Capítulo 19
—Elogien lo que se deba elogiar. Honestamente, todo esto fue demasiado. Si después de llegar a este punto no hubiera reaccionado, eso sí sería ser un idiota.
—Oye, aun así…
—Sinceramente, ¿habríamos sufrido tanto si no fuera por el Duque? Todo es culpa suya. El pueblo de abajo…
Ruger no pudo soportarlo más y decidió intervenir.
—¡Ustedes!
Al abrir de golpe la ventana, los sirvientes huyeron rápidamente.
—Vi todas sus caras. No se van a salir con la suya.
—Ni siquiera sabes sus nombres.
—Bueno, eso sí, pero…
—Déjalo. Hasta al rey lo critican a sus espaldas, ¿qué importa?
—Aun así…
Ruger, siguiendo de cerca a Luicen, murmuraba preocupado.
—No les preste atención. Hablan así porque ahora hay más personas diciendo cosas buenas de usted. Todos elogian al Duque por haber restaurado la autoridad de la casa ducal.
—Te digo que no me importa.
—Es verdad. Todos dicen que usted ha elevado nuevamente el prestigio de la casa Agnes.
—Ah, claro.
Aunque Luicen insistía en que no le daba importancia, Ruger seguía intentando consolarlo, lo que comenzaba a fastidiarlo. Sus respuestas se volvieron cada vez más indiferentes.
Sin embargo, no era solo una fachada: realmente, a Luicen no le molestaba en absoluto.
«Antes, ya estaría llorando a mares con una botella de licor en la mano…»
Pero ahora, Luicen estaba afrontando la situación con tranquilidad. Ruger no podía evitar notar lo diferente que era este nuevo Luicen. Su actitud imperturbable, como si ya hubiera pasado por todo tipo de adversidades, resultaba extraña y, al mismo tiempo, preocupante. En el rostro de Ruger se dibujó una sombra de inquietud.
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La fecha para la expedición se fijó en medio de una atmósfera de incertidumbre. Luicen intentó desesperadamente encontrar una manera de no participar, pero todos sus intentos fueron en vano.
Finalmente, llegó la noche anterior a la partida. Aunque la noche avanzaba, Luicen no lograba conciliar el sueño. Entonces, recibió una visita inesperada.
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¿Cómo llegué a esto?
Un hombre de mediana edad, con una constitución que lo superaba por una cabeza, apareció ante él. Era el líder de los caballeros de la casa ducal. Sin embargo, no se veía como de costumbre. Solía llevar su barba gris perfectamente arreglada, algo que claramente consideraba motivo de orgullo. Pero ahora, la barba estaba descuidada y desaliñada, reflejando el estrés que había sufrido.
—¿Capitán de los caballeros? Ah, bueno, pase.
¿Qué podía querer?
Aunque Luicen estaba desconcertado, lo dejó entrar. Era tarde y Ruger ya se había retirado, así que la habitación estaba vacía, salvo por Luicen. Ambos se sentaron frente a la mesa.
A la luz de las velas, las arrugas del rostro del capitán parecían más profundas. Su aspecto cansado y envejecido le resultaba extraño a Luicen. Era como si estuviera viendo a un hombre que había muerto hacía mucho tiempo regresar a la vida. La sensación era extrañamente conmovedora.
El capitán de los caballeros dudó un momento antes de hablar.
—Se le ve mucho mejor.
—…¿De verdad?
Luicen se tocó el rostro con torpeza. No estaba seguro, pero escuchar esas palabras lo hizo sentir un poco incómodo.
—Entonces, ¿a qué debo tu visita?
—Escuché que mañana partirá en la expedición.
—Sí. Ya te has enterado, entonces.
—Deberíamos acompañarlo, pero… lo siento.
El capitán inclinó la cabeza profundamente.
—No es necesario. Carlton no lo habría permitido, de todos modos.
—…
Si Luicen hubiera insistido en llevar a los caballeros, o si ellos mismos hubieran propuesto acompañarlo, tal vez Carlton no habría puesto objeciones. Sin embargo, Luicen no mencionó esto. El capitán, consciente de ello, tenía una expresión incómoda en su rostro.
El silencio incómodo entre ambos fue roto cuando el capitán sacó una pequeña bolsa de su bolsillo. Dentro de ella había un brazalete liso hecho de platino.
—Está encantado con magia. Si mueve el brazo que lleva el brazalete, puede usarlo como un escudo.
En los rincones de su memoria, Luicen recordó que el capitán de los caballeros tenía un brazalete que atesoraba. Era un obsequio del anterior Duque, entregado como recompensa por un gran logro del capitán. Este solía limpiarlo y pulirlo todos los días, tratándolo con un cuidado extremo, como si fuera su mayor orgullo.
—¿Estás seguro de darme esto?
—Espero que no tenga que usarlo, pero uno nunca sabe. Va a un lugar peligroso, y esto es lo único que puedo ofrecerle. Lo siento.
—Está bien, pero…
—De todos modos, aquí no tiene utilidad.
Un suspiro desconocido hizo que la llama de la vela parpadeara. Mientras observaba las sombras danzantes, Luicen humedeció sus labios secos. Finalmente, después de mucho tiempo, reunió el valor para decir algo que siempre había querido expresar al capitán de los caballeros.
—De verdad, lo siento mucho.
Los caballeros que el capitán había entrenado con tanto esfuerzo fueron enviados al segundo Príncipe, y ahora ni siquiera se sabía si seguían vivos. A pesar de ello, nunca se quejó y permaneció en la línea del frente para proteger a Luicen. Sin embargo, todo fue en vano. Antes de regresar en el tiempo, Luicen había escapado en plena noche, y esta vez había optado por rendirse. Aunque para él había sido la mejor decisión, el capitán no podía entenderlo.
El capitán permaneció en silencio por un momento antes de hablar con una voz pesada.
—Somos los caballeros de nuestro señor. No deberíamos atrevernos a quejarnos, independientemente de cómo se nos utilice.
—…
—Pero, siendo sincero… no puedo evitarlo. Como caballeros de la casa Agnes, siempre hemos sentido un gran orgullo por nuestro papel. Y es doloroso que nuestro señor no reconozca ese orgullo.
El hecho de que no pudieran enfrentarse a Carlton, que su sacrificio en la batalla fuera anulado por la rendición de Luicen, y que este nunca intentara convencerlos ni discutir con ellos, todo eso les hacía sentir que su señor no confiaba en ellos. Eso hería su orgullo y les dejaba un sentimiento de amargura.
—Sabemos que este lugar no le agrada, y también que le incomodamos. Pero aun así… ¿no podría habernos convencido un poco más?
—…Tenía demasiada prisa.
Para Luicen, no había sido una opción. En aquel momento, eso era lo mejor que podía hacer. Sin embargo, las diferencias en sus perspectivas parecían irreconciliables. Un silencio incómodo llenó la habitación.
Podría haber intentado calmar al capitán con palabras suaves, pero no lo hizo. Tal vez por eso, su disculpa se sentía aún más genuina. Después de un momento, el capitán se levantó. Parecía que su único propósito era entregar el brazalete. Todo lo demás carecía de importancia.
—He hablado de más. Con su permiso, me retiraré.
El capitán salió de la habitación, manteniendo una actitud impecablemente respetuosa hasta que cerró la puerta detrás de él. Luicen dejó escapar un profundo suspiro.
El capitán todavía guardaba resentimiento hacia él. Sin embargo, no podía simplemente dejar que Luicen partiera hacia un lugar peligroso, razón por la cual le había entregado su posesión más preciada.
—Es tan terco…
Quizás por eso mismo el capitán estaba tan herido por todo lo ocurrido. Ver a un leal servidor sufrir de esa manera también era una carga para Luicen.
Si tan solo hubiera sabido antes lo afortunado que era por estar rodeado de personas así. Si tan solo hubiera sido alguien más digno del título de Duque de la casa Agnes.
Aunque imaginarlo no tenía sentido, Luicen no podía evitar sentirse amargado.
La noche transcurrió en silencio, sin que pudiera conciliar el sueño.
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El tiempo siguió su curso inexorable y, finalmente, llegó la mañana. Con la ayuda de Ruger, Luicen terminó de prepararse con un aire solemne.
Sobre su camisa, se puso una cota de malla y, encima, un resistente abrigo de cuero tratado para ser impermeable. También llevaba una espada al cinto y, en su muñeca derecha, el brazalete que le había entregado el capitán de los caballeros. Aunque el equipo era tosco, estaba hecho a medida y era de la más alta calidad, por lo que se ajustaba perfectamente a su cuerpo.
A pesar de su delicado rostro y piel pálida, que no daban la impresión de ser un caballero, la apariencia ágil de Luicen resaltaba su porte aristocrático.
Cuando llegó al punto de reunión, Carlton y sus hombres ya estaban allí, conversando entre risas.
—¡Ja, ja, ja!
Sea lo que sea que estuvieran diciendo, todos estallaban en carcajadas, como si se tratara de una simple cacería en lugar de una expedición.
—Parece que fue buena idea no ponerse una armadura de placas, ¿verdad? —susurró Ruger.
Luicen asintió. Al principio, había considerado equiparse con una armadura completa de placas y una lanza. Después de todo, ¿no sería más seguro estar completamente protegido si iba a una batalla?
Sin embargo, pronto recordó que nunca había recibido entrenamiento como caballero. Una armadura de placas le impediría moverse, y mucho menos controlar un caballo. Con pesar, había tenido que renunciar a esa idea.
Los hombres de Carlton, aunque eran jinetes, no llevaban el tipo de armadura que uno imaginaría. Pocos llevaban cota de malla. La mayoría vestía resistentes armaduras de cuero reforzadas con placas metálicas solo en las zonas más vulnerables.
La armadura de placas era costosa, complicada de mantener y requería ayuda para ponérsela y quitársela. Era lógico que hombres que parecían más mercenarios que soldados no estuvieran equipados con algo tan elaborado.
—Incluso con lo que llevo ahora, ya parece demasiado comparado con los demás. Si hubiera venido con una armadura de placas, sería el hazmerreír.
Ruger asintió.
Aunque, pensándolo bien, ¿por qué personas que iban a la guerra parecían tan despreocupadas?
«Esto parece más un entrenamiento que una batalla real.»
Luicen empezó a sospechar que la expedición contra la casa Vinard no era más que un ejercicio para mantener a los hombres de Carlton en forma. Su actitud relajada solo alimentaba esa teoría.
Carlton, al notar que Luicen lo miraba, se acercó a él.
—Duque, estamos a punto de partir.
—Espero no ser una carga.
—Solo siga bien el ritmo.
—…
Con un movimiento ágil, Carlton montó su caballo. La forma en que tiraba de las riendas y giraba al animal era tan natural que parecía uno con su montura. Incluso si Luicen hubiera practicado durante diez años, no habría podido igualar esos movimientos. Carlton, montado sobre su caballo, era una figura que cualquier hombre envidiaría.
«Yo también he montado desde que era niño, pero… ¿por qué?»
¿Sería esto una cuestión de talento? Luicen sintió cómo su confianza se desplomaba.
—Duque, suba a su caballo, por favor.
—Ah, sí… Pero sujétalo bien.
—Por supuesto.
Con la ayuda de Ruger, Luicen logró subir al caballo, aunque con mucha dificultad. La sensación de estar tan alto le provocó vértigo, y se aferró a las riendas como si su vida dependiera de ello. El caballo, al percibir su nerviosismo, soltó un suave relincho y sacudió la cabeza.
UGH… UGH…
Luicen dejó escapar un débil gemido.
—¡Vamos a galopar con todas nuestras fuerzas! Espero que aquí no haya ningún idiota que haya olvidado cómo montar a caballo, ¿verdad?
«¡Aquí estoy! ¡Yo!»
Luicen tenía muchas ganas de levantar la mano, pero con tantas miradas sobre él, no se atrevió.

TRADUCCION: KLYNN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY