Capítulo 98
Sera apretó los labios, como intentando contener sus emociones, pero pronto sus ojos se llenaron de lágrimas que hincharon sus pupilas. Lee Rowoon la miró con expresión vacía.
—…Te amo, Lee Lee Rowoon.
La confesión temblorosa de Sera lo dejó paralizado, incapaz incluso de respirar. Como burlándose de sus expectativas arrogantes, ella torció los labios en una sonrisa.
—¿Es esto lo que querías escuchar? ¿Por eso me has torturado?
—…
—Mi origen no es culpa tuya, pero nunca podré perdonar que seas quien me ha hecho daño.
Sera tragó fuerte y se secó las lágrimas con brusquedad. Lee Rowoon seguía mirándola, aturdido. Quería limpiarle el rostro empapado, pero sabía que no tenía derecho.
—Quiero que te arrepientas tanto como dices amarme. Sufrirás tanto como yo he sufrido por una sangre que no elegí.
—Sera… Yo solo…
«Quería amarte.»
Su egoísta verdad se desvaneció en la punta de su lengua. Una quemazón indescriptible le recorrió el cuerpo, y un gemido escapó de sus labios sin que se diera cuenta. Sera extendió la mano hacia él. Al mismo tiempo, algo pequeño y brillante cayó al suelo con un clic. Era el collar que él le había regalado días atrás.
El destello frío del colgante le pareció tan falso como sus propias palabras, y Lee Rowoon lo miró fijamente, aturdido. Mientras, Sera salió de la oficina sin dudarlo.
—…Ja.
Solo, Lee Rowoon repasó en qué momento todo había salido mal.
No servía de excusa decir que era su primera vez sintiendo algo tan intenso. Su deseo de encerrar a Sera para siempre jamás había sido puro.
Pero nunca quiso llegar a esto. En algún momento, lastimarla había dejado de ser algo que pudiera permitirse.
Y ahora pagaba el precio de haberlo entendido demasiado tarde.
Después de quedarse inmóvil como una estatua, Lee Rowoon buscó su teléfono entre los escombros. Sacudiendo los fragmentos de vidrio, llamó al secretario Yoo.
—Sí, vicepresidente.
—Investigue cada movimiento de Pal Seon. Con quién se reunió, adónde fue, incluso qué mierda puso en su asquerosa boca. No omita nada.
Añadió las órdenes con voz plana.
—Y ponga gente siguiendo a Shin Sera por ahora.
—…Entendido.
El usualmente ágil secretario Yoo tardó más de lo normal en responder.
***
Tras enfrentarse a Lee Rowoon, Sera pasó un buen rato atrapada en un estado de agitación antes de recuperar la cordura.
Todo el día sintió miradas curiosas y murmullos a sus espaldas. Apretó los dientes con tanta fuerza que le dolieron las mandíbulas, y apenas logró terminar su trabajo antes de que un agotamiento absoluto la inundara. No tenía fuerzas ni para mover un dedo.
«¿Qué debo hacer ahora?»
De pronto, vio su teléfono, olvidado todo el día. Como esperaba, tenía decenas de llamadas perdidas, desde la señora Song hasta todo tipo de contactos. Mientras pasaba la lista con expresión impasible, sus pupilas temblaron levemente.
—…
Al ver el nombre de Cha Jaeheon, lo primero que sintió fue vergüenza.
Había considerado la posibilidad de que su origen saliera a la luz, e incluso pensó que había hecho bien en cortar con él antes de arrastrarlo a su desgracia…
Pero, por alguna razón, se sintió miserable. ¿Quería estar orgullosa frente a él, sin deberle nada? Con una risa amarga, guardó el teléfono. No quería enfrentar su reacción, fuera cual fuera.
«Primero… debo saber qué piensa el presidente Shin.»
Solo imaginarlo la hizo sentir como si caminara hacia su propia ejecución. Pero necesitaba conocer su postura para decidir su próximo paso.
Últimamente, el presidente Shin había dejado claro que se retiraba de la primera línea. Trabajaba más desde casa, y cuando iba a la oficina, se marchaba temprano. Reemplazaba las reuniones con comunicados escritos siempre que podía.
Pero, afortunadamente, hoy las luces de su oficina aún estaban encendidas.
Como si supiera que ella iría.
Detenida frente a la pesada puerta de madera, Sera contuvo la respiración. Solo quería darse la vuelta, pero no había lugar en este maldito mundo donde pudiera huir.
Al girar el picaporte, el metal crujió y la puerta se abrió suavemente.
El presidente Shin estaba en su escritorio. Recientemente más delgado, hoy irradiaba una energía particularmente áspera. Sus ojos fríos se clavaron en ella.
—…Presidente.
Abrumada por su presencia, la voz de Sera sonó estrangulada. Él lanzó un documento hacia ella con un gesto.
—Esto llegó a mis manos.
Al ver la etiqueta en la portada, el rostro de Sera se endureció como piedra.
Era el informe de paternidad, autenticado por un laboratorio.
«…Esto es el fin.»
Con la sensación de que su última esperanza se esfumaba, cerró los ojos. No necesitaba adivinar sus intenciones: la situación estaba decidida. Al conocer la verdad, no dudaría en tomar las medidas necesarias.
—No sé de dónde sacaron esto.
El presidente Shin suspiró, como si el asunto le resultara trivial.
—Con esta evidencia en mano, parece que había una rata en mi propia casa.
Su calma, como si ya lo hubiera sabido, dejó a Sera atónita.
—¿Acaso… usted ya sabía que no era su hija?
Él asintió sin vacilar.
—No te pareces en nada a mí, y nunca cumpliste mis expectativas.
Sus palabras, brutalmente honestas, hicieron que Sera torciera el rostro. Ahora entendía por qué su actitud hacia ella siempre había sido tan fría. Pero, por otro lado, si lo sospechaba, ¿por qué la había tolerado hasta ahora?
—Si lo pensaba… ¿por qué me permitió quedarme todo este tiempo?
El presidente Shin frunció el ceño, como si buscara la respuesta adecuada, antes de soltar un suspiro cansado.
—Supongo que pospuse tu castigo hasta que ya no pude ignorarlo.
—…
—Después de que recapacitaras, pensé que valía la pena observarte un poco más.
Su respuesta vaga, tan contraria a su personalidad, la confundió aún más. Sin saber cómo reaccionar, Sera fue directa al grano.
—Entonces, ¿qué hará conmigo ahora?
A pesar de su actitud evasiva, el presidente Shin no dudó al responder.
—Soy demasiado viejo para escándalos, así que cubriré esto. Pero con evidencia tan clara, no puedo hacer la vista gorda.
—…
—No eres mi sangre. No puedo tratarte como a una hija.
Su firmeza no dejaba espacio para apelar. Sera cerró la boca. ¿Por qué insinuó esperanza antes, si iba a ser así? Solo quería escupirle su frustración.
—¿Hubo algún momento en que realmente fui su hija?
Él la miró sin pestañear, su silencio más elocuente que cualquier respuesta.
—…Ja.
«¿Qué esperaba?»
Ante su frialdad impenetrable, Sera perdió toda motivación. No quería rogarle más a un hombre que jugaba con sus emociones como un gato con un ratón. Le daba rabia que, sin importar cuánto luchara, solo le esperaba la ruina.
«Quizá sería mejor rendirme ahora. Al menos tendría un final digno de villana.»
—Lo sabía. El único lazo que nos unía era la sangre, y ni siquiera eso era real.
—…
—Me sorprende que alguien como usted me tolerara tanto.
Sera se echó el cabello hacia atrás con una sonrisa amarga. Por primera vez, entendió la soledad de la Sera original de la novela.
Había personas que, incluso dentro de una familia, vagaban en una eterna soledad. Ella, huérfana, y Sera, con una familia falsa, al final siempre habían estado solas.
—Aceptaré cualquier castigo. Gracias… por criarme.
Inclinó la cabeza. Admitir su derrota la dejó extrañamente liviana. No quería pensar en nada. Solo quería rendirse.
—¿Es eso lo que quieres?
—Sí. Desapareceré como usted desee.
Su sumisión hizo que una ira sutil apareciera en el rostro del presidente Shin. La miró fijamente, sus ojos impenetrables, antes de hacer un sonido de disgusto.
—Pensé que habías cambiado, pero sigues igual de débil, rindiéndote fácilmente.
—¿Qué?
—Si fuera tú, dejaría de lado ese orgullo inútil y elegiría la mejor opción. ¿Desaparecer de Seongwon? Parece que tu vida ha sido tan fácil que no sabes lo que es perder. ¿Qué te queda si te quitan Seongwon?
—…
—Por eso nunca llegarás lejos.
Sin entender su ira, Sera lo miró confundida. “¿La mejor opción?’ ¿Qué podía hacer en esta situación desastrosa? Pero él no parecía dispuesto a explicarse, y con un gesto la despidió.
—Puedes irte.
—Presidente…
—¿No oíste lo que dije?
Finalmente, Sera salió de la oficina sin siquiera intentar discutir.
De vuelta en su despacho, repitió las enigmáticas palabras del presidente Shin. ¿Por qué se enfadó si estaba dispuesta a irse? ¿Acaso estaba senil?
—…
Mientras reflexionaba, algo en sus palabras llamó su atención.
{—Si fuera tú, dejaría de lado ese orgullo inútil y elegiría la mejor opción.}
¿Cuál era la mejor opción ahora?
—No puede ser…
Una idea descabellada le hizo acelerar el corazón. No quería aferrarse a falsas esperanzas, pero cuanto más lo pensaba, más parecía que el presidente Shin la estaba instando a no rendirse.
En el pasado, había sentido que él no la odiaba tanto como aparentaba. Pero si estaba decidido a deshacerse de ella, ¿qué podía hacer?
«¿Realmente no hay nada?»
Si él la toleraba, quizá podría ganarse su lugar en Seongwon por mérito propio.
Le daba asco cómo, tras decidir rendirse, ahora se aferraba a un atisbo de esperanza. Pero si solo le esperaba la ruina, al menos debía intentarlo.

TRADUCCION: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: ROBIN