Capítulo 8
Al llegar al campo de entrenamiento, los caballeros comunes de la familia, al verme, detuvieron sus ejercicios al unísono para saludarme. Su tensión era evidente, como reclutas recién disciplinados.
Era comprensible. En el pasado, yo era la encarnación de la envidia. Anhelaba la fuerza y resistencia que no poseía. Ver sus rostros orgullosos mientras blandían espadas y entrenaban sin límites me hacía querer pisotearlos.
«¿De qué sirve tanta fuerza si al final deben postrarse ante mí?».
«Qué época más oscura. Mejor sigo avanzando».
Justo cuando iba a pasar de largo, un murmullo se extendió entre los caballeros.
«¿Les sorprende que me vaya tranquilamente sin armar un escándalo?».
Si tanto lo esperaban, podría complacerlos… pero Ruwen estaba observando. Debía mostrar mi cambio, no podía perder los estribos por unos caballeros comunes. Hice como si no hubiera oído y seguí caminando.
—¿Era cierto que se volvió más amable después de… ya saben, “morir”?
—Aposté toda mi fortuna a que era falso…
«¿Hicieron apuestas?».
Me giré, furioso, y al instante se pusieron firmes, sellando sus bocas.
¡Gulp.!
El silencio fue tan denso que hasta se escuchó a alguien tragar saliva.
—…
Quería gritar: “¿Quién fue el bastardo que apostó?”. Esta vez, ¿no sería justificable enfadarme?
Pero al recordar esos ojos negros como gemas, no pude ceder a mi ira. Un buen protector no pierde los estribos frente a un niño. Antes de hablar, miré a Ruwen de reojo. Estaba observando a los caballeros con ojos brillantes.
—Quizás perder tu fortuna nubló tu juicio —dije con voz suave, lo suficiente para no herir sus oídos.
En cambio, borré toda expresión de mi rostro y escudriñé a los tensos caballeros. Ninguno se atrevió a mirarme.
«Lo que no se dice al frente, tampoco se dice a espaldas».
—Lo sentimos, joven maestro.
El subcapitán se adelantó como portavoz. Lo miré fijamente.
«Veo cómo se te mueve la nuez de Adán. Encuentra al culpable tú mismo».
—Ruwen.
Desvié mi mirada hacia él. Ruwen, que había estado observando a los caballeros, alzó la vista hacia mí. Ajusté la comisura de mis labios y hablé con dulzura:
—Vamos. Nuestro asunto no está aquí.
—Sí.
Ruwen me siguió, pero no dejaba de mirar atrás.
«Parece tener dudas. Iba a preguntar después de ver a Dedrick, pero quizás ahora sea mejor».
—¿Ruwen también quiere aprender esgrima?
Al hacer la pregunta inocente, su cabeza giró hacia mí tan rápido que temí por su cuello.
«Dirá que no, ¿verdad?».
—… No.
«Como esperaba». Ruwen jugueteó con sus dedos mientras miraba a los caballeros, aún en posición firme.
«Cree que ser ambicioso dañaría la reputación de Irene».
Ruwen necesitaba ser más niño. Pedir caprichos, hacer berrinches, desear cosas. Mi “zanahoria gigante” era el regalo perfecto: algo que amaría y una lección de que podía pedirme cosas.
—¿Ah, sí? Podrías aprender si quisieras.
Dejé caer el comentario y caminé lentamente hacia la sala del capitán. Sus pasos tardaron más en seguirme esta vez.
«Sin mirar, sé que sigue echando vistazos al campo».
Cuando la sala del capitán estuvo a la vista, la puerta se abrió de golpe y Dedrick salió corriendo.
«Su andar tambaleante es inconfundible. Esos pies hacia afuera. Lo reconocería desde lejos».
—Joven maestro, ¡cuánto tiempo! Casi olvido su rostro.
Su tono burlón me hizo reír con incomodidad. Sus ojos penetrantes me intimidaban un poco.
Dedrick era un caballero superior de origen plebeyo que había servido bajo mi padre durante años, y mi instructor de esgrima. Era inusual para un plebeyo, ya que la mayoría solo alcanzaba el rango de caballero común.
Su habilidad con la espada era excepcional, pero yo lo odiaba. Creía que fue él quien, hace tres años, le dijo a mi padre que no tenía talento, cortando su interés en mí.
«¿Y aún así se atreve a tratarme con familiaridad?».
Me acariciaba la cabeza, me abrazaba, incluso me pinchaba las mejillas sin pudor. Me trataba como a un sobrino.
Por mucho que me resistiera, su actitud nunca cambió. Mi padre estaba de su lado, así que no podía hacer nada. Ni siquiera podía vencerlo por fuerza, así que al final me rendí.
Pero ahora, con mi nueva madurez, me di cuenta: fue la única persona que me trató como a un niño normal. Me dio consejos sinceros. Y, sobre todo, a pesar de ver mis límites, creó un estilo de esgrima solo para mí. No era de mi gusto, pero…
Ahora que mi rencor se había desvanecido, Dedrick era objetivamente el mejor maestro para Ruwen. Por eso vine con el niño.
—Dedrick, cuánto tiemp…
Antes de terminar el saludo, Dedrick me palpó los brazos. Luego revisó mi cintura y piernas con detenimiento antes de suspirar y negar con la cabeza.
—Sigue sin músculos. ¿No has entrenado? Parece que has perdido más masa desde la última vez.
«¿Aún cree que es mi maestro?».
Dejé de venir porque no quería aprender de él.
«Ah, cierto, nunca se lo notifiqué. Como me quedaba en la mansión en lugar de vagar fuera, asumí que lo sabría».
Bueno, si aún se preocupa por mí a pesar de venir con una petición, es algo bueno. Respondí con naturalidad, como si nada hubiera pasado.
—Estuve enfermo unos días. Perdí tanto peso que la ropa me queda holgada.
—¿Otra vez? Deja de ser tan temperamental. Robin: Es hwa-byung* (enfermedad por ira). La ira te quita el sueño, la falta de sueño te quita energía. Un círculo vicioso, como siempre te dije.
«Hwa-byung*… No del todo incorrecto, pero ¿qué hago con este cuerpo débil? El insomnio es una enfermedad crónica desde mi vida pasada».
De nada servía discutir. Mejor cambiar de tema.
—Por eso decidí soltar mi ambición. Renuncié a ganar el reconocimiento de mi padre. Es un área fuera de mi control. No tengo talento para la espada.
Dedrick me miró con lástima.
«Es difícil rechazar a alguien que parece tan desvalido».
—Como dije antes, cada persona tiene sus propias fortalezas. Que no tengas talento con la espada no te hace inútil.
Me acarició la cabeza con tono afectuoso.
—Quizá. ¿Realmente? —respondí con una sonrisa amarga, apartando su mano.
El caballero, compadecido, retiró su mano sin protestar.
En realidad, sabía sus intenciones. Le había dicho a mi padre que, en lugar de esforzarme en una esgrima inferior a la de los caballeros comunes, sería mejor buscar y cultivar mi propio talento. Él conocía al Duque.
Lo que no sabía era que mi padre me odiaba. La noticia de mi falta de talento fue la excusa perfecta para ignorarme sin remordimientos. Por eso Dedrick se sentía en deuda conmigo.
«Bien, Dedrick. Te daré la oportunidad de saldar esa deuda».
—Por cierto, ¿vas a dejarnos aquí congelándonos?
El viento invernal me enfriaba. «Si yo tengo frío, ¿cuánto más Ruwen?» Dedrick se apresuró al notar mi indirecta.
—¡Oh, claro! Entremos.
Nos guió a la sala del capitán y, al sentarnos, me entregó una taza humeante.
Mientras descongelaba mis manos con la taza caliente, Dedrick le preguntó a Ruwen:
—Pequeño, ¿tienes frío? ¿Quieres té caliente?
—Estoy bien.
Ruwen, a mi lado, miraba alrededor con ojos brillantes. Sus hombros se estremecían de emoción.
«Míralo, tan emocionado. Haré que admitas que quieres aprender esgrima».
En la historia original, Ruwen era un genio de la espada que nunca alcanzó su potencial. Entrenó solo hasta lesionarse gravemente, quedando con el brazo izquierdo debilitado.
Aún así, dominó la esgrima con solo el brazo derecho. Si lo entrenaban bien desde ahora, su potencial sería incalculable.
«Si iba a esforzarse solo de todos modos, prefiero darle un buen maestro». Aumentaría sus probabilidades de supervivencia.
Por supuesto, no permitiría que se repitieran las escenas trágicas del original.
«Pero nunca se sabe. Los planes son solo planes. Los imprevistos siempre surgen, así que hay que prepararse».
Por eso debía convencer a Dedrick. Y estaba seguro de que lo lograría.

TRADUCCION: ROBIN
CORRECCIÓN: PATITA DE PERRO
RAW HUNTER: MALVADOS LTD