Capítulo 89
La invitación, en cuanto Henry la desplegó, dejó claro que no era un lugar donde realmente deseaba estar. Sin embargo, ocultando todos sus sentimientos, saludó con calma al Duque Lorenst, ignorando el escrutinio con el que este lo observaba de pies a cabeza.
—Toma asiento—indicó el Duque, señalando la única otra silla en la larga mesa que presidía la sala. Cuando Henry se sentó, el sonido pesado de la puerta cerrándose resonó en la habitación. Sin té ni una mínima cortesía, el ambiente se tornó en un silencio frío y opresivo. Viendo que no le servirían nada, Henry optó por ir directamente al grano.
—Agradezco la invitación, pero desconozco los motivos de su llamado, Su Excelencia—dijo.
—Esa invitación fue preparada hace un tiempo, incluso antes del cumpleaños de Edwin—respondió el Duque.
Henry comprendió entonces el propósito inicial de la invitación. Había sido creada para la persona destinada a casarse con Edwin, y en un principio, la receptora planeada era su hermana Henna.
—No pensé que tendría que enviársela a ti, Henry Timothy. Creía que eras la última persona con la que Edwin se uniría—continuó el Duque.
Era evidente que el Duque estaba al tanto de la relación tensa entre Henry y Edwin. Henry, a pesar de notar que el Duque tenía esta percepción, no dijo nada, pues su atención estaba enfocada en descubrir el verdadero propósito de la conversación. Adoptó una actitud neutral.
—Si se refiere al vínculo que establecimos, fue un accidente—explicó.
—Sí, un accidente—replicó el Duque con frialdad—Pero Edwin no parece tener intención de romperlo.
A diferencia de otras ocasiones en las que el Duque solo observaba las travesuras de Henry sin mucho interés, esta vez su tono y actitud tenían un peso que generaba en Henry una incomodidad difícil de disimular. El Duque prosiguió.
—Pensé que a Edwin le sería indiferente con quién casarse. Pero noto que cuando te observa, muestra un interés inusual.
—¿En serio?—preguntó Henry con un tono indiferente, aunque en el fondo, sentía que el Duque no le creía en absoluto.
—Dudo que vaya a romper el vínculo tan fácilmente. Incluso si tú quisieras, eso no sería el fin del asunto—afirmó el Duque.
Henry, sintiéndose cada vez más acorralado, intentó desviar la conversación.
—Su Excelencia, hasta donde sé, ha preferido ignorar a Edwin hasta ahora. No comprendo cómo puede hablar con tanto conocimiento.
Era una estrategia para poner a prueba al Duque, quien claramente tenía una ventaja en la conversación. Henry había subestimado cuánto sabía el Duque sobre Edwin. Aunque no podía negar todo, tampoco podía dejarse llevar sin saber hasta dónde el duque pretendía llegar.
—No es necesario observar para saber—replicó el Duque—Edwin y yo somos tan similares que no hace falta analizarlo mucho.
El Duque miró la mesa vacía y luego levantó la mirada para enfrentar a Henry. Henry tragó saliva, extrañando un té o algo que le ayudará a calmar la tensión y la sequedad en su boca. Manteniendo la compostura, respondió:
—Lamento no comprender sus intenciones, Su Excelencia. ¿Podría darme una pista más?
Una sonrisa apenas perceptible desapareció en el rostro del Duque, mientras sus ojos adquirían un brillo cortante. Entonces, en un tono frío y penetrante, comenzó a presionar a Henry.
—Mencionaste que el vínculo ocurrió cuando Edwin mostró su poder. Entonces, entraste en su habitación sin permiso y formaste un vínculo incompleto, ¿es así? ¿Y ahora quieres romperlo?
—Yo… eso…
—Eres tú quien ha desestabilizado toda la vida de Edwin, y aun así, eres el que quiere romper el vínculo—dijo el Duque Lorenst en tono severo.
Henry no pudo ocultar su desconcierto, dejando ver una expresión claramente afectada.
—Si realmente quisieras asumir la responsabilidad, en lugar de buscar algún tesoro, habrías mirado dentro de los sentimientos de Edwin. Has elegido el camino equivocado. ¿Cómo es posible que hayas pasado tanto tiempo a su lado sin llegar a comprenderlo en lo más mínimo? Gracias a eso, ahora Edwin pasa todos los días en la sala de entrenamiento, blandiendo la espada como si quisiera destruir todo a su alrededor mientras espera a alguien que le resulta insoportablemente distante. ¿Lo sabías?
El Duque Lorenst no cesaba de confrontarlo, sin ningún tipo de piedad en sus palabras.
—Incluso alguien como yo, que apenas ha estado cerca de Edwin, puede notarlo, ¿cómo es posible que tú, que has compartido tanto tiempo con él, seas incapaz de verlo?
—Yo…—murmuró Henry, intentando aligerar su sentimiento de culpa. Sin embargo, en cuanto intentó hablar, no encontró palabras. Explicar al Duque que él, en realidad, se había convertido en Henry de la noche a la mañana no cambiaría nada. Edwin había comenzado a comportarse de forma diferente justo cuando él apareció en el cuerpo de Henry.
Y aun así, en vez de buscar respuestas, solo había pensado en por qué Edwin actuaba de aquella manera.
Al llegar a esta conclusión, Henry comprendió que no le quedaba nada más que decir.
—He dicho todo lo que quería. Te agradezco que aceptaras la invitación—finalizó el Duque, con un tono que no admitía respuesta.
Sin poder replicar, Henry se levantó, se despidió automáticamente del Duque Lorenst y se dio la vuelta. De alguna forma, la puerta ya estaba abierta y Sir Heron, que había sido su guía, lo esperaba pacientemente afuera.
Al parecer, ser escoltado de regreso a casa era también parte de la función de Sir Heron. Henry, con el rostro más complicado que cuando había llegado, siguió a Heron en silencio.
No tenía planeado ver a Edwin hoy… Henry suspiró profundamente, como si intentará sacudirse la inquietud de su pecho. Observando a Sir Heron, que avanzaba con paso firme, decidió hablar.
—¿Dónde está Edwin?
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Mientras se dirigía hacia el área de entrenamiento, Henry se detuvo varias veces, como si intentara confirmar que realmente iba en la dirección correcta. Ni él mismo podía comprender por qué había tomado el camino hacia donde estaba Edwin.
—Hoy había decidido que no iba a verle…—se murmuró a sí mismo, cuestionando su propia indecisión.
Henry se preguntó a sí mismo, como si intentara entender la causa de su propia indecisión, aunque en el fondo sabía que la respuesta también dependía de él. La respuesta debía salir de su interior, pero no lograba llegar a una conclusión clara. Chasqueando la lengua con frustración, volvió a avanzar. Después, se detuvo una vez más. Caminaba, se detenía, y volvía a caminar.
—Ah…
Aun así, avanzó lo suficiente como para llegar finalmente a la sala de entrenamiento donde estaba Edwin. Si hubiera estado afuera, tal vez se habría contentado con observar a la distancia. Pero Edwin estaba en su sala de entrenamiento privada, un espacio cerrado en forma de cúpula, donde ni siquiera estaba claro si el aire circulaba bien.
Al poner la mano en la manija, Henry se dio cuenta de que si daba la vuelta y se marchaba, evitaría enfrentarse a Edwin. Si regresaba y absorbía toda la energía del fragmento de feromonas, podría romper su vínculo con él.
Aunque había vacilado, en su interior ya había una leve inclinación hacia una opción. Incluso si todos sabían del vínculo, eso no significaba que él tuviera que abandonar su decisión por completo.
Sin embargo, el peso en su pecho lo empujó a bajar la manija de la puerta. Desde el encuentro con el Duque Lorenst, Henry sentía que todo se tambaleaba y que no había marcha atrás. Las palabras del duque, que le reprochaban no haber mirado realmente a Edwin, le impulsaron a seguir adelante. Era la culpa la que le urgía a enfrentarse a Edwin, a mirarlo de verdad.
Al abrir la puerta, Henry se vio rodeado por una corriente de feromonas que le resultaba tan familiar. Incluso el aire que le envolvía tenía ese toque salvaje y desordenado que era tan característico de Edwin.
Henry dispersó la feromona con la mano y entró. La sala de entrenamiento privada de la casa ducal estaba rodeada de paredes en el perímetro, y un nivel ligeramente elevado bordeaba el exterior. Por eso, el centro daba la impresión de estar hundido en comparación.
Henry descendió silenciosamente por el nivel. Edwin, sin percatarse de su presencia, lanzaba tajos con su afilada espada en todas direcciones, completamente concentrado.
—Si eso me llega a dar, lo mínimo sería la muerte.
Si solo fuera una práctica, debería haberse moderado, pero Edwin no conocía el término “moderación.” Se entregaba por completo, como si intentara desgarrarlo todo. Henry debió haberlo notado antes, cuando sintió la ráfaga de feromona.
Sin darse cuenta, Henry apoyó el brazo contra la pared, inclinándose hacia Edwin para observar. Se preguntó quién era ese indeciso que había dudado hasta hacía solo un momento.
Aquel rostro que siempre parecía distante, como el de una muñeca, estaba ahora teñido por un rojo encendido, y la feromona que emanaba era asfixiante. Tanto alboroto solo para blandir una espada.
—No entiendes lo que me pasa, pero yo tampoco logro comprender lo que te sucede—murmuró Henry, asegurándose de que Edwin no lo escuchara.
—Eres tú quien debería haber hecho todo lo posible para romper este vínculo, no yo. Deberías estar haciendo cualquier cosa por deshacerte de mí. ¿Por qué cambiaste de parecer?
En la historia original, sin importar cuán caóticamente actuara Henry, Edwin no reaccionaba ni un poco.
Henry lo observó durante un largo rato, esbozando una sonrisa irónica. El filo cortante del aura de la espada de Edwin destrozaba las paredes sin misericordia, y sin embargo, no le alcanzaba a él. Pensaba que Edwin ni siquiera se había dado cuenta de su presencia, y aún así, de alguna forma el peligro no se acercaba a él.
Gracias a esto, Henry tampoco sentía miedo al verlo blandir su espada con tanta fuerza. Había, de forma casi inconsciente, una certeza en su interior: no iba a salir herido. De algún modo sabía que la espada de Edwin jamás lo alcanzaría.
—Qué ingenuo he sido—suspiró, sintiendo que por fin comenzaba a vislumbrar los sentimientos de Edwin. En cualquier lugar donde estuviera él, Edwin siempre estaba cerca. Después de todo, ¿quién más se arrojaría de un acantilado para salvarle, aun a riesgo de caer junto a ti?
Todas aquellas confesiones de Edwin habían sido su verdad más profunda. Edwin no sentía nada por Kayla; todo su afecto estaba dirigido a él.
Y pensar que era su propio conocimiento de la historia lo que lo había cegado todo este tiempo. Confiando en saber cómo terminaba la historia, él mismo se había puesto una venda en los ojos y había intentado a su vez vendarle los ojos a Edwin.
Había sido en vano intentar ocultar su vínculo, impedir que Edwin percibiera sus verdaderos sentimientos. Todo ese esfuerzo por ocultarse no había servido de nada.

TRADUCCIÓN: KEEP
CORRECCIÓN: NARAVIT
REVISIÓN: ELIZA TORRES.