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Capítulo 58

—¿Perdón?   

Bliss parpadeó, desconcertado por la repentina propuesta, pero Penélope continuó con un tono firme:

—Lo mejor será que nosotros también descansemos. Es tarde y mañana tendremos que empezar temprano. Primero, necesitamos enfriar la cabeza.

Acto seguido, sus ojos brillaron con determinación mientras añadía:

—Mañana por la mañana, cuando el Conde salga, intentaremos que te vea otra vez. Ahí observaremos bien su reacción.

—Está bien…

Espero que de verdad todos esos insultos no hayan sido dirigidos a mí.

—No, en absoluto. Confía en mí.

Como si hubiera leído los pensamientos de Bliss, Penélope le dio unas palmaditas en la espalda para animarlo.

—Duerme sin preocupaciones, yo me haré responsable. Todo saldrá bien.

«Si ella lo dice, supongo que será cierto…»

Sin embargo, las secuelas de aquel incidente inesperado eran profundas. Una sensación de agotamiento extremo, como si estuviera física y mentalmente destrozado, lo invadió. Soltó un largo suspiro y Penélope le preguntó con una sonrisa:

—¿Y bien? ¿Qué se siente al ver en persona al Conde que tanto admirabas?

—Ja… jaja, ja.

Ante su risa forzada, Penélope asintió como si ya se lo hubiera esperado.

—Hoy debes estar cansado, así que descansa. Mañana nos levantamos a las nueve. El Conde desayuna a las ocho y tiene previsto salir a las nueve. Como era de noche y no pudiste verlo bien, mañana nos presentaremos formalmente bajo la brillante luz del sol.

Ella ya tenía un plan resplandeciente y meticulosamente organizado en su cabeza. La extraña reacción del Conde no parecía ser un problema en absoluto; para ella, solo era un pequeño, pequeñísimo incidente sin importancia.

—Entonces, Penélope, gracias por todo hoy.

—Que tengas dulces sueños, Bliss.

Tras despedirse de Penélope, Bliss buscó su habitación y entró. Era un cuarto ridículamente pequeño comparado con cualquier lugar donde hubiera vivido antes; solo cabían una cama individual, un armario empotrado para sus cosas y un escritorio. Tras dar apenas un par de pasos, se desplomó sobre la cama y se quedó mirando el techo.

—-Haaaa.

Ahora que estaba solo, finalmente pudo soltar un suspiro de alivio. Pero al relajarse, esa sensación extraña volvió a invadirlo.

—¿Qué demonios fue todo eso, de verdad?

A pesar de darle mil vueltas, seguía sin comprenderlo. Si, como decía Penélope, no lo había reconocido, ¿a qué se debía aquella reacción? Era algo tan diferente a lo que recordaba…

—-Bliss”-.

Una vez más, sintió una punzada de dolor en un rincón del pecho. Al llevarse la mano al corazón, Bliss se dio cuenta de algo: aquel latido frenético de anoche… tal vez, después de todo, había sido una expectativa.

11.

Tal vez por no haber pegado ojo la noche anterior, Bliss apenas logró despertarse a tiempo. Tras haber apagado la alarma dos veces, tuvo que vestirse a toda prisa y salir corriendo como un loco.

—¡Bli… Blair! ¡Has llegado! —Penélope, que merodeaba inquieta por el vestíbulo, agitó los brazos con alegría al verlo.

—Lo… lo siento por la tardanza —se disculpó Bliss jadeando. Ella negó con la cabeza y respondió:

—Has llegado justo a tiempo por los pelos. El Conde ya terminó de prepararse, pero avisó que bajará en diez minutos.

Solo entonces Bliss pudo respirar tranquilo.

—¡Qué alivio, de verdad…!

Pero justo cuando soltaba un suspiro, sintió una extraña presencia a su espalda. Al mismo tiempo que se sobresaltaba, Penélope susurró conteniendo el aliento:

—Shhh, el Conde está bajando.

Era una advertencia para que tuviera cuidado con lo que decía. Bliss vaciló un momento y luego se giró con cautela. Tal como ella había dicho, Cassian estaba descendiendo las escaleras.

Bajo la brillante luz de la mañana, su aspecto era totalmente distinto al de la noche anterior. Aquel hombre que parecía tan vacío ahora se sentía como una criatura arrogante, plenamente consciente de todo el poder que poseía.

Su paso era pausado, a un ritmo medido; su cuerpo se movía con una disciplina impecable, evitando cualquier balanceo innecesario; e incluso sus dedos largos y elegantes, que abrochaban el botón de su chaqueta mientras bajaba, parecían seguir un cálculo perfecto sin el más mínimo descuido.

Bliss se quedó embelesado por un momento, observando al hombre que caminaba hacia él.

Tenía el cabello pulcramente peinado hacia atrás y, tras los cristales de sus gafas, se vislumbraban unos ojos de color gris plateado. Bliss sintió una extraña sensación de extrañeza ante ese color que no había podido distinguir bien en la oscuridad. Había llegado a pensar que se parecía mucho a sus propios parientes, pero fue un error. Lo único similar era la estatura; los de su sangre no tenían ese rostro tan gélido.

«Por supuesto», pensó Bliss. “Toda mi familia es cariñosa y nos cuidamos los unos a los otros. Solo la gente que no sabe nada nos llama demonios, libertinos, pervertidos o perros rabiosos”.

Sí, exactamente como tú, Cassian Strickland.

—Buenos días, señor Conde.

Penélope saludó con cortesía, pero él pasó de largo como una ráfaga de viento gélido. «Ya me parecía a mí… ¿Cómo pude comparar a mi familia con este tipo?». La competitividad empezó a hervir en el interior de Bliss. «Disfruta de tu arrogancia mientras puedas, maldito, que no te queda mucho».

—¿Y tú qué? ¿Quién eres?

… O eso pensaba Bliss, porque sabía perfectamente que era demasiado pronto para mostrar sus garras. Se sobresaltó ante la voz de Cassian, que se había detenido a escasos dos pasos de él. Al levantar los párpados con cautela, sus ojos se cruzaron inevitablemente con los de Cassian, que lo miraba desde su imponente altura.

¡HIIIIEK!

Casi suelta un grito de puro terror. La mirada de Cassian, con el ceño fruncido, parecía decir literalmente: “Si dices una sola estupidez, te retorceré el cuello”. Por supuesto, sabía que eso no pasaría.

… ¿O sí?

—¡S-soy Blair Carlton! ¡Pariente lejano de la señora Penélope…!

Bliss agachó la cabeza a toda prisa y recitó el guion que habían preparado. ¿Acaso había olvidado que ya se habían presentado anoche? ¿O lo estaba poniendo a prueba a propósito?

Mientras mantenía la cabeza baja, movió solo los ojos hacia arriba para comprobar la situación: Cassian seguía observándolo con el rostro contraído en una mueca de fastidio. ¿Estaría molesto porque sentía que había demasiados extraños en su casa? ¿Por qué se comportaba así?

Aunque estaba frustrado por dentro, no tenía más opción que sonreír. Bliss forzó los músculos de su cara para esbozar una sonrisa y dijo con esfuerzo:

—Ayer nos presentamos… no sé si me recuerda…

—Tú.

—¡Sí!

Bliss respondió al instante ante esa primera palabra. Frente a una Penélope que observaba la escena con el corazón en un puño, Cassian gruñó entre dientes:

—Como vuelvas a aparecer frente a mis ojos cuando regrese hoy, juro que te haré picadillo.

¡HIIIIIIEEEEK!

¡AAAAAAAH!

Bliss y Penélope gritaron al unísono en sus mentes. Sin embargo, a Cassian no le importó lo más mínimo su reacción; se dio la vuelta y subió al coche sin mirar atrás.

El chófer cerró la puerta, corrió a su asiento y arrancó. Penélope y Bliss se quedaron allí plantados, viendo cómo el vehículo se alejaba. Solo cuando el coche desapareció por completo de su vista, Bliss exclamó desesperado:

—¡¿Q-qué?! ¡¿Qué acaba de pasar?!

Solo ella podía darle una respuesta, pero Penélope se limitó a sacudir la cabeza con expresión de total desconcierto.

—No tengo ni la menor idea. Yo tampoco lo entiendo.

Tras rumiar el asunto y romperse la cabeza buscando una explicación, la única conclusión a la que llegaron ambos fue que “algo había salido terriblemente mal”.

—¿Habrá sido algo que dije en la presentación?

Ante la pregunta de Bliss, Penélope se acarició la barbilla pensativa.

—Probablemente sea eso, ¿verdad? Se enfureció justo después de que termináramos de hablar.

Pero no lograban pasar de ahí. No era la primera vez que presentaba a un nuevo empleado, así que una reacción de ese calibre resultaba, cuanto menos, extraña. Y si a eso le sumamos lo de esta mañana… Era inaudito en un hombre que normalmente no mostraba el más mínimo interés por el servicio.

—Verá, Penélope…

Bliss se dirigió con cautela a la mayordoma, que seguía sumida en sus pensamientos con rostro serio.

—Esto… yo… ¿debería renunciar? El Conde me dijo que…

A mitad de la frase, sintió un nudo en la garganta y se le llenaron los ojos de lágrimas. Maldito infeliz, ¿por qué tiene que insultar a la gente así de la nada y echarlos?

—¡Oh, Bliss!

Bliss sorbió por la nariz, invadido por la pena, y se frotó los ojos rápidamente con el brazo. Penélope se apresuró a consolarlo dándole palmaditas en el brazo.

—No te lo tomes tan a pecho. Seguramente el Conde simplemente no está de buen humor. Todo mejorará cuando regrese por la tarde; esperemos a ver cómo está el ambiente entonces, ¿de acuerdo? Está bien, no pasa nada.



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: DULCINEA
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN 


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