Capítulo 104
Cuando los adoradores del demonio se fueron, la batalla que se libraba fuera de la mansión también llegó a su fin. Los demonios, que hasta ese momento atacaban ferozmente, dejaron de moverse con rapidez y comenzaron a deambular sin rumbo, como si fueran marionetas cuyas cuerdas se hubieran cortado.
Los soldados, sorprendidos por el repentino cambio, pronto siguieron las órdenes del gran señor del este y comenzaron a empujar a los demonios hacia un lado. Los demonios se dejaban llevar sin oponer resistencia.
El gran señor del este solo observaba la escena. Aunque su rostro parecía tranquilo, por dentro estaba profundamente sorprendido.
—El Duque Agnes tenía razón.
Antes de salir del salón del banquete, Luicen le había insistido al gran señor del este que no intentara atacar, ya que no tendría efecto sobre la horda de monstruos. En su lugar, debían concentrarse en la defensa y esperar a que el enemigo se retirara por sí solo.
Cuando finalmente salieron de la mansión, el ímpetu de la horda de monstruos era tan feroz que dudó, pero siguió el consejo de Luicen. Y todo salió como él predijo. Gracias a eso, las bajas fueron mínimas a pesar del ataque de los enemigos.
—Nunca pensé que llegaría el día en que estaría agradecido por haber seguido las palabras del Duque Agnes.
Al parecer era cierto aquel dicho que decia: “Mientras más vives, más cosas puedes llegar a ver.”
A medida que el sol salía, los horrores de la noche anterior se hacían más evidentes y el paisaje era aún más espantoso de lo que habían imaginado. Sintió la certeza casi absoluta de que, si hubieran cometido un error, podrían haber sido masacrados. Aún en ese momento un aura maligna permanecía en todas partes.
El gran señor del este rápidamente dedujo quién había sido el responsable del ataque. No necesitó que Luicen se lo explicara; la sabiduría de un anciano le permitió darse cuenta de la verdad.
—¿Eran los herejes del reino tan poderosos? Parece que el Duque Agnes tiene una larga historia con ellos.
Había oído que los llamaban adoradores del demonio. Solo el nombre sonaba blasfemo, como si estuvieran desafiando a dios.
También dedujo que los adoradores del demonio habían estado tejiendo una gran conspiración que lo involucraba a él, a Luicen y a otros nobles. Eran meticulosos y conocían bien las costumbres de la nobleza.
Todos habían sentido algo extraño con el barón Bothton, pero por diversas razones lo habían ignorado. El gran señor del este quería impresionar a la gente, los nobles temían contrariarlo, y así sucesivamente. Por eso, hasta que la niebla roja llenó el salón del banquete, nadie se dio cuenta de que habían caído en una trampa.
—Dividían a los nobles en dos grupos. Unos vivirían, otros morirían.
Era evidente que los adoradores del demonio manipulaban la muerte para crear un caos aún mayor. Si hubieran tenido éxito, incluso el gran señor del este habría enfrentado una crisis insuperable.
El gran señor del este, con un escalofrío, hizo instintivamente la señal de la cruz.
—Si no hubiera sido por el Duque Agnes, ¿qué habría pasado?
No era una coincidencia que Luicen, disfrazado de peregrino, hubiera resuelto tantos problemas y ganado fama. Había estado luchando contra los adoradores del demonio, protegiendo al mundo de las garras de la oscuridad.
El gran señor del este, recordando a Luicen limpiando el desastre en el salón del banquete, se sintió profundamente conmovido.
«En realidad, el Duque Agnes podría haber escapado fácilmente si hubiera querido, ya que sabía del ataque antes que los demás. Pero en lugar de eso, se arriesgó para salvar a los que quedaban en la mansión. ¡Qué actitud tan noble y sacrificada!
Además, en un instante, evaluó la fuerza del enemigo y la suya propia, y trazó un plan para contraatacar. Es tanto inteligente como audaz y frío, lo que lo hace aún más impresionante.»
Pensando en eso, el gran señor del este no tuvo más remedio que admitirlo: Luicen ya no era el joven débil que conocía. Ya no era un niño al que debía guiar. Era un adulto capaz de forjar su propio camino, un líder que podía guiar a otros.
—Ahora debo tratarlo como se merece. Y también a Carlton.
Hasta ahora, el gran señor del este había visto a Carlton como un bribón que solo confiaba en su habilidad con la espada y el favor del primer príncipe. Pero resultó que había estado luchando valientemente contra los adoradores del demonio. Era un guerrero valiente que había estado al frente de esta guerra secreta, ayudando a Luicen.
El gran señor del este se sintió avergonzado de haber ignorado a alguien que seguía la voluntad de dios, basándose solo en rumores.
El intenso sol parecía reprocharle su estupidez, y su corazón se sintió cada vez más pesado.
Aunque ya había ordenado a sus sirvientes que trataran a Carlton con el mayor respeto, sentía que no era suficiente. Llamó a sus sirvientes nuevamente y les dijo que prepararan un regalo especial para Carlton.
—Es un siervo de dios, merece un trato especial.
Y, como un fiel servidor de dios, juró bajo el ardiente sol que haría todo lo posible para apoyar la eliminación de los adoradores del demonio.
Sin que Luicen y Carlton lo supieran, habían ganado un poderoso aliado en el gran señor del este.
***
En la habitación de invitados de la mansión
Luicen caminaba de un lado a otro frente a la ventana, observando a los soldados del gran señor del este limpiando los alrededores de la mansión.
—¿Debería bajar y ayudar?
Le habían dicho que descansara después de la noche de lucha, pero aunque se había lavado y acostado, no podía dormir. Sentía que sería mejor salir y hacer algo útil en lugar de pasear sin rumbo por la habitación.
Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la muerte de Ruger. La imagen de su cuerpo caído, manchado de negro, levantándose y moviéndose de nuevo, lo estremecía una y otra vez.
La armadura negra, la espada negra, los ojos brillantes dentro del yelmo, el aura de muerte que lo rodeaba… era exactamente igual al Caballero de la Muerte que había visto antes de su regresión.
—Pensé que todo era una ilusión.
El peregrino manco también le había dicho que todo era falso. Que cuando las personas sufren demasiado, a veces ven alucinaciones y como el Caballero de la Muerte desapareció justo cuando conoció al peregrino, Luicen creyó que había encontrado paz gracias a él.
Pero ahora que sabía que el Caballero de la Muerte era real, comenzó a dudar. ¿Había encontrado paz porque el peregrino eliminó al Caballero de la Muerte, o había sido al revés?
—En cualquier caso, el hecho de que él me ayudó no cambia.
Incluso si el peregrino tenía otras intenciones, para Luicen, que estaba al borde de la muerte, fue su única salvación. No quería dudar de eso.
—El Caballero de la Muerte comenzó a aparecer después de que me expulsaran de la casa del conde Dublés, antes de dejar el sur.
Antes de su regresión, Ruger había muerto y se había convertido en el Caballero de la Muerte. Según lo que habían dicho los adoradores del demonio, parecía que había ciertas condiciones para que el Caballero de la Muerte naciera. ¿Significaba eso que había ocurrido una situación similar a la de la noche anterior?
De repente, Luicen recordó el momento en que fue expulsado de la casa del Conde Dublés antes de su regresión.
Luicen había llegado a la mansión del Conde Dublés después de cruzar el bosque solo. Después de reunirse con el Conde, lo encerraron en un almacén. Un caballero lo sacó de allí y lo expulsó a la fuerza, amenazando con matarlo si volvía a pisar el sur.
Luicen, aterrorizado, huyó sin mirar atrás. Siempre pensó que el Conde Dublés lo había expulsado, pero ahora que lo pensaba, no tenía sentido que lo dejarán ir tan fácilmente si todo era parte del plan de Ruger y los adoradores del demonio.
—¿Será que Ruger me ayudó a escapar?
Luicen se rió ante la idea.
—Eso no tiene sentido. ¿Por qué querría ayudarme alguien que quería matarme?
Era absurdo. Ruger no tenía ninguna razón para hacerlo.
En cualquier caso, si el Caballero de la Muerte que vio antes de su regresión era Ruger, entonces Ruger tampoco había vivido mucho.
«Qué tonto. Si vas a traicionar a alguien, al menos vive bien», pensó Luicen, haciendo un gesto de desprecio.
TOC TOC
Sonó un golpe en la puerta.
—¿Quién es?
—Soy yo.
Era Carlton que había venido a verlo.
Carlton, que se había lavado las huellas de la batalla, parecía aún más impresionante. Luicen notó de inmediato que no llevaba su ropa habitual, sino un atuendo de buena calidad, similar al de él. La tela suave se ajustaba a su musculoso cuerpo, dándole un aspecto aún más imponente. No tenía el aire de un noble, pero irradiaba el carisma de un hombre exitoso.
—Los sirvientes del gran señor del este me lo dieron. De repente, me tratan con tanto respeto, como si hubieran cambiado de actitud de la noche a la mañana.
Carlton se encogió de hombros. Aunque se quejaba, no parecía molesto por el trato especial. En sus manos llevaba dos copas y una botella de vino.
—Pensé que no podrías dormir, así que te traje esto. Nada mejor para calmar los nervios.
Carlton agitó la botella. Luicen soltó una risa. Sabía que el vino era solo una excusa; el hecho de que Carlton hubiera venido a consolarlo lo hacía sentir mejor.

TRADUCCION: MORADITO
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ARIETTY