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Capítulo 75

No dejaban de existir aspectos inesperados en la situación. Si Adeline hubiera visto la carta de reflexión, seguramente le habría causado reparo estar con Millen. ¿O acaso el efecto del brebaje era tan poderoso que ni siquiera le permitió cuestionarlo?  

Teniendo en cuenta la cantidad que había vertido en la copa, si Adeline la hubiera bebido por completo, no habría sido sorprendente que para entonces hubiera perdido la razón.  

Con solo rozar su cuerpo ardiendo…  

Lamentablemente, más de la mitad de las suposiciones de Huberg eran erróneas, pero para alguien como él, tan familiarizado con lo obsceno y con la mente medio corrompida, otras posibilidades ni siquiera existían.  

Le disgustaba no haber podido quedarse con Adeline, quien había madurado tanto, y Huberg se relamió los labios con avidez.  

—Si realmente se ha enredado con Millenberg, parece que le he hecho un gran favor a ese bastardo, y la verdad, me molesta.  

Decidió entonces ir personalmente a la mansión para comprobarlo.  

Max respondió con lealtad, pero lejos de agradarle a Huberg, este frunció el ceño con furia y lanzó bruscamente el pisapapeles que descansaba sobre la mesa.  

¡PAC!  

El objeto golpeó la frente de Max y rodó por el suelo.  

—Oye, idiota. ¿Qué pretendes averiguar? ¿Quieres que vayas y les pidas unirte a su abrazo? Deja de hacer tonterías y cállate de una vez.  

—Entendido.  

Cuando Max inclinó sumisamente la cabeza, Huberg chasqueó la lengua y se levantó de su asiento.  

Su intención había sido arrebatarle Adeline a Millen de manera ostensible, por lo que era natural que se sintiera frustrado y molesto al ver su plan fracasar.  

Claro que, en el fondo, el hecho de no haber logrado separarlos no era un problema tan grave.  

—Qué lástima, Adeline. Iba a presentarte un buen negocio, pero has perdido la oportunidad.  

Aunque, por otro lado, Huberg también se habría divertido con el espectáculo y habría aprovechado la ocasión. Si todo hubiera seguido el plan inicial, habría sido beneficioso para ambos.  

El ceño de Huberg se frunció al recordar al hombre que había dado pie a todo aquel plan:  

Un pelirrojo de rasgos masculinos y mirada feroz, heredados de su padre, por ser hijo de la Casa Crawford.  

El Segundo Príncipe, Kaiden Crawford.  

—¿Qué se supone que debo decirle a Su Alteza Kaiden…?  

En ese momento, Kaiden se encontraba inmerso en una lucha por la sucesión al trono contra el Primer Príncipe, Fabián. Gracias a ciertos privilegios otorgados por el Emperador, expandía su poder con astucia.  

Sin embargo, para aumentar su influencia, necesitaba dinero. Sobre todo alguien como Kaiden, quien carecía del respaldo de padres influyentes, por lo que el capital era aún más crucial.  

Por eso utilizaba sus privilegios para manejar negocios. O, más exactamente, ordenaba que otros los manejaran por él.  

La razón era simple:  

La psicología humana es así. Aunque parezcan juzgar solo los resultados, ¿cuántos son realmente indiferentes al proceso? 

Cuando alguien ve a una persona rica, al principio siente envidia o admiración. Pero en el momento en que descubre que ese rico acumula su fortuna de manera despiadada, su percepción cambia sin darse cuenta. Sobre todo entre los nobles, tan preocupados por las apariencias.  

En resumen, las palabras de Kaiden podían condensarse así:  

Justo ahora, en medio de la lucha por la sucesión, si se difunde que manejo negocios, muchos nobles me verán con desdén. Además, Kaiden ya cargaba con el estigma de ser hijo de la emperatriz Meliá.  

Aunque sus declaraciones públicas habían disminuido, entre los de mentalidad cerrada aún se murmuraba sobre los orígenes humildes de su madre.  

—¿Cómo podemos apoyar a un príncipe cuya madre fue una simple sirvienta de palacio, cuando existe un príncipe legítimo nacido de una consorte imperial de alta nobleza?  

—El que se siente en el trono debe ser de linaje impecable. Jamás me inclinaré ante un emperador con sangre plebeya.  

Si en medio de esto surgieran rumores de que Kaiden manejaba negocios, no solo sus detractores, sino incluso un treinta por ciento de sus seguidores, lo abandonarían sin dudarlo.  

Guardar las apariencias es más importante de lo que crees. La gente cree en lo que ve, así que no tengo más opción que confiar en amigos como tú, Huberg, que parecen dignos de confianza.  

Por eso, Kaiden había delegado la gestión de sus negocios en allegados como Huberg, quienes, a cambio de tareas sencillas, obtenían ganancias generosas.  

Los negocios de Su Alteza Kaiden siempre son rentables.  

Gracias a eso, Huberg llevaba una vida disoluta sin preocuparse por el dinero.  

Pero había un problema: la codicia humana no tiene límites.  

El negocio que supervisaba Huberg era la distribución de licores importados. Todas las bebidas alcohólicas que entraban a Crawford pasaban por sus manos antes de llegar al mercado.  

Aunque el dinero fluía sin esfuerzo, también tenía su lado tedioso.  

—¿Hasta cuándo tendré que andar de un club social a otro?  

En todas las reuniones de la nobleza nunca faltaba el vino. Ya fuera en partidas de póker, fiestas o celebraciones informales, el alcohol era indispensable. Y todo convergía en un solo lugar: los clubes sociales.  

Huberg prácticamente vivía en ellos, ocupándose de ventas y distribuciones, pero lo encontraba aburrido y carente de estilo.  

Hacía unos meses, al encontrarse con un grupo de conocidos, escuchó comentarios como:  

—¡Vaya, Huberg! ¿Otro día de vida ociosa, como siempre?  

—Todos envidian cómo derrochas dinero sin trabajar, pasando el tiempo en los clubes.  

Ellos creían que era una broma amistosa.  

Pero si no hubiera sido porque Kaiden apareció en ese momento, seguramente Huberg habría estallado en violencia. Cada vez que lo recordaba, el rencor le hacía rechinar los dientes.  

—¿Dónde se creen estos malditos mocosos que pueden menospreciar a la gente?  

Su temperamento explosivo se debía en parte a su carácter innato, pero también a algo que avivaba su ira: el complejo de inferioridad.  

Durante su infancia, en la residencia del Marqués Bellof, Huberg era constantemente elogiado por Katia, quien celebraba hasta sus logros más insignificantes como si fueran hazañas. En ese entonces, ni siquiera necesitaba prestarle atención a Millen.  

Una madre que lo adulaba y un entorno donde todo se le concedía. Mientras tanto, Millen recibía castigos como penitencia.  

Huberg se veía a sí mismo como superior. Al menos, así era en su mundo. Pero ese mundo comenzó a derrumbarse cuando cumplió doce años.  

—El joven Millenberg obtuvo la calificación perfecta. Se dice que ingresará directamente a la clase de honor en la academia.  

—Pero el joven Huberg suspendió.  



TRADUCCIÓN: ANTO 15
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK


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