Capítulo 54
Si el asunto hubiera escalado a ese nivel, se habría convertido en noticia para todos de inmediato. El hecho de que Penélope no lo supiera significaba que no habían llegado a ese extremo.
—Esto no parece algo que deba mantenerse en secreto. Deberíamos informar que el insomnio del Conde es grave y buscar un tratamiento activo.
—Por supuesto, se lo he sugerido al señor en repetidas ocasiones. Pero él se niega rotundamente.
La expresión de angustia del mayordomo reflejaba a la perfección el arduo trabajo que había realizado. Penélope, con una frase llena de compasión, le dio unas palmaditas en la mano: “Oh, Joseph…“.
—Es verdad, no hay forma de que tú no lo supieras. Lo lamento.
—No, está bien. Es por mi falta de capacidad.
Penélope miró con lástima al mayordomo, quien sacudía la cabeza culpándose a sí mismo, y preguntó casi como un lamento:
—¿Desde cuándo, exactamente, se volvió tan grave su insomnio?
—Ni yo mismo lo sé. —Joseph bajó la cabeza con aire sombrío—. Lo único que sé es que, a partir de cierto día, las cosas simplemente se volvieron así.
Haaa… Tras terminar el recuerdo con un suspiro, Penélope preparó el vino y se dirigió al dormitorio del Conde. Llamó dos veces, esperó un momento y abrió la puerta. Como era de esperarse, el Conde estaba sentado profundamente en el sofá, leyendo un libro. Parecía un tomo bastante grueso, pero la noche es larga. Al fin y al cabo, el Conde, que apenas dormía dos o tres horas en fragmentos, terminaría de leer todo ese volumen. Y luego, recibiría la mañana otra vez.
Penélope dejó en silencio la cubeta de hielo con el vino sobre la mesa y terminó de preparar el servicio.
—Entonces, le deseo sinceramente que tenga dulces sueños.
Tras descorchar la botella y servir una copa, pronunció ese saludo carente de sentido. El Conde le lanzó una mirada fugaz, como si acabara de escuchar la estupidez más grande del mundo.
No importaba. Penélope sabía que solo eran palabras vacías. El Conde vaciaría esa botella entera, pero, de nuevo, no serviría de nada. Era simplemente un hábito.
—Haaaaa…
Al salir al pasillo, Penélope soltó un suspiro profundo y miró hacia la puerta cerrada con ojos llenos de lástima. Si el insomnio continuaba así, incluso el Conde llegaría pronto a su límite.
De hecho, recientemente el secretario le había comentado que el Conde parecía fatigado y que, en ocasiones, llegaba a tambalearse como si sufriera de mareos repentinos. Ahora que ni las medicinas ni ningún otro método funcionaban, solo quedaba una solución.
«El amor, por supuesto.»
Penélope entrelazó sus manos como si rezara y susurró hacia la puerta cerrada:
—Espere solo un poco más, señor Conde. Muy pronto, su propio ángel, aquel que lo ama fervientemente, vendrá a curar su insomnio.
Tras cerrar los ojos y susurrar un «amén», Penélope volvió a erguirse con determinación. Yo también debería ir a descansar. Mañana comienza mi gran plan, así que debo dormir bien hoy.
Lo había bautizado como la operación: «El Conde y el Sirviente».
9.
—Mmm-mmm-mmm…
Desde el momento en que abrió los ojos esa mañana, Bliss se sentía tan ligero que parecía que iba a echar a volar. Por fin, hoy era el día. Con una aliada tan sólida a su lado, el camino por delante se veía libre de obstáculos.
—Jajajaja.
No podía evitar reírse al pensar en Penélope. De hecho, el mayor logro de este plan hasta ahora era haberla conocido. Su alma gemela, su otra mitad.
«Sería genial que, cuando todo esto termine, se viniera conmigo a Estados Unidos.»
Bliss se permitió imaginarlo por un momento: él y Penélope sentados en mecedoras frente a la chimenea, viendo dramas románticos y criando gatos juntos.
—¡Sería maravilloso!
Dio un pequeño brinco de alegría, con las mejillas encendidas y los puños apretados. Para que eso pase, mi venganza tiene que ser un éxito total. Cuando Penélope vea a ese tipo completamente arruinado y patético, se le quitarán las ganas de seguir aquí, ¿verdad? Entonces aceptará encantada mi invitación de irnos a Estados Unidos.
Vengarse y llevarse a Penélope con él… ¿podía existir un final más perfecto?
—¡Jajajaja! ¡Muajajaja!
Rió con la fuerza de un auténtico villano mientras se metía al baño para tallarse el cuerpo a conciencia. Para su reencuentro con Penélope, se puso tres veces más perfume de lo habitual. Cuando se miró al espejo, su rostro estaba congestionado por la emoción y la expectativa.
***
Llegó a la mansión de los Heringer unos diez minutos antes de la hora acordada. Antes de bajar del auto del jefe de seguridad, Bliss le dio las últimas instrucciones:
—Bueno, cuento con usted por ahora. Si pasa algo, llámeme de inmediato.
El hombre, que ya había escuchado lo mismo varias veces, asintió con una expresión de cansancio absoluto.
—No se preocupe, lo he entendido perfectamente. Se quedará en la mansión Heringer y es un secreto, ¿verdad? Solo lo sabemos usted, yo y Larien.
—Sí, exacto.
Bliss recalcó una vez más antes de salir:
—Tiene que guardar el secreto pase lo que pase. Solo así recibirá su “recompensa” de parte de Larien.
En cuanto mencionó el nombre de Larien, el rostro del jefe de seguridad, que hasta hace un segundo parecía estarse muriendo de aburrimiento, se iluminó de golpe y recuperó toda su vitalidad.
—Descuide, lo tengo muy claro. Usted solo asegúrese de hablarle bien de mí a Larien.
Tal como esperaba, la reacción fue inmediata, así que Bliss se limitó a decir “sí, sí” con desgana antes de bajar del coche. El jefe de seguridad fingió dar la vuelta con el vehículo, pero no se marchó hasta asegurarse de que Bliss subía al carrito motorizado y se alejaba hacia la entrada. Una vez más, Bliss tuvo que soportar todo el trayecto hacia la mansión escuchando las quejas incesantes del hombre que conducía el carrito.
«Bien, finalmente ha llegado el momento.»
Al divisar a lo lejos el austero castillo de piedra, Bliss respiró hondo y reafirmó su determinación.
—¡Bliss! ¡Bienvenido!
Penélope, que esperaba inquieta frente al castillo, agitó los brazos con alegría en cuanto vio el carrito. Hasta ese momento, Bliss sentía como si una parte de su mente estuviera soñando, pero ver el cálido recibimiento de Penélope le devolvió el sentido de la realidad.
Por fin estoy aquí.
—Hola, Penélope.
Tras bajar del carrito, Bliss tuvo que contener el impulso de abrazarla y darle vueltas; en su lugar, se quitó el sombrero con recato para mostrar sus modales. Penélope, con el rostro tan encendido por la emoción como el de él, lo recibió con agitación.
—Pasa, pasa. ¿Ha sido un viaje difícil? Ven por aquí. Primero te presentaré la casa y al personal…
Señaló primero al hombre que bajaba del asiento del conductor del carrito y dijo:
—A él ya lo viste ayer, ¿verdad? Como ya se conocen, pasemos al siguiente.
Bliss no se atrevió a decir: “¡Ese señor no ha parado de maldecir en todo el camino!”. Simplemente asintió con un “sí” y ella se dirigió al pequeño grupo que esperaba detrás.
—Permítanme presentarlo. Él es un pariente lejano mío que viene de Estados Unidos, Bli… Blair Carlton.
Penélope tropezó un segundo con el nombre, pero se corrigió de inmediato. Bliss, que casi sufre un microinfarto por el desliz, soltó un suspiro de alivio y compuso su postura. Mmm, así que esa es la historia oficial, pensó mientras escuchaba.
—Está estudiando para ser mayordomo y ha venido para aprender a mi lado y echar una mano. Espero que todos lo ayuden mucho. Vamos, Bl… Blair. Este es Kenneth, encargado de la cocina. Ella es Dorothy, que se ocupa de la limpieza y la lavandería. Y este es…
Tras superar esa pequeña crisis y terminar con las presentaciones, Bliss sintió que algo faltaba. Se quedó desconcertado un momento hasta que se dio cuenta: el número de empleados era ridículamente bajo para el tamaño del castillo.
—Sí, la verdad es que es un poco agotador por eso.
Ante la duda de Bliss, Penélope no intentó ocultar la realidad; esbozó una sonrisa amarga y empezó a caminar delante de él. Mientras le mostraba los rincones del castillo, le iba soltando detalles sobre la vida en la casa del Conde.
—Al Conde no le gusta tener a mucha gente alrededor. Operamos con el personal mínimo, así que siempre nos faltan manos. Pero no te preocupes, contrataremos a más gente pronto.
Luego, añadió en un susurro cómplice:
—Después de todo, nosotros tenemos nuestra propia “misión” aparte, ¿no es cierto?
—Ja, ja, ja… —Bliss forzó una risa para salir del paso.
—Mira, este es el despacho del Conde. Si alguna vez no ha salido de la mansión pero no lo encuentras, búscalo aquí o en la sala de oración.
—¿Sala de oración?
Ante la palabra poco familiar, Bliss preguntó con curiosidad y Penélope asintió.

TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: DULCINEA
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN