Extra 2
—Entonces, nos vemos en el baile.
Con una sonrisa que prometía un próximo encuentro, Henry salió de la habitación. Cuando Edwin también salió y la puerta se cerró, Henry negó con la cabeza.
—¿De verdad no piensas ayudarlo?
—¿A quién? ¿A llamar a Hook?
—Sí. Es la primera vez que veo a Su Alteza tan desesperado por conocer a alguien.
Edwin le pasó la caja a un caballero de su casa que los seguía. El caballero, cogiendo la caja, se retiró discretamente.
—Hasta ahora, solo habrá conocido a personas desesperadas por verlo, así que la indiferencia de Hook debe sentirse diferente. Quizás por eso quiere conocerlo aún más.
—Pero también podría estar acompañada de sentimientos genuinos.
—¿Quieres decir que Su Alteza ha desarrollado sentimientos reales por Hook?
—Sí. Al igual que nosotros, es posible que Su Alteza esté realmente enamorado de Hook.
Edwin tomó la mano de Henry y colocó el sobre de papel en su palma. Al escuchar las palabras ‘al igual que nosotros’, Henry sonrió y golpeó suavemente el sobre.
—Nos ha dado una buena oportunidad, así que ayudémosle esta vez, qué más da.
Aunque había rechazado la petición del príncipe heredero William, Henry se dejó convencer completamente con solo unas pocas palabras de Edwin. El príncipe heredero William no había anticipado que habría sido más fácil pasar primero por Edwin en lugar de hablar directamente con Henry.
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Profundamente en la noche, el Duque Timothy y Henry se sentaron uno frente al otro. Era un lugar que se había formado cuando Henry ocupó el espacio frente al Duque, quien de otro modo habría bebido solo. Era un momento tranquilo y pacífico, con Henry llenando la copa del Duque de vez en cuando cuando esta se vaciaba.
—Te serviré una copa a ti también.
—No es necesario, estoy bien —dijo Henry, negando con la cabeza y empujando su propia copa hacia un lado.
Al ver esto, el Duque Timothy asintió y levantó su propia copa. Aunque era el único bebiendo, el mero hecho de tener a Henry a su lado creaba una atmósfera bastante agradable.
—Hoy recibí dos regalos de Su Alteza.
—El Príncipe Heredero ciertamente piensa mucho en ustedes.
—Ciertamente. Honestamente, se preocupó por aspectos en los que ni siquiera yo había pensado.
Aunque no había mostrado una buena actitud frente al príncipe heredero William, era solo ahora que Henry revelaba sus sentimientos sinceros.
—No es la primera ni la segunda vez que ha sido exasperante. Pero creo que es la primera vez que muestra tal profundidad.
—Que digas que el Príncipe Heredero es “exasperante”… No se te ocurra decir eso en ningún otro lugar.
—Por supuesto, elijo mis palabras con cuidado
—A veces no puedo evitar preocuparme de que cometas algún acto imprudente
El Duque Timothy negó la cabeza como si no pudiera con él, y Henry lo compensó con una risa. Si dijera que ya le había dicho de todo al príncipe heredero William, sin filtros, probablemente se ganaría una buena regañina. Como hoy no había venido a ver a su padre para que lo regañara, Henry midió sus palabras y cogió la botella de vino.
—¿Así que has venido a decirme que recibiste un regalo de Su Alteza?
—No. He venido a pedirle que adelante un poco la fecha de mi boda con Edwin.
Henry expuso el verdadero motivo de su visita.
—Ya acordamos una fecha con el Duque Laurent. ¿Quieres cambiarla?
—Sí. Como los preparativos están bastante avanzados, no debería ser difícil modificar la fecha.
Ante las palabras de Henry, que ya lo había investigado, el Duque Timothy reflexionó. Como decía su hijo, adelantar la fecha no suponía mayor problema.
—Sin embargo, hay un inconveniente.
—¿Se refiere a anunciar la boda?
—Sí. Aunque todo el mundo pueda susurrar y saber que te vas a casar, hay personas a las que debemos visitar personalmente para saludar e informar. Si, por falta de tiempo, les comunicamos la noticia solo por escrito, no quedará bien.
Las personas a las que se refería el Duque incluían a los ancianos consejeros y aquellos que habían mantenido una relación cercana con la casa ducal durante mucho tiempo. Dado que la mayoría eran de edad avanzada, enviarles simplemente un papel se consideraría una descortesía.
Henry, como si no fuera preocupación, propuso una solución de inmediato. Sacó el sobre de papel que Edwin le había dado y lo colocó para que su padre pudiera verlo claramente, diciendo con una sonrisa:
—Es uno de los dos regalos que recibí de Su Alteza el Príncipe Heredero. Va a organizar un baile de la corte real en honor a mi boda con Edwin.
Mientras observaba a su padre coger el sobre y comprobar su contenido, Henry añadió:
—El día del baile de la corte, anunciaremos oficialmente nuestra intención de casarnos.
Aunque los preparativos de la boda ya habían esparcido rumores entre bastidores, anunciarlo formalmente era otro asunto. Por eso, Henry planeaba aprovechar activamente el baile de la corte. El Duque Timothy, tras confirmar el breve texto de la invitación y adivinar las intenciones de su hijo, alzó su copa de vino nuevamente.
Aunque carecía de dulzura, su hijo siempre estaba metido en líos, lo que lo hacía entretenido de observar; y, como siempre, no dejaba espacio para bajar la guardia. Qué hijo tan adorable.
—¿Y la razón para apresurar tanto la boda?
Ante la pregunta del Duque Timothy, Henry vaciló por primera vez en responder. Luego, como si hubiera tomado una gran decisión, reveló su secreto.
—Estoy embarazado.
El Duque Timothy, impactado, dejó caer la copa de vino que sostenía. Se retiraba lo de “adorable” por no dar espacio para bajar la guardia. Como si no notara la boca abierta de su padre por la sorpresa, Henry acercó de nuevo la copa de vino que había apartado. No era para beber, sino para ocultar su vergüenza. Henry, recorriendo el borde de la copa con la yema del dedo, recordó. El momento en que quedó embarazado…
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Atrapado entre Edwin y la pared, Henry tenía la cabeza inclinada hacia atrás mientras compartían un beso profundo. La lengua de Edwin dentro de su boca envolvió la suya, chupando y robando su aliento. Cuando le faltó el aire, Henry golpeó el hombro de Edwin.
—Edwin, espera un momento.
—Ni siquiera hemos empezado.
Era gracioso que dijera que ni siquiera habían empezado después de chuparle los labios repetidamente, pero por otro lado, era cierto. Aunque ambos estaban muy excitados, hasta ahora solo habían estado besándose. Edwin mordió suavemente el labio inferior de Henry sin hacerle daño, luego giró la cabeza, juntó sus labios e introdujo de nuevo su lengua. Aunque se habían besado innumerables veces, Edwin siempre ocupaba la boca de Henry con avidez, como si fuera la primera vez.
Henry, que ya se sentía abrumado, siguió golpeando el hombro de Edwin, suplicándole que le soltara los labios. Ante el gemido quejumbroso de Henry, que parecía a punto de desmayarse si continuaban, Edwin se separó, lleno de reluctancia. Antes de separar sus labios, recorrió languidamente el interior de su boca, pero aún se sentía insatisfecho.
—¿Qué te pasa?
Edwin le levantó la barbilla a Henry para examinar su complexión. Henry tenía el contorno de los ojos enrojecidos y jadeaba más de lo habitual. Sus mejillas sonrojadas y sus labios rojos ni se diga. Esforzándose por contenerse de lanzarse de nuevo sobre él ante esa vista, Edwin acarició la espalda de Henry. Era un tacto para calmarlo, para que recuperara el aliento. Que esa mano llegara hasta sus nalgas y rozara el pliegue fue algo que ni el propio Edwin pudo evitar.
—Es extraño.
Henry, apoyándose en Edwin, inhaló profundamente. La feromona de Edwin, densamente mezclada en el aire, derritió el cuerpo de Henry hasta dejarlo blando.
—Tu feromona es demasiado intensa.
La feromona de Edwin, que había estado sintiendo desde hacía rato. Era incomparablemente más densa de lo normal y seguía cortándole la respiración. Por más que inhalara, sentía que faltaba aire, como si la feromona estuviera esparcida por todas partes.
—Intensa reducir un poco tu feromona.
Ante la afirmación de Henry de que le faltaba el aire debido a su feromona, Edwin lo miró con perplejidad. Al ver que Henry parecía angustiarse aún más, Edwin cerró los ojos y se concentró para intentar controlar primero su propia feromona. Si retirar su feromona podía hacer que Henry se sintiera mejor, quería reabsorberla lo más rápido posible.
Gracias a eso, Henry obtuvo un breve respiro y, apoyando la cabeza contra la pared, observó el rostro de Edwin. No podía ver otra cosa que no fuera él, bloqueando su vista, y además, no había nada más digno de mirar que el rostro de Edwin.
Los delicados rasgos de su cara perdían sus límites cada vez que se embriagaba con su propia feromona. Sus ojos, siempre claros, perdían el enfoque, y sus labios, normalmente bien definidos, se enrojecían y sus contornos se difuminaban. Saber que él era quien causaba eso generaba una extraña sensación de logro que aumentaba su excitación.
Mientras admiraba el rostro de Edwin, Henry frunció el ceño, sintiendo una sensación extraña. La feromona de Edwin se había vuelto aún más densa que antes, hasta el punto de que ahora le resultaba difícil respirar correctamente.
—Edwin, te he pedido que reduzcas un poco esa feromona.
—… No puedo.
—¿Qué significa eso? ¿Acaso no puedes controlar tu feromona?
Henry pensó que Edwin estaba bromeando. Últimamente, Edwin dedicaba la mayor parte de su tiempo a controlar su feromona y sus progresos eran sorprendentemente rápidos. Mientras Henry lo miraba con incredulidad, Edwin negó con la cabeza con una expresión más seria que nunca.
—¿En serio? ¿De verdad no puedes controlarla?
Al ver la mirada vacilante de Edwin, Henry le agarró los hombros y acercó su rostro. Intentaba observar a Edwin con detenimiento.
—Henry… no te acerques más.
—Es para ver en qué estado estás. Quédate quieto un momento.
Edwin giró la cabeza hacia un lado, pero la barbilla que Henry le sujetó hizo que sus ojos se encontraran.
Su rostro, ya sonrojado, estaba ahora rojo como si fuera a estallar. Al notar que Edwin parecía morderse los labios para contenerse, Henry suspiró, como si ya no hubiera nada más que ver.
—Haah. Edwin.
Henry dejó escapar un suspiro.
—Parece que estás en celo. Primero, intenta exhalar lentamente.
La vez anterior también había tenido un ciclo de celo. En esa ocasión, Henry había ayudado a Edwin a calmar el ciclo, así que ahora se le ocurrió la misma solución temporal. Si podía exhalar y calmarse, debería estar bien…
Pero Edwin lo apartó.
—No, esto no se puede comparar con aquella vez.

TRADUCCIÓN: ELIZA
CORRECCIÓN: MR
REVISIÓN: ELIZA TORRES.