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Extra 7

Cinco años atrás, Carlton expulsó a los hechiceros oscuros y salvó al mundo, recibiendo como recompensa el feudo de Anytos y el título de Conde. Carlton declaró ese día como el aniversario de la Casa del Conde de Anytos y lo estableció como una de las fechas conmemorativas más importantes del Condado.

Hoy se celebraba el quinto aniversario.   

En todo el territorio del Condado se llevaban a cabo festividades para conmemorar la fecha. Los habitantes disfrutaban de las celebraciones mientras alababan la gloria del Conde de Anytos.

En medio de la algarabía que llenaba toda la región, también se organizó un gran banquete de celebración en la Mansión del Conde. Carlton había invitado a nobles del sur y a personas con las que tenía algún lazo, y quienes recibieron la invitación no dudaron en recorrer largas distancias para asistir.

«Vinieron aún más personas que el año pasado.»

Carlton observó a la multitud que llenaba el salón del banquete. Tanto dentro como fuera de la mansión, el ambiente era alegre y festivo. Ya fuera con sinceridad o dejándose llevar por la emoción del momento, muchos lo felicitaban con entusiasmo. Cada año, en esta fecha, Carlton sentía que se reconocía todo el esfuerzo que había hecho hasta ahora.

Había desempeñado un papel clave en la victoria del actual Rey durante la guerra de sucesión al trono, le salvó la vida, y al derrotar a los hechiceros oscuros, salvó al mundo, ganándose así el título de Santo.

Como resultado, vivió un ascenso social dramático, pasando de plebeyo a noble. A pesar de haber logrado méritos incomparables, al inicio de su gobierno fue bastante menospreciado. Por su origen. Además, muchos dudaban de que un exmercenario como él pudiera administrar un feudo correctamente. Incluso los habitantes del Condado, aunque obedientes, no lo seguían con confianza.

Sin embargo, Carlton cumplió con su labor mejor que nadie. Basándose en las enseñanzas que recibió del Administrador de la Casa Ducal de Agnes, desempeñó las tareas del señor feudal con esmero, y aprovechando la experiencia y las conexiones de su época como mercenario, expandió aún más el negocio de comercio intermediario que ya había comenzado durante la época del Conde de Dublés.

Cuando el reino comenzó a recuperarse de los estragos de la guerra civil y a prosperar nuevamente, el negocio de Carlton creció enormemente, lo que le permitió acumular una considerable riqueza. Los señores del sur también decidieron que valía la pena llevarse bien con él.

El Condado empezó a prosperar como nunca antes y a llenarse de vitalidad. Los habitantes del feudo no podían evitar sentir aprecio por Carlton, quien había llevado tal prosperidad a su tierra.

La vida de noble de Carlton no podría ir más viento en popa.

«Bien, parece que este banquete también será un éxito.»

A lo lejos, podía ver a Ennis, ahora convertido en su mayordomo, y a su segundo al mando, que ocupaba el cargo de Administrador, corriendo de un lado a otro con apuro. Carlton se relacionaba con los nobles con una sonrisa comedida. Aún no le agradaban los aristócratas, pero ahora sabía esconder sus emociones con habilidad. Su porte era todo un ejemplo de nobleza. No tenía fallas, pues había aprendido del Administrador y observado de cerca a Luicen.

«Parece que ya es hora.»

Carlton miraba de vez en cuando hacia la entrada. En realidad, el invitado que más esperaba era otro. Una sola persona que, por sí sola, valía más que todos los presentes juntos en el salón. Después de un rato de espera, por fin apareció un sirviente para anunciar la noticia.

—¡El Duque de Agnes hace su entrada!

Los ojos de Carlton se iluminaron. Miró con expectación hacia la puerta. No solo él; ante el anuncio, los nobles que charlaban animadamente se apartaron a ambos lados de la alfombra roja del centro.

La puerta se abrió y Luicen entró al salón de banquetes. A pesar de que todas las miradas se posaron sobre él, Luicen no se mostró nervioso. Caminó con calma hacia el frente. Vestía un traje azul y llevaba su largo cabello rubio suelto de manera natural. Su porte era majestuoso, como el soberano de un campo dorado. A medida que pasaba, todos inclinaban la cabeza con respeto.

Hubo un tiempo en que se pensó que el prestigio del Duque de Agnes había tocado fondo, y muchos predijeron su caída. Pero ahora, nadie dudaba que era el soberano indiscutible del sur. Mientras Carlton consolidaba su posición como noble, Luicen había reconstruido la Casa Ducal y se había elevado nuevamente como un gran señor feudal, reafirmando su autoridad.

Hace cinco años, el sur fue la región menos afectada por la guerra civil y los hechiceros oscuros. Gracias a eso, cuando el nuevo Rey reconstruyó el reino, el sur pudo prosperar más rápidamente que otras regiones. Todo fue resultado de que, cinco años atrás, Luicen logró persuadir a Carlton para evitar una guerra, respondió a varias crisis en el sur y frustró con anticipación los planes de los hechiceros oscuros. Naturalmente, la influencia del Duque de Agnes creció enormemente.

Además, Luicen, en lo interno, cumplió con diligencia su labor como señor feudal y reorganizó el poder de su casa en torno a sí mismo. En lo externo, unió a los señores del sur y apoyó a los nobles sureños que ingresaron al escenario político central, ganando impulso.

No fue un proceso fácil, pero Luicen lo logró. Y, por supuesto, a su lado siempre estuvo Carlton.

Carlton no podía apartar la vista de Luicen, que caminaba hacia él. Su largo cabello dorado brillaba como un halo. Tal vez porque llevaban tiempo sin verse debido a los preparativos del banquete, Luicen le parecía aún más deslumbrante.

Cuando sus miradas se cruzaron, Luicen le guiñó un ojo. En respuesta, Carlton le lanzó un beso. Era una señal secreta entre ellos, desconocida para los demás que tenían la cabeza inclinada. Ambos sonrieron al mismo tiempo, sin emitir un solo sonido.

Luego, como si nada hubiera pasado, retomaron la compostura y se saludaron con las típicas formalidades.

—Lord Carlton, felicidades por el aniversario.

—Es un honor que haya venido, Duque.

Como si representaran una obra teatral, ambos intercambiaban palabras como cualquier otro gran señor feudal y su vasallo. En el fondo, lo que realmente querían era abrazarse con fuerza, llenarse de besos y desaparecer a un lugar donde no hubiera nadie más, pero se contuvieron. 

El Administrador y Ennis, testigos diarios de sus muestras de afecto, les habían suplicado que, al menos en público, mantuvieran la compostura. Decían que, con eso, echaban a perder toda la imagen que tanto les había costado construir.

—El Administrador me pidió que le transmitiera sus felicitaciones.

—¿Ah, el señor Administrador? Por favor, dele las gracias de mi parte.

—Dijo también que preparó un regalo aparte. Luego échale un vistazo.

Luicen se rio por lo bajo al recordar el rostro del Administrador. Cada año le preparaba un regalo a Carlton, insistiendo con toda seriedad que lo hacía únicamente por cortesía hacia un señor vecino. A pesar de sus constantes enfrentamientos con Carlton… era evidente que había desarrollado afecto por él.

—Mi regalo se lo dejé a Ennis. Asegúrate de verlo más tarde. Hoy mismo, ¿entendido?

Los ojos de Luicen brillaron. Esa expresión, que claramente escondía algo, hizo que Carlton sintiera una mezcla de emoción y nerviosismo.

Con la llegada de Luicen, todos se trasladaron al salón del banquete. Después de la comida, regresaron al salón de actos, donde comenzó formalmente la celebración. Bebieron, conversaron, disfrutaron de la música e incluso bailaron. Como anfitrión y figura principal de la noche, Carlton recorrió todo el salón saludando y atendiendo a los invitados. Solo después de una vuelta completa logró tomarse un respiro.

«¿Dónde está Luicen?»

Ser noble y exitoso tenía muchas cosas buenas, pero también este tipo de inconvenientes. A causa de las personas que lo rodeaban, no podía quedarse al lado de Luicen tanto como quería. Carlton chasqueó la lengua y comenzó a buscarlo con la mirada.

Encontrarlo no fue difícil.

Un gran grupo de gente se había reunido a su alrededor como centro.

«¡En ese rato!»

En el banquete, como dueño de casa, Carlton había conseguido sentar a Luicen a su derecha. Pero en lo que tardó en dar la vuelta al salón, ya le habían arrebatado ese lugar. Lo que más le molestaba era que la mayoría de quienes rodeaban a Luicen eran mujeres jóvenes.

Incluso en su época de libertino, Luicen era considerado el mejor candidato matrimonial del reino gracias a su apariencia y estatus. Casarse con él significaba convertirse en Duquesa, y cualquier hijo que tuvieran heredaría sin duda la Casa Ducal. La mayoría opinaba que, incluso si su marido era un libertino, con esa cara valía la pena aguantarse.

Pero ahora que había dejado atrás su vida de libertino y vivía de forma respetable, su popularidad solo podía aumentar aún más. De hecho, circulaba en tono de burla que todas las mujeres solteras del reino aspiraban a ocupar el lugar al lado de Luicen.

No es que Luicen ocultara su relación con Carlton. Que ambos tuvieran una conexión especial ya no era ningún secreto, sino una verdad sabida por todos. Solo mantenían la compostura en eventos oficiales; en cualquier otra ocasión, expresaban su afecto con total libertad.

Carlton lanzó una mirada fulminante al grupo resplandeciente que rodeaba a Luicen.

«Si me lanzo con todo, ¿cuántas podría apartar de un empujón?»

Mientras se debatía entre si debía o no entrar en la guerra por el lugar junto a Luicen, alguien se le acercó. Era el segundo hijo de una familia noble, enviado en lugar de su padre ocupado y su hermano mayor, heredero directo. Desde antes solía rondar a Carlton, vestido con ropas exageradamente llamativas, tanto que resultaban incómodas de ver. Carlton lo ignoraba como a un parásito.

—Vaya, la popularidad del Duque está en otro nivel. Siempre es así en todas las fiestas. ¿Será que hoy entre ese grupo saldrá la futura Duquesa?

Carlton miró al parásito. Esa frase era imposible de ignorar. El tipo, con una expresión de “¡Lo logré!”, continuó hablando.

—Todo el mundo comenta lo mismo. ¿Con quién terminará casándose el Duque?

—¿Casarse? Por favor…

«¿Con quién se casaría Luicen, existiendo él?»

—Vamos, al fin y al cabo, es una Casa Ducal de larga tradición. Tiene la obligación de dejar un heredero, así que tarde o temprano tendrá que tomar una esposa apropiada.

El parásito habló mientras reía por lo bajo. Carlton sintió unas ganas reales de darle un buen puñetazo, cosa que no le pasaba en mucho tiempo.

—Ah, ¿este tipo de conversación te incomoda, Lord Carlton? Disculpa. Pero no tienes que preocuparte tanto. El matrimonio y el amante son cosas distintas, ¿no? Aunque se case, ¿tú crees que el Duque te va a dejar?

Al ver el gesto fruncido de Carlton, el parásito se animó aún más.



TRADUCCION:KLYNN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY


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