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Extra 13. Reversión de Identidad AU (1)

Madrugada. Una cabaña tranquila en el bosque.     

Luicen abrió los ojos. El paisaje de la vieja cabaña se reflejaba en sus somnolientos ojos azules. Volvió a cerrar los ojos y se acurrucó bajo las mantas, pero de inmediato se incorporó de un salto.  

«Debo levantarme…» 

Luicen bostezó, se estiró y salió de la cama. Se cepilló los dientes y, con calma, salió al exterior. Lo primero que hacía cada mañana era revisar si algo había ocurrido alrededor de la cabaña durante la noche.  

La cabaña en la que vivía estaba ubicada en medio del bosque. Tenía un cuarto, una sala de estar, una cocina y un pequeño almacén. Al lado, había un pequeño establo y una huerta.  

Ya habían pasado cinco años desde que Luicen se estableció en ese lugar. Nació como hijo de un pastor en la región suroeste del reino. Desde los cinco años, cuidaba ovejas y realizaba las tareas que su padre le encomendaba. Un día, su padre le dijo que era hora de independizarse y lo echó de casa. Lo único que recibió en ese momento fue un poco de dinero y un pony.  

Sin saber a dónde ir, recordó haber oído que el sur era una región próspera y agradable para vivir. Como se decía que había muchas granjas, pensó que podría conseguir trabajo en cualquier parte. Además, al ser un lugar cálido, si no encontraba dónde quedarse, al menos podría dormir al aire libre. Con esa mentalidad optimista, se dirigió al sur.  

Desde el principio, no se preocupó demasiado, y todo salió bien. Dondequiera que iba, encontraba personas amables, por lo que su viaje transcurrió sin dificultades y logró ganar bastante dinero en el proceso. Finalmente, pudo comprar una cabaña en el bosque a un precio casi irrisorio*. Aunque el pueblo más cercano estaba a una hora de distancia y la casa llevaba más de un año abandonada tras la muerte de su anciano dueño, para Luicen, lo importante era no tener que dormir a la intemperie.  

(*Insignificante por pequeño.)

Con el tiempo, se adaptó al lugar mientras reparaba la deteriorada cabaña y limpiaba los alrededores, que parecían casi un terreno salvaje. Cultivaba pequeños sembradíos cerca de la casa, ocasionalmente pescaba y recolectaba alimentos. Tal como había escuchado, el sur era una tierra fértil, y con un poco de esfuerzo, no tenía que preocuparse por pasar hambre. Como no aspiraba a más, estaba satisfecho con su vida en el sur.  

Alimentó a las gallinas, al perro y al pony que criaba. Luego, fue al huerto, recogió algunas verduras y se dirigió a la cocina.  

Si tuviera que elegir su lugar favorito de la casa, sin duda sería la cocina. Era espaciosa, tenía una disposición ordenada y estaba equipada con todo lo necesario. Para Luicen, lo más importante era comer bien tres veces al día, así que ponía especial cuidado en mantener su cocina en perfecto estado.  

Lavó las verduras con agua y comenzó a cortarlas con un cuchillo. Era un platillo cuya esencia resaltaba más cuanto más rústicamente se cortaran los ingredientes. Luego, encendió el fuego y colocó una olla sobre la estufa. Cuando sintió que el calor comenzaba a subir, sacó un bloque de mantequilla amarilla de la despensa. Hundió una cuchara en la mantequilla blanda, sacó un trozo y lo dejó caer en la olla con un golpe seco. A medida que la mantequilla se derretía, un suave chisporroteo se extendió junto con un aroma delicioso que llenó el ambiente.  

Luicen olfateó el aire, disfrutando del aroma de la mantequilla. Era un olor que siempre lo hacía sentir bien. Su estómago gruñó. No podía seguir holgazaneando, así que se concentró nuevamente.  

Vertió harina en la olla y la mezcló con la mantequilla, dorándola ligeramente. Pronto, la mezcla tomó la consistencia de un roux*. Vertió agua poco a poco y revolvió con cuidado. Cuando empezó a hervir, añadió todas las verduras.  

(*Un roux es la mezcla de harina y mantequilla que se usa para ligar muchas de las salsas básicas: salsa bechamel, salsa española, salsa velouté y otras preparaciones.)

¡Ah!  

Luicen abrió rápidamente la despensa junto a la cocina. Sacó un trozo de jamón curado y lo cortó en pedazos antes de añadirlo a la olla para sazonar el estofado.  

—Hmm.  

Probó el guiso con seriedad. No estaba mal, pero…  

Se acercó a la ventana y arrancó unas hojas de hierbas frescas de una pequeña maceta. Las añadió a la olla, removió bien y tomó otra cucharada para probar.  

—Bien, bien.  

El aroma de las hierbas le abrió aún más el apetito. Por un momento, quiso devorarlo todo de pie, pero se contuvo. Con paciencia, sacó un plato y sirvió generosamente el estofado. Desde que se independizó, una de sus resoluciones había sido tomarse el tiempo de preparar bien sus comidas y comer con calma.  

Se dirigió a la mesa, colocó el plato y tomó una cuchara de madera. El estofado era de un color blanco brillante y cremoso, con zanahorias y otras verduras de tonos vivos que lo hacían lucir apetitoso.  

—Buen provecho.  

Aunque nadie estaba allí para escucharlo, hizo una pausa para agradecer antes de tomar la primera cucharada y llevársela a la boca de un bocado.  

—¡Está caliente!  

El calor lo tomó por sorpresa, pero el sabor era excelente. El caldo tenía un toque cremoso y aromático, las verduras que había cultivado con sus propias manos eran dulces, y el jamón aportaba el punto justo de sal. Las hierbas que añadió al final realzaban el sabor de manera perfecta. En especial, la verdura que había comenzado a comer tras ver a su pony disfrutarla tenía una textura esponjosa que combinaba a la perfección con el guiso. Tenía una forma extraña, casi como el rostro arrugado de una anciana malhumorada, pero jamás habría imaginado que escondía un sabor tan delicioso.  

Se sintió lleno y reconfortado. Era, sin duda, un desayuno perfecto. Tomó un trozo grueso de pan, lo sumergió en el estofado y le dio un mordisco. El pan rústico se impregnó del caldo y se volvió suave, deshaciéndose en su boca.  

«Esto es vida.»  

Se terminó el estofado sin dejar una sola gota y, acto seguido, llevó los platos al fregadero. Ordenó la cocina con rapidez.  

«Hoy no tengo nada urgente que hacer. Hace tiempo que no voy a pescar, así que aprovecharé la ocasión. Un pescado bien asado con un poco de sal estará delicioso.» 

Solo de imaginar un pescado fresco y carnoso asándose lentamente, se dibujó una sonrisa en su rostro.  

──── ∗ ⋅✧⋅ ∗ ────

Luicen se echó la caña de pescar al hombro y se dirigió al río. Al llegar, su perro Manchitas, comenzó a ladrar en dirección a algo.  

—¿Qué pasa?  

Luicen se acercó a él. Lo que tenía enfrente era un caballo negro. Su pelaje brillante reflejaba la luz, mostrándose increíblemente hermoso. A los pies del animal, un hombre con armadura yacía en el suelo. El caballo parecía rodearlo con la intención de protegerlo.  

«¿Está muerto?» 

Luicen se aproximó con cautela. Sorprendentemente, el caballo, como si comprendiera que no tenía malas intenciones, se hizo a un lado. El hombre aún respiraba, pero su estado era lamentable. Su cuerpo, empapado, había perdido calor y sus labios estaban de un tono azul pálido. A su alrededor, se acumulaba un charco de sangre, probablemente por alguna herida que sufrió al ser arrastrado por el agua.  

«Si lo dejo así, morirá.»  

Lo que lo hacía dudar era la vestimenta del desconocido. La brillante armadura y la espada lujosa que llevaba indicaban que no era un hombre cualquiera. A simple vista, parecía un noble o, al menos, un caballero. No quería involucrarse en problemas innecesarios.  

—Esto es un lío…  

Mientras vacilaba, el caballo negro mordió suavemente su manga y tiró de ella.  

—¿Quieres que ayude a tu dueño?  

Si un caballo se preocupaba tanto por su amo, quizá no era una mala persona.  

—Haa… No hay más remedio.  

Luicen dejó la caña de pescar a un lado y levantó el brazo del hombre para pasarlo sobre su hombro. Ya se veía grande a simple vista, pero al intentar cargarlo, comprobó que era aún más pesado de lo que imaginaba.  

«Así no podré llevarlo.» 

Decidió quitarle la armadura. La delgada camisa que llevaba debajo estaba completamente empapada, pegándose a su cuerpo y revelando cada una de sus formas. Su musculatura estaba perfectamente definida, sin un solo gramo de grasa. Al ver las líneas marcadas de sus músculos, el rostro de Luicen se sonrojó. Por alguna razón, sentía que estaba viendo algo que no debería.  

—Ugh…  

El hombre dejó escapar un débil gemido. Ah, no era momento para estar pensando en esas cosas. Luicen lo cargó sobre su espalda. Aunque sus piernas rozaban el suelo de vez en cuando, logró sostenerlo con esfuerzo. Resoplando por el esfuerzo, comenzó a caminar hacia su casa. El caballo negro y Manchitas lo siguieron de cerca.  

──── ∗ ⋅✧⋅ ∗ ────

Luicen dejó al hombre en el suelo. Traerlo hasta allí no había sido nada fácil, y tenía la frente cubierta de sudor.  

—Dios, esto me matará…  

Se quejó mientras se ponía de pie. Tomó varias toallas grandes y empezó a quitarle la ropa. Dejarlo con la ropa mojada solo haría que su temperatura corporal descendiera aún más. Sin embargo, mientras lo hacía, una sensación extraña lo invadió. ¿Era porque el hombre era guapo? ¿O tal vez por lo bien formado que estaba su cuerpo?  

Sin decir nada, se apresuró a cubrirlo con las toallas.  

Luego, buscó la herida. La sangre provenía de su hombro. Probablemente se había lastimado mientras era arrastrado por el agua. Afortunadamente, la herida no era tan profunda como para ser mortal. Si hubiera sido peor, Luicen no habría sabido qué hacer.  

Con un paño limpio, limpió cuidadosamente la herida y aplicó un ungüento. Luego, presionó suavemente para detener el sangrado y vendó la zona con firmeza. Por suerte, tenía suministros de cuando había intentado curar a un ciervo herido. También aplicó medicamento en los rasguños menores.  

Después de eso, cargó al hombre nuevamente y lo acostó en su cama. En el proceso, sintió algo grueso y blando rozando contra su espalda, lo que lo hizo sonrojarse de inmediato.  

(Klynn: ¡¡¡Robiin!!! Pon el meme del niño del Oxxo jajaja)

«Me lo llevaré a la tumba.»  

Luicen se abanicó el rostro con la mano, tratando de calmar el calor en sus mejillas. Desvió la mirada del hombre y cerró la ventana que había dejado abierta.  

—Ugh…  

El hombre gimió débilmente. Su rostro se contrajo, como si estuviera teniendo una pesadilla.  

Luicen tiró de la manta y la subió hasta su cuello. Con un gesto calmado, le dio unas suaves palmaditas en el pecho.  

—Aquí estás a salvo. Descansa bien.  

El hombre probablemente no entendía sus palabras, pero su voz baja y tranquilizadora pareció surtir algún efecto. Poco a poco, la tensión en su ceño fruncido comenzó a relajarse. 



TRADUCCION:KLYNN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY


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