Capítulo 94
Luicen se enfureció al ver a varios caballeros atacando a una sola persona. Volteó hacia Carlton, pero este parecía estar perfectamente bien, a pesar de haber recibido una paliza unilateral. Sabía que Carlton era inhumanamente fuerte, pero aun así, no podía calmar su sorpresa.
—¿Cómo se atreven a levantarle una espada a mi Carlton?
—Dime, ¿hay muchos como esos? ¿Acaso la gente aquí te ha estado molestando? ¿Quiénes son? Tráelos a todos. ¡Les daré una lección que no olvidarán!
—Aunque soy parte de su comitiva, no creo que haya tantos tontos que se atrevan a atacarme con una espada —respondió Carlton, manteniendo la calma, en marcado contraste con el irritado Luicen.
—¿Pasó algo?
—Nada importante.
«Mentira. Algo pasó, estoy seguro».
Luicen lo miró con ansiedad. Carlton estaba tan sereno que parecía carecer de energía, como si estuviera exhausto.
—¿Acaso el Gran Señor del Este te dijo algo?
El Gran Señor del Este era capaz de destrozar el corazón de cualquiera con solo su lengua. Carlton, orgulloso como era, debió sentirse terrible al escuchar palabras desagradables de alguien que ni siquiera lo trataba como a un ser humano.
—No debí dejarte solo con Morrison. Debería haberme quedado.
Carlton negó levemente al ver a Luicen culparse.
—Estuvo bien.
—Entonces, ¿por qué pareces tan decaído?
Luicen acarició suavemente la mejilla de Carlton, quien, sin responder, se inclinó ligeramente hacia su mano. El tacto suave lo reconfortó, y por un momento, quiso contarle lo difícil que había sido su día y cuánto lo había extrañado. Pero no quería mostrarse vulnerable frente a Luicen, así que apretó los labios y guardó silencio.
Había esperado que la gente lo evitara, pero la realidad superó sus expectativas.
Los nobles lo despreciaban por ser plebeyo y lo consideraban un criminal por haber humillado a la aristocracia. Tanto los seguidores del Primer Príncipe como los del Gran Señor del Este pensaban igual.
La diferencia era que, aunque los nobles del Primer Príncipe lo odiaban, reconocían su utilidad. Sabían que el príncipe lo necesitaba, así que mantenían cierta distancia sin cruzarse la línea. Carlton, consciente de que el príncipe lo protegería, podía actuar con cierta libertad.
Pero aquí, donde el Gran Señor del Este se oponía abiertamente al príncipe, ser considerado un aliado de este último solo aumentaba el desprecio hacia él.
Aunque Carlton no hizo nada y hasta se mostró cauteloso, los nobles lo despreciaban abiertamente. Los caballeros se burlaban y provocaban, mientras que los sirvientes lo evitaban con incomodidad.
Ni siquiera le dieron una tienda de campaña, obligándolo a pasar la noche a la intemperie. Y eso solo porque Luicen lo había presentado como parte de su grupo. De lo contrario, lo habrían colgado y azotado antes de abandonarlo en el campo.
Ese día, entre los seguidores del Gran Señor del Este, Carlton comprendió su realidad con crudeza.
Seguía siendo una luz frágil frente al viento. Por más méritos que tuviera, aún no era reconocido. Había hecho fama, pero su origen plebeyo seguía definiéndolo. Su reputación era tan temible que, sin la protección de alguien como el Primer Príncipe o Luicen, el resentimiento acumulado lo devoraría.
Era una cuestión de supervivencia. Y, objetivamente, estar al lado del Primer Príncipe le daba más ventajas que quedarse con Luicen. Ya había demostrado su valía y el príncipe aún podía usarlo más.
Al pensar con lógica, la decisión era clara. Si al final se separarían, era mejor cortar esos sentimientos ahora.
Carlton miró a Luicen. Su cabello corto dejaba al descubierto su frente, y su perfil afilado atraía su mirada una y otra vez. Su belleza irreal y sus ojos firmes, llenos de preocupación, lo observaban.
«Luicen es tan hermoso que me deprime aún más».
—¿Quieres ir a mi tienda? Nadie te dirá nada si estás conmigo. Tengo buen vino —dijo Luicen, tomándolo del brazo.
El suave aroma de su perfume hizo que el corazón de Carlton se agitara. La razón le decía que debía ser práctico, pero su instinto masculino susurraba que lo abandonara todo y lo siguiera. Quería abrazarlo, inhalar su fragancia mezclada con el calor de su piel.
«Dicen que el amor vuelve tonto a cualquiera». Carlton recordó con amargura cómo solía burlarse de esas personas.
