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Capítulo 68

—¿Conoces el lago Kavanil? Dicen que ha aparecido un mago por allí, cumpliendo los deseos de la gente.

«Ah, así que no está aquí».   

Luicen sintió una leve decepción, pero tenia en mente el lago Kavanil.

Los magos son personas que buscan la verdad, obteniendo iluminación para usar poderes místicos. Como rara vez seguían las leyes del mundo, solían vivir recluidos o vagabundeando, lejos de miradas indiscretas. Incluso para un Gran Señor como Luicen, encontrar uno requería un esfuerzo considerable.

No sabía si la información era cierta, pero valía la pena recordarla.

¡PUM!

Carlton dejó su jarra de cerveza con brusquedad. Luisen se sorprendió y volvió a mirar hacia adelante.

—¿Qué pasa? ¿Hay algún problema?

—No.

Carlton respondió secamente antes de beber su cerveza de un trago. «¿No estaba de buen humor hace un momento?» Luicen no entendía su repentino enojo.

—¿Estás bien?

Carlton asintió hoscamente.

«Entonces, probablemente esté bien».

Aunque el cambio abrupto de actitud de Carlton le inquietaba, Luicen consideró extraño insistir en ello y cambió de tema.

—¿Sabes dónde está el lago Kavanil?

—… Aproximadamente en el centro del reino. Al oeste de la capital.

—Al oeste… ¿Entonces coincide con nuestra ruta?

—No sé.

Esta vez, Carlton respondió con desgana, inusual en él. Luicen frunció ligeramente el ceño.

—¿No tienes clara nuestra ruta?

—Dependerá de las circunstancias. La seguridad al norte del río es incomparablemente peor que al sur, por lo que no puedo asegurar la ruta.

—… ¿Ah, sí?

La explicación de Carlton era lógica, pero Luicen intuía que esa no era toda la razón tras sus respuestas indiferentes. Aunque, siendo sincero, su torpeza emocional le impedía descifrar los sutiles cambios de humor de Carlton.

—Sería ideal si pudiéramos pasar cerca del lago Kavanil. Aunque sea por los alrededores.

«Una vez que verificamos la autenticidad de la información sobre el mago, será más fácil enviar gente a buscarlo cuando regresemos a la capital».

Luicen tampoco tenía intención de desviarse de su camino a la capital para perseguir al mago. Encontrar al peregrino manco era un objetivo importante para él, pero primero debía ocuparse de la espada que pendía sobre su propio cuello. Tenía suficiente sentido común para priorizar lo que era más urgente.

—¿Alguna vez has conocido a un mago?

Carlton arqueó una de sus cejas oscuras y lo miró con desconfianza antes de responder con algo completamente ajeno a la pregunta.

Arietty: Ay, pensé en el Jaecon jsjsjsjs

—¿La razón por la que te interesan los magos es por el peregrino manco?

—Obviamente. ¿Qué otro motivo tendría para buscar a un mago?

Si al menos supiera el nombre, el rostro o incluso el lugar de origen del peregrino, podría usar el poder de la casa ducal para encontrarlo. La frustración de no saber nada sobre él hizo que el ánimo de Luicen decayera.

—Estaba tan ocupado hablando de mí mismo que no le pregunté ni una palabra sobre él. Debí haber mostrado más interés…

Suspiró, y al ver esa expresión, los ojos intensos de Carlton ardieron con ferocidad.

«Peregrino o lo que sea… ¿Qué mierda tiene ese bastardo?»

Hace apenas un momento, estaba de excelente humor. Cuando limpió la salsa de la mejilla de Luicen, este se había sumergido por completo en Carlton. El ruido del restaurante, los olores de la comida, todo desapareció, como si solo ellos dos existieran en el mundo, intercambiando miradas profundas.

Pero en cuanto se mencionó la palabra mago, ese momento se hizo añicos. El interés de Luicen se trasladó al peregrino manco antes de que Carlton pudiera hacer algo al respecto. Ahora el parecía apenado al recordarlo, y ni siquiera la comida lograba alegrarlo. Su anhelo por el peregrino era tan fuerte que superaba incluso su glotonería.

Y Carlton, que sabía perfectamente cuánto amaba Luicen comer, sintió que algo se retorcía en su interior. Había cazado monstruos como un loco, había buscado este restaurante, todo fue por Luicen.

«¿Y ahora piensa en otro hombre delante de mí?»

El pecho le oprimía y quería golpear a ese tal peregrino hasta borrarlo para siempre de la mente de Luicen. ¿Por qué ese tipo tuvo que ser el héroe de Luicen cuando era joven? Hubiera preferido ser él quien lo hubiera conocido a esas edad. Claro que, de haber sido así, con su estatus de entonces, ni siquiera habría podido levantar la cabeza frente a Luicen…

Cuanto más lo pensaba, más le ardía la sangre.

—¿Te gusta tanto ese peregrino?

El sarcasmo de Carlton destilaba su resentimiento.

—¡Claro que sí! Fue mi salvador. Lo admiro y lo respeto.

El tono burlesco no funcionó con Luicen. Al contrario, solo reforzó su firme afecto y lealtad. Carlton sintió como si alguien lo hubiera agarrado y estrellado contra el suelo. No entendía por qué se sentía así, pero el corazón herido de un hombre puede sacar palabras que nunca debieron decirse.

—¿Seguro que era un verdadero peregrino? Parecía más bien un estafador.

—¿Qué? No. Tenía las credenciales de peregrino…

—Pudo haberlo recogido en algún lugar como lo hice yo. O haberlas robado. Es solo que el Duque tiende a ver favorablemente a las personas. Su carácter, su forma de hablar. Nada en él me pareció propio de un hombre de fe.

No era que Carlton estuviera inventando cosas solo por su mal humor. Mientras escuchaba las historias que Luicen contaba sobre el peregrino, esa sospecha le había rondado la mente una y otra vez. Incluso idealizado por Luicen, había algo en la forma de pensar que se sintió similar a la suya. «¿Alguien como yo siendo un peregrino? Imposible».

—Era un verdadero santo.

Luicen apretó los dientes al responder.

—No hables de él así. Es porque no conoces su compasión ni su dedicación. Quizás sus palabras y acciones no fueran tan refinadas, pero su alma era más noble que la de cualquiera.

Cuando Carlton intentó replicar, Luicen alzó suavemente una mano para detenerlo. El gesto era aristocrático, lleno de una autoridad que rara vez mostraba.

—Insultarlo es insultarme a mí. Pienso como él me enseñó y actúo siguiendo su ejemplo. Ni siquiera tú puedes hablar mal de él.

Luicen apretó los puños, respirando con fuerza. Estaba más furioso que cuando descubrió la traición de Ruger.

—¿Ahora estás enfadado conmigo por él?

—¡Sí!

—¡Ja!

«¿Ni siquiera por ese traidor de Ruger te enfadaste así, pero lo haces por mí? ¿Es ese peregrino es tan importante?»

Carlton se sintió injustamente tratado y molesto. Ni siquiera cuando lo acusaron falsamente se había sentido tan amargado.

Las dos personas, cuyas emociones estaban tan heridas, se miraron fijamente a través de la mesa. El tenso silencio se prolongó hasta que un empleado se acercó a preguntar si podía retirar los platos. Ambos se levantaron al mismo tiempo, sin ceder.

***

Luicen y Carlton llegaron al muelle con Zephyr. Morrison, que había estado cargando mercancías, vino corriendo a recibirlos.

—Muchas gracias por aceptar la petición. Si no fuera por ustedes dos, no tendríamos escolta…

Morrison frunció el ceño. La gélida atmósfera entre Luicen y Carlton era suficiente para silenciar incluso al hábil mercader.

—Ejem, si ustedes dos pretenden actúar como si no se llevaran bien por lo que dije antes, no hay necesidad de hacer eso. No soy una persona estrecha de mente que piense que los peregrinos no deberían tener citas ni nada por el estilo. Los peregrinos son peregrinos, no sacerdotes.

¿De qué demonios se trataba este malentendido? Ya frustrado por la pelea con Carlton, Luicen suspiró profundamente antes de responder.

—No es así en absoluto.

—Ahaha. Bueno, dejémoslo así. Ahora, subamos al barco.

Morrison ni siquiera escucho la negativa de Luicen. Explicar en detalle el malentendido parecía demasiado agotador. El ambiente frío y tener que estar pendiente del humor de Carlton mientras caminaban hacia el barco ya habían agotado a Luicen. Morrison les condujo a sus aposentos.

—Sólo hay una habitación. Originalmente estaba pensada para mercenarios, así que tiene dos camas. Espero que lo entiendan.

«¿Qué le pasa a este tipo? Normalmente usamos camas separadas». Luicen miró a Carlton, que permanecía inexpresivo. La tensión le estaba dando dolor de cabeza.

—El verdadero trabajo de escolta comenzará después de que desembarquemos. No debería haber mucho peligro a bordo… Sólo tendrás que quedarte con nosotros y comprobar de vez en cuando la carga.

Después de mostrarles su habitación, Morrison se excusó para terminar de supervisar la carga.

«Sí, vete ya».

Luicen despidió a Morrison con gusto, pero enseguida se arrepintió.

La habitación asignada a Luicen y Carlton era tan estrecho que las dos camas casi llenaban todo el espacio. Para evitar mirar a Carlton, Luicen tenía que apretar la cara contra la pared.

Un silencio opresivo llenaba la habitación. Los dos se miraban continuamente. Aunque sus miradas nunca se cruzaban, saber que el otro los miraba agravaba aún más la tensión.

Uno de los dos tenía que hablar primero. Si Luicen se arrepentía de su anterior discusión, Carlton probablemente no seguiría enfadado. Pero Luicen no quería ser el primero en hablar. ¿Qué había hecho mal? Nada de esto habría ocurrido si Carlton no hubiera insultado al Santo.

«Llamar al Santo un fraude. Sabiendo cuánto lo respeto».

Carlton era la única persona a la que Luicen había hablado del peregrino manco desde que regresó al pasado. Aunque no podía compartirlo todo, había revelado bastante. Eso hacía que esta traición fuera aún más dolorosa.

En secreto, Luicen esperaba que Carlton se disculpara primero, pero a juzgar por su comportamiento, eso parecía muy poco probable. La expresión de Carlton era ilegible.

«Esto es insoportable».

Luicen se levantó bruscamente. Necesitaba un poco de aire fresco, quedarse en esta habitación lo asfixiaría. Salió por la puerta.

Carlton le siguió en silencio. Luicen se giró para mirarlo.

«¿Por qué me sigue? Sali porque no quería estar junto a el».

Quería decirle a Carlton que dejara de seguirlo, pero eso sería como reconocer su derrota. En lugar de eso, se dio la vuelta y se dirigió a cubierta. Comprendiera o no los sentimientos de Luicen, Carlton continuó siguiéndole.



TRADUCCION: ARIETTY
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY


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