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Capítulo 23

—Carlton tiene toda la autoridad, así que debo pedirle ayuda.     

—Él conoce perfectamente la situación del pueblo. Con una sola palabra suya podría liberar los granos del almacén o traer el trigo cosechado, pero no ha hecho nada. ¿Qué crees que significa eso?  

—¿Que con una sola palabra de Carlton se puede solucionar todo?  

—No es eso lo que quise decir.  

—Lo sé. Quieres decir que no nos ayudará. Pero, aun así, es algo en lo que no podemos retroceder.  

—Eso es cierto, pero…  

—Yo me encargaré de Sir Carlton. Tú reúne a las personas. Prepara un plan para que, en cuanto obtengamos su permiso, podamos asistir de inmediato a la gente del pueblo al pie del castillo.  

—¿Dejará Carlton que la gente se reúna?  

—Si sus hombres intentan detenerte, menciona mi nombre. Diles que ya tengo el permiso de Carlton.  

—¿Estás seguro de que está bien?  

El administrador principal parecía profundamente preocupado. ¿Era realmente correcto seguir las instrucciones de Luicen? ¿Y si esto solo terminaba causando un problema mayor?  

—Yo mismo convencí a Sir Carlton para prepararnos contra la plaga de langostas. De alguna manera conseguiré su permiso, así que no te preocupes.  

Aunque Luicen sentía que Carlton lo había superado en más de una ocasión, decidió olvidar ese detalle por ahora. Era más importante tranquilizar al administrador y a los vasallos mostrando confianza.  

—Esto es por el bien de personas inocentes. Incluso si tengo resentimientos personales, debo pensar en ellos.  

Luicen inclinó profundamente la cabeza. La expresión del administrador se suavizó al verlo.  

Cuando Luicen tenía solo seis años, sus padres, los anteriores Duques, murieron en una epidemia que se propagó por el territorio. Dieron sus vidas luchando día y noche por los aldeanos, y gracias a sus esfuerzos, la enfermedad fue rápidamente contenida. Fue una muerte noble y honorable, digna de los protectores de los Campos Dorados.  

Como resultado, Luicen se convirtió en el señor del territorio a una edad extremadamente temprana.  

El día del funeral de los Duques, el administrador abrazó al pequeño Luicen y juró protegerlo por el resto de su vida. Lo crió con un cuidado extremo, tratándolo como si fuera una joya preciosa que podía romperse con el más mínimo descuido. Sin embargo, al protegerlo demasiado, Luicen había crecido para convertirse en alguien caprichoso y difícil de manejar. Muchas veces, el administrador se sintió decepcionado y desanimado por su comportamiento. Pero, incluso con todo eso, Luicen seguía siendo su señor.  

Era alguien a quien había dedicado su juventud y criado con todo su afecto.  

Y ahora, ese joven señor le estaba pidiendo que lo ayudara por el bien del territorio. Para el administrador, había solo una respuesta posible.  

—Cumpliré sus órdenes, señor.  

El administrador también inclinó profundamente la cabeza ante Luicen. Con su ayuda, el resto sería manejable. Luicen finalmente se sintió aliviado y dejó escapar una sonrisa.  

«Si puedo convencer a Carlton…»  

Con la determinación de encontrar una forma de persuadirlo, Luicen salió de la habitación.  

———— ∗ ⋅✧⋅ ∗ ————

Mientras Luicen estaba reunido con el administrador principal, Carlton visitó la oficina de este último. La mayoría de los documentos relacionados con la administración del territorio se encontraban en esa sala.  

Carlton buscaba específicamente el documento que autorizaba la requisición de recursos para la estrategia de asedio. La confiscación de bienes pertenecientes a los habitantes del territorio era algo que los vasallos no podían realizar sin el permiso explícito del señor. Por ello, debía existir un documento con la aprobación de Luicen.  

Con solo mirar la oficina, era evidente que el administrador general era una persona competente. Los numerosos documentos estaban organizados de manera meticulosa, lo que permitió a Carlton encontrar rápidamente lo que buscaba.  

«Aquí está.» 

Carlton revisó rápidamente el contenido del documento. En la parte inferior, en el espacio destinado a la aprobación del señor, estaba claramente la firma del Duque de Agnes.  

El trazo era apresurado, reflejo de la urgencia de la situación, pero las características del trazo coincidían perfectamente con la firma de Luicen: las curvas, las inclinaciones, todo estaba igual.  

«¿Qué es esto? Aquí está su firma.» 

Al descubrirlo, Carlton sintió una fría incomodidad en el pecho.  

Mientras recorría el pueblo con Luicen, había observado su rostro. Estaba pálido, y su conmoción y confusión eran evidentes.  

Por eso había dudado.  

En el territorio del Duque de Agnes, los vasallos tenían una influencia excepcionalmente fuerte, lo que dejaba al señor con poco poder real. Había considerado la posibilidad de que los vasallos hubieran actuado por su cuenta, sin informarle a Luicen.  

Pero no era así. Luicen había dado su autorización personalmente.  

«¿Y él decía que no lo sabía? ¿Que si lo hubiera sabido, nunca lo habría permitido?» 

Después de mostrar tal conmoción, después de insistir desesperadamente en conocer la situación del pueblo, ¿todo había sido una mentira?  

Carlton pateó el escritorio con fuerza. El ruido resonó por toda la habitación. Estaba profundamente molesto y frustrado.  

«Al final, es solo otro noble. Todos son unos mentirosos sin vergüenza.» 

Pero entonces, ¿por qué le molestaba tanto? ¿Por qué sentía esta irritación y decepción?  

«Es porque me dejé engañar por su rostro. Estoy enfadado conmigo mismo por caer en las mentiras de otro noble, eso es todo.»  

Carlton interpretó su malestar de esa manera.  

«Es ese rostro. Ese maldito rostro.»

Mientras descargaba su frustración pateando de nuevo el escritorio, uno de sus subordinados llegó a buscarlo.  

—Disculpe… ¿Capitán?  

Los hombres que se habían dispersado para buscar a Luicen ya habían regresado al castillo tras recibir la noticia y estaban reunidos, esperando las próximas órdenes de Carlton.  

—Vamos.  

Carlton se dio la vuelta como si nada hubiera pasado. Su subordinado, acostumbrado a los arrebatos de su capitán, no le dio importancia.  

—¿Cómo está el pueblo?  

Preguntó Carlton mientras caminaba por el pasillo.  

—La situación está más o menos bajo control. Al ver a los soldados, los aldeanos se dispersaron por sí mismos, ya que todos eran del pueblo. Así que no hubo enfrentamientos graves. Solo arrestamos a los que se resistieron hasta el final y los llevamos a la cárcel.  

—Déjalos allí por un tiempo y suéltalos mañana.  

—Entendido.  

Carlton reflexionó por un momento antes de añadir:  

—Y asegúrate de darles algo de comida.  

—Sí. Ah, y parece que el sirviente del Duque también fue arrestado accidentalmente junto con ellos. ¿No podría esto causar problemas si se entera que hemos detenido al sirviente del Duque?  

—¿Ese tipo?  

Carlton recordó al sirviente de Luicen. Siempre caminaba detrás de Luicen, con una actitud arrogante. Aunque tenía una apariencia impecable y atractiva, su constante expresión altiva hacía que su rostro perdiera cualquier encanto que pudiera tener.  

Ese sirviente ya había estado molestando a Carlton desde hacía tiempo. Era obvio que despreciaba abiertamente a Carlton y a sus subordinados. Carlton había estado tentado de darle una lección, pero se había contenido, ya que era el sirviente personal del Duque.  

—¿Y si está fingiendo?  

—¿Fingiendo? No, su identidad ha sido confirmada.  

—No estoy tan seguro. A mi parecer, parece más bien un aldeano que, asustado por el castigo, está fingiendo ser el sirviente del Duque.  

Carlton esbozó una sonrisa. Si realmente era el sirviente del Duque, tendría que liberarlo de inmediato, pero si era solo un aldeano, no habría problema en dejarlo pasar algo de tiempo en la cárcel. El enojo que sentía por Luicen se disipó un poco al imaginar las penurias que Ruger pasaría allí.  

—Entendido.  

El subordinado se rió disimuladamente, comprendiendo la indirecta. Todo el mundo conocía las maneras arrogantes de Ruger, y no había nadie que no hubiera chocado con él al menos una vez.  

Compartir una celda con los aldeanos con los que había estado peleando no sería nada fácil para Ruger.  

—Por fin aprenderá lo amargo que puede ser el mundo.  

—La gente necesita pasar por dificultades para aprender a vivir.  

—Así es.  

«Nuestro capitán no deja pasar ninguna oportunidad», pensó el subordinado, admirando una vez más el carácter astuto de Carlton.  

———— ∗ ⋅✧⋅ ∗ ————

Carlton y su subordinado regresaron a la oficina. Allí, los demás ya se habían reunido. Estaban bebiendo mientras discutían sus planes para partir nuevamente a la mañana siguiente.  

Fue entonces cuando apareció Luicen. Entró con una expresión de gran determinación, como si estuviera a punto de sacrificarse al enemigo.  

«¿Por qué parece un prisionero entregado al campamento enemigo?»  

Carlton no pudo evitar que la actitud de Luicen le resultara desagradable.  

—Vine porque tengo algo que discutir contigo… pero veo que no estás solo. Esperaré afuera.  

—No es necesario.  

Carlton detuvo a Luicen antes de que saliera.  

—Puedes decirlo aquí mismo.  

—¿Ahora?  

Las miradas de los subordinados de Carlton se posaron todas sobre Luicen.  

Ser observado por aquellos mercenarios rudos, que parecían el doble de su tamaño, era abrumador. No era sorprendente que no lo miraran con simpatía; después de todo, por culpa de Luicen, sus planes del día habían sido arruinados.  

A pesar de la presión, Luicen no retrocedió. Con valentía, declaró la razón por la que había ido a buscar a Carlton.  

—Quiero reanudar la distribución de alimentos en el pueblo al pie del castillo.  

—No es posible.  

Carlton rechazó la propuesta de inmediato, sin siquiera pensarlo. Era una decisión que ya había tomado hace mucho tiempo.  

—Partiremos de nuevo mañana. No tenemos tiempo para ocuparnos de eso.  

No había personal, tiempo ni recursos suficientes para distribuir alimentos a los aldeanos.  

—Si faltan personas, podemos utilizar a la gente de mi casa ducal. La supervisión no será mi responsabilidad, sino del administrador principal. Es un hombre muy confiable, ¿no lo crees?  

—No estoy tan seguro.  

—Conseguiré los alimentos necesarios por mi cuenta. No tocaré los suministros que te prometí.  

La confianza de Luicen hizo que Carlton levantara una ceja y preguntara:  

—¿Y cómo planeas alimentar a toda esa gente sin traer suministros desde afuera?  

La situación ya era crítica; los recursos eran insuficientes incluso con la requisición. Si descontaban los suministros que Carlton había reservado para su ejército, sería imposible sobrevivir sin abrir las puertas del castillo para traer alimentos del exterior.  

—Abrir las puertas del castillo está fuera de discusión. Ni siquiera lo sueñes.  

—Tengo otro plan. Si lo consigo, ¿me darás tu permiso?  

—No, aún así, no.  

Carlton respondió con una frialdad que rozaba lo insultante. Pero Luicen no estaba dispuesto a rendirse.  

—Sabes en qué estado se encuentran las personas del pueblo. Todos están enfermos y hambrientos. Si seguimos ignorándolos, habrá muertos.  

—¿Y?  

—No tienen culpa de nada. Solo están atrapados en medio de esto.  

—Para la gente común, haber tenido la mala suerte de encontrarse con un señor incompetente ya es un pecado. No importa cuánto se esfuercen, la vida puede arruinarse con una sola estupidez de su señor.  

—…Por favor, ten piedad de ellos.  

Luicen suplicó con sinceridad, pero a los ojos de Carlton, su gesto no era más que algo patético.  

—¿Acaso crees que estoy aquí de vacaciones, señor Duque?  

—…No.  

—He venido a ocupar este lugar, no a hacer obras de caridad. ¿Por qué debería mostrarles piedad?  



TRADUCCION: KLYNN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY


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