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Capítulo 49

Hasta ese momento, Bliss había permanecido de pie esperando pacientemente al mayordomo, y solo entonces pudo soltar un suspiro de admiración ante el interior del castillo, que se decía tenía más de trescientos años. Gracias al toque experto del personal, no importaba a dónde mirara; todo estaba impecablemente limpio y ordenado, sin una sola mota de polvo. Las cortinas estaban recogidas exactamente a la misma altura, revelando el tamaño uniforme de las ventanas, y cuadros de diversos tamaños colgaban de la pared de forma irregular pero perfecta, aunque algunos marcos estaban vacíos.

¿Estarán por cambiar las pinturas? Justo cuando pensaba con fascinación que aquellos marcos y lienzos debían albergar siglos de historia, giró la cabeza y se quedó petrificado, con los ojos abiertos de par en par.

Sobre la chimenea, ocupando prácticamente toda una pared, colgaba un retrato colosal.

Cassian Strickland.  

Era él. El dueño de la mansión, la razón por la que Bliss había viajado hasta Inglaterra, el enemigo de su familia.

El hombre, con el cabello casi negro peinado impecablemente hacia atrás, sostenía un bastón en una mano mientras apoyaba la otra en su cintura, mirando fijamente hacia el frente. Aunque adoptaba la pose clásica de los antiguos aristócratas, vestía un traje de tres piezas y llevaba unas gafas tan modernas que, para Bliss, eso solo acentuaba su arrogancia.

«¿Qué se cree? ¿Que sigue siendo un noble de alta alcurnia incluso en esta época?»

—¡Ja! —Bliss mostró los dientes y estuvo a punto de “pintarle el dedo” al retrato. Sin embargo, en el preciso instante en que levantó el puño, la puerta de la sala se abrió y apareció una mujer mayor.

La anciana abrió los ojos con sorpresa al ver el rostro de Bliss y luego bajó la mirada hacia el firme puño que él sostenía en el aire, como preguntándose qué demonios intentaba hacer. Bliss, leyendo sus pensamientos al instante, subió rápidamente la otra mano y entrelazó los dedos.

—Hola, señora. Soy Blair Carlton, vine para la entrevista de trabajo. Es un placer conocerla.

Con las manos unidas como si estuviera rezando, esbozó una sonrisa radiante.

—Espero que nos llevemos bien.

Un silencio incómodo se instaló entre ellos.

5.

El silencio en la sala era absoluto. Penélope, la mayordoma de la familia del conde quien siempre mantenía la espalda recta como una vara y analizaba a los demás con mirada afilada, sirvió el té que ella misma había traído y lo puso frente a Bliss.

Con movimientos medidos, sin desperdiciar ni un ápice de energía y con una elegancia tal que incluso podría pasar por la dueña de la casa. Por supuesto, ella conocía perfectamente su posición; sabía que su deber era cuidar el hogar para su señor y mantener el lugar en orden hasta que llegara una verdadera señora, y jamás se había desviado de esa convicción.

Manteniendo su actitud de mayordoma meticulosa, Penélope revisó los documentos y luego levantó su fría mirada hacia el joven sentado frente a ella.

—¿Dice que tiene veinte años? ¿De verdad?

Ante la pregunta cargada de sospecha, el chico pelirrojo respondió con energía:

—¡Sí, veinte años!

Aunque, en realidad, tenía dieciocho.

Bliss pensó eso para sus adentros, pero mantuvo una sonrisa radiante como si nada. Aunque todavía le faltaban unos meses para alcanzar la mayoría de edad, no le importaba; después de todo, los documentos eran totalmente falsos.

«…¿No se dará cuenta, verdad?»

Bliss observó de reojo la reacción de Penélope. La mirada afilada de la mayordoma, que parecía estar diseccionándolo centímetro a centímetro desde hacía un rato, le provocaba un sudor frío por la espalda y unas ganas intensas de salir corriendo, pero resistió con firmeza. Lo logró porque justo detrás de la mujer colgaba el enorme retrato de Cassian Strickland.

«Ja, qué narcisista.»

Incluso cuando los nervios lo traicionaban, ver aquel rostro arrogante le devolvía el orgullo y la fuerza para aguantar. Una vez más, intentó desviar la vista hacia el retrato para recuperar su determinación, pero, por desgracia, en el momento en que bajó la mirada, sus ojos se cruzaron con los de la mayordoma. Ante un Bliss visiblemente asustado, Penélope se ajustó los anteojos con gesto solemne y habló:

—Se la ha pasado mirando el retrato desde hace un momento. ¿Hay alguna razón? Incluso antes estaba parado justo frente a la imagen del conde.

Bliss sintió una punzada de pánico. Como era de esperarse, no era fácil engañar los ojos de una mayordoma tan perspicaz. Sin embargo, ella no era Ashley Miller. Bliss se armó de valor, bajó la cabeza con modestia y respondió:

—Es que… estaba ofreciendo una oración para poder realizar bien mi entrevista de hoy.

Su voz sonó con un leve temblor. “No, seguro que no. Todo estará bien. Solo me lo pareció a mí”.

¿Pensará que es por los nervios?

Mientras él se consumía en la ansiedad, Penélope frunció el ceño y repitió la palabra que él había usado:

—¿Una oración?

—Sí —asintió Bliss, forzando una sonrisa torcida—. Es que realmente deseo servir al Conde Heringer.

Ante la mirada fija que exigía una explicación, Bliss se apresuró a añadir:

—Soy un gran admirador de la familia Strickland. He estudiado la historia del linaje con mucho entusiasmo. En cuanto supe que el conde, quien será el próximo duque, buscaba personal para la mansión, me postulé de inmediato.

—¿Un admirador de la familia ducal…?

Penélope lo escaneó con incredulidad. Tenía sentido; ¿cuántas personas en el mundo se declararían “fans” de alguien solo por su riqueza heredada y su título nobiliario? Pero él también tenía preparada una respuesta para eso.

—Sí, me conmovieron profundamente las increíbles hazañas del anterior duque. Por ejemplo, cuando aniquiló a toda esa banda de piratas que invadió su territorio y logró un gran mérito…

En aquel proceso, capturó a la mujer que lideraba a los piratas y la convirtió en su esposa.

Por supuesto, la pasión ardiente se enfrió y su separación fue igual de estrepitosa. ¡Uf, ese drama estuvo buenísimo!

—Señora, mi corazón se incineró hace tiempo y ya no existe. No me queda corazón para seguir amándola.

Al final, ante la confesión del Duque de que amaba a otra mujer, la Duquesa —la antigua pirata— enfureció y lo apuñaló. Fue un escándalo monumental, ¡vaya que sí!

No era nada fácil omitir las partes más jugosas de la historia que tanto había disfrutado y limitarse a seleccionar solo los datos históricos secundarios. Aquella trama donde ella secuestraba al Duque infiel y se lo llevaba al mar, o el incidente que hizo que el amor entre ambos renaciera, y hasta la emoción de descubrir que todo había sido un malentendido… ¡Dios mío, qué drama tan increíble!

…Pero.

—Su Excelencia el Duque recibió personalmente una medalla del Rey y honró a la familia…

Le resultaba un verdadero suplicio rescatar únicamente las partes aburridas de los documentales y los dramas. Mientras recitaba todo aquello esperando que terminara pronto, una sutil sonrisa apareció en la comisura de los labios de Penélope. ¡Menos mal, parece satisfecha! Justo cuando suspiraba aliviado al ver que su esfuerzo rendía frutos, Penélope tomó la palabra:

—Sin embargo…

Ella bebió un sorbo de té deliberadamente para marcar el ritmo, una técnica que puso a Bliss de los nervios mientras aguzaba el oído. Al dirigir de nuevo su mirada hacia él, Penélope lanzó finalmente la pregunta:

—¿Por qué vino aquí en lugar de ir a la mansión del Ducado? Si tanto le interesa la familia Strickland, ¿no debería haber ido a la casa principal?

Era una pregunta prevista. Bliss sacó la respuesta que tenía preparada:

—Allí no había vacantes y, además, me interesa saber más sobre el futuro Duque que sobre el actual.

Penélope arqueó una ceja y lo miró fijamente, como preguntando si eso era todo. Bliss rebuscó rápidamente en su mente y empezó a enumerar las virtudes de Cassian una por una:

—Es que el Conde es alguien admirable, incluso sin el prestigio de la familia ducal.

—¿Y qué más?

—El Conde es muy activo en el movimiento ambientalista… y como a mí también me interesa mucho ese tema…

—¿Qué más?

—Leí un artículo sobre la donación que hizo recientemente para niños en situación de pobreza. Me conmovió profundamente.

—¿Y qué más?

—Y…

A medida que hablaba, el sudor frío le recorría la espalda como si fuera lluvia. Dicen que los fans y los “haters” son las dos caras de una misma moneda, y era verdad. Debido a que últimamente había investigado a Cassian como un loco, Bliss lo sabía casi todo sobre él. Incluso conocía aquella vieja anécdota de cuando tenía tres años y, mientras su padre el Duque lo cargaba en el balcón para el saludo de Año Nuevo, le arrancó la peluca provocando un caos total.

Ante las respuestas inmediatas de Bliss a cada pregunta, Penélope lo observaba con una expresión indescifrable. ¿Le agradaba lo que oía? ¿O le molestaba?



TRADUCCIÓN / CORRECCIÓN: DULCINEA
REVISIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN 


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