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Capítulo 86

Al día siguiente de separarse, Morrison alcanzó a Luicen y Calton para unirse al grupo.

Según Morrison, la Iglesia había enviado otros inquisidores al sur para vigilar de cerca la situación y prometió transmitir cualquier información nueva a Luicen a través de él. También recordó que, dado que Luicen seguía siendo un objetivo de los adoradores de demonios, la Iglesia lo protegería. Para Luicen, eran buenas noticias. La verdad es que se sentía desesperado sobre qué hacer una vez que llegaran a la capital.

El grupo, ahora con Morrison, se dirigió hacia la capital. Tomaron la ruta más común utilizada por aquellos que, como Luicen, cruzaban en barco y luego seguían por tierra. Era el camino más corto hacia la capital.

Al principio, habían considerado tomar caminos menos transitados a través del bosque para evitar ser descubiertos, dando un gran rodeo. En lugar de entrar por la puerta este, más cercana, pensaron en dirigirse hacia las puertas sur u oeste para despistar. Pero con la llegada de Morrison, cambiaron de planes. Ahora que sabían la identidad del enemigo y que estos ya habrían deducido que Luicen se dirigía a la capital, desviarse no ayudaría a evitar un enfrentamiento.

Así pasaron varios días. Viajaban de día y acampaban de noche en lugares adecuados. Al principio, Luicen estaba preocupado por si podrían llegar a la capital sin problemas con Morrison y Calton. No conocía el verdadero carácter de Morrison y, como los inquisidores eran conocidos por ser fanáticos, lo veía como una bomba de tiempo.

Afortunadamente, Morrison era una persona amable y considerada con todos, excepto con los herejes. Era exactamente la misma buena persona que Luicen había conocido al principio, así que no causó problemas. Calton, por su parte, dejó de ser tan hosco una vez que calculó que necesitaba la ayuda de Morrison. Aunque no se hicieron amigos, cooperaron sin problemas.

Los tres cabalgaban por el camino.

—Pensé que si seguíamos al Duque, atraparíamos a uno de esos tipos enseguida, pero no hay rastro de ellos —dijo Morrison con decepción.

Esperaba en secreto que aparecieran los adoradores de demonios, pero hasta ahora no había visto ninguno.

¿Acaso van a aparecer en cada esquina?

Luicen iba a regañar a Morrison, pero le dio pereza y cerró la boca. Recostado contra Calton, observó el paisaje que pasaba y le entró sueño. Al principio, el solo hecho de estar a caballo lo mantenía alerta, pero ahora que se había acostumbrado, quedarse quieto lo aburría y el sueño lo vencía.

—Duerma, señor.

—Mmm.

Dormir a caballo era peligroso, pero con Calton ahí, Luicen no pudo resistir la tentación y apoyó la cabeza en su hombro, dejándose llevar.

Calton lo abrazó, asegurándose de que no se cayera con su brazo izquierdo firmemente alrededor de su cintura. En contraste con el frío aire del inicio del invierno, el calor de Calton era reconfortante, y Luicen pronto se durmió. El olor de Calton también lo tranquilizaba.

Calton condujo el caballo con más cuidado para no despertar a Luicen. Le dio pena que la capucha ocultara su rostro dormido. La expresión serena de Luicen, como una noche de nieve invernal, era un placer contemplar.

—Parece estar muy cansado —comentó Morrison al verlo dormir.

—Es comprensible. Desde que bajamos del barco, hemos estado durmiendo al aire libre.

A Calton le daba pena. Luicen, que nunca había conocido el sufrimiento, ahora estaba tan agotado que se dormía incluso en un caballo en movimiento. A pesar del cansancio, nunca se quejaba, lo que le llenaba el pecho de emoción.

«Podría quejarse un poco conmigo. Estaría bien.»

Aunque también admiraba su determinación. Era parte de su encanto.

—Hoy buscaremos una posada temprano para descansar.

—Según el mapa, hay un pueblo pequeño más adelante. Podemos parar ahí.

Una vez terminada la conversación, el silencio volvió entre ellos. Normalmente, Luicen mediaba en sus charlas. Sin él, solo hablaban de lo necesario.

Calton ignoró a Morrison y se concentró en Luicen. Su cálido cuerpo desprendía un aroma agradable. La sensación de sostenerlo, su temperatura, su respiración… todo le gustaba. Antes, Luicen solía huir como una ardilla, pero ahora confiaba tanto en él que se dormía en sus brazos. La idea lo hacía feliz.

De repente, sintió una mirada. Morrison lo observaba fijamente. A veces, Morrison miraba así, sin pestañear, y a Calton le daba escalofríos.

—¿Qué mira? —preguntó con aspereza.

—Usted es más romántico de lo que parece, señor Calton.

—¿Qué?

—Nada. Solo deseo que su amor dure mucho tiempo.

«¿Durar mucho tiempo? ¿Se estaba burlando?» Calton frunció el ceño, pero un ruido adelante los distrajo. Ambos pusieron las manos en sus espadas, listos para luchar.

Un arroyo ancho cruzaba el campo. La corriente era fuerte y profunda, con un puente de piedra lo suficientemente resistente para carruajes. Alrededor, se agrupaban viajeros. Sobre el puente, tres hombres con armaduras de placas bloqueaban el paso.

—¿Qué pasa?

—Vamos a ver.

Al acercarse, entendieron por qué la gente estaba reunida.

—¡Somos caballeros al servicio del vizconde Boughton! ¡Este puente fue construido por su generosidad, y nadie pasa sin pagar el peaje! —gritó uno de los hombres.

«¿Caballeros? En todo este tiempo, ni monstruos ni bandidos nos detuvieron, pero ahora aparecen estos “caballeros”.» Calton soltó una risa burlona.

—Ah, ¿qué pasa…? ¿Bandidos? —Luicen se despertó, bostezando sin preocupación.

Después de encontrarse con bandidos casi a diario, ya no le sorprendían.

La seguridad al norte del río era muy diferente a la del sur. Habiendo sido escenario principal de la guerra civil, el orden público estaba en ruinas. Si tomabas el bosque, aparecían monstruos; si ibas por el camino, bandidos. Era común que mercenarios se volvieran bandidos después de la guerra, o que gente desesperada hiciera lo mismo.

No era la primera vez que el camino estaba bloqueado. La mayoría de los viajeros optaban por dar la vuelta o resignarse. Pero Luicen y su grupo no huían ni se rendían.

Con villanos que buscaban el fin del mundo persiguiéndolos, no podían perder tiempo con simples bandidos. Si el camino estaba bloqueado, lo abrían a la fuerza. Monstruos, bandidos… Calton y Morrison se encargaban de todo.

—¿Pasamos de largo, no? No parece haber otro camino —dijo Luicen, mirando alrededor.

—Claro. Justo necesitaba desahogarme —respondió Calton, bajando del caballo y avanzando hacia el puente.

Luicen también bajó, pensando en descansar un poco mientras Calton se ocupaba. Un comerciante se le acercó, preocupado.

—¡Oiga! ¿Son sus compañeros? ¡Deténganlos! Esos tipos son lo peor.

—No se preocupe. Solo son bandidos.

—¡No! ¡No son bandidos comunes! Varios han intentado enfrentarlos y han terminado mal. ¡Ni siquiera dejan pasar a quienes pagan el peaje!

—¿No dejan pasar aunque paguen?

—¡No! Después de cruzar, los tiran al agua y les hacen volver a pagar. ¡Son unos sinvergüenzas! Pero nadie puede hacer nada contra caballeros…

—Por eso todos están esperando aquí.

Luicen asintió, sin inmutarse. Pero algo le llamó la atención.

—¿De verdad son caballeros? Llevar armadura no los hace caballeros.

—Son caballeros de verdad. Sirven a un tal vizconde Boughton.

Caballeros de verdad. No cualquiera podía ser caballero. Se necesitaba dinero, cierto estatus social y años de entrenamiento desde la infancia.

—¿Y por qué están robando a la gente?

Se suponía que los caballeros combatían bandidos, no se convertían en ellos.

—Hace meses, el vizconde Boughton abandonó sus tierras y huyó. Dicen que tenía miedo de los asesinos de nobles.

—Ah.

«Parece que hubo otro tonto como yo antes del regreso.»

—El señor huyó usando a sus súbditos como escudo, así que los caballeros, sin honor que valga, buscaron cómo sobrevivir.

Luicen miró a los caballeros con sentimientos encontrados. Abandonar las tierras tiene estas consecuencias. Las tradiciones y sistemas se derrumban, y las espadas que debían proteger se vuelven contra la gente.

—Por cierto, sabe mucho sobre ellos.

—Llevamos tres días atrapados aquí… Hemos averiguado cosas.

—Podrían buscar otro puente o dar la vuelta.

—No hay otros puentes… Todos están destruidos.

—Ya ve. Hoy podrán cruzar. Solo esperen un poco.

Luicen bebió agua y sacó una bolsa de nueces. 

«Comeré mientras veo el espectáculo.»

—Pero ¡son caballeros de verdad! ¿Cómo va a vencer un mercenario a tres caballeros? ¡No son rival fácil! ¡Deténganlo!

—No se preocupe. Él se encargará.

—¿Me da unas nueces?

Morrison también extendió la mano. Luicen le dio algunas y, de paso, compartió con el comerciante.



TRADUCCION: LILI
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY


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