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Extra 4

Luicen volvió a mover la mano.   

¡AAH… HAAH…!

Aunque sus movimientos eran torpes, seguía el ritmo que su instinto le marcaba, y la sensación eléctrica recorría su cuerpo sin detenerse. Sin embargo, le faltaba ese empujón final. La estimulación era constante, pero no lo suficiente como para alcanzar el clímax. Cuanto más movía la mano, más sentía que el calor no se disipaba, y la frustración crecía.

Al final, Luicen no pudo evitarlo y volvió a rogarle a Carlton.

—Mmh… Carlton… ayúdame… haah…

—¿No que querías aprender a hacerlo tú solo?

—Ugh… sí, pero…

Poco a poco, lágrimas se acumularon en las comisuras de los ojos de Luicen.

—Carlton… —lo llamó alargando el final de la frase, con una voz suplicante.

Carlton soltó un suspiro, como si ya no pudiera resistirse.

—Haa… está bien. Si lo pones así… ¿qué harías sin mí, Luicen?

«¡Tú eres el culpable de todo esto!»

Luicen lo fulminó con la mirada, con los ojos llenos de lágrimas. Carlton, en cambio, sonreía con aire travieso mientras colocaba su mano sobre la de Luicen.

—Tienes que apretar con más fuerza. Así.

¡AH!

Carlton envolvió la mano de Luicen con la suya y comenzó a moverla con rudeza. Luicen soltó un gemido. Era la intensidad que había estado esperando.

HAH… AAH… ¡AAAH!

No pasó mucho tiempo desde que Carlton lo tocó y el miembro de Luicen expulsó con fuerza un fluido blanquecino. Luicen apoyó la cabeza en el hombro de Carlton, con el cuerpo aún temblando.

Carlton besó suavemente su sien y, sin previo aviso, deslizó de nuevo los dedos entre sus glúteos.

¡HYAAH!

Con esa sensación escalofriante, el miembro de Luicen volvió a erguirse como si nada hubiera pasado.

—C-Carlton…?

Luicen levantó la cabeza y lo miró.

—Ya que aprendiste… ahora toca practicarlo.

—¿Eh? N-no hace falta tanto…

—Vamos, vamos. La noche es larga, Luicen.

Con una sonrisa irritantemente encantadora, Carlton lo observó con deleite. Luicen sintió, con absoluta certeza, que esa noche sería larga… y agotadora.

Y en efecto, Carlton no lo dejó ir hasta que Luicen terminó llorando y suplicando entre sollozos.

──── ∗ ⋅✧⋅ ∗ ────

Cuando llegó la noticia de que Luicen y Carlton se dirigían al sur, los vasallos de la Casa Ducal se reunieron para una seria discusión.

El tema central era: “¿Cómo rescatar a Luicen de las garras de Carlton?”

Cuando Carlton y Luicen fueron juntos a la capital, no se lo tomaron tan en serio. La existencia de los hechiceros oscuros y del Conde Dublés fue un impacto tan grande que no había tiempo para preocuparse de más. Además, necesitaban unir fuerzas.

Pero cuando se enteraron de que Carlton había sido nombrado señor de un territorio vecino, y que estaba conviviendo muy de cerca con Luicen, el Administrador y los demás vasallos recordaron un viejo rumor que habían dejado de lado.

El rumor de que Carlton deseaba a Luicen, aquel que en su momento se había esparcido por todo el Castillo Ducal.

El rumor había surgido de una fuente bastante confiable, y además, la forma en que Carlton miraba a Luicen nunca fue común.

Pensándolo bien, desde el principio, Carlton siempre había actuado de forma peculiar con Luicen. Probablemente se había enamorado de su belleza a primera vista. «Y, con algo de buen gusto, eso era completamente comprensible», pensó el Administrador.

Fue en ese contexto que llegó la carta de Luicen informando que Carlton se quedaría en el castillo durante todo el invierno. Claramente, el hombre había forzado esa situación con tal de conseguir a Luicen para sí.

«Eso no puede permitirse.»

Luicen finalmente había decidido vivir con rectitud. No podían dejar que alguien como Carlton lo manipulara. Siendo como era, un poco despistado, era evidente que acabaría cayendo en las redes de Carlton y sería utilizado a su antojo.

¿Y si luego lo abandonaba? ¡Podría quedar tan destrozado que regresaría a ser el mismo alborotador de antes!

El Administrador y los demás vasallos unieron fuerzas y se juraron proteger a Luicen de Carlton a toda costa. Y así, comenzaron a ejecutar un plan meticulosamente diseñado.

Invitaron a los subordinados de Carlton a propósito, y desde la primera noche, lograron separarlos de manera natural. Aprovecharon el momento en que estaban ebrios por la cena de bienvenida para llevar a Carlton a una habitación lejos de la de Luicen, de modo que, aunque se diera cuenta, no pudiera pedir el cambio.

Se las ingeniaron para ganarse la simpatía de los subordinados de Carlton y mantenerlos siempre a su lado, mientras cuidaban de Luicen por separado. Además, para evitar que se cruzaran por accidente, hicieron que los sirvientes vigilaran cada uno de los movimientos de Carlton y se los reportaran, de forma que pudieran ocultar rápidamente a Luicen si se acercaba.

Mantener esa situación sin que ninguno de los dos lo notara estaba resultando más agotador de lo esperado. Apenas era la mañana del tercer día.

«¿Debería llevar al Joven Duque a inspeccionar el territorio? Pero acaba de regresar después de tanto tiempo… Quisiera dejar que descanse bien…»

Mientras pensaba en cómo pasar ese día, el Administrador se dirigió a la habitación de Luicen. Iba a despertarlo y ayudarlo a alistarse. Aunque esa era una tarea que bien podía realizar un sirviente, lo hacía él mismo por el simple placer de sentir que cuidaba personalmente a Luicen.

Y eso… fue lo que dio inicio a la tragedia.

El Administrador llamó a la puerta de Luicen acompañado por algunos sirvientes. No se escuchaba ningún sonido desde el interior. Como no era raro que Luicen durmiera hasta tarde, el Administrador abrió la puerta sin más y entró.

En ese instante, una sensación fría recorrió la nuca del Administrador.

Ropa desconocida estaba tirada por el suelo. Eran prendas demasiado grandes para ser de Luicen.

Y sobre la cama… un hombre de piel morena y cuerpo musculoso yacía completamente desnudo. Era Carlton.

Carlton dormía abrazando a Luicen en la cama de este.

«¿Qué… es lo que estoy viendo…?»

Era una escena completamente absurda. El impacto fue tan grande que al Administrador se le cortó la respiración. «¿Por qué estaba ese hombre aquí, acostado junto a Luicen? ¡Con todo lo que habían hecho para mantenerlos separados!»

El Administrador estaba seguro de haber cerrado la ventana de la habitación de Luicen la noche anterior. También había confirmado, a través del mayordomo, que Carlton se había quedado dormido en su propia habitación.

El asombro fue tan grande que ni siquiera pudo gritar. Lo mismo les ocurrió a los sirvientes. En ese momento, Carlton se incorporó con el cabello desordenado y miró a los presentes con toda naturalidad.

—Administrador. Buenos días.

«¡Dios mío…!»

El Administrador, que acababa de ver de lleno las partes más íntimas de Carlton, gritó horrorizado.

—¡¿Qué haces saludando tan tranquilo?! ¡Cúbrete, por el amor de Dios!

—Ah…—Carlton tomó una esquina de la sábana y se cubrió la parte inferior del cuerpo.

«Ahhh…»

El Administrador deseaba arrancarse los ojos y desmayarse ahí mismo. Pero aún había cosas que debía confirmar, así que se esforzó por mantenerse en pie. Que Carlton hubiera sido encontrado desnudo en la cama no significaba necesariamente que hubiera pasado algo entre los dos.

Tal vez Carlton había entrado a escondidas, se había desnudado y fingía estar dormido junto a Luicen… ¡todo como parte de un vulgar engaño! El Administrador se aferró desesperadamente a esa posibilidad.

Pero Carlton no tardó en destruir por completo esa última esperanza.

—Luicen, Luicen. Despierta.

—Mmh… nooo, quiero dormir más… —murmuró Luicen con voz adormilada, rodeó la cintura de Carlton con los brazos y volvió a quedarse dormido.

Al moverse, la manta que lo cubría se deslizó al suelo, y su torso desnudo quedó al descubierto. Él también estaba completamente desnudo.

—¿Qué se le va a hacer? Parece que está muy cansado. Debería haberlo dejado dormir antes anoche… —Carlton sonrió con toda la frescura del mundo mientras acariciaba la espalda de Luicen, como si quisiera presumirlo.

El Administrador se dio cuenta de inmediato: ese bastardo había conseguido exactamente lo que quería con Luicen. ¡Y no solo eso, sino que tenía el descaro de presumírselo en la cara!

—¡Ese… ese maldito… agh…!

La ira lo sacudió de tal forma que se llevó la mano al cuello con un espasmo. Los sirvientes, alarmados, corrieron a sujetarlo.

—¡S-Sáquenlo de mi vista! ¡¡Saquen a ese desgraciado de mi vista ahora mismo!! —el Administrador rugió con voz tronante.

Pero los sirvientes no se atrevieron a tocar a Carlton. En su lugar, se apresuraron a sacar al mismo Administrador de la habitación antes de que colapsara; su rostro estaba tan rojo que parecía a punto de desmayarse.

«Ahora que saben lo que hay entre Luicen y yo, dejarán de intentar separarnos con juegos inútiles.»

Al ver la reacción del Administrador, Carlton sintió que la lección había surtido efecto. Dibujó una sonrisa triunfal. La sonrisa del vencedor.

──── ∗ ⋅✧⋅ ∗ ────

A partir de aquella mañana, Carlton se posicionó sin reservas al lado de Luicen. Incluso cuando iba al Condado, se lo llevaba con él, y no dudaba en hacer contacto físico frente a quien fuera, alardeando abiertamente de su relación con Luicen.

Parecía que Luicen ya había caído por completo rendido ante Carlton. Verlo así hacía que el Administrador y los vasallos de la Casa Ducal se llenaran de indignación.

¡Y pensar que Luicen, con su historial de amores tan variado, caería tan fácilmente! El error había sido subestimar a Carlton… resultó ser mucho más peligroso de lo que imaginaban.

«¡Con esa cara de bandolero y resultó ser más astuto que un zorro!» El Administrador lo fulminaba con la mirada.

Intentando mantener a Carlton alejado, lo llamó al despacho con la excusa de enseñarle los deberes de un señor feudal. Pero, de algún modo, Carlton logró convencer a Luicen, que por lo general evitaba todo lo relacionado con trabajo, para que lo acompañara y aprender juntos.

El Administrador, que justo quería comenzar a enseñarle a Luicen las tareas propias de un Duque, no tuvo más remedio que aceptar a regañadientes que ambos estuvieran presentes.

Y ahí estaban. Carlton sentado justo al lado de Luicen, que hojeaba un libro de leyes. Carlton, por su parte, no prestaba atención al texto: tenía el brazo rodeando la cintura de Luicen y solo se dedicaba a observarle el rostro como si fuera una obra de arte. Por supuesto, el Administrador reconocía que el rostro de Luicen tenía ese tipo de atractivo que uno nunca se cansaba de mirar, pero ¡esto ya era demasiado descarado!

¡Y eso que estaba observándolos con los ojos bien abiertos!

En ese momento, Carlton pareció sentir su mirada y alzó la cabeza. Sus ojos se cruzaron con los del Administrador. Ninguno desvió la mirada, ambos se observaban fijamente con abierta antipatía.

«¿Cómo es que enseña tan bien y, sin embargo, Luicen actúa así?»

Carlton tenía que admitir que el Administrador era un buen maestro. Explicaba con claridad, con facilidad, y tenía amplios conocimientos. Al punto de que uno se preguntaba cómo Luicen podía haber sido tan inútil si aprendía de alguien así.

«¿Acaso no le enseñaba bien a propósito?» Ese pensamiento hizo que Carlton lo detestara aún más.

Y fue entonces cuando, en medio de esa batalla de miradas, el Administrador lanzó el primer ataque.

—El Conde parece tener problemas para concentrarse. ¿Acaso ya ha leído todo lo que le indiqué? No puedo seguir perdiendo el tiempo —dijo el Administrador, dirigiéndose directamente a Carlton.

—Yo ya terminé de leerlo —respondió Carlton con calma.

—¡Ah, no, yo… yo aún no termino! —intervino Luicen con prisa, sorprendido por el comentario dirigido a Carlton.

Su rostro se entristeció visiblemente. Aunque el Administrador hervía por dentro ante la actitud despreocupada de Carlton, su prioridad era Luicen.

—No se preocupe. Aunque tome algo de tiempo, es mejor comprenderlo bien. Me parece excelente que lo esté leyendo con calma y atención —le dijo el Administrador con voz suave, reconfortándolo—. Lo está haciendo muy, muy bien. Viéndolo aprender con tanta dedicación, este Administrador ya puede imaginarse retirándose con el corazón tranquilo.

Le lanzó una lluvia de elogios. Cada palabra era sincera. Ver a Luicen esforzarse, aunque aún fuera torpe, le provocaba una emoción tal que casi se le humedecían los ojos. Si no fuera por Carlton, sería un momento perfecto.

Motivado por los elogios, Luicen volvió a inclinarse sobre el libro de leyes y continuó leyendo con determinación.

Mientras tanto, los ojos de Carlton y el Administrador volvieron a encontrarse. Pasaron la tarde entera enfrascados en una silenciosa guerra de miradas, sin que Luicen lo notara.



TRADUCCION:KLYNN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY


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