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Extra 16

A la madrugada del día siguiente.   

Luicen salió temprano con dirección al pueblo cercano. Aunque apenas unos días atrás ya había estado allí y no era aún momento de regresar, lo hizo porque Carlton le había pedido un favor. Le encargó entregar una carta en su lugar y averiguar cómo estaban las cosas en las aldeas cercanas, así como cualquier rumor que circulara. En realidad, Carlton quería ir él mismo, pero como llamaba mucho la atención y además estaba herido, Luicen se ofreció de buena gana a encargarse del asunto.

Al llegar al pueblo, Luicen se dirigió directamente con el jefe de la aldea. Cuando pasó montado sobre su pony, se formó un pequeño alboroto en el lugar y la gente salió a verlo. Luicen era una figura conocida en esa aldea. Su belleza era poco común para una zona tan rural, y el hecho de que viviera solo en el bosque lo hacía aún más misterioso. Algunos niños incluso lo llamaban “el señor hada”. Si Luicen lo hubiera sabido, se habría sonrojado agitando las manos, nervioso. Pero lamentablemente, entre los aldeanos y él existía una línea invisible que los mantenía distantes.

—¿Qué te trae por aquí?

—Me pidieron que le entregara esto al jefe de la aldea. —Luicen le entregó al jefe la carta que Carlton había escrito.

Este, al ver lo que estaba escrito en el sobre, asintió con seriedad. Como Luicen no sabía leer, no tenía idea de qué se trataba, pero confió en que el jefe lo manejaría bien y se dio la vuelta para marcharse.

Después de eso, se dirigió al mercado. Recorriéndolo, compró en abundancia productos como mantequilla, queso y carne. Pensar en alimentar a otras personas mientras hacía las compras era una sensación nueva para él. Aun así, prestaba atención a las conversaciones de los demás. Su intención era recolectar rumores que circularan por el pueblo, pero fue inútil. Toda la atención estaba puesta en Luicen, así que nadie hablaba de nada más.

«Este mercado siempre es tan silencioso… ¿Qué se supone que haga así…?»

De esta manera no lograría cumplir con el favor de Carlton. Mientras pensaba qué hacer, vio una casa de té al final del mercado. Recordó haber oído que ese tipo de lugares eran donde se esparcían los rumores.

«Vamos a probar.»

Debido a los regalos que recibió en cada tienda que visitó, la carga que llevaba era el doble de lo que había planeado comprar originalmente. Con ese peso entró en la casa de té. Al sentarse con cierta timidez, el dueño del lugar se acercó a él.

—¿Qué desea tomar?

—Ah… algo caliente, lo que sea está bien.

—Sí. Enseguida, señor.

Al poco rato, trajeron una humeante taza de té aromático acompañada de un plato lleno de galletas.

—No pedí galletas.

—Son de cortesía. —El dueño de la casa de té sonrió con amabilidad.

Luicen también le devolvió la sonrisa. Ah. El dueño dejó escapar una exclamación de admiración. El bullicioso lugar quedó en silencio de inmediato.

«La gente de este pueblo es realmente amable.»

Pero si el ambiente era tan callado, sería imposible reunir información. ¿Acaso también se había equivocado de lugar? Al notar su incomodidad, el dueño del lugar, atento, le preguntó en voz baja:

—¿Tiene algo que le preocupa?

Entonces Luicen tuvo una revelación. ¡Solo tenía que preguntar lo que le daba curiosidad!

—¿No ha pasado nada extraño últimamente? —Preguntó con cautela.

—¿Algo extraño? Hmm, ¿a qué tipo de cosas se refiere?

—Bueno… como rumores inquietantes… ¿O tal vez si alguien ha visto a hombres vestidos con túnicas de color rojo oscuro?

Como no sabía con exactitud qué era lo que Carlton quería averiguar, su pregunta no pudo ser más que vaga. Uno de los clientes, que había estado escuchando en silencio, intervino de pronto en la conversación.

—Ah, ¿no será eso? Lo del duque Agnes. Dicen que está desaparecido.

—¿Qué? ¿Cómo va a ser eso? ¿Sabes siquiera quién es esa persona?

—No, pero últimamente los monstruos han estado fuera de control. Dicen que fue atacado por una bestia mágica.

—Vamos, no digas tonterías. ¿Sabes cuán fuerte es él?

—¿Los monstruos han estado fuera de control últimamente?

Como vivía solo en el bosque, Luicen se interesó más por el comportamiento de los monstruos que por los asuntos del duque.

—Sí. Se mueven en grupo y atacan los pueblos. Por suerte, el nuestro es grande, así que estamos algo más seguros…

—Es cierto. Escuché algo sobre un pueblo que fue atacado…

—Ah, yo también oí eso. Que los muertos regresan cada noche, como si volvieran a la vida.

—¿Cómo que los muertos regresan? —Los ojos de Luicen se abrieron sorprendidos.

—Por eso digo que es un rumor extraño.

—Y hay otra cosa que ocurrió en el pueblo vecino…

Los clientes de la casa de té se apresuraron a contarle a Luicen toda clase de rumores. Al ver cómo Luicen, con ese rostro altivo, abría los ojos con sorpresa y asentía con entusiasmo, los presentes se animaban aún más. Después de escuchar tantos rumores que le provocaron dolor de cabeza, Luicen regresó a casa agotado. Ya era entrada la tarde.

«Menos mal que dejé el almuerzo preparado antes de salir…»

Y no solo el almuerzo. También había hervido cacahuates y dejado té listo para que no se aburriera. Había hecho todo lo que pudo antes de salir. Agotado por haber tratado con tanta gente después de tanto tiempo, abrió la puerta de la casa. Allí estaba Carlton, de pie con los brazos cruzados.

—Dijiste que regresarías después del almuerzo. ¿Por qué llegas tan tarde?

—…Me entretuve escuchando rumores.

—Debiste haber escuchado muchísimos entonces. —Respondió Carlton con tono seco mientras le quitaba las bolsas que Luicen llevaba colgadas del brazo.

La mitad de ellas estaba compuesta por dulces decorados que, a simple vista, era obvio que no había comprado él. Como Luicen estaba acostumbrado a recibir regalos de extraños, no le dio importancia, pero a Carlton eso le provocó una irritación inexplicable.

«Tendré que deshacerme de esto después. ¿Y si tienen algo raro dentro?»

Pensó con molestia.

—Qué bien se siente que alguien salga a recibirte. —Comentó Luicen con una sonrisa tonta.

El corazón endurecido de Carlton comenzó a derretirse poco a poco. Ambos se sentaron frente al sofá, separados por la mesa.

—Entonces, ¿el encargo?

—¡Sí! Le entregué la carta al jefe del pueblo. ¡Y sobre los rumores que escuché!

Luicen comenzó a contarle emocionado todas las historias que había oído. De su boca salieron toda clase de rumores. Pero hubo uno en particular que captó toda la atención de Carlton.

«Que los muertos vuelven a la vida… Eso suena a ghouls.»

Cuando una persona muere bajo la influencia de magia negra, inevitablemente se convierte en un ghoul. Como era un tipo de monstruo poco conocido, no era raro que la gente pensara que los muertos estaban regresando. Si Carlton no hubiera tenido la experiencia de enfrentarse a un noble aliado con un nigromante, probablemente también lo habría ignorado. Aquella fue la batalla más macabra en la que participó.

«Si mal no recuerdo… fue el Conde Doublés.»

Un hombre que le mostró un odio inusitado. Hablaba constantemente sobre alguna conexión con su padre, murmurando cosas una y otra vez, pero Carlton, molesto, lo ignoró por completo. No tenía sentido escuchar a un perdedor. Y menos a un bastardo que recurrió a la magia oscura al no poder lograr nada por sí mismo.

Parecía que los restos de su facción andaban todavía sueltos causando problemas.

«Si escaparon, lo lógico habría sido esconderse en algún rincón, vivir en silencio y morir así.»

Estaba claro que algo tramaban. Carlton aún no lograba identificar qué era.

«La subyugación del Conde Doublés fue hace medio año. ¿Por qué justo ahora?»

Para Carlton, era como si un asunto ya terminado volviera a aferrarse a sus pies. No podía entender lo que pasaba por la cabeza de esos tipos.

«Para confirmar, tendré que ir a su territorio.»

Y también era su deber, como señor feudal, celebrar funerales apropiados para los residentes que se habían convertido en ghouls, y frenar la propagación de estos.

—Tengo que ir a algún sitio.

—¿A dónde? —Preguntó Luicen mientras masticaba una galleta.

«¿Cuándo había empezado a comer eso otra vez?» Carlton le quitó la galleta de la mano con la izquierda.

—Al pueblo del que dicen que ocurren cosas extrañas.

—¿Ahí?

—¿Está lejos?

—No mucho, pero… ¿por qué quieres ir?

—Hay algo que debo hacer allí.

—¿Sí? Mmm, ya es tarde hoy, así que salgamos mañana al amanecer.

—¿Vas a venir?

—¿Y dejar que alguien herido vaya solo? —Luicen le respondió con otra pregunta. 

Carlton, que nunca había sido tratado así antes, lo encontró refrescante.

—Tendré que preparar una vianda*. ¿Qué te gusta comer?

(*Recipiente para transportar el almuerzo o la merienda que se lleva al lugar de estudio o trabajo.)

Como si nada, Luicen comenzó a pensar tranquilamente en el menú para el almuerzo.

──── ∗ ⋅✧⋅ ∗ ────

Al día siguiente. Luicen, que había preparado la vianda desde el amanecer, partió junto a Carlton. Él montaba a Zephyrus, mientras Luicen cabalgaba sobre su pony. Zephyrus caminaba a un ritmo acorde al del pequeño animal. El clima era claro y el camino a través del bosque estaba tan tranquilo que no apareció ni un solo conejo.

«Qué pacífico.»

Durante el trayecto, ambos comieron la vianda que habían preparado. Al extender un mantel con diseño a cuadros, parecía que se hubieran ido de picnic. El almuerzo consistía en un sándwich con carne y queso entre pan cortado en rebanadas anchas. Aunque era una combinación sencilla, gracias a las buenas manos que lo prepararon, sabía delicioso.

Después de comer, retomaron el camino. Con el estómago lleno y de buen humor, Luicen incluso comenzó a tararear una melodía. Así no había ni pizca de tensión. ¿Quién podría pensar que se dirigían tras las huellas de hechiceros oscuros?

«Bueno, a veces esto también está bien.»

Todavía quedaba bastante camino por recorrer. Seguramente no pasaría nada. Si se tratara de sus subordinados, Carlton ya les habría gritado con fuerza, pero con Luicen era indulgente. Aunque él mismo no era consciente de ello.

Llegaron al pueblo en cuestión por la tarde. Era una pequeña aldea rodeada por una empalizada, pero desde la entrada se percibía una atmósfera sospechosa. Para ser un lugar habitado, el silencio era excesivo. Ambos entraron con cautela al interior. El pueblo estaba prácticamente abandonado, como si todos se hubieran ido, convertido en ruinas.

—¿Por qué no hay nadie? —Carlton examinó todo con ojos agudos.

A su vista, era evidente que allí había ocurrido una masacre. Aunque no se veían cuerpos, el hedor de la muerte impregnaba el lugar. Tan fuerte que podría adormecer el sentido del olfato.

Los malditos hechiceros oscuros tenían la costumbre cruel de sacrificar personas vivas como ofrendas. A juzgar por lo que veía, habían hecho lo mismo con los habitantes del pueblo. A los vivos los usaban como sacrificio, y a los muertos, los convertían en ghouls. Eran tan miserables que sabían cómo aprovechar hasta lo más mínimo. Como si no fueran humanos, sino bastardos que habían vendido su alma al diablo.

«…Están reuniendo fuerzas.»

En lugar de esconderse en algún agujero, como era de esperarse, iban de un lado a otro acumulando poder. Y el motivo era evidente.

«¿Están planeando una guerra? ¿Contra mí?»

Incluso cuando el grupo de hechiceros estaba en su apogeo, no eran rival para Carlton. Ahora que solo quedaban los restos de su facción, no podía entender por qué se atrevían a enfrentarse a él.

«Eso solo significa que tienen una razón lo suficientemente poderosa como para arriesgar su vida.»



TRADUCCION:KLYNN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY


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