Extra 1
El viento frío azotaba con fuerza. La vieja y diminuta cabaña parecía a punto de desplomarse, envuelta por la ventisca de nieve. Sin embargo, en su interior, ardían un montón de troncos que mantenían el lugar cálido, y decenas de velas iluminaban la habitación como si fuera pleno día.
Había dos personas dentro del cuarto. Un peregrino con un solo brazo y un hombre visiblemente enfermo. La piel del hombre estaba seca como la de un árbol muerto y tenía un tono ceniciento. Su cuerpo estaba tan delgado que se le marcaban todos los huesos.
Respiraba con dificultad, y parecía que incluso eso era demasiado para él, pues por momentos su respiración se detenía por completo.
El nombre del hombre era Luicen Agnes.
En otro tiempo, había sido el Duque Agnes, un hombre que disfrutó de gran poder. Pero tras cometer un solo error, lo perdió todo y ahora se encontraba en una situación en la que ni siquiera podía cuidar de su propio cuerpo enfermo.
Su belleza había desaparecido sin dejar rastro, su mente estaba quebrada, y la riqueza y el poder que lo rodeaban se habían desvanecido como el polvo. La imagen honorable de aquel que fue llamado el Soberano de los Campos Dorados había desaparecido por completo. Había sido expulsado del castillo en el que su familia había vivido durante generaciones y apenas pudo refugiarse en esta vieja cabaña prestada.
Su final miserable, en extremo opuesto a la vida lujosa que solía tener, mostraba claramente su caída.
Estaba a punto de morir. Tanto Luicen como el peregrino manco que lo acompañaba lo sabían.
El ambiente en la habitación era denso.
CLAC.
La ventana traqueteó. El peregrino manco, que había estado observando a Luicen, desvió por un momento la mirada hacia la ventana.
No era más que el sonido del viento. Tal vez por una corriente, la vela colocada cerca de la ventana se había apagado.
«Debo mantener la habitación bien iluminada. Él le teme a la oscuridad.»
El peregrino manco se acercó a la ventana, comprobó que el pestillo estuviera bien asegurado y volvió a encender la vela apagada. Aunque este tipo de cosas no podían retener una vida moribunda, al menos servían de consuelo.
Al encender la llama, el rostro del peregrino manco se reflejó brevemente en la ventana. Todavía había carteles de búsqueda pegados por todas partes con el rostro del traidor Carlton. Si Luicen veía ese rostro, lo reconocería de inmediato.
Nadie debía descubrir que el peregrino manco era, en realidad, Carlton. Si Luicen llegaba a saber que aquel a quien llamaba “santo” y en quien confiaba era su enemigo mortal, Carlton, el hombre que había arrasado sus tierras y asesinado a sus vasallos, su cuerpo no soportaría el impacto y moriría de inmediato.
Carlton se ajustó la capucha, asegurándose una vez más de que su rostro, ya oculto, no quedara expuesto.
Luicen seguía con los ojos cerrados. Su aspecto era tan cadavérico que a Carlton se le revolvía el estómago. Luicen exhaló con dificultad un jadeó con esfuerzo. Solo entonces, Carlton soltó por fin el aire contenido. Estaba respirando por ahora, pero ¿cuánto más duraría?
La muerte de Luicen era algo que Carlton ya venía anticipando desde hacía días. Cuando empezaron los vientos fríos, Luicen enfermó gravemente y poco a poco dejó de poder valerse por sí mismo. El tiempo que pasaba inconsciente se alargaba cada vez más. Carlton había traído médicos, le había dado remedios eficaces, pero el estado de Luicen no mejoraba en absoluto. Su cuerpo estaba tan debilitado que ya no había forma de salvarlo.
Al menos debía asegurarse de que se fuera en paz.
Por eso había alquilado aquella cabaña, y había ido de casa en casa comprando velas para mantener el cuarto iluminado incluso de noche. Carlton permanecía siempre a su lado, aunque no tanto como enfermero, sino como alguien que esperaba junto a él el momento de la muerte.
Era como si poco a poco se le secara la sangre. Cuando Luicen mostraba una leve mejoría, Carlton sentía una chispa de esperanza… solo para volver a caer en la desesperación. Ese vaivén emocional lo estaba dejando exhausto. Lo invadían la ansiedad y la incertidumbre.
«¿Por qué me siento así?»
«¿Qué más daba si Luicen moría o no? No, de hecho, sería mejor que muriera. Ya no servía para nada.»
