Capítulo 54
El vuelo directo de Vancouver a Nueva York duró un poco más de cinco horas. El avión de Air Canada aterrizó en el aeropuerto de LaGuardia alrededor de las 10 p.m. Si no hubiera salido corriendo sin pensar en llevar su pasaporte, habría llegado un poco antes.
Le resultaba irónico que su primer vuelo en la vida fuera en Air Canada. Solo después de llegar a Nueva York, Alexéi logró calmarse lo suficiente como para pensar en eso aunque en realidad fue más un esfuerzo por distraerse que una verdadera calma.
Pensaba que nunca regresaría a este país, pero antes de poder reflexionar sobre ello, tomó un taxi de Queens a Manhattan. No había mucha información en las noticias sobre el hospital, pero un mensaje oportuno de Tymac, que apareció en su teléfono nada más salir del aeropuerto, le dio la respuesta: parecía ser el Hospital Mount Sinai, entre East Harlem y Central Park.
Gracias a que ya había pasado la hora pico, el taxista le aseguró que llegarían en unos 30 minutos. No sabía si fue por su expresión tensa y casi amenazadora, pero el conductor buscó el camino más rápido. Solo después de llegar a Nueva York, Alexéi logró, finalmente, respirar correctamente después de haber estado conteniendo el aliento. Al contrario de lo que había pensado, hacía bastante frío, y tenía las puntas de los dedos entumecidas.
Con manos rígidas, Alexéi empezó a buscar en su teléfono. Al buscar noticias sobre Valery, descubrió algunos detalles de su vida durante los dos últimos años. Por lo que decían varios foros y comunidades, parecía que se había establecido con bastante éxito, incluso más de lo que había esperado. Entonces, ¿por qué? Si le iba tan bien, ¿por qué algo así?
Había muchas especulaciones de que el accidente de Valery era un intento de suicidio.
Según los testigos, Valery se había quedado quieto frente al auto, sin intentar evitarlo, aunque podría haberlo hecho. Incluso cuando el semáforo no había cambiado, se había lanzado justo delante del último coche que pasaba, lo cual hacía que el rumor pareciera casi una certeza. Las personas cercanas a él decían que no había razones para ello, pero algunos paparazzi mencionaban en fotos y comentarios que Valery visitaba con frecuencia a un psiquiatra.
Se sentía como si estuviera leyendo sobre un desconocido. Al ver toda la atención y la fama que rodeaban al nombre de Valery Belov, Alexéi se preguntó si su presencia allí tenía sentido. Más aún al enterarse de que Valery visitaba regularmente a un psiquiatra. Porque, sin duda, la razón de eso debía ser él. Y en el peor sentido. Él pensó que Valery sería feliz aquí, lejos de él, pero ¿era tan grande la herida que Alexéi Sorokin le había dejado?
«¿Fue acaso mi intento de salvarte la semilla que, en realidad, te llevaría a la ruina?»
Cuando vio las imponentes luces de Manhattan brillando en el horizonte, se sintió aún más confuso. Había violado muchas cosas para llegar hasta allí. Entró a los Estados Unidos con una identidad falsa y rompió el contrato que tenía con Khalis Vinter. Le invadía el miedo de que, al verle, el estado de Valery pudiera empeorar.
«Solo compruébalo y vete.»
Alexéi cerró y abrió el puño, cada vez más frío. Cuanto más se acercaba el edificio del hospital, más pálido se sentía.
«¿Qué tan grave estaría? ¿Tendría que permanecer mucho tiempo en el hospital? ¿Se había arruinado su carrera por el accidente?» A Alexéi lo abrumaban pensamientos de ansiedad y temores, y lo ponían al borde de la desesperación. Después de haberle salvado en Saratov, nunca imaginó que Valery acabaría así aquí.
Sin haber sacado dinero, Alexéi pagó la tarifa del taxi con los pocos dólares que encontró en su billetera. Ignoró al conductor cuando intentó darle el cambio y salió rápidamente del auto. Sabía dónde estaba el hospital, pero no tenía idea de dónde encontrar la habitación.
