Extra 14
El hombre que Luicen había recogido. Su nombre era Carlton Agnes, y actualmente ostentaba el título de duque Agnes. En ese momento, estaba sumido en una pesadilla. Su vida entera pasaba fugazmente ante sus ojos, como escenas de un carrusel de recuerdos.
Carlton nació como hijo único de la familia ducal de Agnes y, desde pequeño, fue reconocido como el heredero indiscutible. Su infancia transcurrió sin carencias, pero su cómoda vida terminó abruptamente a los diez años, cuando sus padres fallecieron uno tras otro a causa de una enfermedad. Así, a una edad temprana, Carlton se convirtió en el duque Agnes y en el gran señor feudal del sur.
Un duque tan joven debilitó naturalmente el poder de su casa. Los nobles sureños, que debían jurarle lealtad, comenzaron a albergar otras ambiciones y alzaron la cabeza. Algunos incluso se atrevieron a menospreciarlo abiertamente. El sur se dividió y la autoridad de la familia ducal se desmoronaba cada vez más.
Sin embargo, Carlton era un niño inteligente y con un talento excepcional. También tenía la ambición de restaurar la gloria de la casa Agnes. A medida que crecía, se volvía cada vez más fuerte. Cuando consideró que había alcanzado la madurez suficiente, eliminó a todos los espías infiltrados en su casa. Entre ellos, había algunos tan hábiles como el sirviente pelirrojo enviado por la familia Doublés, pero ninguno fue rival para él.
Después, declaró una guerra territorial a gran escala. Redujo a la mitad a las casas nobles sureñas que lo habían subestimado. A veces con la guerra, otras con estrategias aún más despiadadas. Bajo su dominio, los linajes nobles del sur terminaron doblegados y juraron lealtad con arrepentimiento. Algunos, como la familia Doublés, fueron completamente aniquilados, hasta el punto de perder su propio territorio.
Carlton conquistó el sur por completo. Pero su ambición no terminó allí. Se entrometió en la sucesión al trono. Eliminó rápidamente al segundo príncipe, cuya influencia aún no era fuerte, y apoyó al primer príncipe, asegurando su ascenso como heredero. Carlton fue reconocido como el mayor artífice de este logro. La gente le temía, y la casa ducal Agnes volvió a ser reverenciada.
La casa Agnes estaba en su punto más glorioso. Carlton, en apariencia, lo había conseguido todo.
«…No me satisface.»
Todos le temían. Poseía riquezas, honor y un poder tan grande que ni siquiera el rey se atrevía a desafiarlo. Aun así, sentía un vacío incesante. Por más que lo intentara, nada lo llenaba.
Fue en ese estado que salió a inspeccionar su territorio en otoño. Tal vez porque estaba distraído, su guardia bajó. De repente, fue atacado por una manada de Dierwolves.
—¡No entren en pánico! ¡Formación defensiva!
Carlton y sus bien entrenados caballeros aniquilaron a las bestias. Para el ejército de la casa Agnes, diez Dierwolves no representaban un verdadero desafío.
Sin embargo, hubo un elemento inesperado en la batalla.
—¡Es Carlton Agnes! ¡Atrápenlo!
Un grupo de hechiceros oscuros emergió y comenzó a lanzar ataques mágicos en su dirección. Los hechizos, alimentados con el sacrificio de muchas vidas, eran poderosos y letales.
«¡Los hechiceros oscuros ya deberían haber sido exterminados!»
El conde Doublés había sido el cabecilla de los hechiceros oscuros, expandiendo su poder dentro de su territorio. Cuando Carlton tomó posesión de aquellas tierras, ejecutó al conde y a todos los hechiceros que allí habitaban. O al menos, eso creyó. Parecía que algunos habían logrado escapar.
Pillado desprevenido, Carlton quedó acorralado. Para escapar, se lanzó por un acantilado.
Bajo el precipicio, había un río profundo. Su cuerpo fue arrastrado por la corriente mientras perdía el conocimiento.
«Debo levantarme. No sé cuándo vendrán tras de mí.»
Intentó mover su cuerpo, pero no pudo. La falta de control sobre sí mismo lo llenó de rabia.
Mientras luchaba en vano por moverse, una voz tranquila susurró suavemente, como si intentara calmarlo.
—Debes dormir bien. Solo así te recuperarás.
Era una voz cálida y pausada. El tono relajante le hizo bajar la guardia. A medida que prestaba atención, la voz continuó con una canción de cuna.
Toquecitos suaves, toquecitos suaves.
Tal como lo hacía su madre en su infancia, alguien le daba suaves palmadas en el pecho.
El ritmo, similar al latido de un corazón, disipó su tensión y lo sumió en un sueño irresistible.
«No… No puedo dormirme así…»
Carlton intentó resistirse, pero su conciencia se desvaneció poco a poco en la oscuridad.
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«¡Hah!»
Carlton abrió los ojos de golpe. La luz brillante de la mañana caía sobre él. No había nadie en la habitación, pero al ver el balde con agua, la toalla y la silla junto a la cama, supo que alguien lo había estado cuidando.
«¿Dónde estoy? ¿Quién me trajo aquí…?»
Miró a su alrededor. Era una pequeña cabaña que nunca había visto antes. Si fueran sus subordinados, no lo habrían dejado solo. Estaba claro que alguien desconocido lo había recogido y tratado sus heridas.
Manteniendo la guardia en alto, revisó el estado de su cuerpo.
Su hombro estaba herido, y tenía algunos rasguños menores, pero por suerte, no parecía tener huesos rotos. Para haber caído por un acantilado, su estado era casi milagroso… aunque para Carlton, no era sorprendente. Después de todo, su cuerpo era fuerte.
Llevaba la misma ropa que tenía antes, pero estaba limpia y seca, con un leve aroma a jabón desconocido.
Con movimientos silenciosos, se incorporó con cuidado. No sabía cuántos días había estado inconsciente, pero su cuerpo estaba rígido por la inactividad.
—……!
Escuchó voces no muy lejos.
Seguramente era el dueño de la cabaña.
Carlton buscó algo que pudiera usar como arma y encontró un atizador junto a la chimenea. Lo sostuvo firmemente con una mano y se dirigió sigilosamente hacia la fuente del sonido.
Se asomó por la entrada abierta de la cabaña.
En el patio delantero, un hombre rubio estaba de espaldas, forcejeando con un caballo negro.
Carlton lo observó con atención.
El hombre era delgado, pero no pequeño, y tenía un cuerpo firme. No era la complexión de alguien entrenado para la batalla, sino más bien la de alguien que había desarrollado su físico a través del trabajo diario.
El caballo negro era Zephyrus, su fiel corcel.
Parecía que el rubio intentaba llevarlo al establo, pero sin éxito.
—Eres increíblemente terco, ¿lo sabías?
Cuando el hombre se quejó, Zephyrus le mordisqueó el cabello de repente.
—¡Ay! ¡Oye!
El hombre se retorció, intentando zafarse.
«¿Qué clase de idiota es ese?»
Carlton no pudo evitar sentirse exasperado.
En ese momento, Zephyrus pareció percatarse primero de su presencia. Soltó el cabello del hombre y corrió directamente hacia Carlton.
El rubio, al ver el repentino movimiento del caballo, también se giró.
«……!»
Carlton quedó atónito.
El rostro del hombre era irreal.
Su estructura facial era tan perfecta que parecía un retrato pintado. Sus rasgos eran llamativos y exquisitos, emanando una elegancia natural.
Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos azul intenso. Tan claros y profundos que recordaban el cielo y un lago cristalino, transmitiendo una sensación refrescante.
Carlton estaba acostumbrado a rodearse de las personas más hermosas del mundo, y aun así, nunca había visto a alguien como él.
El cabello largo y dorado del hombre ondeaba suavemente con la brisa. La vegetación que lo rodeaba lo hacía parecer aún más irreal.
Parecía… como un ser sacado de un cuento de hadas.
«¿Por qué alguien así está en este lugar?»
A simple vista, era evidente que se encontraban en medio de un bosque denso.
Alguien con esa apariencia no debería estar en un lugar como este.
Carlton apretó con más fuerza el atizador, intensificando su guardia. En ese momento, el hombre rubio habló con voz pausada.
—Oh. Sus ojos son marrones.
—¿Qué?
El hombre señaló sus propios ojos con un dedo. Sus pupilas, de un azul cristalino que parecía a punto de desprenderse, brillaban mientras lo miraban fijamente.
«¿Está presumiendo lo bonitos que son sus ojos?»
—El color de sus ojos, señor. Como los tenía cerrados todo el tiempo, tenía curiosidad. Son de un marrón muy bonito.
Cuando el rubio se acercó, Carlton dio un paso atrás, sosteniendo el atizador frente a él. Sin embargo, el otro no se inmutó y, sin dudarlo, se deslizó por el espacio entre Carlton y la puerta de la cabaña.
—¿No tiene hambre? Yo sí.
¿Ese era el problema ahora?
Tarareando alegremente, el rubio se dirigió a la cocina. Carlton no tuvo más remedio que seguirlo.
—Siéntese un momento en la mesa.
El hombre se situó frente a la cocina, dándole la espalda con total naturalidad.
Ese gesto desconcertó a Carlton.
«¿Qué le pasa? ¿Es que no le doy miedo?»
La mayoría de las personas sentían un peso abrumador en su presencia. No solo por el hecho de que fuera el duque Agnes, sino por su físico imponente y su aire feroz, que intimidaban a cualquiera.
Sin embargo, este hombre actuaba como si estuviera completamente convencido de que nadie le haría daño.
Como un conejo masticando hierba sin preocupaciones, probó el estofado que burbujeaba en la olla.
—Mmm. Ya casi está listo. Le dije que se sentara.
Movía las manos con rapidez, ajustando la intensidad del fuego mientras cortaba verduras con habilidad.
Carlton lo observó en silencio.
Su apariencia era la de alguien que nunca se había ensuciado las manos, y sin embargo, sus movimientos en la cocina eran sorprendentemente ágiles.
—¿Eres el dueño de esta cabaña?
—Sí, así es, señor. Este es mi hogar. —El rubio respondió con orgullo.
—¿Sabes quién soy?
—¿Eh? No, no lo sé. No me lo ha dicho.
A pesar de estar concentrado en su estofado de pollo, el rubio contestaba con naturalidad.
«Realmente no sabe quién soy.»
¿De verdad era solo un campesino bondadoso que lo había encontrado y rescatado?
Por más que no encajara con su apariencia, no parecía tener malas intenciones. Si las tuviera, ya habría acabado con él mientras estaba inconsciente.
—¿Dónde estamos? —Carlton preguntó con autoridad.
—En un bosque cerca del río Miribel.
—El río Miribel… Entonces, ¿esto sigue dentro de mi territorio? ¿Quién eres tú?
—Me llamo Luicen.
—¿Apellido?
—No tengo.
—¿Vives solo?
—Sí. —Luicen respondió sin vacilar. No era algo que tuviera que ocultar.
«Es uno de mis súbditos.»
Con esa confirmación, Carlton bajó un poco la guardia.
Luicen colocó dos platos en la mesa con el estofado humeante.
El aroma del caldo de pollo se esparció por la habitación, y el estómago de Carlton gruñó con fuerza.
Un hambre feroz lo golpeó de repente.
—Tiene hambre, ¿verdad? Siéntese.
Luicen se acomodó rápidamente en la mesa y tomó su cuchara, esperando a que Carlton hiciera lo mismo.
Carlton se sentó frente a él.
Su cuerpo, que llevaba días sin probar alimento, exigía comida, y el aroma era demasiado tentador como para resistirse.
—Buen provecho.
Luicen tomó una cucharada y comenzó a comer.
En su plato, había fideos finamente cortados, mientras que en el de Carlton, solo había verduras blancas y redondas.
Era un estofado ligero, cuidadosamente preparado para alguien que no había comido en mucho tiempo.
Carlton terminó de relajar su guardia.

TRADUCCION:KLYNN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY