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EXTRA 10

Cuando llegaron a North Vancouver, ya había caído la noche. Al cruzar el puente que conectaba las islas y llegar a Lonsdale, la sensación de haber vuelto comenzó a asentarse poco a poco.

Al bajarse del taxi frente al taller mecánico, el edificio oscuro parecía desolado y silencioso. No había señales de vida; al parecer, ni Yuri ni Vasili habían regresado todavía.

—Entremos —dijo Alexéi mientras se ajustaba la mochila que llevaba al hombro y sacaba las llaves.

Valery, quien había permanecido en silencio durante todo el trayecto, observó los alrededores oscuros antes de asentir con la cabeza. Su único equipaje era una maleta blanca de 25 pulgadas. Alexéi, como cuando se fue, había regresado prácticamente con las manos vacías, lo que hizo que Valery tampoco trajera mucho consigo.

Se detuvieron frente a una casa de techo rojo a una cuadra del taller. Alexéi caminó hasta la puerta cerrada, introdujo la llave y la giró. Desde atrás, Valery preguntó:

—¿Viviste aquí?

—Sí, como te dije antes, me quedé en casa de Vasili. Tymac y yo en el segundo piso, Yuri y Vasili en el primero.

Valery pareció querer decir algo, pero sus labios se movieron sin emitir sonido. Alexéi notó que debía hablar con él para aclarar ciertas cosas que lo habían estado molestando todo el día, pero estaba demasiado cansado. Había algo irritante en haber traído a Valery de repente a Vancouver, además de la inquietud que le causaba la situación de Vasili y Yuri. Hoy no era el momento para esa conversación.

—Las habitaciones no son grandes. Esta zona es de las caras, las casas aquí cuestan mucho.

Cuando no tenía nada, encontrar un modesto apartamento donde pudiera vivir con Valery lo llenó de orgullo. Pero ahora, después de pasar por el lujoso apartamento de Valery en Nueva York y llegar a esta casa, sentía incomodidad. Sería mentir decir que no pensaba que Valery merecía un lugar más adecuado para él.

Al entrar y encender las luces, Alexéi se dirigió a la cocina. Por lo general, el orden de Yuri hacía que la cocina estuviera siempre impecable, pero esta vez la mesa estaba desordenada. Parecía que se habían marchado con prisa. Alexéi echó un vistazo rápido a las facturas y documentos esparcidos, pero decidió que lo mejor sería primero asegurarse de que Valery descansara.

—Ven aquí, Lerusha.

Valery, que había estado observándolo desde la distancia, finalmente movió las piernas cuando escuchó su llamado. A la luz rojiza, su sombra se alargó desde la entrada hasta el interior. Había estado emocionado y hablador en el aeropuerto, siendo su primera vez allí, pero desde que llegaron aquí, su actitud había cambiado drásticamente, volviéndose más callado. Aunque Alexéi seguía desviando su atención hacia Valery, decidió concentrarse en las tareas urgentes.

—Arriba, la puerta frente a ti es el baño. Las toallas están adentro, y si necesitas más, puedes tomar algunas del baño de Yuri en el primer piso. Mi habitación está aquí.

En el segundo piso había dos habitaciones: una era de Tymac y la otra de Alexéi. Señaló la puerta junto al baño y la abrió, haciendo un gesto hacia Valery.

—Esta es mi habitación.

Valery se quedó inmóvil, mirando dentro de la habitación que Alexéi le había mostrado. Sostenía la manija de su maleta sin moverse.

—El olor de esa persona… también está aquí —dijo de repente.

Alexéi levantó la mirada hacia el rostro de Valery. Sabía que Valery había mostrado rechazo hacia Yuri antes, pero Alexéi no tenía nada que explicar. Yuri siempre había sido su amigo, y tanto Valery como Yuri lo sabían con claridad.

Al notar la falta de respuesta de Alexéi, Valery examinó la habitación sin cambiar su expresión antes de entrar con paso firme. Con movimientos elegantes, colocó su maleta junto a la puerta y luego se sentó lentamente en la cama de Alexéi.

La habitación tenía lo mínimo indispensable: un pequeño escritorio con una silla y una cama doble. Era todo. Si se comparaba, incluso el cuarto que Alexéi tenía en Saratov parecía más acogedor. Aunque la casa estaba en mejores condiciones y su situación actual era mucho mejor, todo en ese lugar se sentía vacío.

Sin embargo, la simple presencia de Valery parecía llenar la habitación de inmediato. Alexéi se debatía entre el remordimiento de haberlo llevado a un lugar tan poco atractivo y la satisfacción de saber que ese hermoso chico era lo único que necesitaba.

Mientras dejaba que esas emociones contradictorias chocaran dentro de él, Alexéi se quitó el abrigo y se lo cambió por una camisa negra que estaba colgada en el perchero. Vestirse de forma discreta era siempre la mejor opción para pasar desapercibido. Desde el rincón de la habitación, Valery lo observaba con la curiosidad de un niño.

Era como en aquel entonces: cuando Valery regresaba del colegio, corría hacia Alexéi para jugar, solo para detenerse abruptamente al darse cuenta de que él se iría pronto. La misma expresión de incomprensión y vulnerabilidad, inclinando ligeramente la cabeza mientras parpadeaba con sus grandes ojos verdes, volvió a aparecer en su rostro.

El pecho de Alexéi se apretó dolorosamente al verlo. Valery, que había mostrado tanta energía en Nueva York, parecía haber regresado al niño indefenso de aquella época. Aunque ya no había cadenas sujetándolos ni peligros acechándolos, Alexéi no podía dejar de sentirse inquieto.

Por un momento, le pareció que permitir que Valery entrara en su mundo era un error, la peor decisión posible. Pero dejarlo ir tampoco era una opción. Consciente de que no tenía la respuesta, decidió ignorar esa incertidumbre y centrarse en lo urgente.

—Date una ducha y descansa. Tengo que salir un momento.

—Voy contigo.

Valery se puso de pie de inmediato. Su postura, ahora más alta, se imponía mientras lo miraba con obstinación.

—No quiero quedarme solo sin ti, Alexéi.

—Tampoco me gusta dejarte solo, pero no puedo llevarte conmigo.

—Ya soy mayor. No soy una carga para ti.

Alexéi lo sabía. Había visto cómo Valery manejaba situaciones complicadas cuando estuvo retenido por Iván. Más allá de protegerse a sí mismo, había hecho más de lo esperado. Pero ahora era diferente. Valery no tenía por qué volver a enfrentarse a esas circunstancias. No era un criminal ni tenía por qué involucrarse en violencia. No lo permitiría.

—Hace solo dos meses que te quitaron el yeso después de ser atropellado. ¿Recuerdas lo que dijo el médico? Debes descansar y rehabilitarte al menos medio año si quieres volver a bailar.

Desde que se reencontraron, Valery nunca había desafiado las palabras de Alexéi. Había sido obediente, incluso sumiso, quizás por culpa. Pero aquí, en Vancouver, parecía haber cambiado, volviéndose inusualmente testarudo.

—No me importa si no puedo volver a bailar.

La sinceridad aterradora en sus palabras hizo que Alexéi se quedara helado. Valery frunció el ceño con una expresión obstinada que Alexéi solo recordaba de los días en que evitaban mirarse.

—Valery Belov.

Alexéi lo llamó con firmeza. Al oír su apellido, los ojos de Valery se abrieron de par en par.

—Estás actuando como un niño. No hay nada en la búsqueda de Vasili o Yuri en lo que puedas ayudar. Lo que debes hacer ahora es descansar y adaptarte a este lugar.

Tan pronto como escuchó que no podía ser útil, Valery cerró la boca. Alexéi se pasó la mano por el cabello en un gesto algo brusco. De repente, el cansancio pareció apoderarse de ambos, y el ambiente de la habitación se volvió opresivo. No habían tenido una discusión así desde que se reencontraron, y esa discrepancia después de tanto tiempo resultaba incómoda.

«Dije la verdad y no creo que fuera algo malo. Había que hablar con Tymac para confirmar, pero esto no parecía ser una simple disputa entre civiles. Quisieras o no, probablemente habría que usar la fuerza o enfrentarse a escenas desagradables, y Valery no pertenecía a un mundo así.

Aun así, ¿debería disculparme?»

No sabía cómo convertir su relación en algo “normal” ni tenía idea de cómo hacerlo. Alexéi se preguntaba qué palabras podrían calmar a Valery en este momento.

—…Sí.

Sin embargo, antes de que Alexéi pudiera disculparse, Valery respondió en voz baja. Aunque su rostro reflejaba una sombra de incertidumbre, los ojos que antes ardían con obstinación o ira parecieron calmarse poco a poco. Valery lo miró de arriba abajo, como memorizando cada detalle, y con un tono triste, dijo:

—Vuelve pronto.

Alexéi no sabía qué pensar.

Había creído que todo sería perfecto si simplemente estaban juntos. Que con encontrar su lugar y construir un espacio compartido sería suficiente. Pero nunca había sido alguien capaz de hacer feliz a Valery de forma constante. Mientras que Valery siempre le había traído paz y alegría, Alexéi no podía devolverle lo mismo.

—Te llamaré.

Alexéi, al final, no supo qué más decir.

—Sí. Te esperaré.

Valery respondió con calma. Aunque escuchó su respuesta, Alexéi no pudo moverse de inmediato. Con la mano aún sobre el pomo de la puerta, permaneció inmóvil hasta que la voz de Tymac, llamándolo desde el primer piso, lo sacó de sus pensamientos.

—¡Oye, llegaste!

La mirada de Valery se desvió lentamente hacia la entrada y luego volvió a Alexéi, cargada de una emoción difícil de descifrar.

—No te lastimes. Por favor.

Los ojos de Valery eran profundos al decir esas palabras. Aunque sus emociones solían ser claras como el cristal, fáciles de leer, en ese momento Alexéi no pudo medir la intensidad de lo que sentía.

—Lo intentaré.

Eso fue lo único que Alexéi pudo decir.

***

Bajó al primer piso en silencio y abrió la puerta para dejar entrar a Tymac. Apenas este lo vio, extendió sus brazos musculosos y lo abrazó con fuerza.

—¡Pensé que estabas muerto!

—Sí, sí…

A pesar de todo, no pudo evitar sentirse aliviado de verlo. Alexéi esbozó una tenue sonrisa y soportó el abrazo durante un segundo. Exactamente al segundo dos, su rostro cambió.

—Ahora suéltame y hablemos de lo que importa.

—Ay, hombre, ¿no deberías estar más relajado después de pasar tiempo con tu adorado Valery? ¿Por qué sigues siendo igual de insoportable?

—Te has vuelto más idiota.

—Tu mal carácter sigue siendo insoportable. Sí, definitivamente eres tú.

Tymac soltó una carcajada, disfrutando del insulto como si fuera un chiste compartido entre viejos amigos. Luego, echó un vistazo rápido a su alrededor y, de repente, inclinó la cabeza hacia adelante, bajando la voz para susurrar.

—Oye, ese… Valery, ¿también está aquí?

—¿Qué clase de pregunta es esa? Por supuesto.

—¿Dónde está? No lo veo por ninguna parte.

—Le dije que se quedara en mi habitación.

—¿Piensas irte dejándolo solo ahí?

Alexéi lo miró con una expresión afilada, como si no pudiera comprender la lógica de su pregunta.

—¿Para qué tendría que llevarlo?

Aunque el tono gélido de Alexéi hizo que Tymac se estremeciera por un momento, no se dejó intimidar y respondió con firmeza. En el tiempo que llevaban sin verse, parecía haberse vuelto más valiente.

—Bueno… no sé, acaba de llegar. Si se queda solo se va a sentir aislado. Este lugar es nuevo para él, y si conoce la situación, seguro está más que preocupado, ¿no crees?

—No sé cuándo o cómo se puede desatar algo peligroso. No quiero arriesgarlo. Sólo sería un estorbo.

En ese momento, se escuchó un leve crujido desde el piso superior, como si alguien hubiera pisado una tabla de madera suelta. Alexéi reaccionó al instante, levantando la vista hacia el segundo piso. Sus ojos recorrieron el oscuro pasillo, pero no vio ningún movimiento. Por más que enfocará su mirada, el corredor permaneció inmóvil, como si no hubiera nadie allí.

—Qué intimidante, qué intimidante… no has cambiado nada, ¿eh?

—Déjate de tonterías y dime qué averiguaste.

Pasando junto a Tymac, Alexéi se dirigió a la mesa de la cocina, donde revisó rápidamente un montón de papeles. Entre facturas de gas y avisos de impuestos, encontró finalmente algo que llamaba la atención: un cuaderno con la caligrafía de Yuri.

—No tuve mucho tiempo, pero parece que el tío Vasili contrajo una deuda con alguien cuando llegó aquí. No sé si fue dinero o algún tipo de ayuda, pero parece que lo usaron para exigirle algo.

—¿Hablaste con Yuri?

Mientras hablaba, Alexéi pasó un dedo por las anotaciones, revisándolas con atención. Entre ellas, encontró “East Hastings” escrito, acompañado de números que parecían una dirección.

—Por suerte, logré contactarlo hace poco.

—¿Qué te dijo?

—Le pedí que nos dejara ayudar, pero dijo que no hacía falta. Así que tuve que forzar un poco la situación.

—¿Cómo?

—Le dije que tú habías llegado, y entonces me dijo que lo encontráramos en Commercial y East Hastings.

—Entonces, vámonos.

Aunque la relación con Yuri siempre había sido complicada, Alexéi sabía que no podía permitirse rechazar otra de sus peticiones. Tanto Yuri como Vasili eran familia para él, y no tenía tiempo que perder.

—Sí, sí, yo conduzco.

Con un gesto de la barbilla, Alexéi instó a Tymac a moverse. Mientras este salía corriendo hacia el auto, Alexéi se detuvo por un momento y miró hacia la escalera que conducía al segundo piso. La quietud desde arriba era inquietante, como si la casa misma contuviera su respiración.

Una sensación de pesadez se instaló en su pecho mientras los pensamientos desordenados en su mente parecían enredarse aún más.

A pesar de sentir alivio por haber regresado, el solo hecho de dejar a Valery en un lugar como ese llenaba a Alexéi de inquietud. Salir dejando a Lerusha solo en su habitación también lo abrumaba con un cansancio familiar: esa sensación persistente de estar atrapado en un ciclo sin fin. Sabía bien que no era alguien que cambiara o progresara de manera significativa, pero el temor a quedarse estancado, a retroceder y repetir los errores del pasado, seguía siendo un lastre.

Miró una vez más el espacio envuelto en sombras antes de que el sonido de un motor encendiéndose afuera lo distrajera. Necesitaba encontrar una solución. Algo que le garantizara a Valery un futuro feliz… pero sólo necesitaba un poco más de tiempo, unos pocos días más.

***

East Hastings era un nombre conocido por cualquiera en Vancouver, sinónimo de peligro. Más específicamente, una zona repleta de adictos a las drogas. La calle había sido transformada en un refugio improvisado, donde los adictos que anteriormente vivían en campamentos en parques habían sido desplazados, convirtiendo el lugar en un interminable corredor de tiendas de campaña.

Para Alexéi, no era una escena desconocida. Saratov había sido un nido de adictos, donde las muertes en el centro de la ciudad eran habituales. Comparado con aquello, esta calle le resultaba casi tranquila: sin tiroteos, sólo un hedor persistente y las figuras tambaleantes de personas destruidas por su adicción. Los adictos no eran agresivos mientras tuvieran dinero para sus drogas y un lugar donde consumirlas; su destrucción era mayormente autoinfligida.

Pero lo que hacía a East Hastings realmente peligrosa no eran los adictos en sí, sino aquellos que se mezclaban entre ellos: personas que llevaban a cabo negocios ilegales a plena vista o se escondían tras fachadas de tiendas, manejando todo tipo de operaciones clandestinas. Si algo salía mal, este era el lugar donde era más probable que ocurriera.

—Maldita sea, este sitio siempre me pone los pelos de punta. Me recuerda a Saratov —murmuró Tymac con desagrado.

—No es lo mismo. Aquí al menos algunos están aquí por elección propia.

—Supongo que tienes razón, pero igual. Espero no tener que volver nunca más.

Alexéi escudriñó la calle. Entre los adictos que vagaban como zombis no veía señales de Yuri. Este lugar ya era desolador durante el día, y de noche apenas quedaban más que indigentes y adictos. Aún así, encontrar a Yuri no parecía una tarea imposible.

—Voy a entrar. Quédate aquí y si no logro contactarte, regresa a casa. No podemos dejar a Lerusha solo.

—¿Qué demonios? ¿Por qué hablas como si fuera tu despedida? Sabes que odio cuando dices cosas así, ¿no? Me traumas.

—No pasó nada esa vez, así que no te preocupes. Sólo asegúrate de que no te roben el coche.

Ignorando los refunfuños de Tymac, Alexéi salió del vehículo. Las figuras tambaleantes pasaban cerca de las tiendas de campaña, emanando un hedor tan intenso que parecía impregnarse en la piel. Sus cuerpos estaban cubiertos de mugre acumulada durante semanas, y aquellos que llevaban ropa apenas lograban cubrirse. Las marcas de agujas y manchas rojas adornaban los brazos de casi todos.

Sacando su teléfono, Alexéi intentó llamar a Yuri mientras observaba el entorno. Las similitudes entre un adicto y otro dificultaban buscar al azar; además, meterse en problemas en Canadá era lo último que necesitaba. No llevaba armas, pero ahora se cuestionaba si no habría sido mejor traer algo.

Caminando por la intersección de Commercial y Hastings, Alexéi vio a un hombre que, entre todos, parecía tener algo más de lucidez. Era un hombre pálido, con el cabello cubierto de caspa y ojos que, aunque enfocados, destilaban hostilidad.

—Oye —dijo Alexéi acercándose—. ¿Has visto a alguien más alto que yo, con cabello oscuro y que parece estar en sus cabales?

—¿Qué?

El hombre lo miró con ojos entrecerrados, su expresión cargada de desconfianza.

—Lárgate si no vas a darme dinero.

—Aquí tienes.

Sin más palabras, Alexéi sacó un billete de su bolsillo, ofreciéndoselo con un gesto directo y sin rodeos.

Alexéi sacó dos billetes de 20 dólares y se los ofreció al hombre. Tan pronto como vio el dinero, el hombre abrió los ojos rápidamente y se agachó para arrebatarlos con rapidez.

—Si has visto a alguien parecido, dilo. O si has visto a alguien que no solías ver por aquí.

El hombre no parecía tener intención de escuchar las palabras de Alexéi. Tan pronto como recibió el dinero, comenzó a caminar apresuradamente hacia un callejón. Era obvio lo que iba a hacer, probablemente comprar drogas.

—No soy el tipo de persona que da dinero por lástima. Te lo advierto.

A pesar de las palabras de Alexéi, el hombre no se detuvo. Alexéi lo siguió con calma, y cuando empezaron a alejarse de la zona más transitada, rápidamente le dio una patada en el tobillo.

—¡Ugh!

El hombre cayó al suelo, soltando un gemido de dolor. Alexéi lo miró con una expresión compleja. El problema más grande con la adicción a las drogas no era la gente que las consumía, sino quienes las proveían. Sin embargo, a diferencia de Saratov, aquí había cierta autonomía. Muchos comenzaban con la marihuana por diversión, luego pasaban a la cocaína, y si no caían más abajo, terminaban como ese hombre, atrapados en una espiral descendente.

—Habla.

Alexéi presionó su pie contra la espalda del hombre caído, y este comenzó a temblar de miedo antes de hablar.

—E-este… Desde ayer, ha estado rondando por aquí un tipo normal. Hoy también… allí, allí, acaba de entrar.

El hombre señaló hacia un bar que tenía luces rojas parpadeando. Alexéi echó un vistazo a través de las ventanas oscuras, pero no podía ver nada dentro. Luego, soltó un suspiro, y quitó su pie de la espalda del hombre. Con una mano, aplastó los billetes arrugados y luego los volvió a sacar de su bolsillo.

—Considera esto como una oportunidad más de vida. Agradécelo.

Sabía que el hombre no cambiaría, pero pensó que podría darle unos días más. Aunque, ¿realmente cambiaría algo?

Alexéi metió el dinero arrugado en su bolsillo y salió del callejón. Algunos vagabundos que estaban hurgando en un gran cubo de basura lo miraron de reojo y se apartaron rápidamente. Aunque le irritaba ver a personas que, a pesar de tener libertad, tomaban esas decisiones, Alexéi no estaba en posición de juzgar.

Aunque el entorno no le resultaba extraño, algo en su interior se sentía vacío. Pensó en Valery, a quien había dejado en casa. Había pasado por tanto dolor y sufrimiento, pero ahora, sentía el deseo de regresar a ese amor que lo había ayudado a soportarlo todo. Esos momentos tranquilos y felices a su lado le faltaban, y lo que le parecía tan lejano ahora le resultaba tan cercano.

Sin embargo, mientras caminaba por esa cloaca, Alexéi no pudo evitar preguntarse si realmente merecía ser tan feliz. Después de todo, solo por tener a Valery a su lado, ya sentía que era un hombre afortunado, pero, ¿tenía derecho a ser feliz ignorando los pecados de su pasado?

Encendió un cigarro y usó la pequeña luz de la llama para cruzar la oscura calle. Caminó por una amplia avenida desierta, pasando junto a los vagabundos, hasta llegar al bar que el hombre le había señalado.

El lugar no era grande, pero había dos guardias. Al no haber una mesa de espera, parecía que no se trataba de guardias comunes. En cuanto Alexéi se detuvo frente al bar, uno de los guardias lo detuvo groseramente.

—No aceptamos clientes, vete.

—¿Por qué no aceptan clientes en un bar?

Con una sonrisa burlona, Alexéi echó un vistazo al interior del bar. Por su apariencia, parecía un pub irlandés. No era nada raro en Vancouver, pero este parecía ser un lugar diferente.

—El negocio ha terminado, vete.

—Vengo a ver a un amigo. ¿Realmente no me dejan entrar?

—Te lo he dicho dos veces. Lárgate.

La expresión del guardia se fue tornando cada vez más hostil. Alexéi echó un vistazo a su alrededor. Este no era el tipo de lugar donde la policía llegaría rápidamente si empezaba una pelea.

No había golpeado a nadie en años. Alexéi giró ligeramente la cabeza, buscando una apertura. No parecían ser luchadores experimentados. Al ver las debilidades del guardia, pensó que podría ser fácil leer el ambiente, además, no había señales de que la seguridad del lugar fuera de alta calidad. La vitrina no estaba en un lugar demasiado peligroso.

—Voy a decirlo solo una vez. ¿Puedo entrar?

—Este hijo de puta…

Cuando Alexéi dio un paso hacia la entrada, el guardia intentó detenerlo. Aunque ambos tenían una estatura similar, el hombre, mucho más corpulento, creyó que podría empujarlo. Alexéi, sin perder tiempo, esquivó el empujón con un ágil giro de cuerpo.

Con un resoplido, el hombre perdió el equilibrio fácilmente. Aprovechando la oportunidad, Alexéi le dio un golpe rápido con la rodilla en el abdomen.

—¿Qué estás haciendo?!

El segundo guardia, que estaba cerca, se unió a la confrontación. Intentó agarrar el hombro de Alexéi para lanzarlo al suelo, pero claramente no era un experto. Alexéi lo manejó sin mucho esfuerzo. Empujó al guardia que acababa de recibir el golpe en el abdomen, luego se inclinó ligeramente para esquivar el puñetazo que venía hacia él, y aprovechó la abertura para empujar al guardia hacia atrás con fuerza. El impacto hizo que el hombre chocara contra la puerta del bar, abriéndola de golpe.

Al instante, la vista del interior del bar, con luces rojas de ambiente barato, apareció frente a Alexéi. Sonrió, frunciendo el ceño ante el espectáculo, y miró hacia adentro, pero de inmediato notó a un hombre alto que estaba de pie justo frente al guardia caído.

Con un rostro inmutable, una piel pálida y ojos azules profundos, el hombre observaba fijamente a Alexéi. Era una cara conocida.

—Alyosha.

Alexéi, sorprendido por la situación, silbó suavemente y levantó la mano.

—Hace tiempo que no nos vemos.

El hombre, Yuri, lo miró en silencio y, sin decir nada, se inclinó para levantar el brazo del guardia caído.

—Es mi amigo. Lo siento en su lugar.

La palabra “amigo” hizo que el guardia mirara con incredulidad. Avergonzado por haber caído tan fácilmente, reprimió un gemido de dolor mientras, con quejas, se dirigió a Yuri.

—No me dijeron que tenía compañía… Si lo hubiera sabido, los habría dejado entrar.

—No pensé que viniera de manera tan abrupta.

Yuri ayudó al guardia a levantarse. El hombre, con la mirada aterrada, evitó a Alexéi mientras salía, y fuera del bar, comenzó a ayudar a su compañero caído, lanzando miradas de desprecio a Alexéi. Yuri, al ver esto, sacudió la cabeza y le dijo a Alexéi.

—Cierra la puerta, Alyosha.

—No te enojes tanto. Hace tiempo que no te veía.

Con un tono burlón, Alexéi giró hacia la entrada. Mientras decía una disculpa a los hombres que aún lo miraban, ellos lo fulminaron con la mirada. Rápidamente cerró la puerta para evitar que pudieran seguir observándolo y echó un vistazo al interior. Había pocas personas dentro, pero todos lo miraban intensamente. Entre ellos, vio una cara familiar.

—Vasili, ¿pensé que te habías metido en algún lío? ¿Y ahora estás tomando?

A diferencia de lo que Alexéi había imaginado, Vasili estaba tranquilo y sin ningún daño, tomando una copa. Alexéi no podía evitar la incredulidad, pensando en las largas explicaciones de Tymac y la gravedad de la situación.

—No pensé que volverías, Alyosha.

Vasili, sorprendido, respondió mientras frotaba su barba canosa. Alexéi sonrió, divertido por la reacción.

—Si vas a un lugar con más sabiduría, ¿qué esperabas? ¿Que me fuera a otro sitio?

—¿No habías planeado ir a Nueva York para encontrar a tu hermano?

Alexéi se quedó en silencio. Esa parte seguía siendo complicada, y su mente no estaba clara al respecto, así que evitó la respuesta y caminó hacia donde estaba Vasili, tomando una silla del bar y sentándose. Luego miró a Yuri y le preguntó.

—Entonces, ¿por qué desapareciste durante tantos días?

Yuri suspiró ligeramente, y pronto se acercó a Alexéi. Cuando su feromona se hizo presente nuevamente, Alexéi recordó lo que Valery le había dicho.

{—Su aroma, también se siente aquí.}

No debería ignorarlo, pero bajo su rostro indiferente, Alexéi se sintió preocupado. Agarró la copa de Vasili que estaba sobre la mesa y, con una sonrisa sarcástica, se la pasó. Mientras Vasili pedía más bebida, Alexéi le susurró con firmeza a Yuri.

—Tymac está preocupado, así que no ocultes nada. Dilo todo.

Los ojos oscuros de Yuri miraron a Alexéi en silencio, y él supo que era una señal de que Yuri aceptaba.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN



© 2026 ACOSB

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