Se quedó allí, en medio del ajetreo de la gente que iba y venía en el vestíbulo. No era familia de Valery, así que no permitirían su entrada. Ya ni siquiera compartían el mismo apellido. Valery ya no era un Sorokin. Sin duda no estaría en una sala común, pero si deambulaba por todo el hospital sin rumbo fijo, corría el riesgo de levantar sospechas y meterse en problemas.
—Está justo aquí, dentro de estas paredes.
Alexéi levantó la vista hacia el techo. Lo mejor sería moverse. Sería fácil pasar desapercibido mientras se mezclara bien entre la multitud. Aunque no lograra entrar, con solo acercarse lo suficiente para confirmar que Valery estaba vivo, le bastaría. O tal vez… simplemente ver que despertaba…
Sintió cómo la avidez comenzaba a crecer en su interior. Frotándose los ojos cansados, Alexéi se dirigió hacia el ascensor. Aunque Vancouver también era una ciudad concurrida, no podía compararse con Nueva York. Y mucho menos con un hospital tan grande como este. Los diversos olores y feromonas que se mezclaban en el aire le revolvían el estómago.
Entonces, captó una feromona conocida. La reconoció, aunque solo la había percibido de manera fugaz en el pasado. Miró a su alrededor y divisó una silueta inconfundible: una figura pequeña y de espaldas, cabello negro. No necesitaba verle la cara para saber que era Rian Vinter. Una chispa de hostilidad floreció en él, pero enseguida pensó que Rian podría serle útil. Si lo seguía, seguramente llegaría a donde estaba Valery. Sabía que Rian era importante para él, y ese razonamiento le dejó un sabor amargo. Pero no podía perder tiempo en pensamientos inútiles.
Desde la parte de atrás, mientras Rian esperaba el ascensor, Alexéi se mezcló entre la gente y se adelantó, entrando en el elevador. Por suerte, había un Alfa de estatura similar, detrás del cual se ocultó. Miró de reojo, dudando si Rian recordaría su feromona, pero Rian solo observaba los números de los pisos cambiar, con expresión ansiosa. Alexéi también dirigió la vista a los números.
Las personas comenzaron a salir una por una hasta que, finalmente, solo quedaron cuatro en el piso 15, incluido Alexéi y Rian. En cuanto las puertas se abrieron, Rian salió apresurado. Alexéi le siguió a cierta distancia. Una enfermera le lanzó una mirada de reojo, quizá porque no era una cara familiar, pero solo le examinó el semblante y la ropa, como si intentara decidir si era un periodista. Hasta ahí todo fue sencillo, pero en cuanto Rian giró hacia el pasillo de las habitaciones privadas, un guardia de seguridad bloqueó el paso de Alexéi. La palabra “Seguridad” destacaba en su uniforme mientras le cerraba el paso.
—Necesitará un pase para ingresar aquí. Si es visitante, muestre su identificación, por favor.
Con un tono cortés pero firme, el guardia lo miró. Alexéi, que sabía que una excusa barata no serviría, improvisó.
—Soy el guardaespaldas del señor Rian Vinter, que acaba de entrar. No se preocupe, me quedaré aquí cerca.
Conocer el nombre de Rian le fue útil. El guardia lo miró con una expresión dubitativa antes de asentir.
—No recuerdo que lo haya traído antes.
—Los paparazzi se han vuelto realmente molestos —respondió Alexéi.
Eso pareció convencerle, y el guardia asintió comprensivo.
—Sí, no nos dejan en paz. Justo ayer tuvimos que llamar a la policía porque uno se coló durante el cambio de turno.
—Vaya, un trabajo duro.
Alexéi se echó un poco atrás para dar a entender que no causaría problemas. Luego, se alejó y entró al baño. Nunca había estado en un hospital, ni siquiera cuando resultaba herido, así que la situación le resultaba extraña. Tras lavarse las manos bajo el agua un buen rato, salió de nuevo al pasillo. Allí, el aire tenía un ligero olor a medicamentos, limpio y artificial, pero mucho más respirable que en el vestíbulo.
Solo la idea de que Valery estuviera cerca hacía que su corazón latiera con fuerza. Por el semblante de Rian, la situación no parecía demasiado grave. Aunque mostraba signos de ansiedad, su expresión no parecía al borde del colapso. Alexéi reconocía el afecto que Rian sentía por Valery, aunque eso no cambiará el desagrado que le inspiraba. Pero si Valery estuviera en un estado crítico, Rian no tendría esa expresión.
Alexéi se frotó el rostro, intentando calmarse. Sí, habían pasado diez días desde el incidente, y no habían salido más noticias al respecto; eso significaba que Valery estaba vivo. Además, tratándose de un hospital de esta magnitud, seguro recibiría la mejor atención. Solo necesitaba comprobar que podía vivir sin secuelas que afectarán su carrera en el ballet.
…Pero ¿y si Valery había sufrido heridas graves?
¿Estaba dispuesto a quedarse si él tuviera secuelas permanentes? Alexéi se dio cuenta de lo ridículo de su suposición. Incluso se cuestionaba qué hacía allí. Al leer el artículo, su primer pensamiento fue imaginar a Valery solo, olvidando por completo que Rian estaba con él. Investigando en internet, había visto que Valery lo tenía todo: éxito, seguridad, como si hubiera estado esperando dejar atrás a Alexéi para prosperar.
Yuri estaba equivocado, o al menos parcialmente. Tal como Yuri había supuesto, Alexéi no podía olvidar a Valery. Sin embargo, mostrarle el artículo no cambiaría nada, solo ponía a Yuri en desventaja.
Nada iba a cambiar.
Una sensación de vacío lo invadió, y la razón comenzó a regresar. ¿Qué iba a hacer allí? Verlo podría molestar a Valery y empeorar su estado. Casi seguro que sucedería. Si quería evitar una situación desagradable, lo mejor sería irse ahora.
Con el impulso de un mecanismo de defensa, Alexéi se dispuso a marcharse. Sin embargo, justo cuando iba a girar en el pasillo de regreso, escuchó la voz de Rian Vinter detrás de él.
—¿Puedes caminar, Lerusha?
Sintió un vuelco en el corazón. Abrió los ojos de par en par y retrocedió rápidamente, buscando una salida. Al final del pasillo, vio un baño y una habitación común que no parecía tener guardia de seguridad. Sin saber si estaba vacía o no, giró el picaporte, y, al ver que no estaba cerrada, entró al oscuro espacio con un suspiro de alivio.
—…Sí, estoy bien —la voz de Valery se escuchó justo antes de que la puerta se cerrara del todo. Alexéi se quedó inmóvil, su mano aún en la puerta. El artículo decía que estaba en estado crítico; jamás habría imaginado que pudiera caminar. Parecía que sus heridas no habían sido tan graves.
—Tuviste muchísima suerte. Con todo lo que rodaste por el pavimento y aun así… todavía no lo creo. Si los otros coches no se hubieran detenido…
—Rian, estoy bien. Estoy aquí, ¿no?
—¿Cómo que bien? Con todas esas fracturas, no podrás hacer nada en mucho tiempo.
—Lo siento…
—No, no te disculpes. No es por eso. Solo que… tenía tanto miedo de perderte…
—Puedo caminar, así que me recuperaré pronto.
Rian le hablaba a Valery en tono molesto y con cariño, y Valery respondía con una calidez madura, casi paternal. Era una conversación entre personas que conocían profundamente el uno al otro. La voz de Valery era tranquila, muy distinta a la que usaba con Alexéi. Le resultaba difícil creer que había estado preocupado por alguien que sonaba tan sereno y saludable. Lentamente, Alexéi cerró la puerta.
CLAC.
El sonido opaco de la puerta apagó las voces. En la penumbra de la habitación, Alexéi se recargó poco a poco contra la puerta, ocultándose en la oscuridad que solo se rompía por un débil haz de luz filtrándose a través de la cortina.
Aliviado, pensó Alexéi.
Valery podía caminar y hablar así, lo cual significaba que, al menos, su vida no estaba en peligro. Si podía caminar, sus piernas estaban bien, y con Rian Vinter a su lado, tenía compañía, dinero, y toda la estabilidad que le hacía falta.
Dejó escapar una risa seca. Después de dos años, uno pensaría que ver a Valery con Rian ya no le afectaría, pero con solo escuchar un par de frases, el malestar lo inundó, amenazando con romperle por dentro. Aunque Valery ya no lo tomaba en cuenta, Alexéi aún lo veía como el inicio de su propia historia. Al leer sobre el accidente, había corrido hacia él sin pensarlo. Qué tonto había sido.
«Debería regresar.»
Tenía un lugar a donde volver, después de todo. Lentamente, se dejó caer al suelo, apoyándose en la puerta mientras se cubría el rostro con las manos. La fatiga se abatió sobre él de golpe. Sin embargo, lo que realmente lo desconcertaba, lo que le parecía irónico… era que el simple hecho de estar cerca de Valery había logrado calmarle el temblor constante en su cuerpo. Lo encolerizaba saberlo, odiaba que ni siquiera después de verlo allí, al lado de Rian, podía dejar de ser vulnerable. Inhaló profundamente, tratando de controlarse, mirando fijamente la oscuridad, repitiéndose que debía dejar atrás todo aquello, que el sentimiento de hoy sería el último clavo para enterrar lo que quedaba de aquel pasado. Aunque le costara, lo haría.
—Ya no eres la razón de mi vida —murmuró, como si se tratara de una especie de auto-hipnosis.
Repitió aquellas palabras decenas de veces, como si así pudiera convencerse de una vez. Finalmente, se puso en pie. Había pasado el tiempo suficiente como para que ambos ya estuvieran en la habitación. Podía considerar aquello como un favor, aligerándole la salida. Abriría la puerta y, sin pensarlo dos veces, tomaría el ascensor, volvería al aeropuerto y regresaría.
Mientras giraba el pomo, su pecho palpitaba de rabia, como si fuera a estallar. El simple acto de abrir la puerta era un acto de fuerza de voluntad, y el impulso era tan fuerte que se prometió una última vez que no pensaría en él jamás.
Sin embargo, apenas abrió la puerta, su cuerpo se detuvo de golpe. Delante de él, alguien bloqueaba su paso. Lo primero que percibió fue el olor a desinfectante, luego la tela de una bata de hospital. Alzó la cabeza, creyendo que podría tratarse del paciente de aquella habitación. Pero en el acto mismo de levantar la mirada, una familiaridad extraña lo invadió.
Y en cuanto sus ojos se elevaron un poco más, allí estaban: unos ojos verdes que lo miraban de vuelta.
El dolor, la furia que apenas segundos antes lo consumían, desaparecieron en un suspiro. Su corazón dio un vuelco, congelándolo en el sitio, clavado en aquellos ojos verdes que no había olvidado. Valery, desde su posición, bajó la mirada para observarlo, como si quisiera asegurarse de que realmente estaba allí. Más allá del olor a desinfectante, Alexéi detectó un leve rastro de feromonas; el aroma familiar, como de flores frescas, ese que ni el tiempo ni la distancia habían podido borrar de su memoria.
Era el aroma de Valery.
—De verdad… —susurró Valery, con voz baja y quebradiza.
Alexéi apretó los dedos contra el pomo de la puerta, como si soltarlo lo fuera a hacer tambalearse. Se preguntaba por qué, por qué Valery estaba frente a él.
—¿Eres… Alexéi? —La voz de Valery era tenue, como el último vestigio de una luz que se apaga, pero estaba cargada de una extraña urgencia, como si temiera que fuera a desvanecerse.
Con una expresión casi soñadora, Valery lo observaba con los ojos fijos en su rostro. Tenía heridas y moretones que le daban un aspecto algo desmejorado, pero, para Alexéi, seguía viéndose hermoso.
—…¿Es en verdad Alexéi?
Aunque sus propios ojos no se apartaban de él, Valery seguía preguntando. Alexéi trató de responder, pero las palabras se le atascaban en la garganta. No entendía por qué lo miraba con aquella expresión, y una presión invisible le apretaba el pecho, dejándolo sin aliento.
—No puede ser un sueño…
Valery continuó hablando solo, su voz baja llenando el espacio entre ellos. Se inclinó hacia Alexéi, acercándose, bloqueándolo contra la puerta, como si quisiera encerrar cada resquicio de escape. Esa postura le evocaba el pasado; sentir la presencia de un alfa acorralándolo así le encendía la piel. Su corazón latía con fuerza, tan rápido y fuerte como si estuviera a punto de estallar.
Lentamente, la mano de Valery la que no llevaba el yeso se extendió hacia él, con los dedos temblorosos deteniéndose cerca de su rostro, apenas rozando su mejilla. Con la cabeza inclinada, Valery lo miraba con una incredulidad palpable en sus ojos verdes.
—Rian vino hace un rato, así que… seguro que esto no es un sueño.
El nombre de “Rian” cayó como un baldazo de agua helada, despertando a Alexéi de inmediato. La serenidad momentánea se desmoronó al recordar quién era Valery ahora, quién era para él. En un arrebato, apartó la mano de Valery, golpeándola con fuerza. Nunca antes había rechazado un contacto suyo de manera tan brutal, y la sorpresa pintó el rostro de Valery cuando su mano cayó sin resistencia, colgando débilmente a su lado. Por un segundo, la idea de estar lastimando a un paciente le cruzó la mente, pero la imagen de Valery con Rian ahogaba cualquier compasión.
—Te has equivocado de persona —dijo con frialdad.
Sin darle tiempo a reaccionar, Alexéi se escabulló, saliendo del reducido espacio entre ellos y pasando por la puerta. Caminó, obligándose a no voltear, dejando a Valery atrás, apenas percibiendo su mirada verde parpadeando desconcertada.
—Espera… —La voz de Valery era pequeña, como si volviera a ser el chico vulnerable que alguna vez conoció. Por un momento, estuvo a punto de detenerse, pero Alexéi endureció su resolución. Dio grandes zancadas y giró en la esquina del pasillo.
—¡Alexéi, espera! —La voz de Valery resonaba a sus espaldas, pronunciando su nombre con desesperación, cada vez más débil, pero cada sílaba lo envolvía, como una cadena invisible alrededor de sus pies.
—Espera… solo un momento…
El nombre de Alexéi seguía saliendo de sus labios como un anhelo silencioso, algo casi imposible de ignorar. Hubo un tiempo en que Valery nunca lo había retenido cuando más lo necesitaba, y ahora no entendía por qué esa insistencia. El viejo Alexéi habría cedido, pero hoy, con la realidad de su relación delante, no había forma de que mirara hacia atrás.
—No te vayas, Alexéi.
La súplica rompió el aire. Alexéi continuó adelante, con cada paso aplastando el deseo de detenerse.
—Por favor, tenemos que hablar —imploró Valery detrás de él, su voz rompiéndose.
—No tenemos nada que hablar —se dijo en silencio Alexéi, sin permitirse ninguna debilidad. Pasaron enfermeras y guardias en el pasillo; notó sus miradas, llenas de curiosidad y sorpresa. Parecía que Valery aún lo seguía, y cualquiera podía verlo.
Entonces, lo escuchó, como un lamento desgarrador.
—¡Alyosha…!
Esa palabra, pronunciada con un tono suplicante y quebrado, lo alcanzó, y en un instante sintió una mano sujetándole la muñeca. No había esperado que Valery, con su débil apariencia y pasos doloridos, lo alcanzara. Pero ahí estaba, sus manos grandes y fuertes sujetándolo con determinación, la presión de sus dedos transmitiendo una mezcla de necesidad y desesperación. Con un suspiro, Alexéi se giró, forzado por el agarre.
—Suelta.
Sin cambiar su expresión, intentó quitarse de encima la mano, pero Valery negó con la cabeza, obstinado, sus ojos verdes resueltos.
—¿Viniste a verme? —preguntó Valery, con los ojos fijos en él.
—No. Ahora suelta, antes de que te quite la mano a la fuerza.
—¿No podrías decirme que sí, aunque sea una vez?

RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN