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Capítulo 88

En la oscuridad, tres hombres emergieron con un sonido metálico de armaduras chocando. Eran los tres caballeros que habían bloqueado el puente durante el día.     

Algo les había ocurrido en ese tiempo: sus rostros estaban pálidos, casi azulados, y sus pupilas, podridas, tenían un blanco turbio. Varios goblins los seguían, como si fueran escuderos de aquellos caballeros.  

—¿Esos tipos están muertos?

—Sí. No se les escucha respirar.  

—¿Se convirtieron en ghouls?  

Cuando cruzaron el puente, los caballeros aún estaban vivos. Aunque habían quedado atrapados en el arroyo y desorientados, Carlton no los había matado. Entonces, ¿por qué aparecían ahora ante ellos, ya sin vida?  

Los caballeros convertidos en ghouls avanzaban con pasos pesados, con el pueblo en ruinas como telón de fondo. Los ghouls solían ser débiles en combate, pero saberlo no mitigaba la escalofriante escena. Su caminar, inusualmente disciplinado para ser no-muertos, solo aumentaba el presentimiento de peligro.  

Una neblina rojiza los envolvía, extendiéndose como hilos que los conectaban a algo más allá de las calles. Allí, un hombre vestido con una túnica roja oscura observaba. Al descubrirlo, Luicen y Carlton supieron al instante que se trataba del cultista demoníaco.  

—Yo soy el Noveno Devoto —anunció el hombre, señalando a Luicen con un dedo—. Tú eres el peregrino que destruyó el sagrado altar.  

Luicen recordó el altar oculto en la guarida de la gran escolopendra. ¿Acaso este tipo lo había construido?  

—A donde voy, escucho tu nombre. Gracias a eso, rastrearte fue fácil. 

 

—¿Aparecer en mitad de la noche sin avisar? Parece que ustedes no tienen modales —bromeó Carlton con sarcasmo.  

—¿Acaso se concierta una cita para castigar a un criminal?

  

—¿Criminal?  

—¡Destruiste el altar sagrado y arruinaste el sacrificio que preparábamos para complacerlo! ¡Él está furioso, y por eso morirás maldito!  

El cultista extendió su mano, y uno de los ghouls caballeros lanzó un grito gutural antes de abalanzarse. Blandió una espada larga con una velocidad y fuerza que en vida probablemente no habría dominado. El aire vibró con el filo, y Carlton empujó a Luicen hacia atrás para esquivar.  

Otro ghoul atacó, y Carlton desvió el golpe con su propia espada, pero el impacto fue tan fuerte que le dolió hasta la muñeca. Con tres enemigos a la vez, apenas podía defenderse, y mucho menos contraatacar. Afortunadamente, al no ser caballeros quienes los controlaban, los ghouls carecían de coordinación, lo que le permitía resistir.  

Sin embargo, la distancia entre él y Luicen aumentaba poco a poco.  

«Maldición. ¿Dónde diablos está Morrison cuando se le necesita?»  

Lo había llevado consigo precisamente para estas situaciones, pero no daba señales de vida. Los inquisidores, que normalmente se abalanzaban sobre los herejes, no podían estar durmiendo tranquilamente en medio de este caos.  

Rodando por el suelo, Carlton golpeó al ghoul caballero.  

¡CLANG!  

El ataque iba dirigido a su cintura, pero una espada común no podía penetrar una armadura de placas. Un humano vivo habría vacilado por el dolor, pero los ghouls no sentían nada, limitándose a tambalearse un instante antes de seguir atacando.  

No había oportunidad de acercarse a Luicen.  

Los ghouls controlados eran enemigos exasperantes: rápidos, letales e inmunes a la muerte.  

«Será mejor ir directamente por el que los controla.»  

Carlton echó un vistazo a Luicen. Durante sus viajes, Luicen había aprendido a defenderse, y ahora luchaba por su vida con una tapa de olla y un garrote de madera, apoyado contra la pared de la posada mientras vigilaba su entorno. Un goblin se acercaba a él.  

Carlton intentó correr hacia Luicen, pero al distraerse, un puñetazo lo impactó en el estómago. 

¡UGH! Jadeando, se tambaleó mientras el cultista reía con crueldad.  

***  

Mientras tanto, Ruger se acercaba al lugar de la batalla. Al divisar al Noveno Devoto, al mercenario y al peregrino, suspiró.  

Horas antes, el Noveno Devoto había desaparecido, decidido a vengar la destrucción de su altar y la muerte de la gran escolopendra. La creciente fama del peregrino lo había llevado al límite, y no pudo contenerse.  

«Le advertí.»  

Aun preparándose meticulosamente para capturar a Luicen y matar a Carlton, el cultista había cedido ante su sed de venganza personal. Patético. Ese altar y el demonio que adoraban probablemente ni siquiera existían. Podrían crear más monstruos cuando quisieran.  

Pero no podía dejarlo actuar por su cuenta. Si causaba problemas, Ruger tendría que limpiar el desastre, y cualquier error podría afectar sus planes. Así que no tuvo más remedio que seguirlo.  

«Parece que puede manejar la situación sin mi ayuda.»  

Aunque la oscuridad dificultaba verlo, el mercenario luchaba con dificultad contra tres monstruos. Ruger buscó al peregrino. Aun sin distinguir su rostro, el brillo de su medalla de peregrino lo delataba. Luicen forcejeaba contra un goblin, ajeno a la presencia de Ruger.  

«Matar a alguien de la Iglesia no me agrada…»  

Pero si el peregrino moría aquí, el Noveno Devoto cooperaría sin quejarse. Irónico que su bondad lo hubiera llevado a esto, pero su asociación con esos lunáticos era su propia desgracia.  

Ruger desenvainó su espada y se acercó. Luicen acababa de empujar al goblin y jadeaba, con la espalda completamente expuesta. Un simple estocada lo mataría sin que lo notara.  

Era sencillo. Pero con cada paso que daba, una extraña sensación lo invadía. La silueta de Luicen le resultaba inquietantemente familiar. La imagen de su señor se superponía sobre aquella figura.  

Durante años, había seguido esos mismos pasos, siempre un poco atrás. Su corazón latió con fuerza.  

—¿Mi Duque?  

La palabra le sonó extraña en la boca, como si no supiera cómo expresar lo que sentía: ¿alegría? ¿Nervios?  

Entonces, Luicen se giró, sobresaltado. Su cabello rubio, ahora corto, se agitó, revelando su delicado rostro. Ruger contuvo el aliento. Aunque lo había visto todos esos años, ahora le parecía diferente.  

¿Ese peregrino bondadoso y piadoso era Luicen? ¿Acaso tenía la capacidad de fingir ser uno?  

Aun ahora, le parecía absurdo, pero no había duda: era él.  

Luicen también estaba sorprendido. ¡No esperaba verlo aparecer así! Por instinto, levantó la tapa de olla y el garrote. Era una reacción defensiva lógica, pero subestimó la astucia de los goblins.  

El goblin, que había fingido estar inconsciente, aprovechó que Luicen desvió su atención y abrió sus fauces, lanzándose hacia su cuello. Sus dientes afilados y sucios buscaron desgarrar su garganta.  

Para Ruger, el momento se alargó como si el tiempo se ralentizara. No hubo tiempo para pensar. Su cuerpo actuó antes que su mente. Su espada, que había desenvainado para matar a Luicen, atravesó al goblin.  

Luicen tardó un segundo en darse cuenta del peligro y de que Ruger lo había salvado. Entonces, la ira lo inundó.  

—¿Qué diablos pretendes? —exigió.  

Después de años de engaños, de intentar secuestrarlo, de traer monstruos para matarlo… ¿ahora lo salvaba? ¿Qué clase de juego era ese?  

—Es… —tartamudeó Ruger.  

—Habla claro.  

—Es… porque recibí órdenes de traerte con vida.  

Su señor quería a Luicen vivo, así que no podía permitir que un monstruo lo matara. No había otra razón. Solo cumplía órdenes.  

—Si vienes pacíficamente, no te lastimaré, mi Duque.  

—¿Y esperas que te crea? Ya sé qué clase de personas eres. 

 

—Me alegra oír eso.  

—¿Qué? 

 

—Así entenderás que confiar en un mercenario como Carlton es un error. Ellos son mucho más malvados y poderosos. Ven conmigo. Solo yo puedo protegerte como es debido.  

Luicen estaba tan atónito que las palabras le fallaron. Nada de lo que decía Ruger tenía sentido.  

«¿Siempre fue tan demente?»  

Mientras Luicen procesaba el absurdo, Ruger levantó su espada. ¡Ahí vamos otra vez! Luicen intentó esquivar, pero la voz de Carlton resonó:  

—¡Mi Duque, agáchate!  

Luicen obedeció al instante, y Morrison apareció desde el techo.  

—¡Morrison! ¡Por fin!  

Morrison lanzó un puñetazo con sus nudillos de acero. Ruger bloqueó con su espada, y el sonido del impacto resonó con fuerza ensordecedora.  

En esos breves segundos, mucho había cambiado. Carlton había incendiado a los ghouls con una antorcha y escapado del cerco.  

—¡Aaaah! ¡Espera! ¡Huyamos!  

El cultista demoníaco usó a un goblin como escudo y huyó sin mirar atrás. No parecía importarle qué le pasara a Ruger, quien, a su vez, no esperaba ayuda de su “aliado”. Con frialdad, evaluó la situación.  

Los goblins no eran rival para Carlton, y Morrison era un refuerzo inesperado. Era evidente que no podría llevarse a Luicen así. Con el Noveno Devoto huyendo, no había razón para quedarse.  

—Hasta la próxima.  

Ruger empujó a Morrison y, con un movimiento de su espada, creó distancia. Una niebla rojiza surgió a sus pies.  

—¡Argh!  

Morrison retrocedió, asustado. La energía oscura y maligna era veneno para un clérigo como él. Aprovechando la distracción, Ruger desapareció en la oscuridad.  

¡THUD!  

Con el último goblin derrotado, solo quedaron los tres en el pueblo. La noche recuperó su calma, como si nada hubiera pasado, pero el olor a monstruos muertos y sangre aún flotaba en el aire.



TRADUCCION: LILI
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY


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