaba con calma aquellos ojos rosados, vacíos hasta parecer huecos.    

En mi infancia, al enfrentarme a ese semblante carente de toda calidez humana, me invadía un miedo súbito.

Pero ahora…

—Mi padre me espera, así que debo marcharme.

«¿Para qué temer a alguien cuya única habilidad es mostrar una hostilidad gélida?»

En una situación donde yo tenía claramente la ventaja, no deseaba prolongar un inútil pulso de voluntades.

—Transmítele mis respetos a la Gran Duquesa. —Sonreí con ligereza y me di la vuelta.

El mayordomo, que había observado nuestra conversación con inquietud, se apresuró a acercarse para guiarme.

De Alea, que sin duda permanecía allí, no se percibía ningún movimiento.

Lo único que se había posado en aquel espacio era un silencio helado.

* * *

—Excelencia, Lady Edith ha llegado.

La puerta del despacho se abrió. Contuve la respiración y di un paso dentro.

Robertick estaba de espaldas, de pie junto a la ventana.

El mayordomo cerró la puerta con rapidez. Así, en la estancia solo quedamos Robertick y yo.

—Padre. —Rompí el silencio con mi voz.

Al oírme, Robertick se volvió lentamente.

—Has venido, Edith.

«¿Será que el paso del tiempo añadía aún más nobleza a su ya hermoso semblante?»

La luz que caía por la ventana lo envolvía como un halo.

—Siéntate.

El hombre, de apariencia tan refinada que parecía haber nacido de la divinidad de Ignis, me miró con ojos que contenían el amanecer y habló suavemente.

Nos sentamos en el sofá, y el silencio se prolongó, ya que ninguno de los dos iniciaba la conversación.

Aun así, la mirada de Robertick no se apartaba de mí ni un instante.

Reprimiendo el cansancio que me invadía, hablé:

—Hace tiempo que no lo saludo en persona. Antes de la ceremonia de mayoría de edad, me pareció correcto visitar la residencia, siguiendo su voluntad.

—En este tiempo… has crecido mucho. —No parecía escuchar mis palabras; me observaba con ojos lejanos, murmurando en voz baja.

Fruncí ligeramente el ceño.

Desde la ruptura con Esimed había reducido al mínimo el contacto con la sociedad y los demás nobles. Si no iba personalmente a la residencia Haylian, Robertick no tenía oportunidad de verme.

Que reaccionara con tanta extrañeza ante mi crecimiento era comprensible.

—No sé si en medio año he cambiado tanto. —respondí con calma.

Robertick, como si despertara de repente, apartó la mirada.

—He dicho una tontería. Edith, que ya estés a las puertas de tu ceremonia de mayoría de edad me parecía un sueño… pero es la realidad —sonrió con un matiz de amargura—. Ya eres toda una adulta.

Lo observé con atención y comprendí por qué se mostraba turbado y melancólico.

Aunque heredé rasgos tanto de Robertick como de Mariette, era imposible pasar por alto que, al crecer, mi semejanza con ella se hacía cada vez más evidente para quienes la habían conocido.

La voz clara, el porte sereno. El rostro que en la infancia se parecía a Robertick, alegre y encantador, se había transformado en uno más reposado, con una mirada que había dejado la docilidad para adquirir agudeza. El cabello lavanda reforzaba aún más el recuerdo de Mariette.

Incluso mi abuelo, que me veía cada día, a veces se quedaba pensativo al mirarme.

Para Robertick, que me veía tras medio año, debía ser aún más fuerte.

Yo era, para él, la sombra de un pasado que deseaba olvidar, viva y presente ante sus ojos.

—¿Has elegido compañero para el debutante? —Robertick intentó cambiar de tema.

—Se lo pedí al abuelo.

—No parece que tengas interés en ningún joven de tu edad.

—No pienso en el matrimonio todavía.

Robertick me miró con una sonrisa suave.

—Cierto, aún es pronto.

Mientras lo observaba, apreté los dientes y hablé:

—En el camino me encontré con Alea… ¿otra vez discutió con la Gran Duquesa?

El rostro de Robertick se endureció. Con mirada vacilante me dijo:

—¿Alea te buscó a propósito? ¿No te dijo nada indebido?

Analicé su reacción y respondí:

—No, nada especial. Solo insistió en que visitara más seguido la residencia.

—Me aseguraré de que no perturbe tu ánimo. Y lo que ocurre con la Gran Duquesa… no es algo que deba decirte.

Robertick bajó la mirada, oscurecida por la preocupación, y murmuró:

—Cada vez me resulta más difícil soportar su temperamento tan sensible.

Al final de un amor que había superado todas las adversidades, lo único que quedaba era una ruptura tediosa y miserable.

Ante ese desenlace tan pobre, lancé una sonrisa de desprecio y sentí verdadera compasión por mi madre, Mariette, que tuvo que afrontar un final tan trágico por culpa de un hombre como él.

* * *

Tras cenar en la residencia Haylian y regresar tarde en la noche a la mansión ducal de Basteban…

—Dama Edith.

—¡¿Mainhardt?!

Al encontrarme con alguien inesperado esperándome en el vestíbulo, olvidé el cansancio y corrí hacia él.

—¿Cuándo regresó? Si hubiera sabido que vendría, no habría ido a la residencia…

—Hace apenas una hora. Saludé a Su Excelencia y luego me quedé esperando en el vestíbulo. No ha pasado tanto tiempo, no se preocupe.

Mainhardt retiró la capucha gris y me dedicó una leve sonrisa.

—¿Me extrañaba? —me lo preguntó con un tono que parecía casi juguetón.

—Claro que sí, lo he extrañado muchísimo.

«¿En qué momento aquel hombre tan serio se había vuelto tan pícaro?»

Lo miré de reojo, luego sonreí y estreché su mano con fuerza.

Pensaba que había crecido mucho, pero mi mano seguía siendo tan pequeña que cabía entera en la suya.

—¿La directora se encuentra bien? —pregunté mientras subíamos juntos hacia mi habitación.

—Por fortuna, sí. Y además, tuve la inesperada ocasión de ver a Ariel… Él me entregó unos objetos para que se los diera a usted.

—¿Ariel…? —recordé al Rey Espíritu del Viento, a quien había visto por primera vez durante el ataque de Arcane a Literra, y murmuré distraída.

—Dijo que era un obsequio para conmemorar su ceremonia de mayoría de edad. Se quejaba de que, en vez de encargarlo a sus súbditos, él mismo, como Rey Espíritu capaz de viajar al mundo humano, había tenido que traerlo personalmente. —Mainhardt abrió la puerta y señaló una pequeña caja de madera sobre el escritorio—. Es esa.

Contemplé la caja impregnada de un tenue aroma a sándalo y mordí mis labios.

—Dentro están los obsequios que Ignis, Oried y Niad le enviaron.

Aunque solía invocar a sus espíritus subordinados para intercambiar saludos, sabía que no volvería a ver a los Reyes Espíritu en décadas. La sinceridad de aquel gesto me humedeció los ojos.

AH…

Cuando Mainhardt abrió la caja, no pude evitar un murmullo de asombro.

—¿Camelias…?

Lo primero que vi fue una horquilla adornada con varias flores de camelia.

—Los pétalos están tallados en granate, y los estambres en piedra de luz. Ignis la elaboró personalmente.

Era tan delicada que parecía una flor recién florecida.

Tomé la joya con cuidado, observando los pétalos de granate y los estambres de piedra luminosa que irradiaban un brillo puro.

—Es tradición portar el símbolo de la propia casa al dirigirse al Santuario del Fuego para la ceremonia de mayoría de edad. Ignis la creó para que usted la lleve en ese día.

—Es… tan hermosa. No sé cómo agradecerlo… —Mirando las camelias que parecían brotar de mis manos, hablé con voz temblorosa.

Por mucho que odiara a Robertick, yo era descendiente de Haylian.

Ignis, que ni siquiera me había bendecido como sacerdotisa, había puesto tanto esmero en crear un adorno que simbolizaba a Haylian y regalármelo… Su gesto me conmovió hasta las lágrimas.

—Y Niad… envió esferas de cristal que contienen todos los recuerdos de Mariette.



TRADUCCIÓN: MIKUMKZU
CORRECCIÓN: MIKUMKZU
REVISIÓN: MIKUMKZU
RAW HUNTER: ACOSB


¿Aquí no ibas?


¿Te has cansado?


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