Capítulo 96
Estaba confundido.
«¿No era Odelli…?»
Ella era la única que le provocaba esa sensación. Cada vez que veía a Odelli, se sentía atrapado por una inexplicable familiaridad. Tal vez Odelli era la mujer que siempre había perseguido, pensó. Incluso si la mujer de ojos azules realmente existía, o si todo era solo una ilusión…
Al final, solo Odelli le daba paz y le permitía respirar. Rudville estaba convencido de ello. Tan convencido que nunca lo había dudado… hasta ahora.
Al ver a esta mujer girando lentamente la cabeza contra el atardecer que se desvanecía… no había ninguna prueba, pero, extrañamente, supo al instante.
Era ella.
La mujer que había buscado sin descanso, la que había perseguido sin fin. Un solo aroma fugaz derrumbó todas sus dudas. Todos sus sentidos gritaban en la distancia, exigiendo que no la soltara. Que la dueña de ese aroma que lo destruyó y lo salvó era esta persona.
«¿Así era su aspecto?»
Una mujer de cabello negro. Su melena, suave y larga hasta más allá de la espalda, brillaba como seda. Su piel pálida y su rostro demacrado la hacían parecer frágil, como alguien que había estado enfermo mucho tiempo.
Rudville no recordaba con precisión cómo era la mujer de sus sueños. Por mucho que la persiguiera desesperadamente en ellos, en el momento en que casi la alcanzaba, todo se desvanecía como si se rompiera. Al despertar, era como si todo se hubiera difuminado tras un grueso velo.
Solo dos cosas permanecían claras: unos ojos que brillaban azules… y una cicatriz tenue en la clavícula, como un símbolo divino.
«¿Tendrá… la cicatriz?»
Embriagado por el aroma familiar, Rudville avanzó como hipnotizado. El viento pasó por la ventana abierta. El olor que le cortaba la respiración se adentró profundamente en su nariz. Era un aroma que solo ella podía tener. Uno que nadie más podría replicar…
La mujer sostenía un pequeño muñeco de conejo.
—…
Rudville movió los labios. Pero ningún nombre salió. Por mucho que intentara recordar, ni una sola letra de ese nombre, borrado de su mente, acudía a él.
—…Nombre.
—¿Eh?
—¿Cómo te llamas?
Ella parecía desconcertada. Era comprensible: un hombre enorme, nada menos que el Gran Duque de Exion, apareciendo de repente para preguntarle su nombre. Pero, aunque confundida, no parecía asustada. Más bien, estaba tensa pero… curiosamente, su mirada reflejaba una intriga hacia él.
—Ah, me llamo Adela.
Adela…
Rudville repitió el nombre varias veces, saboreándolo en su lengua. El nombre no le provocaba ninguna emoción especial. Solo le recordaba vagamente a Odelli. Pero ese pensamiento duró poco.
Todo en ella le gritaba la misma cosa, una y otra vez:
«Es ella.»
Como si alguien le susurrara al oído, hipnotizándolo. Rudville no pudo evitar aferrarse a Adela. Nunca antes había sentido una certeza tan abrumadora.
«¿No se suponía que era una mujer que no podía existir?»
Alguien con quien, por tiempo y espacio, no debería tener conexión alguna… y sin embargo, ahí estaba.
Fue entonces cuando…
—Saludos, Su Alteza el Gran Duque.
La mujer inclinó rápidamente la cabeza y juntó las manos en un gesto de respeto. ¿Era la primera vez que se encontraba con alguien de tan alto rango? Sus pequeños hombros temblaban, como si ni siquiera estuviera segura de cuál era el protocolo correcto.
Torpemente, se inclinó, luego levantó la cabeza y volvió a bajarla. Su expresión, llena de nerviosismo, despertaba instintos protectores en quien la viera.
—Su Alteza, no sé si es apropiado que alguien como yo diga esto…
La mujer, mordisqueando sus labios, finalmente reunió el coraje para hablar con voz temblorosa:
—¿Nos… hemos visto antes?
—…
—Ah… Perdóneme. Fue una pregunta extraña.
Bajó la mirada y apretó las manos con fuerza.
—Es que… yo no tengo memoria de antes…
—…
—Pero cuando la vi, sentí algo extraño… Mi corazón latió fuerte y me invadió la nostalgia…
—¿No tienes memoria?
La mirada de Rudville escudriñó a Adela de arriba abajo. Su cabello negro se meció suavemente con el viento. Piel blanca y unos ojos azules que brillaban como si atrapasen la luz.
Esos ojos lo miraron directamente.
En ese instante, fue como si un balde de agua helada lo despertara.
«¿Qué… demonios…?»
Frunció el ceño e intentó retroceder.
«…¿Una trampa?»
Pero entonces, el aroma volvió a llegar. Dulce, embriagador, tan suave que paralizaba la razón…
En ese momento, toda duda desapareció. Era como si hubiera esperado este encuentro toda su vida. Su corazón latió con fuerza, casi dolorosamente.
Adela. El nombre de la mujer que había estado buscando.
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Un niño bostezó. El cansancio y la tensión acumulada se hacían evidentes en los rostros somnolientos alrededor.
Odelli miró por la ventana y vio el cielo teñirse de rojo.
«Quizá deberíamos regresar por hoy.»
Los suministros en el carruaje casi se habían agotado, y los socorristas estaban terminando de organizar lo último. Odelli repartió los regalos que había traído para los niños y los dejó al cuidado de los voluntarios.
«¿Eh? ¿Dónde está Rudville?»
La persistente mirada que sentía en la nuca había desaparecido en algún momento. El hombre que había estado apoyado en la pared, observándola, ya no estaba.
«Rudville… ¿acaso alguna vez se ha ido sin decir nada?»
Pensándolo bien, no. Al contrario, siempre rondaba a su alrededor, casi obsesivamente, preguntándole adónde iba, siguiéndola con la mirada. Que desapareciera así, sin avisar…
Le preocupó que algo hubiera pasado.
—¿El Gran Duque?
—Lo vi salir apurado del comedor hace un momento.
El socorrista sugirió que quizá aún estaba en el pasillo y se ofreció a buscarlo con ella.
—….
Al salir del cálido comedor, el aire frío del pasillo la envolvió. Sus pasos resonaron en el silencio.
«No será nada. Quizá solo fue a ver otro lugar.»
Pero, por alguna razón, una inquietud inexplicable comenzó a apretarle el pecho. Mientras caminaba por el pasillo, se detuvo de repente.
Al final del corredor, junto a la ventana bañada por la luz del atardecer, vio la figura de un hombre de espaldas.
Era Rudville.
Y… frente a él, había una mujer.
Una mujer hermosa, vestida con un abrigo blanco, su cabello negro cayendo suavemente más allá de los hombros. Cuando la mujer levantó ligeramente la cabeza para mirar a Rudville, el color de sus ojos se hizo visible.
Eran azules.
«Ah, ¿será esa chica a quien los niños llamaban “hermana”…?»
¿La que decían que se parecía a ella?
Mientras pensaba distraídamente en eso… vio la expresión de Rudville.
Una mezcla de vacilación, alivio y un apego profundamente extraño.
Por alguna razón, el anillo de matrimonio en su dedo pareció perder su brillo en ese momento.

RAW HUNTER: ANNA FA
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
REVISION: ANNAD