Entonces, una duda surgió en su mente:
«¿Por qué Luicen es tan bueno conmigo?».
Ya no lo necesitaba, pero aún así había ido a buscarlo, se había enfadado por él, lo había protegido a pesar del desprecio del Gran Señor del Este. Nunca había rechazado sus muestras de afecto.
«¿Y si Luicen siente lo mismo que yo? ¿Si me considera especial?».
Pero eso era solo ilusión.
«Aunque me amara, ¿qué cambiaría? Solo soy bueno peleando. ¿Qué podría hacer en las pacíficas tierras agrícolas de un ducado?».
Aun así, Carlton albergó esperanzas y preguntó con cautela:
—Señor Duque… ¿qué planea hacer después de esto?
Lo que realmente quería preguntar era: “¿Qué piensa de mí? ¿Ha considerado un futuro juntos?”. Pero era demasiado directo, vergonzoso, y temía una respuesta negativa.
Frente a esa pregunta cargada de emociones, la respuesta de Luicen fue simple:
—¿Eh? Terminaré lo que tengo con el Primer Príncipe, atraparé a los adoradores de demonios… y haré lo que deba hacer.
«¿Por qué pregunta eso?», pensó Luicen, desconcertado.
Carlton frunció el ceño y preguntó con más cuidado:
—¿Y después? Cuando todo termine.
—No lo sé. Volveré a mis tierras, supongo.
No lo había pensado mucho, pero tras ver el caos en el Este y leer la carta del magistrado, había tomado una decisión.
—Como Duque y gran señor, siento el peso de mi responsabilidad. Cuando esto acabe, regresaré a mis tierras y cumpliré mi deber como debo.
Luicen habló con determinación, pero la expresión de Carlton se tornó inescrutable.
—¿Y qué hay de mí?
—¿Tú?
Luicen reflexionó un momento.
Carlton tenía ambiciones y el talento para respaldarlas. Su crueldad y temperamento eran defectos, pero últimamente se había suavizado. Si evitaba dar motivos a sus enemigos y consolidaba su posición, no acabaría como en el pasado, acusado de traición y desapareciendo del mundo.
«Debo evitar que termine como antes».
Vio a Carlton esperando su respuesta con nerviosismo, algo poco habitual en él.
«¿Por qué pregunta todo esto?».
Supuso que, al acercarse el regreso a la capital, Carlton también estaba preocupado.
—Tus méritos son innegables. El Primer Príncipe los reconocerá. Deberías obtener un puesto en la corte y un título. No te preocupes, estoy aquí.
—¿Usted?
—Claro. Me has ayudado mucho, y no olvido mis deudas. Haré lo posible para que te establezcas en la corte.
Luicen habló con seguridad, pero el rostro de Carlton se heló.
«Él ya da por hecho que nos separaremos».
Luicen iría a sus tierras; Carlton, al lado del Primer Príncipe. Para Luicen, era tan obvio que ni siquiera lo cuestionaba. Incluso su oferta de ayuda sonaba como una despedida.
Carlton apartó la mano de Luicen y retrocedió. Luicen intentó seguirlo, pero Carlton lo detuvo con un gesto. Evitando su mirada, dio media vuelta y se marchó.
—Carlton…
Luicen lo llamó, pero él no se volvió. Antes de irse, su expresión herida y sus ojos temblorosos hicieron que Luicen comprendiera que algo había salido mal.
Extendió la mano hacia el vacío, pero no pudo detenerlo. Solo lo vio alejarse.
***
Al día siguiente
Luicen despertó con una resaca insoportable.
Tras separarse de Carlton, había regresado solo a su tienda. Su aparición cubierto de tierra causó un pequeño escándalo, pero Luicen, con el corazón oprimido, bebió solo el vino que habían reservado para compartir y se desplomó, borracho.
Agarrándose la cabeza, entró en la tienda comedor. El Gran Señor del Este lo reprendió de inmediato.
—¿Qué te pasa? ¿Ayer anduviste cubierto de tierra? ¡Te he dicho mil veces que debes cuidar tu imagen como gran señor!
—Sí, sí —respondió Luicen, distraído.
El Gran Señor, insatisfecho, llamó a su nieta y la regañó por no cuidar bien de Luicen. Le ordenó que lo atendiera personalmente todo el día como disculpa.
Era obvio que quería acercarla a Luicen, pero a él le daba igual. Su mente solo estaba ocupada por Carlton.
El rostro herido de Carlton al despedirse lo atormentaba.
«¿Por qué reaccionó así? ¿Pasó algo grave?».
El problema era que, por más que lo pensaba, no encontraba la razón.

TRADUCCION: LILI
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY