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Capítulo 96

El grupo del Gran Lord del Este cambió su rumbo hacia la mansión del Baron Bothton. Todos parecían alegres ante la idea de dormir en una cama decente después de tanto tiempo, y sus miradas reflejaban la expectativa por el banquete que el Barón había prometido.     

En medio del ambiente animado, Luicen seguía al grupo con una inquietud que no podía explicar. Había intentado advertir al Gran Lord del Este en varias ocasiones, pero solo recibió reproches por ser demasiado quisquilloso.  

Era natural que el Gran Lord no sintiera ningún sentido de peligro, pues desconocía la existencia de los adoradores de demonios y su interés en Luicen. Los caballeros que lo acompañaban eran excepcionales, y los soldados de los nobles bajo su mando también eran numerosos.  

A pesar de las preocupaciones de Luicen, el grupo llegó al feudo donde se encontraba la mansión del Baron Bothton. Tras pasar por tierras de cultivo, aparecieron aldeas, una herrería y almacenes de grano. Había una pequeña iglesia y, frente a ella, la residencia del Baron, conocida como la Casa Señorial.  

Era un feudo típico, ni grande ni pequeño. La mansión del Baron Bothton también era una residencia aristocrática común, decorada con flores en preparación para la visita de los dos Grandes Lords.  

Todo parecía normal. ¿Había sido una preocupación infundada? Luicen dejó caer la tensión.  

El Barón organizaría un banquete por la noche, y hasta entonces, todos tenían tiempo libre para descansar. Luicen salió de su habitación y comenzó a buscar a Carlton.  

«Carlton, ¿dónde estás…?»  

Aunque buscó con empeño, no logró encontrarlo. En cambio, varios nobles molestos se le acercaron. Fue entonces cuando, por casualidad, vio a Morrison.  

Morrison estaba con los sirvientes. A pesar de llevar solo tres días unido al grupo del Gran Lord del Este, ya se mezclaba con ellos como si hubiera nacido allí. Bromeaba y reía como si fueran amigos de toda la vida.  

«Aunque no lo parezca, seguro que está investigando algo sospechoso con los ojos bien abiertos»  

Recordar su frialdad al mencionar que había roto el tobillo de un adorador de demonios y verlo ahora así le erizó la piel.  

—Morrison. 

 

—¡Ah, Su Gracia!  

—Tengo algo que preguntarte.  

Al acercarse Luicen, los otros sirvientes se inclinaron y se alejaron rápidamente.  

—¿Sabes dónde está Carlton? 

 

—Carlton…  

Morrison desvió la mirada por encima del hombro de Luicen. Entre los árboles frondosos, un par de ojos brillantes lo observaban. Era la mirada de un depredador acechando a su presa. Carlton.  

En realidad, Carlton había estado siguiendo a Luicen todo el día. Mantenía la distancia y ocultaba su presencia tan bien que nadie lo notaba. Los caballeros del Gran Lord del Este eran habilidosos, pero ninguno se comparaba con él.  

La noche anterior, después de separarse de Luicen, Carlton no pudo recuperar el control de sus emociones. Era la primera vez que sentía algo tan profundo por alguien, pero su amor no era correspondido, y ni siquiera había podido confesarse adecuadamente antes de ser rechazado.  

El dolor del desamor era más intenso de lo que imaginaba. Preferiría pelear tres días seguidos con un troll. Aunque estaba acostumbrado al sufrimiento, el dolor en su pecho era insoportable. Por primera vez, entendió por qué la gente bebía alcohol barato.  

«¿En serio no le gusto?»  

Nunca habían definido su relación. No se habían dicho que se amaban. Pero Carlton creía que entre ellos había algo especial, similar al amor.  

«¿Cómo pudo hablar de separarse tan fácilmente?»  

No lo entendía. Se agarró la cabeza, confundido.  

«Entonces, ¿por qué aceptó mis besos? ¿Estaba jugando conmigo?»  

La ira lo hizo levantarse de un salto.  

«No… Luicen no es así. Simplemente… no sentía lo mismo que yo»  

Entonces, ¿qué significaba todo el tiempo que habían pasado juntos? Carlton se desplomó, desolado.  

«¿No soy lo suficientemente atractivo?»  

Deprimido, se dejó caer y repitió los mismos pensamientos y acciones como un loco. Así pasó toda la noche.  

Al amanecer, incluso Carlton estaba exhausto y su mente comenzó a aclararse.  

«Qué patético…»  

Si Luicen no sentía lo mismo, aferrarse era una tontería. Era hora de seguir con su vida y no dejarse arrastrar más por él.  

Pero justo cuando tomó esa decisión, un pensamiento lo asaltó:  

«¿Llegó bien a su tienda anoche?»  

Claro que sí. No estaba lejos, había mucha gente, y si algo le hubiera pasado, ya habría habido un escándalo.  

Aun así, su mente fría no podía evitar replicar:  

«Pero no lo vi con mis propios ojos»  

Recordó todo lo que le había pasado a Luicen: casi morir a manos de un goblin en el bosque, ser rodeado por bandidos, casi ser secuestrado por Ruger y luego por Morrison…  

Parecía que, cada vez que lo perdía de vista, ocurría un desastre. Y Luicen tampoco ayudaba, pues siempre actuaba de formas impredecibles que desafiaban las expectativas de Carlton.  

La ansiedad lo invadió. ¿Y si en ese mismo momento estaba en peligro? Racionalmente, Luicen estaba en el centro del grupo del Gran Lord del Este, bajo la mejor protección posible. Pero la ansiedad no se calmaba con razonamientos.  

Al final, Carlton se coló en la tienda de Luicen al amanecer, evitando miradas. Luicen dormía profundamente, oliendo a vino, con una expresión tranquila y adorable que derritió todo el dolor de Carlton.  

Se quedó mirándolo un largo rato hasta que oyó a los sirvientes acercarse y salió en silencio.  

«Ya vi que está bien. Es suficiente»  

Eso debía ser todo.  

Pero, al darse cuenta, se encontró merodeando alrededor de Luicen otra vez.  

«Parece que tiene resaca… ¿y si se cae?»

  

«Hoy está distraído… ¿y si pierde al grupo?»

  

«Es la primera vez que viene aquí… ¿y si se pierde?»  

Inventaba excusas ridículas para justificarse.  

Luicen no estaba solo; tenía sirvientes y caballeros que lo cuidaban. Aun así, Carlton no podía apartar la vista de él, como si fuera un niño dejado a la orilla de un río.  

Además, hoy parecía especialmente hermoso. Su mirada melancólica y profunda lo hacía más irresistible que nunca.  

«Cuando lleguemos a la capital, ya no podré verlo…»  

Seguía encontrando razones para perseguirlo. Ver a Luicen buscándolo por todas partes lo alegraba. Era una señal de que aún lo necesitaba, de que aún le importaba.  

«¿No ibas a olvidarlo? Deberías estar buscando cómo sobrevivir, no siguiéndolo», le advirtió su razón.  

Pero su cuerpo respondió: «No me importa. Quiero ver a Luicen».  

¿Qué estaba haciendo? Carlton sintió un profundo disgusto por sí mismo. Si fuera un cachorro, hasta sería adorable, pero un hombre grande y oscuro siguiendo a alguien como una sombra era patético.  

Y justo entonces, Morrison lo vio. Cuando sus miradas se encontraron, la vergüenza de Carlton llegó al máximo. Vio cómo Morrison dudaba si decirle algo a Luicen.  

Rápidamente, Carlton hizo una señal: apuntó a Morrison con el índice y luego pasó el pulgar por su garganta.  

«Si hablas, te mato»  

La amenaza hizo que a Morrison le corriera un sudor frío. Era impresionante que Luicen no hubiera notado algo tan aterrador tras de sí.  

Morrison no había visto lo que ocurrió anoche después de dejar a los dos solos. Le gustaban los romances ajenos, pero no era un voyeur, así que se había ido rápido.  

Pero viendo la situación ahora, lo entendió todo.  

«Mis palabras sin pensar le causaron problemas…»  

Morrison solo quería lo mejor para Carlton y Luicen. Había hablado de los obstáculos en su futuro con buenas intenciones, sin malicia. Nunca imaginó que sus palabras causarían un conflicto. Subestimó lo sensible que era Carlton y lo despistado que era Luicen.  

—¿Qué estás mirando?  

Como Morrison seguía viendo hacia la distancia, Luicen también volteó. Pero solo vio árboles frondosos.  

—N-nada. Justo quería pedirle un favor, Su Gracia. No sabía cómo decírselo, pero ya que vino, es perfecto.  

Morrison cambió de tema rápidamente. Antes de que Luicen notara algo raro, sacó algo de su bolsillo.  

Eran las placas de identificación de los caballeros que habían sido poseídos por los adoradores de demonios. Las había guardado al limpiar los cadáveres.  

—¿Podría entregárselas al Baron Bothton? Eran sus caballeros, y quizá tengan familias. Será mejor si lo hace usted.  

—Ah, claro.  

Aunque no fueron ellos quienes mataron a los caballeros, un plebeyo como Morrison no podía informar directamente al Baron. Podrían acusarlo falsamente.  

Si Luicen lo hacía, el Barón no podría poner objeciones.  

—Y… ¿podría observar su reacción?

  

—¿Su reacción?  

—Sí. Es raro que caballeros de un feudo próspero se volvieran bandidos. Y que los adoradores de demonios los usaran… algo no cuadra.  

—Entiendo. En el banquete, se lo entregaré y veré cómo reacciona.  

—Se lo agradezco.  

Luicen guardó las placas. Era hora de prepararse para el banquete.  

—Iré a cambiarme. Si ves a Carlton, dile que venga a verme.  

—Ah…  

Luicen se alejó después de su último encargo. Carlton, por supuesto, lo siguió de inmediato.  

«En este momento… Carlton está justo detrás de usted…»  

La verdad no dicha quedó atrapada en la boca de Morrison.



TRADUCCION: LILI
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY


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