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Capítulo 57

A la mañana siguiente, Luicen se despertó temprano. En el momento en el que el sol apenas comienza a salir débilmente, Luicen y Carlton se prepararon para salir.    

Luicen se puso una tunica sobre la ropa con la que había dormido. Esta era abultada, como si alguien hubiera hecho un agujero en un gran saco para la cabeza y le hubiera puesto mangas. Se subió la capucha y la cubrió con otra que había conseguido en el pueblo. El borde de la capucha le cubría la nariz, ocultando por completo su rostro. Ató la tela suelta a la cintura con una cuerda gruesa en lugar de un cinturón, disimulando aún más su complexión.  

Si encorvaba los hombros e inclinaba la cintura, incluso su estatura resultaba engañosa: parecía una persona completamente distinta. A continuación, Luicen colgó de la cuerda una cruz de madera, una reliquia sagrada. Al menos en apariencia, era innegablemente un peregrino.  

Carlton y Luicen caminaron directamente por el sendero por el que habían venido y se dirigieron hacia la puerta de la ciudad, en el lado opuesto. Incluso al amanecer, las calles de Confosse bullían de gente que se preparaba para partir. Al tratarse de un lugar donde a menudo se alojaban viajeros de larga distancia, era más animado y ruidoso que a mediodía.  

Al principio, Luicen estaba nervioso. Pero gracias a que nadie les presto atención, pronto se relajó. De vez en cuando, alguien veía la credencial de peregrino colgada del cuello de Luicen y hacía una reverencia con las manos juntas. En cada ocasión, él devolvía el gesto con una educada pero comedida inclinación de cabeza, igual que había hecho el peregrino manco.

«¿Me parezco un poco a un santo?»

La idea de parecerse a la persona que tanto admiraba emocionó secretamente a Luicen. Sin darse cuenta, se dejó llevar y trató de imitar el andar del peregrino manco, recordando la facilidad con que caminaba aquel hombre. Pero cuando el rígido cuerpo de Luicen intentó replicar aquellos pasos audaces y amplios, sus articulaciones crujieron como bloques de madera. Parecía tan torpe como un gato asustado. Incapaz de seguir soportando aquel espectáculo, Carlton golpeó a Luicen en la espalda. 

—Camina derecho.

—Sólo intentaba caminar como un peregrino.

—Parecía que te dolía el estómago.

—¿Un dolor de estómago…? 

«¿Es imposible que alguien como yo parezca tan digno como el santo?» Desanimado, Luicen se relajó y volvió a sus habituales pasos ligeros.  

Aunque le había regañado, a Carlton no le preocupaba la capacidad de Luicen para interpretar el papel de peregrino. Los peregrinos procedían de todas las clases sociales, por lo que no era de extrañar que el porte despreocupado y relajado de Luicen no fuera inusual.

—Está bien si tus movimientos aún parecen un poco nobles. Pero ten cuidado al hablar. No hay tal cosa como un peregrino que habla groseramente.

—Lo sé. 

—¿Alguna vez has usado un lenguaje informal en tu vida?

«Por supuesto. Mucho». Durante sus días de vagabundeo, lo primero que tuvo que hacer para sobrevivir fue romper el hábito de usar el lenguaje formal que le habían inculcado.  

—Tengo más experiencia de lo que crees, mercenario. Así que no te preocupes. Aunque eres tú quien debe tener cuidado al llamarme. 

El tono de Luicen era suave y educado, lo bastante respetuoso sin parecer débil. Carlton quedó satisfecho.  

—Puedes llamarme Mercenario, pero también Carl. Es mi nuevo nombre. A partir de ahora, me dirigiré a ti como “Peregrino” o “Mi Señor”.

—Sí, hazlo.

Charlando en voz baja, los dos pasaron por las puertas de la ciudad. Desde que los subordinados de Carlton habían sido capturados en Confosse, los que salían de la ciudad eran inspeccionados tan minuciosamente como los que entraban. Pero Luicen y Carlton llevaban poco equipaje, además de un pase de peregrino y documentos de mercenario, por lo que los dejaron pasar sin problemas.  

Una vez fuera de las puertas, se dirigieron hacia el agujero de la muralla para comprobar si el burro que habían soltado ayer seguía allí. Inesperadamente, encontraron gente cerca.  

Dos hombres, uno con una túnica sencilla y el otro vestido como un joven guardia, forcejeaban con un caballo negro. A pesar de sus esfuerzos combinados tirando de las riendas, el caballo se negaba a ceder. De hecho, cuando retrocedía, los dos fornidos hombres se veían arrastrados sin poder hacer nada.

Carlton y Luicen se detuvieron, manteniendo la distancia.  

—Eso parece un guardia. ¿Qué hace aquí? Nuestro burro está allí.

Por un momento, pensaron en dar media vuelta, pero el burro de Luicen estaba justo detrás del caballo negro, mordisqueando hierba, totalmente ajeno al caos que se avecinaba. Era un animal tan despreocupado.

—¿Qué hacemos al respecto?  

Luicen se volvió hacia Carlton, sólo para encontrarlo mirando no al burro sino al caballo negro, con expresión atónita.  

—¿Zephyr…?

«¿Zephyr? He oído ese nombre en alguna parte».

Entonces recordó rápidamente que el nombre del caballo de Carlton era Zephyr.

—¿Tu caballo? ¿Ese negro de ahí es tuyo?  

Carlton asintió lentamente. Luicen se quedó boquiabierto ante el caballo y lo estudió más de cerca. Aunque su pelaje era áspero y su montura más delgada, era inconfundible: el cuerpo negro azabache, el rostro orgulloso, la silueta familiar desde las orejas hasta la cola. Sus proporciones eran perfectas: patas largas y poderosas, músculos bien definidos, la inconfundible constitución de un caballo de guerra de élite. Cuanto más lo miraba, más seguro estaba de que era el mismo caballo que Carlton había montado.  

—Pero, ¿cómo? Dijiste que lo habías perdido en las montañas. ¿Podría ser uno similar?  

Preguntó por las dudas, pero la reacción del caballo bastó para responder. El caballo negro, Zephyr, reconoció la voz de su amo con sus agudos sentidos y giró la cabeza. 

¡HNNNGH!

Con un rápido movimiento, mordió el brazo del guardia, lo empujó con su cuerpo y los dos hombres cayeron al suelo. Luego corrió directamente hacia Carlton, golpeando con sus pezuñas.  

¡HINNGH! ¡HINNGH!

Zephyr apretó el húmedo hocico contra el hombro de Carlton, mordiéndole y lamiéndole la cara con quejidos silenciosos. Luicen nunca había sabido que un caballo pudiera llorar tan desconsoladamente. Carlton acarició repetidamente la cabeza de Zephyr, transmitiendo disculpas y alegría. Al presenciar su sincero reencuentro, Luicen sintió que se le hacía un nudo en la garganta.  

Pero no era momento para la indulgencia sentimental. Los dos hombres que habían estado sujetando las riendas de Zephyr se pusieron en pie, alzando sus lanzas mientras se acercaban.  

—¡Ustedes! ¿Quién demonios son? —Grito el guardia. Luicen se quedó helado. 

«¿Una agresión tan inmediata? ¿Por qué?» Carlton se adelantó, con la mano apoyada en la empuñadura de la espada.  

—Somos miembros de la guardia de Confosse. Este caballero es de nuestro capitán. ¡Así que ni se les ocurra resistirse y ríndanse!

Como Luicen había supuesto, ambos eran guardias. Pero la revelación de que el hombre de civil era su capitán fue una sorpresa. Un capitán de la guardia tenía una autoridad considerable, ¿qué hacía aquí un oficial de tan alto rango vestido de forma informal?  

—¡Suelten las armas ahora mismo!

—¿Por qué de repente nos amenaza sin motivo?

Replicó Luicen, pero el guardia le ignoró y levantó la lanza. El capitán no hizo ademán de intervenir.  

