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Capítulo 28

Luicen llenó un tazón de madera con sopa y se lo pasó al niño. El niño lo aceptó de manera un tanto confusa, pero miró a Luicen con duda, como si no estuviera seguro de si realmente podía comerlo.

—Come esto y espera. Mañana por la mañana habrá una distribución de provisiones desde el castillo, así que avísales también a los adultos.

—¿En serio?

Los ojos del niño se abrieron de par en par.

—Sí. Habrá harina, leña y cosas así. Pero, ¿tendrán fuerzas para hacer pan?

Sería ideal si pudieran cocinar y compartir la comida con los ingredientes, pero la falta de personal hacía que fuera difícil lograrlo. Eso era lo más lamentable.

¿Podrían las personas hambrientas cocinar y comer? El hambre les arrebataba la razón. Si comían algo crudo y se enfermaban, sería un gran problema. Por eso Luicen había hecho el esfuerzo de bajar al pueblo para repartir sopa.

—Por ahora es difícil, pero también compensaremos todo lo que fue requisado desde el castillo.

—¿De verdad? ¿Cuándo? ¿Tiene dinero el Duque? Pero, ¿es realmente nuestro Señor? Es la primera vez que lo veo.

—Sí, soy el Duque. Claro que es la primera vez que me ves. ¿Cuándo habrías tenido la oportunidad de ver a alguien como yo? —Luicen respondió con calma a las preguntas desordenadas del niño. A pesar de su expresión indiferente, su tono amistoso le dio valor al niño.

—Pero, ¿no perdimos la guerra y estamos arruinados?

—¿Arruinados? ¿Crees que la casa del Duque de Agnes caería por algo así? Una vez que se abran las puertas del castillo, todo se resolverá.

No era una bravata, sino la verdad. Habían ganado la guerra contra los saltamontes, por lo que, en ese momento, fuera del castillo, los graneros de cada aldea debían estar llenos de trigo cosechado. El problema era que no podían traerlo al castillo y que, por el momento, no había suficiente comida dentro. Sin embargo, la situación financiera de la casa ducal no era precaria.

Es cierto que la guerra civil había dejado agujeros en la administración y el personal, causando un gran desequilibrio, pero Luicen tenía la perspectiva de que, una vez que se vendieran el oro, las joyas y los bonos que poseía la casa ducal, y los prisioneros regresaran, la estabilidad llegaría rápidamente.

Pensándolo bien, todo era culpa de Carlton. Si no hubiera cerrado las puertas del castillo, esto no habría pasado.

Sin embargo, era difícil culpar a Carlton, ya que el propio Luicen había sido quien le advirtió que debían estar en guardia incluso con los nobles que estaban del lado del primer Príncipe.

—De todos modos, no te preocupes. Lo prometo sobre mi honor y el de la casa ducal. Y lamento haberte hecho pasar por esto.

La inesperada disculpa hizo que las orejas del niño se pusieran rojas. Nunca había imaginado que un señor feudal, alguien tan elevado como el cielo, se disculparía directamente con una persona común como él. Además, la expresión de Luicen, llena de arrepentimiento, era simplemente hermosa.

—Ah, eso…

—Ve y come. Debes tener hambre.

Luicen le dio unas palmaditas en el hombro al niño. El niño, que no pudo responder y salió caminando en estado de shock, miró fijamente a Luicen por un momento y luego comenzó a tomar la sopa apresuradamente. Aunque era una sopa simple sin especias, al probarla, el sabor salado no estaba mal, y lo más importante, calentaba su cuerpo frío.

Los aldeanos que habían estado observando al niño y a Luicen comenzaron a acercarse lentamente a Luicen. Con cautela, le preguntaron:

—¿De verdad podemos comer esto?

—Claro, coman.

—Escuché por ahí que la distribución de provisiones va a reiniciarse, ¿es cierto?

—Sí, lo es. Lo haremos lo más rápido posible. En este momento, todos en el castillo están discutiendo eso.

Mientras servía la sopa, Luicen no respondió a las preguntas de la gente de manera superficial. Pensó en el impacto que sus palabras podrían tener y respondió con calma y consideración a cada una. Tampoco olvidó las promesas y disculpas que le había hecho al niño.

Aunque el proceso era lento, sus respuestas, bien pensadas, transmitían sinceridad. El corazón sincero de Luicen se transmitió junto con un tazón de sopa caliente.

Si otra persona hubiera repartido la comida, no habría tenido el mismo efecto. Fue posible porque quien sostenía el cucharón y hacía las promesas era el Duque de Agnes, Luicen.

Aunque durante muchos años Luicen había ganado notoriedad como un libertino, descuidando los asuntos del ducado y provocando esta crisis, el respeto y el cariño hacia la casa ducal de Agnes, que había gobernado estas tierras durante tanto tiempo, no desaparecieron de la noche a la mañana. Al ver a Luicen actuar personalmente, los aldeanos recordaron la fe y la confianza que alguna vez tuvieron en el protector de los campos dorados, algo que habían olvidado temporalmente.

—Es cierto. Si el Duque está haciendo todo esto…

—Después de todo, es nuestro Señor. Debemos confiar en él.

—Aunque no inspire mucha confianza, no tenemos más remedio que esperar.

Inicialmente, las personas que observaban a Luicen con desconfianza y resentimiento comenzaron a suavizar sus corazones poco a poco.

La gente del ducado tenía un carácter tan generoso y relajado como el clima templado de la región. Aunque el miedo repentino de la guerra había arruinado todo, su naturaleza no había cambiado. Cuando Luicen bajó personalmente al pueblo para consolar a las personas aterrorizadas y aliviar su ansiedad, aquellos que se habían vuelto ásperos y hostiles comenzaron a transformarse nuevamente en ovejas dóciles.

Aunque el sol se había puesto y la noche había llegado, más y más personas seguían llegando. El brazo de Luicen, que sostenía el cucharón, estaba adolorido y su garganta le dolía, pero no mostró ninguna queja.

—Traigan más agua y échenla en la olla. Añadan más pan también. Ustedes, vayan a ayudar a aquellos que tienen dificultades para moverse.

Luicen continuó repartiendo comida. Sabía cuán milagrosa era esta simple sopa para ellos, y por eso no se cansaba.

***

Finalmente, la sopa que parecía interminable comenzó a agotarse. El sol ya se había puesto por completo, y era necesario encender antorchas. Moverse de noche no era bueno ni para Luicen ni para los aldeanos.

—Sería mejor que regresara al castillo ahora. Continuar más allá de esto es peligroso.

—Todavía quedan personas…

Luicen miró a la gente. Se preguntaba si sería mejor continuar o regresar. Mientras reflexionaba, vio a Carlton parado solo entre la multitud. No importaba cuánta gente hubiera, era difícil ignorar su imponente figura que sobresalía entre todos.

«¿Desde cuándo ha estado allí?»

Cuando sus miradas se encontraron, Carlton se acercó.

—Si viniste, ¿por qué no me llamaste? 

—Fue difícil intervenir. Es tarde, así que deberíamos terminar y regresar.

—…Está bien.

Cuando Carlton habló, Luicen no tuvo más remedio que escuchar.

—Nos encargaremos de limpiar.

—Mi Señor, no puede hacer eso. Déjelo.

Luicen dejó la limpieza a cargo de los aldeanos. Carlton se paró al lado de Luicen y lo miró fijamente.

—¿Por qué actúa así?

Luicen, sintiéndose incómodo bajo la mirada de Carlton, le preguntó:

—¿Por qué me miras así?

—No, es que…

Carlton titubeó y luego preguntó de repente:

—Después de lo que pasó durante el día, ¿cómo es que tuviste el ánimo de bajar al pueblo de nuevo?

—¿Eh?

—No entiendo en qué te basas para ser tan imprudente.

Carlton dio un paso inesperado hacia adelante. Al acercarse el cuerpo imponente del hombre, Luicen se tensó. La mirada penetrante y característica de Carlton escudriñó el rostro de Luicen como si lo estuviera desarmando.

—Parece que no tienes miedo, pero no es que no lo sientas.

—¿Te estás burlando de mí? —Luicen preguntó, ofendido.

—No. Solo me parece curioso.

—¿Qué te parece curioso?

—No sabía que llegarías a hacer algo así.

—No podía quedarme quieto…

—Pensé que estarías tranquilamente en el castillo, en una reunión, pero de repente bajaste al pueblo. No sabes cuánto me sorprendió.

—…Esto soy su Señor, ¿qué importa? Además, esta vez los caballeros vinieron conmigo. Me aseguré de cuidar la seguridad.

—Sí, bueno. Si no hubieras traído a los caballeros, habría pensado que realmente estabas loco.

Luicen miró a Carlton. «¿Habrá venido porque estaba preocupado? Ah, no puede ser. No es cualquier persona, es Carlton. No hay manera de que él se preocupe por mí.» Luicen desechó rápidamente esa sospecha que le vino a la mente.

—Ahora entiendo por qué el orden se mantuvo tan bien. ¿Era porque tú estabas vigilando?

—No fue para ayudarte. Fue para vigilar.

«¿Qué? ¿Por qué habla tan en serio? Qué amargado». Luicen maldijo a Carlton en su interior.

—La próxima vez que planees hacer algo imprevisto, avísame con anticipación.

—No creo que haya una próxima vez.

Luicen lo afirmó con seguridad. Sin embargo, Carlton no parecía creerle en absoluto. Lo miró con una expresión que parecía la de alguien viendo a un adicto prometer que dejará de beber.

«¿Por qué?»

Luicen se sintió injustamente tratado.

—Regresemos juntos. Si algo le pasa al Duque, será mi responsabilidad.

Bueno, eso es cierto, pero ¿qué cambio de actitud es este? Luicen estaba desconcertado, pero como sería extraño insistir en ir por separado, simplemente aceptó.

***

Al regresar al castillo, la reunión ya había terminado. Como era tarde, los funcionarios se dispersaron para ocuparse de las tareas que debían realizar en sus respectivos departamentos mientras esperaban que amaneciera. Luicen no tenía ninguna tarea asignada, y ante la insistencia de los funcionarios de que descansara, regresó a su habitación.

Se lavó, se cambió de ropa y se acostó en la cama. Al apoyar la cabeza en la suave almohada, pensó que había sido un día realmente agitado.

Primero, se suponía que iba a la guerra, luego se perdió, se vio envuelto en un motín, y casi… con Carlton… Si Carlton no lo hubiera detenido…

Luicen se incorporó bruscamente en la cama.

Parecía que no iba a poder dormir, ya que los pensamientos innecesarios seguían viniendo a su mente. Aunque sus extremidades estaban pesadas y todo su cuerpo le dolía, su mente estaba completamente despierta.

Mientras estaba sentado en silencio en la cama, recordó las caras de las personas que había visto durante el día.

«¿Podrán los aldeanos pasar esta noche sin problemas? Hoy tenían algo para comer, pero ¿y mañana? ¿Y pasado mañana? ¿Cuándo se irá Carlton para que podamos abrir las puertas del castillo?»

Mientras pensaba en estas cosas, las preocupaciones y ansiedades comenzaron a abrumar a Luicen.

«Esto no está bien.»

Luicen salió de la cama y se quitó bruscamente su pijama, arrojándolo a un lado. En momentos como este, era mejor mantenerse ocupado.

Se vistió con ropa de salir y abandonó la habitación.

El castillo en la noche estaba en silencio. Solo se veían ocasionalmente las antorchas de los soldados que estaban de guardia. Era una hora incómoda para despertar a los sirvientes o llamar a los soldados. Luicen se dirigió en silencio y solo hacia los establos.

El castillo ducal era extenso, y en las áreas donde la gente rara vez pasaba, crecían hierbas y árboles desconocidos de manera exuberante. Especialmente cerca de los establos, donde deliberadamente no se hacía mantenimiento, la vegetación era aún más densa y frondosa.

Luicen llevaba una pala bajo el brazo y buscaba algo entre las malezas. Estaba oscuro, por lo que no podía ver bien.

«Debe estar por aquí en algún lugar.»



TRADUCCION: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY


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