Extra 1: El alboroto del embarazo
—¿Y Edwin y Henry?
—Están en sus habitaciones, Su Alteza.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace aproximadamente una hora.
En el instante en que el jefe de mayordomos consultó su reloj e informó, los pasos del príncipe heredero William se detuvieron. Movió los dedos, pensativo, y luego reanudó la marcha. El jefe de mayordomos, que lo seguía, preguntó:
—Les informé que la reunión se estaba alargando, pero aún así no han salido de la habitación. ¿Deberíamos preparar algunas joyas preciosas para obsequiar a los dos
Príncipes?
—¿Para qué?
—Bueno, porque los dos príncipes han tenido que esperar a Su Alteza.
—Al contrario, debe haberles parecido bien. Han tenido tiempo a solas, que no se compara con ninguna joya.
El jefe de mayordomos, sin entender del todo el significado, miró al príncipe heredero y luego inclinó la cabeza en silencio. Sentía curiosidad, pero no quería detener los pasos de Su Alteza el Príncipe Heredero volviendo a preguntar. En cambio, cuando estuvieron casi llegando a la habitación, se adelantó al príncipe heredero para atenderlo.
—Entonces, abriré la puerta.
—No, con esto es suficiente, puedes retirarte.
William detuvo al mayordomo justo cuando este iba a tocar la puerta y le hizo una seña para que se retirara. El mayordomo hizo una reverencia y se retiró. Dejado solo, el príncipe heredero William se apartó de la puerta y se apoyó contra la pared. Cruzó los brazos y las piernas, lo que sugería que no tenía intención de entrar en la habitación de inmediato. Apoyado en su brazo, golpeaba ligeramente con los dedos mientras calculaba cuánto tiempo había pasado. Tras decidir que había transcurrido un tiempo adecuado, se enderezó. Agarró el pomo de la puerta él mismo y entró. Al hacerlo, sonrió hacia donde estaban sentados los dos hombres.
Los dos, que estaban compartiendo una taza de té caliente en silencio, estaban callados y tranquilos. Era como si hubieran vuelto a aquellos días en que se ignoraban mutuamente. Henry, que secretamente gustaba de Edwin pero ocultaba sus sentimientos con mal genio, y Edwin, que sabía cómo se sentía Henry pero lo ignoraba… Los ojos de William se entrecerraron al mirarlos. Qué par de descarados.
—Supongo que soy el único que se siente incómodo al entrar a mi propia habitación.
—Puedes entrar con confianza, ¿no es así? —replicó Henry, como preguntando qué tenía de difícil.
El príncipe heredero William soltó una risa burlona y contraatacó:
—Si hubiera entrado directamente, habría sido la enésima vez que los veo pegados el uno al otro.
—¿Qué hemos hecho? Solo estamos sentados aquí juntos, compartiendo una taza de té.
—Y seguramente juntando y separando los labios también.
—¡Por supuesto que no!
El príncipe heredero William arqueó una ceja con escepticismo, como si encontrara la idea absurda. Cada vez que esos dos estaban solos, se ponían tan cariñosos que a menudo le resultaba desconcertante. Llegó un punto en que era extraño no verlos besándose. Hace no mucho tiempo, él había deseado que sus amigos se unieran, pero ahora estaba empezando a arrepentirse de ese deseo.
—Hoy nos hemos limitado a beber té tranquilamente.
—Si van a ocultar algo, al menos arreglen esos labios hinchados antes de hablar. Por cierto, Edwin, se te han puesto rojos.
Ante la observación del príncipe heredero, Edwin pasó por alto el comentario bebiendo su té, mientras Henry respondió con una sonrisa.
—Entonces debe haber algún problema con este té. Solo hemos estado bebiendo té, y mis labios se han hinchado y Edwin se ha sonrojado.
—Bien, hagan lo que quieran.
—Entonces, ¿para qué nos ha llamado?
Ya habían estado esperando al príncipe heredero en esa habitación durante bastante tiempo. Deseando volver y estar a solas con Edwin, Henry fue directo al grano, manteniendo una expresión imperturbable que insistía en que no habían hecho nada malo. Precisamente por esa expresión, que le resultaba molesta, el príncipe heredero William decidió ser rápido. Trajo una caja.
—Un regalo para mis amigos, que pronto se van a casar.
—Pero, ¿por qué solo hay una caja?
—Ya que van a ser una pareja, no hay necesidad de considerarlos por separado.
El príncipe heredero William jugueteó con la solapa de su túnica y esbozó una sonrisa sutil.
—Sin embargo, aunque la caja es solo una, tengo algo más preparado por separado.
—Me lo imaginaba.
La descarada actitud de Henry, casi como si estuviera reclamando algo que se le debía, hizo que el príncipe heredero William dudara por un momento en dárselo. Estas personas no eran del tipo que dijeran “gracias”… Pero su vacilación fue breve. Recordando el propósito de haber llamado a Henry hoy, el príncipe heredero sacó un sobre de papel que llevaba dentro de la túnica y lo colocó junto a la caja.
—¿Cuál quieren ver primero?
—Hagámoslo en orden. Primero la caja que nos trajo inicialmente. —Henry eligió uno sin dificultad.
—Dudé sobre qué regalaros, pero sorprendentemente encontré una respuesta rápidamente.
Mientras escuchaba al príncipe heredero, Henry abrió la tapa de la caja y miró dentro. Sobre un acolchado de felpa reposaba una pequeña placa.
—Todo el mundo sabe que sois mis amigos de toda la vida. Pero como eso no era suficiente, os he hecho esta placa.
Henry giró la placa entre sus manos. Del tamaño de una palma, redonda, tenía grabado el lobo que simbolizaba al príncipe heredero y estaba estampada con su sello.
—¿Mostrar esto hará que todos nos traten bien por ser amigos de Su Alteza? Seguro que no somos sus únicos amigos… ¿Se la ha dado a alguien más antes? —Mira el reverso.
Al hacerlo como indicó el príncipe heredero, Henry vio una inscripción: [Un regalo del corazón para amigos que compartirán toda una vida.] Finalmente, Henry asintió con la cabeza.
—No está mal.
—¿“No está mal” en lugar de “me gusta”?
Henry se rió mientras volvía a colocar la placa en la caja.
—Como dice Su Alteza, todo el Imperio sabe que somos cercanos a usted. Así que, solo digo “no está mal” porque quién sabe cuándo podría ser útil esta placa. Aun así, me hace sonreír sentirme reconocido como amigo de Su Alteza.
—Me preocupa que pueda terminar vendida en algún lugar.
—No se preocupe, no la venderé abiertamente.
Al ver que ni siquiera se molestaba en negar que la vendería, el príncipe heredero William soltó una risa de incredulidad. Mientras otros tratarían un regalo del príncipe heredero como un tesoro familiar, Henry lo trataba como un juguete útil recibido de un amigo.
Bueno, eso es típico de Henry.
Y también era un amigo cuya reacción valía la pena observar. El príncipe heredero William le lanzó una mirada a Edwin. Era una señal para que lo detuviera si Henry intentaba vender la placa. Edwin, incluso después de encontrar la mirada del príncipe heredero, la ignoró descaradamente. Solo entonces, al darse cuenta de que ambos eran tal para cual, el príncipe heredero William se hundió en su silla como resignado.
—Entonces, ¿qué es esto?
—¿Por qué no lo abres tú mismo?
El príncipe heredero William se encogió de hombros, y al verlo, los ojos de Henry se entrecerraron. El príncipe heredero estaba de mal humor ahora. Por eso no iba a decírselo.
Como no le quedaba más remedio que abrirlo él mismo para comprobarlo, como con la caja, Henry extendió la mano hacia el sobre. Pero justo entonces, otra mano se movió antes que la suya, cogió el sobre y sacó su contenido.
Edwin, con amabilidad, se lo tendió para que Henry pudiera verlo. El príncipe heredero William hizo un chasquido de disgusto con la lengua. Podría haberle dicho simplemente lo que ponía. Por quedarse callado, ahora tenía que presenciar esta escena empalagosa.
Mientras el príncipe heredero William ponía cara de desaprobación, Henry, tras leer todo el contenido, miró a Edwin con ojos sorprendidos. Solo entonces Edwin también giró el papel hacia sí para verlo.
—¿Está diciendo que va a organizar un baile de la corte real en nuestro honor?
—Sí, como forma de celebrar la boda de mis viejos amigos, he obtenido el permiso de Su Majestad para celebrar un baile de la corte.
Ante la explicación de William, Edwin, que había permanecido impasible todo el tiempo, mostró sorpresa por primera vez. Los bailes de la corte real solían celebrarse para la familia imperial o para ocasiones especiales del Imperio. Pero el príncipe heredero William les estaba haciendo otro regalo al organizar un baile de la corte específicamente para Henry y Edwin.
—No sabía que se preocupaba tanto por nosotros como para hacer todo esto.
—Bueno, es lo mínimo. Y ya que hablamos de eso, si tú también me hicieras un favor…
Fue en ese momento, cuando el príncipe heredero William actuaba con magnanimidad e intentaba colar sutilmente su propio objetivo.
—Lo siento, pero tendrá que llamar a Hook por su cuenta. ¿Acaso no le expliqué cómo hacerlo?
Henry cerró la caja de golpe, interrumpiendo al príncipe heredero William. Cuando dijo que quería llevarse bien con Hook, aunque se sorprendió, también lo aceptó. Aunque sospechaba que sus sentimientos hacia Hook podrían ser más que simple curiosidad, pensó que no era asunto suyo. En cambio, en agradecimiento por la ayuda que le había brindado hasta entonces, le había dado un cordón rojo para poder llamar a Hook.
—Sí, oí que aparece si cuelgas ese cordón. Así que lo colgué donde se veía bien, pero no apareció.
—No lo habrá colgado dentro del Palacio Imperial, ¿verdad? Por mucho que sea Hook, no puede entrar y salir libremente del palacio.
—La otra vez entró sin problemas. No, eso no es lo importante. Lo que quiero decir es que también lo colgué fuera del Palacio Imperial.
—¿Ah, sí? Es extraño que no apareciera incluso entonces.
Henry respondió ladeando la cabeza. Su voz no tenía el más mínimo rastro de emoción.
—Parece que no tiene intención de aparecer ante mí, eso es todo.
—Eso es posible, sí.
—Por eso te pregunto, ¿podrías traer a Hook a este baile?
—Eso es imposible
Henry lo rechazó rotundamente. Luego, hizo una seña con los ojos a Edwin, quien se levantó con la caja y el sobre de papel. Ahora incluso entendía lo que iba a decir con solo una mirada, y Henry esbozó una sonrisa de satisfacción.
—Henry, vamos, ¿no podrías ayudarme? Después de todo, te he hecho regalos tan maravillosos.
—Solo pensé que eran regalos de boda, no sabía que venían con condiciones.
Aunque decía eso, Henry no parecía tener la menor intención de devolvérselos al príncipe heredero William. Lo había recibido, y se daba por concluido.
—Eres la única persona en quien confío para esto, Henry, así que esperaré un poco.
—Aunque lo diga, yo no puedo hacerlo. Ahora, si me disculpa, nos retiramos.
Henry hizo una reverencia hacia el príncipe heredero William y se dio la vuelta. Edwin, que estaba a su lado, inclinó ligeramente la cabeza en señal de despedida, y el rostro del príncipe heredero William se nubló de descontento. Aunque Henry, que se negaba abiertamente, era irritante, odiaba aún más a Edwin, que solo miraba en silencio. Él había ayudado mucho por el amor de Edwin, pero, al final, este no hacía nada por corresponderle.

TRADUCCIÓN: ELIZA
CORRECCIÓN: MR
REVISIÓN: ELIZA TORRES.