Fue hace un año cuando Carlton encontró a Luicen, y fue por pura casualidad. Aquel vagabundo moribundo resultó ser el mismísimo Duque Agnes. Carlton, quien apenas había escapado tras ser acusado de traición, estaba buscando la oportunidad perfecta para vengarse de quienes lo habían abandonado. Calculó que Luicen podría serle útil.
Pero Luicen estaba mucho más destruido de lo que había imaginado. Tanto su cuerpo como su mente estaban destrozados. Si quería usarlo, primero debía rehabilitarlo. Carlton lo cuidó con esmero. Mientras trataba su cuerpo, fingía ser un peregrino compasivo para ganarse su confianza. No fue fácil, pero creía que, aunque hubiera caído tan bajo, seguía siendo el Duque Agnes, y eso lo hacía valioso.
Tal vez por ese esfuerzo, Luicen empezó a recuperarse poco a poco. Antes de notarlo, lo llamaba “Santo” y lo seguía ciegamente.
«Sin saber siquiera que soy su enemigo.»
Carlton se burlaba internamente de la ingenuidad de Luicen, pero cada vez que este asentía sin cuestionar sus palabras, sentía que los pedazos rotos de su orgullo, destruido cuando el rey lo desechó, comenzaban a recomponerse. Que alguien lo admirara de forma pura y sincera era algo que se sentía bastante bien.
Compartir el camino con Luicen no resultó tan malo como esperaba. Aunque pronto se dio cuenta de que él no serviría de nada para su venganza, no lo abandonó. Al menos podía usarlo como sustituto de una estufa cuando dormían a la intemperie.
Lo molesto era tener que cumplir peticiones inútiles de gente que no servía para nada, solo para mantener la imagen de un peregrino compasivo. Por eso, en varias ocasiones terminó involucrado en incidentes extraños, y al resolverlos, su nombre se hizo conocido. Fue entonces cuando un inquisidor de la Iglesia se le acercó por iniciativa propia.
Según él, todos los sucesos extraños que ocurrían en el mundo eran obra de los hechiceros oscuros.
Incluso afirmó que el caballero de la muerte, a quien Luicen consideraba una alucinación, era uno de ellos.
Para ese entonces, Carlton ya había matado al caballero de la muerte. No mucho después de encontrar a Luicen, notó que alguien sospechoso rondaba cerca. Le resultaba molesto y peligroso, así que lo eliminó desde el principio. El inquisidor le dijo que el caballero de la muerte había sido sirviente de Luicen en vida.
«Ah, ese tipo.»
Carlton también lo recordaba. El sirviente que se interpuso molesto en su camino la noche en que Luicen huyó del castillo. A pesar de ser solo un sirviente, tenía una habilidad con la espada bastante destacable y logró escapar aprovechando la confusión provocada por la aparición de un monstruo, rompiendo así el cerco de Carlton.
Luicen creía firmemente que ese hombre había muerto aquella noche a manos de Carlton, así que ya le resultaba extraño que algo no terminara de encajar.
Fue entonces cuando Carlton se dio cuenta de que en la caída de Luicen había habido intervención de terceros. Pero también ocultó ese hecho.
Cubrió a Luicen para que no supiera nada: ni sobre los hechiceros oscuros, ni sobre la traición de su sirviente. Sentía que si llegaba a conocer la verdad, moriría incapaz de soportar el golpe y la traición.
Sabía que Luicen no viviría mucho tiempo. Sin embargo, en ese momento, fue consciente de que deseaba que viviera un poco más.
En un inicio, su intención había sido solo utilizarlo. Luicen era tan débil que bastaba con prestarle un poco más de atención y cuidados.
Pero con el paso del tiempo, el corazón de Carlton empezó a cambiar.
Como una madre cuidando a su cría, lo alimentaba con esmero, lo vestía, lo acostaba. Encargarse de una persona no era algo fácil ni siquiera para Carlton, pero cuanto más se esforzaba, más apego le tomaba.
¿Había alguna otra cosa en su vida que hubiera cuidado con tanto esmero?
No, ninguna.
Luicen era el único.
«Aun habiéndolo cuidado con tanto esmero… ¿iba a terminar así de todos modos?»
Carlton apoyó la cabeza entre sus manos. Lo invadió una sensación de impotencia. Sentía que su corazón se derretía, al igual que las velas que se consumían lentamente.
—… Santo…
Carlton alzó la cabeza. Los párpados de Luicen temblaron ligeramente antes de abrirse con dificultad. Sus ojos, más claros que en todos los últimos días, brillaban con inusitada lucidez. El corazón de Carlton se hundió. Aquello no era, de ninguna manera, una buena señal.
—… Santo. Deseo… confesar mis pecados…
Carlton asintió con la cabeza. Luicen comenzó a murmurar, confesando los pecados que había cometido a lo largo de su vida. Eran cosas que Carlton ya sabía de sobra. Luicen solía murmurarlas sin parar cuando perdía la consciencia o tenía pesadillas. Aun así, lo escuchó atentamente.
Cuando terminó de hablar, Luicen exhaló un largo suspiro. Luego humedeció su garganta con el vino que Carlton le ofreció.
—Gracias, Santo.
Ambos sabían que ahora sí, todo había terminado. Luicen extendió la mano hacia el vacío, como un ciego. Carlton la sostuvo rápidamente. Luicen sonrió tenuemente, con alivio. En esa sonrisa se reflejaba su fe en el peregrino manco. Como si creyera que, mientras él estuviera allí, nada podría salir mal. Con esa sonrisa como despedida, Luicen cerró los ojos.
Carlton lo miró en silencio.
El rostro de Luicen, envuelto en el descanso eterno, se veía más sereno que nunca.
¿Gracias? ¿Sabía siquiera a quién le estaba diciendo esas palabras? Murió agradeciendo a su enemigo, tomando su mano. Y jamás lo sabría. Pensar en eso hizo que Carlton sintiera una profunda compasión por él.
Al mismo tiempo, sintió una vergüenza inmensa.
Luicen, al menos, había sido honesto frente a sus propios pecados. Murió arrepintiéndose sinceramente de ellos hasta el último momento. En cambio, Carlton… ¿acaso había vivido alguna vez con rectitud, siquiera por un instante?
Una lágrima rodó por la mejilla de Carlton.
Se quitó la capucha. Debería haberlo hecho mucho antes. Pero ahora era demasiado tarde. Ya no había nadie en el mundo que pudiera ver su verdadero rostro.
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Tras finalizar el funeral de Luicen, Carlton finalmente tuvo un respiro. Al haber una boca menos que alimentar, y con todo el tiempo y esfuerzo que había invertido en cuidarlo ahora libre, sentía que por fin le sobraba algo de energía.
Pensó que tal vez ya era momento de retomar la venganza que había pospuesto.
Sin embargo, por alguna razón, no sentía el mismo impulso de antes. Era como si, con la partida de Luicen, su odio y deseo de venganza también se hubieran desvanecido.
Carlton simplemente se echó a andar, sin rumbo. Estuviera donde estuviera, sentía que seguía perdido. Y fue entonces cuando comenzó a ver cosas que antes no veía.
Pudo percibir la sombría situación del Reino, que parecía no tener futuro, y el sufrimiento de las personas dentro de él.
Vio a los hechiceros oscuros moverse con libertad dentro de ese mundo en caos.
Y una vez que lo vio, ya no pudo ignorarlo. No fue por algún espíritu heroico de sacrificio. Lo que pasaba era que, en los rostros de esas víctimas inocentes, empezaba a ver poco a poco a Luicen.
Cada vez que ayudaba a alguien, recordaba a Luicen, llamándolo “Santo” con voz débil.
Por eso, simplemente, ayudaba a quienes podía.
Con el tiempo, Carlton se convirtió en un enemigo natural de los hechiceros oscuros. Experimentó muchas cosas, trabajó con diversas personas, y acabó descubriendo verdades que antes desconocía, incluyendo quiénes estaban detrás de esa secta.
Cuando conoció la verdad, su determinación de no perdonarlos se volvió aún más firme. No solo a él, sino también a Luicen… ambos habían sido manipulados cruelmente por esos mismos sujetos.
Así comenzó su lucha contra los hechiceros oscuros. No fue fácil erradicarlos.
En pocos años, ellos habían ganado un gran poder gracias al apoyo del Duque Dublés, líder del sur y figura cercana al Rey. Con dinero y poder de su lado, habían extendido su influencia por todo el reino.
Fue una lucha larga y ardua.
Pasaron muchos años. El joven vigoroso que había sido Carlton envejeció, hasta volverse un anciano debilitado.
Muchas vidas se perdieron, pero al final, Carlton logró expulsar por completo a los hechiceros oscuros de esta tierra.
La gente llamaba a Carlton “El Santo”. Incluso la Iglesia reconoció oficialmente ese título y elogió su dedicación.
Con la llegada de la paz al mundo, Carlton pensó que también era momento de poner fin a su largo viaje. Y se prometió a sí mismo cumplir con lo último que le quedaba pendiente.
Un día, visitó una iglesia antigua. Cuando era niño, fue allí donde un sacerdote le enseñó a leer, escribir y conocer las doctrinas. Ahora ya no quedaba nadie que lo recordara de aquella época. Al entrar, el sacerdote que custodiaba el lugar lo reconoció de inmediato y lo miró con reverencia.
—Santo.
Carlton inclinó levemente la cabeza a modo de saludo. El sacerdote salió del templo en silencio para que pudiera estar a solas.
«Santo, dicen.»
Por más que lo escuchara, nunca lograba acostumbrarse a ese título. Cada vez que alguien lo llamaba así con admiración, Carlton recordaba a un hombre. A Luicen, quien fue el primero en llamarlo santo. Había pasado tanto tiempo que ya ni siquiera recordaba bien su rostro, pero su voz llamándolo “santo” aún seguía viva en su memoria.
Con el cuerpo pesado, Carlton se arrodilló frente al altar. Incluso una acción tan simple como esa se le hacía difícil ahora. Juntó las manos como si orara.
—Dios… ¿puedes oír mi voz?
Su tono sonaba torpe. Aunque lo llamaran santo, en realidad nunca había rezado con sinceridad. Aún no sentía respeto ni veneración por ningún dios. Pero al menos en este momento, se hizo lo más pequeño del mundo, un pecador arrepentido, y juntó las manos. Cuando uno desea algo profundamente, es natural que se vuelva humilde.
Cuando fue oficialmente nombrado santo por la Iglesia, escuchó algo de boca del propio Papa. Que había obrado milagros al expulsar a los herejes, y que Dios escucharía su voz y lo recompensaría.
Y si iba a recibir una recompensa… ¿qué sería justo pedir?
Pensó en muchas cosas, pero lo que más pesaba en su corazón seguía siendo aquel hombre: Luicen Agnes.
Si miraba hacia sus años de juventud, tanto él como Luicen habían sido estúpidamente ignorantes. La caída del linaje Ducal de Agnes, que dejó una herida profunda en el reino, fue responsabilidad de ambos.
Pasaron demasiado tiempo sin saber quién era el verdadero enemigo, y desperdiciaron sus días. Aun así, Carlton tuvo la fortuna de recibir una oportunidad para redimirse. Pudo corregir sus errores y volver al camino correcto. Entonces, ¿no debería dársele también esa oportunidad a Luicen?
Luicen, aunque ignoraba el valor de lo que tenía, fue más puro que Carlton. Su fe ingenua transformó a un carnicero ciego de venganza en el salvador del mundo. Si Dios encontraba valioso el camino de Carlton, entonces también debía valorar a quien lo inició. Luicen también merecía ser salvado.
—Lo único que este cuerpo moribundo desea… es una sola cosa. Dios mío. Si de verdad vas a obrar un milagro en mi honor, si vas a elogiarme de algún modo… entonces, por favor, concédele una oportunidad… a él.
Fue en medio de esa súplica, repetida una y otra vez con profunda devoción.
Una voz sagrada y serena resonó desde el vacío. Aquella voz sonaba como la de una madre cuya memoria ya había olvidado, o como la del sacerdote que le enseñó a leer cuando era niño. El aire a su alrededor vibró tenuemente, y sin embargo, la voz se posó con suavidad en su oído.
[—Si así lo deseas, perderás todo lo que has construido.]
Dios respondió a su oración. Carlton se quedó completamente atónito.
[—Puede que nada cambie.]
[—Podría terminar aún peor que ahora.]
La advertencia fue clara y severa.
[—Aun así.]
[—Si tu determinación es firme, sin un solo atisbo de arrepentimiento…]
Desde el otro lado del crucifijo, una luz deslumbrante, imposible de creer que viniera del amanecer, brotó del vitral. Cuando aquella luz llenó por completo la estrecha capilla, Carlton sintió como si el suelo y el techo desaparecieran, como si todo su cuerpo quedara envuelto en un resplandor cálido e infinito. La irradiación era tan vasta que, sin darse cuenta, cerró suavemente los ojos.
[—Tu deseo… será concedido.]
Ante esa respuesta, Carlton sonrió. Hasta el último, último instante, no hubo ni una pizca de duda en su corazón.
Y en ese preciso momento, el tiempo comenzó a retroceder…
En el dormitorio de la casa Ducal de Agnes, el alma de Luicen Agnes abrió los ojos.

TRADUCCION:KLYNN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY