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Capítulo 9

En ese momento, de repente, una luz intensa se encendió ante mis ojos.

¡COF, COF!  

El oxígeno entró de golpe y empecé a toser violentamente. Igual que cuando me había estrangulado, Nathaniel soltó su mano de repente. Me dejé caer resbalando hasta el suelo. Mientras yo inhalaba con desesperación el aire cargado de humo, él seguía de pie imponente frente a mí. No me prestaba atención, aunque yo me retorcía, con lágrimas y saliva escurriéndose mientras respiraba con dificultad.

Mi mente estaba en blanco, seca, incapaz de hilar pensamientos. Solo podía aspirar oxígeno con ansiedad. Jamás había puesto tanto empeño en vivir como en ese instante.

—…Que… …haga… …esto…

Hasta entonces parecía que sólo el oído se había mantenido activo, pero ahora todos mis nervios, excepto la audición, estallaban en un clamor doloroso como un relámpago. Mis músculos gritaban tarde y de golpe. Cada respiración despertaba de forma punzante hasta los rincones más extremos de mi cuerpo. Además, un ojo me ardía tanto que ni siquiera podía abrirlo.

—Ugh… —solté un gemido entre los dientes abiertos. Con una visión turbia, apenas lograba distinguir varias sombras de pie junto a Nathaniel.

«Alguien había llegado.»

Ese pensamiento me cruzó vagamente. Yo, desplomado contra el Jaguar, jadeaba sin fuerza mientras mis sentidos regresaban muy lentamente, paso a paso. Solo parpadeaba, y el oído, con un compás más lento que los demás, volvió a ocupar su lugar en mi interior. Más que nada, lo que recuperaba era la función del cerebro de procesar los ruidos que entraban por mis oídos.

—…Entonces la limpieza la haremos nosotros.

Era la voz de una mujer. Comprendí que entre las personas de traje negro que estaban de pie había una mujer. Nathaniel se movió. Me pareció que me lanzó una mirada de soslayo. O quizá ni siquiera eso. Para él yo no era más que menos que una lata vacía tirada en el suelo. Su desprecio explícito me hizo sentir todavía más miserable. Después de que subió a otro coche y desapareció, la mujer que había hablado se volvió hacia mí.

—¿Cómo se siente? ¿Puede levantarse?

Me preguntó con cortesía, ofreciéndome la mano. De ella no emanaba ningún aroma. 

«¿Será una Beta?», pensé, mientras intentaba incorporarme sin su ayuda.

—¡Tenga cuidado!

Al verme tambalear, ella gritó con voz afilada. Yo apenas logré sostenerme apoyado en el coche para equilibrar mi cuerpo. Aunque creía tener suficiente oxígeno, mi cabeza seguía palpitando con un zumbido. El ardor en mi ojo tampoco cedía. Permanecí un momento allí, cubriéndome un ojo y regulando la respiración. Entonces, ella habló de nuevo.

—Me llamo Alice Martin. Soy asistente personal y guardaespaldas del señor Miller.

—…Soy Chrissy Jin.

Con la voz ronca tras una breve tos, apenas logré presentarme.

—Me alegra que esté a salvo —añadió ella con una sonrisa profesional.

Sin querer, la miré con incredulidad. «Seguramente había visto cómo me estrangulaban, ¿y aun así podía decir algo así?» Como si hubiera notado lo que pensaba, Alice continuó en el mismo tono neutro.

—No terminó con huesos rotos ni quedó lisiado, ¿verdad? Tuvo mucha suerte. Si no hubiéramos llegado justo a tiempo, ahora mismo… —sacudió la cabeza, como si no quisiera imaginarlo.

«Yo tampoco.»

 Alice retomó con sencillez.

—Del accidente se encargarán después. ¿Ya ha llamado a su aseguradora?

Saqué el teléfono en silencio. Los dedos me temblaban tanto que marqué varias veces un número equivocado y tuve que colgar de prisa. Finalmente logré comunicarme y, tras intercambiar unas palabras, me asignaron un encargado. Cuando terminé la llamada, Alice, que había estado esperando, habló de nuevo.

—Voy a retirarme, ¿quiere que lo lleve a su casa?

Su mirada se dirigió de manera significativa hacia el coche accidentado detrás de mí. Ante esa mirada descarada dudé por un momento. En este maldito país el servicio de aseguranza era un desastre; en estos casos, la espera podía ser interminable. Yo, por mi parte, no estaba en condiciones de conducir ni de tomar un taxi. 

«¿Y si simplemente abandonaba mi chatarra?» Sentí una tentación enorme mientras miraba mi coche hecho trizas.

Pero en situaciones así es cuando más debía mantener la cabeza fría. ¿Cómo podía confiar en los empleados de ese hombre y marcharme con ellos? Decliné con cortesía.

—No, está bien. Gracias.

Sería un problema si llegaran a reclamarme una indemnización absurda.

Conociéndolo, era capaz. El recuerdo de su mano apretando sin dudar mi cuello me hizo estremecer de golpe. Me encogí instintivamente, y enseguida me molestó tanto mi reacción que aflojé los hombros con fastidio. Aun así, mi cuerpo estaba tan rígido que solo crujió torpemente sin obedecerme.

Podría haber sonreído y arreglarlo con un acuerdo superficial. Eso era lo que solía hacer. ¿Por qué había dejado salir mis verdaderos sentimientos sin filtro?

Quizá porque después de ver a mi padre adoptivo, mis nervios seguían a flor de piel. Y también las feromonas de ese hombre habían influido.

Saqué un cigarrillo del bolsillo y lo mordí entre los labios. De pronto, ella me ofreció un encendedor.

—Gracias.

Tras un breve saludo encendí el cigarrillo, y Alice también se llevó uno a la boca.

Durante un rato permanecimos fumando en silencio. Ya pasada la medianoche, la calle estaba en calma. En medio de ese silencio, me preguntaba por qué ella aún no se marchaba.

–Ah.

Quizá por todo lo ocurrido mis sentidos estaban embotados. Bajé la mirada de reojo y me crucé con los ojos de Alice, que me estaba observando. En ese instante comprendí de golpe tanto la razón por la que había insistido en llevarme como el motivo de que siguiera allí conmigo.

—Lo siento, soy gay.

Me disculpé con una sonrisa conciliadora. Ella, que acababa de inhalar el humo del cigarrillo, se atragantó y empezó a toser violentamente. Esperé a que se repusiera antes de añadir:

—Si me equivoco, pido disculpas.

Alice, aún recobrando el aliento, me miró. Su expresión fue suficiente para darme cuenta de que no era un error. La decepción se reflejaba en su rostro, y yo no pude más que esbozar una sonrisa amarga.

—Me preocupaba si era Alfa u Omega, nunca pensé que fuera gay —murmuró como para sí misma. 

Soltando un suspiro. Yo corregí:

—Soy Beta.

Ella me miró con incredulidad. Entre incómodo y apenado, añadí:

—No percibió ningún aroma de feromonas, ¿verdad?

Ante mi pregunta, respondió sin titubeos:

—Ah, es que yo soy Gamma.

Por fin lo entendí, aunque no dejaba de sorprenderme. Era la primera vez que me encontraba con un Gamma. Entre los cuatro tipos Alfa, Beta, Omega y Gamma, el Gamma era el más raro y también el menos numeroso, por lo que la información disponible sobre ellos era mínima; incluso en la educación formal, lo poco que se enseñaba era lo más básico.

El Gamma era el único de los cuatro tipos incapaz de percibir feromonas. Por lo tanto, no se veía afectado por ninguna de ellas.



TRADUCCION: ROBIN
CORRECCIÓN: ROBIN
RAWS: KLYNN TU PATRONA


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