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Extra 2

Después de partir de la capital, al final de un viaje tranquilo, Luicen y Carlton llegaron al Castillo Ducal.

Carlton, ahora el nuevo Señor del Condado, en teoría debía dirigirse a la mansión del territorio. Sin embargo, la residencia del Conde había sido utilizada como base por los hechiceros oscuros, y los sacerdotes enviados para investigarla entraban y salían constantemente. Además, el lugar requería una restauración completa.

Por ello, Carlton decidió quedarse en el Castillo Ducal mientras viajaba diariamente al territorio para supervisarlo. Afortunadamente, el invierno era una estación tranquila, así que aprovechó para pedir al Administrador principal que le enseñara sobre la administración del feudo durante las tardes.

La decisión de que ambos pasaran el invierno en el Castillo ya se había tomado antes de partir hacia el sur. Luicen y Carlton estaban ilusionados por pasar esa estación juntos en el Castillo, como unas vacaciones prolongadas. Aunque el viaje hacia el sur fue mucho más cómodo que el que hicieron rumbo a la capital, no pudieron disfrutar de momentos íntimos, ya que allá donde iban eran recibidos con vítores y multitudes.

Pero lo que no sabían, ni siquiera al llegar al Castillo, era que al enterarse del regreso de Luicen junto a Carlton, los sirvientes de la casa Ducal ya habían hecho todos los preparativos posibles.

Frente al Castillo, el Administrador principal y la mayoría de los empleados salieron a recibirlos.

—Bienvenido de regreso, Señor.

El Administrador principal fue quien se adelantó a dar la bienvenida. Luicen bajó de un salto del caballo y se acercó a él.

—Gracias, Administrador. Has trabajado duro todo este tiempo.

Luicen observó a su alrededor. Todos los miembros del Castillo Ducal estaban vivos y sanos, sin heridas. Rodeado de personas que lo recibían con afecto, Luicen sintió una vez más que el milagro que había vivido era real.

—Me alegra poder verlos a todos a salvo.

Sentía el pecho oprimido por la emoción. Carlton, con naturalidad, le puso una mano en el hombro para reconfortarlo. Entonces, el Administrador saludó respetuosamente a Carlton y habló:

—Sir Carlton, ahora ya debe llamarse Conde. Hay un visitante esperándolo, mi señor.

—¡Capitán!

Una voz enérgica rompió entre la multitud. Un grupo, donde se encontraban el teniente y los subordinados de Carlton, estaba esperando. Habían estado buscando el momento oportuno para acercarse, y en cuanto les llegó el turno, se abalanzaron sobre él.

—¿Qué hacen ustedes aquí? ¿Y el Condado?

Ante la inesperada aparición de sus hombres, Carlton preguntó sorprendido:

—¿Qué hacen aquí?

—¡Como el capitán venía directo al Castillo, el intendente nos llamó para que viniéramos a recibirlo! —respondió su Teniente.

—¡De verdad creímos que esta vez no lo contaría, Capitán!

—¡Incluso apostamos por ello! ¡Pero apostamos a que todos volverían vivos y perdimos, Capitán!

—¡¿Qué es eso de “Capitán”?! ¡Ahora hay que llamarlo “Mi Señor Conde”!

Los subordinados de Carlton no dejaban de hablar y reían bulliciosamente. Después de tantas dificultades, su entusiasmo era aún mayor. Naturalmente, Carlton fue rodeado por sus hombres y, poco a poco, se fue alejando de Luicen.

—Por favor, entren. Hemos preparado una cena privada para que el Conde y sus acompañantes puedan charlar con comodidad —dijo el Administrador.

Ordenó al mayordomo que guiara a Carlton y a sus hombres hacia el salón del banquete. Los subordinados, emocionados, rodearon a Carlton y lo siguieron en tropel tras el mayordomo. Mientras tanto, el propio Administrador llevó a Luicen en otra dirección.

Tan naturalmente que ni Carlton se dio cuenta, el Administrador había logrado separarlos.

La cena fue tan lujosa que bastaba para restaurar el honor de la casa Ducal. Los subordinados de Carlton, embriagados hasta tarde, no paraban de abrazarlo y repetir que pensaron que esta vez sí moriría. Cada vez que Carlton intentaba escabullirse, lo sujetaban de la ropa y no lo soltaban. Como era cierto que les había hecho pasar muchas penas, no tuvo más remedio que quedarse con ellos.

Así pasó la primera noche en el Castillo.

A la mañana siguiente, Carlton despertó en la habitación donde se quedaría mientras viviera en el Castillo. Era un cuarto excelente, decorado con evidente esmero. Lo único que le molestaba era que estaba en el extremo opuesto al de la habitación de Luicen, pero como le explicaron que lo habían hecho para que él y sus hombres pudieran descansar con mayor comodidad, no podía quejarse.

Desayunó la comida que los sirvientes le habían preparado, y luego se dirigió al Condado rodeado por sus subordinados.

La inspección, que tanto le preocupaba, transcurrió sin incidentes. Los antiguos sirvientes del Conde estaban completamente apocados* y actuaban con sumisión. Además, el territorio estaba sorprendentemente bien cuidado. Había supuesto que, tras la obsesión del Conde Dublés con los hechiceros oscuros, todo estaría hecho un desastre, pero resultó estar en mejores condiciones de lo que imaginaba.

N/T: *Ser “apocado” significa ser una persona que muestra falta de decisión, timidez o miedo, y que se comporta de manera pusilánime o cobarde.

Ese día lo pasó inspeccionando el Condado y, al regresar al Castillo, tuvo que lidiar con sus subordinados una vez más. Así pasó todo el segundo día.

Y entonces llegó el tercer día desde su llegada al Castillo.

Carlton despertó pensando en Luicen.

«Hoy tengo que verlo.»

Antes de llegar al Castillo, habían pasado cada día sin separarse ni un solo instante. Pero al darse cuenta de que ya habían pasado tres días sin verlo, sintió un vacío en el pecho y perdió toda motivación.

Por la mañana, Carlton fue a la Mansión del Conde para pasar el tiempo, pero regresó al Castillo Ducal lo más pronto posible. A sus subordinados, que se quejaban y querían seguirlo, los dejó atrás en la mansión para que no estorbaran.

Bajó del caballo y fue directamente a buscar la habitación de Luicen. Pero justo en ese momento, Luicen no estaba allí. Carlton comenzó a recorrer el Castillo, buscándolo por todas partes.

«Esto es extraño…»

Por más que lo buscó, no pudo encontrarlo. Incluso preguntó a los sirvientes, pero todos le respondieron con lo mismo: “No lo sabemos.”

Por más grande que fuera el Castillo, los lugares en los que Luicen podría estar no eran tantos. Y sin embargo, no aparecía por ningún lado, como si alguien lo estuviera ocultando intencionalmente.

«…Son personas que serían capaces de algo así.»

Los vasallos del Ducado habían sido los mismos que maltrataron a Luicen cuando era niño. Lo utilizaron como un títere para mantener su propio poder. Aunque durante la crisis con los hechiceros oscuros y el Conde Dublés cooperaron con sumisión, ahora que el enemigo externo había desaparecido, tenía sentido que quisieran retomar el control.

Al llegar a esa conclusión, incluso el hecho de que lo separaran tan “naturalmente” de Luicen desde que llegaron al Castillo, con la ayuda de sus propios subordinados, ya no parecía coincidencia.

«¿Están tratando de aislar a Luicen?»

Porque si él empezaba a apoyarse en alguien más que no fueran ellos, ya no podrían manipularlo como antes.

«Mientras yo esté aquí, no se los permitiré.»

La intención de dejar el pasado atrás y convivir pacíficamente con el personal del Castillo se esfumó por completo. Ahora sentía que debía dejar claro, de forma definitiva, la naturaleza de su relación con Luicen para que nadie más intentara interferir.

Carlton no era un hombre que evitara una pelea una vez que alguien la iniciaba.

──── ∗ ⋅✧⋅ ∗ ────

Esa misma noche.

Luicen se revolvía sobre la cama.

«Definitivamente, no hay nada como estar en casa.»

Sin saber nada de lo que ocurría a su alrededor, vivía tranquilo y despreocupado. Desde que había regresado en el tiempo, era la primera vez que podía disfrutar plenamente, como dueño del Castillo Ducal, de todas las comodidades que este ofrecía. Su cuerpo y su mente estaban completamente relajados.

«Solo faltaría que Carlton estuviera aquí.»

Cuando Luicen le preguntó, Carlton respondió que estaba ocupado con asuntos del Condado y reencontrándose con sus subordinados después de tanto tiempo. Luicen pensó en ir a verlo, pero el Administrador le dijo que eso podría ser una molestia para el otro, así que se contuvo. Había decidido usar esta oportunidad para mostrarse como un señor veterano, más maduro y sereno… aunque, siendo honesto, le estaba costando mucho.

«¿Y por qué esta cama es tan grande, además?»

¿Por qué no podía aprovechar una cama tan ancha y cómoda? Luicen, sintiéndose solo, empezó a presionarla aquí y allá con melancolía. Los recuerdos de tiempos felices se le vinieron a la mente. Especialmente, la primera noche que pasaron juntos en la mansión de la capital.

«Aquella vez… fue increíble…»

Luicen rememoró aquel momento.

──── ∗ ⋅✧⋅ ∗ ────

Después de confirmarse mutuamente sus sentimientos, los dos compartieron la cama. Se besaban con profundidad, sus piernas entrelazadas, acariciando con sutileza las partes bajas del otro. Carlton recorría su cuerpo por encima del pijama y le besaba constantemente el cuello. Como si estuviera marcándolo, cada roce era tan cálido y abrumador que le dejaban sin aliento.

Su cuerpo se calentó tanto que incluso el delgado pijama empezó a parecerle sofocante. Finalmente, Carlton se lo quitó de un tirón.

En los ojos de Carlton brillaba un deseo crudo y directo. Esa mirada hizo que el cuerpo de Luicen temblara levemente. Sentía que iba a ser devorado. Como si, ante él, no fuera más que una presa débil y vulnerable.

«¡Aun así, yo era conocido por ser un verdadero salvaje!»

Era el momento de demostrar lo que significaba la experiencia de alguien mayor. Luicen sintió que el orgullo se le encendía. Al menos en la cama, tenía cierta confianza en sí mismo. Sonrió con tranquilidad mientras acariciaba el cabello de Carlton.

Carlton, con sus grandes manos, recorría suavemente la piel desnuda de Luicen, dejando besos húmedos a lo largo de su cuello. Luego, se inclinó ligeramente y atrapó con los labios uno de sus pezones, lamiéndolo con la lengua de forma ascendente.

—Mmm… —gimió Luicen con languidez, acariciando constantemente la nuca y los hombros de Carlton. El cuerpo de Carlton estaba tan caliente como el suyo. Movido por el deseo de sentir su piel directamente, Luicen tiró del cuello de su camisa.

—Quítate la ropa.

Ante la orden de Luicen, Carlton se deshizo de su camisa. Su torso, firme y musculoso, quedó al descubierto. No tenía ni un gramo de grasa, y su cuerpo, aunque pulido, era salvaje, marcado por los músculos. Luicen lo miraba como hipnotizado. Era un cuerpo de hombre igual que el suyo, pero al mismo tiempo, completamente distinto.

Disfrutando de la mirada de Luicen, Carlton se quitó los pantalones y la ropa interior de una sola vez. Su parte inferior también era lo bastante imponente como para mostrarse seguro.

—Usted también, Duque. Quíteselo todo.

Carlton tiró suavemente de la ropa interior de Luicen. Este alzó las caderas para facilitarle quitarla, aunque no pudo evitar quejarse:

—¿Duque? ¿En serio?

¿También en la cama tenía que llamarlo así? Sonaba demasiado frío y nada excitante.

—¿Entonces cómo debería llamarte?

—Por mi nombre.

—¿Luicen?

—Mucho mejor.

—Luicen… Luicen… Luicen… —Carlton lo susurró suavemente al oído. Su aliento cálido le provocaba cosquillas desde la oreja hasta el pecho.

A Luicen se le escapó una risa involuntaria. Se besaron entre risas, acariciándose con libertad. Cada vez que respiraban, sentían el olor del otro. El calor del cuerpo del otro se transmitía directamente a través de la piel.

Entonces, Carlton tomó con la mano la parte baja del cuerpo de Luicen. Su miembro ya estaba completamente erecto.



TRADUCCION:KLYNN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY


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