Capítulo 134
El conde expulsó a los nobles y convocó a los adoradores de demonios.
—Antes del ritual, llamaremos al Duque Agnes al palacio real.
Los cultistas se sorprendieron. El noveno adorador, quien tenía mayor influencia, saltó de su asiento y protestó.
—¿¿Eh?? ¿¿Al Duque?? ¿Es realmente necesario? Ya tenemos suficientes sacrificios para el ritual. No hace falta involucrarlo a él también.
—Es un asunto decidido.
El conde se mostró inflexible.
—Si lo dejamos suelto, terminará por trabarse en nuestros pies y hacernos caer. Más vale eliminarlo de una vez por todas.
—…He oído que el Duque celebró un banquete. ¿No es esto una reacción a eso? Es una provocación obvia. Si caemos en ella…
—¡Jajajaja!
El conde estalló en carcajadas, aunque sus ojos seguían enrojecidos por la furia.
—¿Entonces sugieres que huya como un cobarde ante la provocación del Duque?
—…No es eso lo que quise decir…
—Le infligiré una tragedia aún mayor al Duque. Haré que se arrepienta de haberme despreciado y desafiado.
—…Pero… El líder del culto nos pidió actuar con prudencia.
—¿Y qué? ¿Abandonaremos el ritual? ¿O acaso te niegas a obedecerme?
Ante la réplica del conde, el cultista apretó los labios. En teoría, el líder del culto estaba por encima del conde, quien solo era un seguidor. Pero en la práctica, el poder real lo tenía el conde. Él había proporcionado dinero, tierras y riquezas a los adoradores de demonios, perseguidos y marginados. Gracias a su patrocinio, el culto había crecido tanto. Ahora, renunciar a eso y volver a vagar por los páramos no era una opción sencilla.
«Además, es un ritual para invocar a un demonio. ¿Cuándo tendremos otra oportunidad como esta?».
Todo estaba listo para realizar el ritual en cuanto llegaran los artefactos sagrados. Una vez más, los cultistas cedieron.
—Entendido.
—Bien. Entonces, hagan como se les ha ordenado.
El conde explicó su plan para atraer a Louisen al palacio real. Aunque sabían que su sed de venganza lo estaba cegando, no podían negarse.
—La venganza está bien, pero no olvide que adorar a Él es lo más importante…—murmuró uno, casi suplicante.
Al final, todo fluiría como el conde deseaba.
—
Antes del amanecer, en la hora más oscura de la noche, un carruaje cruzó sigilosamente la puerta norte de la capital. Aunque el vehículo en sí era común, pintado de negro, una decena de guardias lo rodeaban en formación impecable. Vestían como mercenarios, pero su destreza al montar y su disciplina delataban su verdadera naturaleza: eran caballeros al servicio del conde Dublès. Dentro del carruaje viajaban cultistas con los artefactos sagrados. Su misión era llevarlos sanos y salvos al palacio.
El grupo avanzó rápidamente por calles desiertas, sumergidas en una oscuridad casi absoluta. Pero para ellos, eso no era un problema.
Hasta que una flecha surcó el aire y se clavó cerca del carruaje.
¡HIIIIII!
El relincho de un caballo asustado rompió el silencio. Bloqueando el camino, aparecieron los caballeros sagrados de la Iglesia, con armaduras plateadas.
—Deténganse.
La aparición sorpresa de los paladines causó confusión, pero los hombres del conde pronto se recompusieron. Algunos se agruparon alrededor del carruaje, mientras otros desenvainaron sus espadas y cargaron.
¡CLANG!
El choque de acero resonó en la noche. Simultáneamente, el carruaje aceleró, alejándose con precisión militar. Los caballeros sagrados no se quedaron de brazos cruzados.
—¡Llamen refuerzos! ¡Los demás, persíganlos!
Se dividieron en dos grupos: uno contuvo a los caballeros del conde, mientras el otro persiguió el carruaje.
¡TOK! ¡TOK! ¡TOK!
Los cascos de los caballos retumbaron en el suelo, mezclándose con el sonido metálico de las espadas. Los paladines, más rápidos, pronto alcanzaron el carruaje. En ese momento, la puerta se abrió, y un cultista extendió el brazo. De su manga surgieron serpientes negras que se lanzaron contra los perseguidores.
Los caballeros sagrados, ya prevenidos, esquivaron el ataque. Pero sus monturas, asustadas, redujeron la velocidad, permitiendo que el carruaje escapara nuevamente.
Sin embargo, los paladines no se rindieron. Según la información del inquisidor, ese carruaje transportaba artefactos cruciales para el ritual. Debían detenerlo a toda costa.
Pero entonces, apareció él.
Un caballero de la muerte, montado en un corcel negro, bloqueó su camino.
—Grgh… No lo creí hasta verlo. Realmente existe un monstruo así.
Ese ser había estado interfiriendo con sus patrullas nocturnas, protegiendo a los cultistas y sus criaturas. Los paladines, aunque sorprendidos, desenvainaron sus armas.
—¡Es solo uno! ¡Podemos con él!
El caballero de la muerte era abrumador. Contuvo y derribó a varios paladines con facilidad. Estos se prepararon para lo peor, pero entonces llegaron refuerzos: el inquisidor Morrison, acompañado por cinco caballeros más.
—¿Dónde está el artefacto sagrado?
—Se nos escapó.
—Yo me encargaré de este. ¡Vayan tras el carruaje!
Morrison blandió su maza y atacó. El caballero de la muerte bloqueó el golpe, pero inexplicablemente cedió terreno, permitiendo que los otros paladines pasaran. Solo quedaron él y Morrison en el camino.
En la oscuridad, el inquisidor parecía estar solo.
—¿Me estás subestimando?—preguntó Morrison.
—No eres un monstruo común, ¿verdad? ¿Recuerdas tu vida pasada? Nos conocimos, junto al Duque.
[…]
—¿Tu nombre era Ruger?
[…Aunque me captures, no servirá de nada. Los artefactos ya habrán llegado al palacio.]
—…Ya veo.
El carruaje había desaparecido. Una vez dentro del palacio, ni los caballeros sagrados podrían perseguirlo.
Pero Morrison tenía otro objetivo. Desde hace tiempo, quería hablar con el caballero de la muerte. Había algo distinto en él.
—Es fascinante que podamos conversar. Como en las leyendas: conservas tu razón y memoria… Aún queda un alma humana en ti.
[…]
—Entonces, ¿por qué rechazas la voluntad divina y sigues a estos herejes?
—Soy un caballero. Solo sirvo a mi señor.
—¿Incluso en este estado?
[…]
El caballero de la muerte respondió con acciones. Su espada hendió el suelo frente a Morrison, mostrando su ira.
—Estoy maldito.
—Una maldición que no te permite descansar. ¿No quieres liberarte?
—Fui maldito por romper mi juramento como caballero. Por eso…
—No. Hay muchos traidores en el mundo, pero no todos acaban como tú. Estás maldito porque rechazaste a Dios y pactaste con herejes.
[…]
Esta vez, el caballero no respondió. No por ignorar, sino porque la afirmación lo había tocado.
—Arrepiéntete. Lamenta tus pecados y deja que tu alma se purifique ante Él.
—No… no puedo traicionar de nuevo.
—Los juramentos humanos no tienen sentido. Solo la voluntad divina es absoluta.
El corcel negro piafó inquieto. El caballero de la muerte titubeó.
—Si sigues Su voluntad, la maldición se romperá. Su luz te iluminará. Nuestro Dios es misericordioso y bondadoso…
—Yo…
El caballero miró a Morrison, como si quisiera decir algo. Pero de pronto, volvió la cabeza hacia el palacio.
—Ah… Mi señor me llama.
—Ignóralo. Estoy transmitiéndote las enseñanzas divinas.
—Debo irme.
Su figura se volvió inestable, como niebla.
—No… puedo negarme.
¿Acaso no podía resistir las órdenes de los cultistas? Morrison sintió que esta era su última oportunidad para convencerlo. Si fallaba, la próxima vez no habría piedad.
—Puedes resistir. Recuerda tu muerte. Si tu deseo era tan fuerte como para romper tu juramento, entonces…
Antes de que terminara, el caballero de la muerte desapareció. Morrison se quedó solo en el camino.
Un instante antes de irse, sus ojos se encontraron. Dentro del yelmo vacío, Morrison creyó ver el rostro de Ruger.
«Así que aún guardabas lealtad al Duque…».
La próxima vez que se enfrentaran, sabría qué decisión había tomado. Aunque, al haber respondido al llamado de los cultistas, las esperanzas eran escasas. Pero al menos, por un momento, había visto su alma.
El amor es, en verdad, sublime.
Las palabras de las escrituras se confirmaban una vez más. Morrison hizo la señal de la cruz.
Robin: la verdad si me duele Ruger
***
Días después del banquete, un mensajero real llegó a la residencia capitalina del Duque Agnes.

TRADUCCION:ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY