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Capítulo 71

Los acontecimientos seguían inclinándose hacia el lado más oscuro.   

Por más que él deseaba que no fuera así, al pisar el pasillo del cuarto piso, vio un resplandor de luz filtrándose desde el extremo del corredor izquierdo. Allí solo había un lugar: el estudio de Katia.

Millen contuvo el corazón, que palpitaba como si estuviera a punto de estallar, y avanzó hacia el estudio.

Hasta ese momento, no había abandonado un ápice de esperanza.

—Podría ser solo una coincidencia. Tal vez Katia había dejado la lámpara encendida al salir, olvidándola allí.

Incluso si Adeline estuviera realmente en el estudio de Katia, ¿no era posible que aún no hubiera descubierto la carta de arrepentimiento?

—Sí, con eso bastaría.

¿Qué demonios habría en la copa de vino que Adeline le había dado, para que su sangre hirviera con un deseo tan antinatural?

No tenía ni la menor curiosidad por saber por qué Adeline, que había salido diciendo que iba a tirar el vino, había terminado subiendo las escaleras hasta el estudio de Katia. A Millen, esas cosas no le importaban en absoluto. No tenían la menor importancia.

—Con tal de que no hubiera encontrado ese repugnante montón de papeles, la declaración de arrepentimiento, habría sido suficiente.

Pero…

En el instante en que se abrió la puerta del estudio, la tenue esperanza de Millen se marchitó.

Como el sol ya se había puesto hacía tiempo, en la habitación solo había una penumbra que las lámparas no lograban iluminar por completo. Aun así, no fue difícil reconocer la silueta de pie frente al escritorio: Adeline, de espaldas a él, mirando algo fijamente. El papel que sostenía en sus manos temblorosas.

En el momento en que lo vio, Millen sintió que algo dentro de él se desprendía bruscamente. ¿Sería la razón lo que había perdido? ¿O el orgullo? ¿O tal vez el miedo a que lo que tanto había temido estuviera ahora a punto de suceder?

Si no era ninguna de las tres, quizás fuera la sensación de vacío al ver que todos sus esfuerzos por ocultarlo durante tanto tiempo habían sido en vano.

Al menos, si Millen estuviera ahora en pleno uso de sus facultades, todas esas suposiciones habrían encajado.

Al escuchar su nombre, Adeline se volvió hacia atrás. Pero Millen sintió pavor en ese instante.

—¿Millen?

La confusión en el rostro sobresaltado de Adeline era evidente. Su mirada era la de alguien que ve a una persona que no debería estar allí; incluso en medio de la fiebre y la confusión mental, Millen sintió que su corazón se desgarraba.

«¿Por qué siempre se materializan los peores escenarios que imagino?

¿Por qué ni siquiera me dan la oportunidad de confesarlo con mis propias palabras?»

—¿Fue por esto? ¿Por eso me hiciste beber ese vino?

La mano de Adeline arrebatándole abruptamente la copa. El sabor del vino, que no había cambiado en absoluto, pese a lo que Adeline había afirmado.

El calor anormalmente intenso que invadía su cuerpo, y la imagen de Adeline leyendo su ‘declaración de arrepentimiento’ en el estudio de Katia…

Todos los indicios apuntaban a una misma conclusión:

Adeline le había dado a propósito un vino sospechoso y luego se había colado en el estudio de Katia con intención oculta.

¿Qué diablos podría querer Adeline en este estudio sin dueño y casi sin señales de uso?

En el momento en que lo rumiaba, una frase de burla mordaz surgió en su mente.

—¿No has oído otros rumores? Los de mi amante…

—Otros rumores, ¿qué?

Ante la estúpida pregunta de Millen, Jack, como si no tuviera intención de responder, torció la comisura de los labios en una sonrisa y contestó:

—En lo de no ser digno de confianza, tú y yo somos iguales.

Lo que realmente le escoció a Millen fueron las palabras que siguieron:

—Con esto, no sé si podrás arrebatárselo, Millenberg.

Quedaba al descubierto que no había ninguna relación entre él y Adeline, así que no hacía falta decir más.

Pero ahora, lo que revoloteaba en la mente de Millen, aturdiéndolo, no eran esas palabras.

{—En lo de no ser digno de confianza, tú y yo somos iguales.}

A primera vista, esa frase parecía contener un dejo de autodesprecio.

Entonces, ¿habría Adeline pasado ese mismo vino a Jack, como lo hizo conmigo, para sonsacarle secretos?

El calor de la traición lo quemaba por dentro. Ahora entendía el verdadero significado de decir que la sangre hierve al revés.

Así que agarró el brazo de Adeline con fuerza, solo para darse cuenta, un segundo tarde, de lo que había hecho.

Pero eso no significaba que fuera a soltarla.

Aunque Millen siempre había tratado a Adeline con sonrisas serenas, ahora su rostro enrojecido y contraído jadeaba con respiración agitada. Lo máximo que podía concederle era no aferrar su brazo con toda su fuerza. Por eso, Adeline también debía corresponder a su consideración.

—Contesta, Renée. ¿Qué estabas haciendo aquí?

La voz áspera hizo que Adeline retrocediera instintivamente un paso.

Pero apenas intentó distanciarse, Millen la atrajo hacia sí, más cerca que antes. Cada intento de Adeline por alejarse le cortaba el alma como una navaja. Y en proporción, los fríos ojos azules de Millen se afilaban con igual ferocidad.

—Hace un momento dijiste que ibas a desechar el vino, ¿por qué estás aquí entonces? ¿Desde cuándo el comedor de nuestra mansión estaba en el cuarto piso?

La voz que exigía una respuesta sonaba inusualmente áspera y cargada de autoridad, muy distinta a su tono habitual.

La serenidad que siempre llevaba puesta como su propia ropa se había esfumado, ocultándose como una sombra en una habitación sin un solo rayo de luz.

Por eso, la voz que apremiaba por una respuesta era ajena al Millen usual: áspera y dominante.

Hacía tiempo que su característica calma, que solía vestir como segunda piel, se había desvanecido como sombras en un cuarto oscuro. Su rostro, siempre tan caballeroso, estaba enrojecido y distorsionado. Los ojos verdes de Adeline, que observaban aquella versión desconocida de Millen, temblaron levemente.

Finalmente, sus labios se abrieron y dejaron escapar unas palabras, pero no era la respuesta que Millen exigía:

—Más bien, Millen, creo que tienes fiebre. Tus manos arden.

—Claro que sí. ¿Acaso no lo sabías cuando me lo diste? Ese vino.

—¿Vino?

Aunque Adeline repitió la palabra con confusión, para alguien que conocía bien la situación, su actitud resultaba irritante. Era imposible que no lo hubiera sabido antes de dárselo. Incluso si era un intento de cambiar de tema, resultaba patéticamente obvio.

—Deja de andarte con rodeos y respóndeme, ¿quieres? Renée.

Mientras contenía los insultos, de Millen escapó un leve sonido gutural.

Incluso en medio de la amarga decepción que le corroía, el vino que había bebido hacía su efecto. Su rostro enrojecido y su respiración entrecortada eran prueba de cuánto estaba forcejeando por contenerse en ese momento.

«Maldita sea.»

Su mente estaba confusa. La ira avivaba su deseo.

Ni siquiera podía distinguir si la tensión en sus muslos provenía de la rabia o de los impulsos lascivos que surgían persistentemente en un rincón de su mente.

Lo que más anhelaba era sellar los labios de Adeline de inmediato, saborear su saliva dulce. Quería morder esos labios rojos hasta hincharlos.

Al fin y al cabo, ¿no era ella quien le había dado ese vino? Si terminaba arrastrado por ello, ¿no sería culpa suya?

Los pensamientos que lo asaltaban eran tan tentadores que le mareaban.

Era innegable que habría sido mucho más fácil ceder a esos impulsos. Sin embargo, Millen se aferraba a un solo motivo para resistirse:

«Si cruzo esta línea, todo se habrá perdido.»



TRADUCCIÓN: ANTO 15
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK


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