Capítulo 92
¿Estaré soñando?
Eso se preguntó de forma vaga Chrissy. No era para menos, pues nada de lo que veía parecía real. La escena ante sus ojos, no, aquel hombre, era imposible que pudiera estar allí, en ese lugar, con ese aspecto.
Su pelo albino, siempre impecablemente peinado sin un solo cabello fuera de sitio, caía sobre su frente, rozando sus cejas oscuras. Sus ojos violeta, que solían mirar a los demás con desdén, parecían más oscuros de lo normal y se agitaban de forma violenta, mientras sus amplios hombros subían y bajaban con movimientos convulsos. La corbata torcida, la camisa blanca arrugada, incluso los botones de la chaqueta del traje estaban desabrochados, dejando su pecho al descubierto mientras jadeaba intensamente. Como si acabara de correr una larga distancia. Aunque eso era imposible.
«Aquel hombre no es Nathaniel Miller».
Chrissy lo pensó vagamente.
«Debo estar teniendo una alucinación. ¿Por qué iba a estar mirándome así, hecho un desastre, en lugar de ser su yo perfecto de siempre?».
Incapaz de aceptarlo, por eso mismo Chrissy decidió que aquello no podía ser real.
«Aquel hombre, ese Nathaniel Miller, no podría aparecer en semejante estado. Sí, es una imaginación absurda. Una alucinación desesperada que mi mente, deseando negar la realidad, ha creado».
«…Pero entonces, ¿por qué me mira con ese rostro tan pálido?».
Un hombre que había seguido a Nathaniel, quien permanecía inmóvil como una estatua, dijo algo. Él reaccionó unos segundos después. Nathaniel lo miró lentamente. Chrissy, y todos los presentes, pensaron que iba a decir algo. Pero se equivocaron por completo.
—…¡!
Casi al mismo tiempo que alguien contenía la respiración bruscamente, Nathaniel agitó el bastón que sostenía en una mano y golpeó con él la cabeza del hombre. Chrissy, con los ojos muy abiertos, se quedó mirando pasmada las gotas de sangre roja que salpicaban y formaban espuma. Los hombres, sorprendidos por la caída de su compañero, vacilaron, pero aquello no fue el final. Sin dudarlo, Nathaniel continuó apaleando al hombre en el suelo. Cada vez que el bastón golpeaba su cuerpo, el hombre escupía sangre y gritaba. Los otros, aturdidos por la repentina violencia, se quedaron paralizados sin saber qué hacer hasta que, demasiado tarde, empezaron a protestar y gritar desde distintos puntos.
—¡Señor Miller! ¿Q-qué está haciendo?
—¿Por qué hace esto? ¿Qué ocurre?
—¡Basta! Maldición, ¡déjelo ya!
—¿Qué le pasa? ¡Viene de repente y se pone a hacer esto! ¡Está loco…!
Gritos e insultos estallaban por todas partes. Chrissy, aún sentado en el suelo, solo podía observar cómo los hombres que se abalanzaban sobre Nathaniel caían sin fuerza. Cada vez que uno de ellos era derribado por el bastón, el sonido sordo y los gritos le parecían llegar desde un lugar lejano, distante. La sangre salpicaba en el aire y los cuerpos grandes caían inermes. Los guardias de seguridad de la mansión entraron corriendo con urgencia, y al ver a uno de ellos recibir un golpe en la cabeza con el bastón y desplomarse, Chrissy perdió finalmente la conciencia.
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—¿Qué demonios ha pasado?
Un hombre de mediana edad con canas dispersas alzó la voz, furioso. Al otro lado de la mesa de bar, Nathaniel, sin decir palabra, sacó una botella de whisky, frunció ligeramente el ceño al ver que quedaba poco y sirvió silenciosamente la bebida en un vaso. El hombre, aún más irritado por su actitud, espetó con rudeza.
—¡No puede irrumpir así por su cuenta! ¡Debía haberme avisado! ¿Sabe el lío que ha armado? ¡Maldita sea, y encima se pone a beber!
Finalmente, el hombre soltó un improperio a gritos. Nathaniel, que había bebido el whisky a sorbos lentos, dejó el vaso vacío sobre la mesa. Su rostro seguía impasible como siempre, pero el hombre vio claramente un leve frunce en su entrecejo. Bajo la mirada desafiante del hombre, que parecía exigir una explicación, Nathaniel suspiró brevemente y por fin habló.
—Usted dijo que era necesario para salvar a los niños.
—Ja.
El hombre soltó un suspiro de exasperación y entonces, con los ojos desorbitados, apretó los dientes.
—Nathaniel Miller, la razón por la que pensé que eras el hombre adecuado para esto es porque eres un ser frío sin una gota de sangre o lágrimas.
Continuó hablando sin piedad.
—A ti no te importa si alguien muere, ni pestañeas. Si ves a una niña vendiendo cerillas, pensarías en cómo quitárselas sin dar nada a cambio, nunca se te ocurriría comprarlas para ayudarla. ¿Y ahora me dices que te metiste por lástima hacia unos niños? ¿Crees que voy a tragarme esa patraña? ¿Eh?
El hombre, al borde del estallido, tenía el rostro enrojecido por la furia. Nathaniel era quien había bebido, pero era el otro quien parecía abrumado y con la cara colorada.
«Qué irónico», pensó Nathaniel para sus adentros, observando con expresión aburrida al hombre que se paseaba de un lado a otro como un oso enjaulado.
—¿Recuperaste al niño que fue a la comisaría?
Ante la pregunta hecha con indiferencia, el hombre detuvo su marcha y respondió bruscamente.
—Ah, ese niño, Scott. Por supuesto. Ahora está bajo protección con los demás. Vaya, qué abogado tan compasivo, preocupándose así por los niños.
Sus palabras estaban cargadas de sarcasmo, pero Nathaniel, mostrando desinterés, preguntó otra cosa.
—Entonces, ¿esos niños volverán a sus casas?
«Este tipo…».
El hombre miró con frustración el rostro imperturbable de Nathaniel, que seguía hablando de otra cosa, pero no tuvo más remedio que responder.
—Aún no podemos devolverlos. No hemos descubierto quién es “El Niño de la Luna”.
Ante eso, Nathaniel murmuró como para sí.
—Vaya. El fiscal se decepcionará.
El hombre frunció el rostro, confundido, pero Nathaniel, ignorándolo, sirvió más whisky en su vaso vacío y preguntó.
—¿Así que es incierto cuándo podrán los niños volver a casa?
—No hay otra opción, las cosas han llegado a este punto.
El hombre volvió a poner los ojos en blanco con hostilidad y apretó los dientes. Como si la ira lo consumiera, se mesó el pelo con ambas manos y maldijo.
—Por eso debiste esperar… ¡Maldición! Estábamos tan cerca… ¿Sabe cuántos años hemos desperdiciado? Si fracasamos aquí, todo habrá sido en vano. ¡Tendremos que empezar desde cero!
El hombre, sin poder contener su frustración, resolló y abrió y cerró los puños.
—Escúcheme bien, esto es un error colosal. Si no lo remediamos, todos nuestros esfuerzos habrán sido inútiles. Usted también tendrá que asumir su parte de responsabilidad.
—Vaya, qué aterrador.
Nathaniel esbozó una leve sonrisa y alzó su vaso como en un brindis.
—Que la gracia de Dios nos acompañe.
—Ja.
El hombre soltó un resoplido de incredulidad. Finalmente, como si se hubiera rendido, observó en silencio a Nathaniel beber, y habló con un tono más calmado.
—¿Y qué piensa hacer ahora?
Nathaniel dejó el vaso medio lleno y lo miró fijamente.
—Vaya, planificar es cosa suya. Yo solo sigo órdenes.
Aunque su tono era tan despreocupado como siempre, el hombre puso cara seria y lo miró con firmeza.
—No sea cínico. Este desastre es culpa suya.
En resumen, le estaba exigiendo que asumiera la responsabilidad. Por supuesto, Nathaniel no había actuado sin pensar. Como el hombre decía, había procedido a pesar de prever la situación actual.
—Necesito un poco de tiempo.
Nathaniel habló con su habitual lentitud.
—Lo arreglaré. Solo necesito tiempo, así que tenga paciencia.
Su tono tranquilo sonaba tan ordinario que transmitía una confianza absurda.
«¿De verdad?». Aunque el hombre lo dudaba, ya sabía que su actitud empezaba a ceder. También estaba esa fe infundada: «Nathaniel Miller no habría hecho algo tan temerario sin tener un plan, seguro que ya calculó las consecuencias».
—…De acuerdo.
El hombre carraspeó y habló con falsa severidad.
—Las familias los esperan, no podemos retener a los niños indefinidamente. Contácteme en cuanto averigüe algo. Y no vuelva a actuar por su cuenta como esta vez, sería grave.
El hombre, pensando que había dado su ultimátum y se iría, dio media vuelta pero se detuvo. Con el ceño fruncido, añadió.
—Límpiese la sangre. Da mala imagen.
Por supuesto, no era la sangre de Nathaniel. Dejando atrás al hombre, que esbozaba una leve sonrisa mientras llevaba el vaso a los labios sin decir palabra, el otro salió refunfuñando.

TRADUCCION: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN TU PATRONA