El corazón de Luicen latía violentamente contra su pecho. Forzando la calma en su voz, levantó su pase de peregrino.  

—No soy más que un caminante que sigue la voluntad divina.

Cuando los rayos del sol naciente incidieron en el paso, esparcieron un luminoso resplandor plateado. El capitán y el guardia vacilaron, bajando sus lanzas mientras contemplaban el reluciente pase.

—Ah… Así que eres un peregrino.

—Entonces esta persona es…

—Es un mercenario que contraté como escolta.

—Apuntando armas sin causa alguna, ¿así es como Confosse trata a los peregrinos? ¿Tiene algún resentimiento hacia la iglesia?

Carlton intervino en el momento justo e hizo una amenaza sutil al mencionar la iglesia. El guardia palideció y empezó a explicar frenéticamente. 

—¿Un agravio con la Iglesia? No, jamás. Nunca ha sido intencionado. Es que, este caballo pertenecía a un criminal… 

—¿Un criminal?

—¡Uno de los secuestradores del Duque de Agnes! ¡Este era su caballo!  

«¡Así que los hombres de Carlton trajeron a Zephyr aquí!» El misterio de la presencia del caballo estaba resuelto. Lo más probable era que el resto del grupo de Carlton hubiera llegado poco después de su separación.  

A Luicen le preocupaba que Zephyr se hubiera topado con direwolfs o Ruger, o se hubiera perdido vagando solo por las montañas tras separarse de Carlton. Afortunadamente, no era el caso.  

En circunstancias normales, reunirse con los hombres de Carlton habría llevado naturalmente a reclamar a Zephyr. Pero cuando Carlton fue incriminado como secuestrador de Luicen, sus subordinados fueron arrestados en su lugar.  

Por convención, las pertenencias de los criminales caían en manos de los guardias que los capturaban, y así fue como Zephyr acabó en su poder.

—El caballo parecía amigable con ustedes… Desde la perspectiva de un guardia, no tuvimos más remedio que sacar nuestras armas primero, sospechando que podrías ser cómplice de esos secuestradores. Por favor, compréndelo, Peregrino.

—Pero ese mercenario… ¿están verificadas sus credenciales? No es que dude de ti, Peregrino, pero Carlton y sus hombres también eran mercenarios. ¿Podría ser…? 

—¡No! El caballo sólo estaba feliz de verme.

Luicen echó rápidamente los brazos al cuello de Zephyr, con un sudor frío recorriéndole la espalda. La situación era peligrosa. El más mínimo indicio de que Carlton era el verdadero dueño de Zephyr podía relacionarlos con los subordinados encarcelados. La sospecha del guardia era peligrosamente lógica.  

—Este caballo fue criado en un monasterio durante mi infancia. Yo era quien cuidaba de él. Por eso me reconoció y vino corriendo. No a él… Sino yo, el peregrino.

Mientras Luicen hilaba su mentira, Carlton retrocedió sutilmente, fingiendo indiferencia hacia Zephyr. Aunque el caballo no captó los matices, fue lo bastante listo para leer las señales de su amo y morreó obedientemente a Luicen.  

Arietty: Awww q lindo 😍

—Ya veo. Eso lo explica todo. Sin embargo, este caballo pertenece a un criminal y ahora está bajo la jurisdicción de la guardia. Nos lo llevaremos con nosotros. 

—… 

Luicen vaciló, pero Carlton le agarró del brazo.  

«De todas las personas… Tenían que ser guardias».

Si Zephyr hubiera estado en manos de mercaderes o mercenarios, las cosas habrían sido más sencillas. Pero no se trataba de adversarios a los que se pudiera intimidar o dominar. Provocarlos significaría provocar al señor de Confosse y al noble regional que lo respalda.  

—Déjalo ir.

El susurro de Carlton era apenas audible. A regañadientes, Luicen soltó el cuello de Zephyr.

 



TRADUCCION: ARIETTY
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY


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