Extra 8
—Vamos, qué poca confianza tiene. ¿Acaso el Duque descuida a su pareja? Si hay algo que le falte, podría… ayudarle, de alguna manera…
El parásito, con una expresión insinuante, se acercó a Carlton e intentó engancharse de su brazo. Carlton se hizo a un lado con sutileza y le puso el pie. El parásito tropezó estrepitosamente y cayó al suelo de forma ridícula. El movimiento de Carlton fue tan preciso como siempre, dando la impresión de que el otro se había caído solo.
—Vaya… Antes de preocuparte por otros, deberías ocuparte de ti mismo. Un hombre joven con las piernas tan débiles, ¿eh?
Carlton fingió compasión, y los nobles que escuchaban el chisme no pudieron evitar soltar una carcajada. Entonces, el parásito, con la cara roja de vergüenza, salió huyendo a toda prisa. Puede que Carlton ya no golpeara a nadie como antes, pero seguía enfrentando los desafíos que le lanzaban con total seriedad.
«…Qué asco de sensación.»
Aunque se desquitó con ese tipo, su malestar no desapareció. Carlton ya sabía de sobra todo lo que había insinuado. Incluso después de años, como su relación con Luicen seguía intacta, la preocupación dentro de la Casa Ducal por la falta de un heredero no hacía más que crecer.
Claro que ese parásito no tenía idea de lo que decía. Luicen le había dicho que solo lo quería a él. Carlton creía en esas palabras. Sabía también que Luicen no era alguien que se dejara presionar por la gente a su alrededor.
Pero eso era independiente del hecho de que, justo en medio de su casa, en un evento al que ese sujeto fue invitado por él mismo, se atreviera a lanzarle miraditas y coqueteos descarados a su Luicen. Eso sí que lo enfurecía.
Carlton no se contuvo. Caminó con pasos firmes y rápidos hacia Luicen. En otro tiempo, lo habían llamado el carnicero de nobles. Aunque ese apodo casi había caído en el olvido, podía recuperar aquel instinto en cualquier momento. A medida que se acercaba, la gente, intimidada sin darse cuenta, le abría paso. Entre la multitud, su rostro sobresalía, y Luicen también lo divisó.
—Lord Carlton.
Luicen se acercó a él con una expresión de alivio, aunque fuera leve. Solo por eso, el corazón de Carlton se ablandó un poco. Sin embargo, las palabras que vinieron a continuación lo decepcionaron profundamente.
—Lo siento, pero tengo que irme ya. Me ha surgido algo.
—¿Tan pronto? Pero el banquete acaba de empezar. Quédate un poco más.
El año pasado incluso habían bailado juntos. Y ahora, después de tanto tiempo sin verlo, la idea de dejarlo ir así lo dejaba insatisfecho.
—No, está bien. Tú quédate y disfruta de la fiesta. Y no te olvides de revisar mi regalo más tarde.
Luicen le dejó aquellas palabras como un aviso final y se dio la vuelta apresuradamente. Un grupo de personas lo siguió de inmediato, diciendo que lo acompañarían a despedirse.
«Hace tanto que no lo veía…»
Saludar, comer juntos, quedarse rodeado de mujeres y luego marcharse. Más que decepción, sentía una punzada de resentimiento. Aunque fuera su propio banquete, se sentía como si lo hubieran dejado tirado allí, solo.
Carlton frunció el ceño al ver la espalda de Luicen alejarse. Si el parásito de antes hubiese presenciado esto, probablemente estaría riéndose en su cara.
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A medida que la noche se hacía más profunda, el ambiente del banquete, que había llegado a su punto máximo, comenzó a calmarse poco a poco. Mientras los invitados empezaban a retirarse, Carlton también salió discretamente de la mansión.
Montó a caballo y se dirigió hacia el bosque que quedaba entre la residencia del Conde y la Casa Ducal. Poco antes, Ennis le había entregado una carta que Luicen había dejado para él. Dentro venía dibujado un pequeño mapa. Marcaba un punto dentro del bosque y le decía que fuera allí.
¿Pedirle que fuera al bosque a estas horas? Era una solicitud bastante extraña.
Durante los últimos cinco años, Carlton había estado exterminando con esmero a los monstruos del bosque, así que ya no era tan peligroso como antes. Aun así, el bosque de noche seguía siendo un lugar riesgoso. Aunque probablemente Luicen no estaría solo, era inevitable preocuparse. No actuaba impulsivamente como cuando se conocieron, pero la primera impresión no se borraba tan fácilmente.
Al llegar al lugar señalado en el mapa, los caballeros de la Casa Ducal lo reconocieron, lo saludaron y le señalaron un estrecho sendero.
Carlton dejó a Zephyrus con uno de los caballeros y comenzó a caminar por el sendero. Las ramas de los árboles habían sido podadas para no cubrir el cielo, de modo que la luz de la luna iluminaba el sendero con un resplandor suave. Al final del camino, apareció una pequeña casa. Estaba rodeada por una valla baja que apenas llegaba a la altura de las rodillas, y tenía un aspecto encantador. El jardín estaba ordenado con esmero, y a un lado corría un pequeño arroyo.
«No debería haber una casa aquí.»
Definitivamente, era algo que Luicen había preparado. Carlton se acercó con una mezcla de emoción y curiosidad. Al agitar la campanilla de la puerta, escuchó el sonido apresurado de pasos viniendo desde el interior. La puerta se abrió de golpe, y Luicen salió corriendo.
—¡Carlton! ¡Bienvenido!
Luicen lo recibió con el rostro radiante. Sus ojos brillaban de ilusión y entusiasmo.
—¡Este es mi regalo para ti!
Extendiendo ambos brazos hacia el cielo, señaló la casa.
—¿…Una casa?
—¡Sí! Es tuya. Hasta le puse una placa con tu nombre.
Luicen señaló la placa junto a la puerta, donde estaba grabado el nombre de Carlton. Carlton la miró con una expresión de desconcierto.
—¿U-una casa? ¿Por qué? ¿Una casa?
—Ir y venir entre la Casa Ducal y la mansión es complicado, ¿no? En ambos lugares siempre hay sirvientes o vasallos, así que hay muchas interrupciones. Por eso construí esta casa justo en el medio, para que podamos estar los dos. Piensa en ella como una especie de villa. El bosque pertenece al Ducado, pero la casa es tuya. Me encargué de todos los trámites, y también la decoré por dentro. Está perfecta.
Ante su reacción satisfecha, Luicen se rió con un JIJIJI. La carga de trabajo había ido en aumento conforme prosperaba el territorio, y el tiempo que pasaban juntos se había vuelto cada vez más escaso. Incluso cuando se veían, en la mansión o en el castillo, siempre había algún sirviente o vasallo cerca, así que no se sentía que realmente estuvieran a solas. Aunque Luicen no parecía molestarse por ello, Carlton sí lo había resentido en silencio.
Carlton observó la casa. Rodeada por el bosque, parecía un mundo aislado, como si solo existieran él y Luicen. Tal vez por eso, le vinieron a la mente los días en que viajaban juntos.
En aquel entonces, enfrentaban un mundo lleno de intrigas, apoyándose solo el uno en el otro. Fue una época mucho más dura e incierta que ahora, pero dondequiera que estuvieran, solo existían ellos dos.
Pensar que en este lugar podrían volver a vivir algo parecido hizo que su pecho se llenara de emoción. Le alegraba saber que Luicen también deseaba lo mismo.
—¡La he estado preparando desde hace medio año! Me costó bastante mantenerlo en secreto para que no lo descubrieras. Quería darte algo realmente especial que te sorprendiera. ¿Te gusta?
—¡Muchísimo!
Carlton no ocultó en lo más mínimo la emoción que sentía. De inmediato, abrazó con fuerza a Luicen y lo llenó de besos. Parecía un perro grande de lo efusivo que estaba, lo que hizo que Luicen soltara una carcajada. En medio de esas risas, los labios de Carlton tocaron los suyos, y el beso se volvió profundo y húmedo. Las manos de Carlton comenzaron a recorrer el cuerpo de Luicen con impaciencia.
—¿Por qué tanta prisa?
—¿Y quién fue el que estuvo jugando con mi pie por debajo de la mesa durante toda la cena? ¿Y luego me dejó olvidado en el salón?
—Eso fue solo una broma ligera.
Luicen se rió divertido al recordar lo de antes.
«Cuando se pone así, realmente entiendo eso de que tuvo su época de libertino.»
Carlton lo miró con celos. Entonces, Luicen dio un paso atrás y señaló su propia ropa. Ahora que lo pensaba, no era el mismo atuendo que llevaba en el banquete. Llevaba una camisa de diseño sencillo y un chaleco, como si fuera un sirviente de la Casa Ducal.
—¿Por qué estás vestido como un sirviente?
—Porque soy el sirviente de mi señor.
Con una expresión traviesa, Luicen se llevó una mano al pecho e hizo una reverencia como si fuera un sirviente. Ante su actuación tan natural, Carlton soltó una risa entre dientes.
Parecía que Luicen lo tenía todo planeado para esta noche.
—Muy bien. Es hora de entrar. Abre la puerta, por favor —respondió Carlton con formalidad.
—¡Hazlo como siempre! —reclamó Luicen.
—Tú, sirviente. Abre la puerta.
—Sí, mi señor.
Solo entonces Luicen se apresuró a abrir la puerta. «No trato así a los sirvientes normalmente… ¿Así es como cree que soy?»
Carlton sintió que algo no cuadraba, pero al ver a Luicen divertirse con los ojos brillantes, decidió no darle demasiada importancia. Si a él le divertía, entonces estaba bien así.
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El baño era el segundo lugar al que Luicen dedicaba más atención, después del dormitorio. La enorme bañera ya estaba llena de agua tibia, y velas encendidas decoraban el espacio. Todo preparado por él con anticipación.
—¿Para esto volviste temprano?
—No sé de qué habla, mi señor —Luicen fingió inocencia y giró hacia otro lado—. Ayudaré a desvestirlo, mi señor.
—Inténtalo.
Comenzó quitándole el abrigo a Carlton, luego cada prenda con lentitud deliberada. Sus dedos “accidentalmente” rozaban músculos definidos: acarició los hombros al quitarle la chaqueta, palpó el pecho al desabotonar la camisa, y al bajar el cinturón del pantalón, sus nudillos arrastraron los abdominales. Finalmente, miró a Carlton con ojos que pedían más.
—¿Un sirviente puede tocar así a su amo?
—Solo cumplo mi deber… No entiendo sus insinuaciones.
La respuesta fingidamente ofendida de Luicen fue interrumpida cuando Carlton le agarró la muñeca y la llevó hacia su entrepierna. Al contacto, ya estaba más firme.
—¿No entiendes? Tú provocaste esto. ¿Cómo piensas responsabilizarte, eh?
Luicen humedeció sus labios con la lengua. La cara de Carlton estaba tan cerca que casi rozaba su nariz, y contuvo la respiración.
—Como es mi señor, podría simplemente ordenármelo.
—¿Ah, sí? Pues… arrodíllate.
Carlton sonrió con malicia. Luicen obedeció, descendiendo lentamente hasta arrodillarse ante él.
—Al menos termina de desvestirme. Qué pésimo servicio…
Bajo el regaño burlón, Luicen tiró del cinturón. La prenda cayó, dejando al descubierto la erección apenas cubierta de Carlton.
—Ahora sabrás qué hacer, ¿no?

TRADUCCION:KLYNN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY