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Capítulo 70

La residencia del Marqués de Bellof, compuesta por cuatro pisos, tenía un diseño en el que el dormitorio de Millen se ubicaba en el tercer piso, mientras que el espacio de trabajo estaba en el cuarto. Era una estructura sencilla, con solo la oficina del cabeza de familia y el estudio de Katia como áreas relevantes.  

Si Adeline realmente hubiera salido de su habitación únicamente para desechar el vino, no habría tenido motivo alguno para dirigirse al cuarto piso.

El problema radicaba en que ese día Millen le había entregado a Katia su carta de reflexión. Para ser exactos, como era costumbre, la había dejado sobre la mesa del estudio de Katia. Esta rutina se remontaba al momento en que Millen ingresó a la Academia.

Fue justo cuando su madre comenzó a viajar.

En el pasado, Katia se había opuesto con vehemencia a que Millen entrara en la Academia.

—¡Philip, no hay nada de malo en que Millen no vaya a la Academia! ¡Si Huberg tampoco fue, ¿cómo puedes considerar enviar solo a Millen?!

—Huberg no es que no fuera, es que no pudo. Reprobó el examen de admisión, así que era obvio que no ingresaría.

—¡Es solo porque aún es muy joven! Cuando Huberg tenga la edad de Millen, podrá aprobar sin problemas.

Philip, en un principio, había deseado que ambos hijos estudiaran en su alma máter, la Academia Proud. Sin embargo, cuando solo Millen aprobó el examen de admisión correspondiente a su edad, mientras Huberg fracasó, Philip decidió enviar únicamente a Millen. Naturalmente, Katia no lo aceptó.

—¡Incluso ahora que el costo de la matrícula es un gasto significativo, solo envías a Millen y dejas atrás a Huberg! ¿No te da lástima nuestro Huberg? ¡Ese bastardo se hace pasar por el hermano mayor y le está robando todas las oportunidades!

—¿Qué clase de palabras son esas? Últimamente pareces perder la razón cuando se trata de los niños. Vete a refrescar la cabeza y hablamos después.

Para entonces, Katia no solo odiaba a Millen, sino que estaba convencida de que este le arrebataba todo lo que por derecho pertenecía a Huberg.

—¡Si Millen ingresa primero en la academia, todos los reflectores se centrarán en él! ¿Y qué pasará con nuestro Huberg? Como ingresará después, no harán más que compararlos constantemente.

Mirando atrás, quizás aquello sí era la verdad. Había un hecho que ni Katia podía negar: Millen era excepcional.

Al entrar en la adolescencia, Millen había desarrollado una habilidad innata para relacionarse. No solo ganaba fácilmente la simpatía de los demás, sino que también sobresalía en lo académico y deportivo.

Si Huberg hubiera igualado sus logros, quizás Katia no se habría opuesto con tanto ahínco. Pero Huberg, lejos de ser destacado, apenas lograba pasar de curso. Incluso Philip opinaba que, al menos para mantener las apariencias, ambos hijos debían recibir la misma educación.

Cuando Katia amenazó con usar el látigo para corregir el “mal carácter” de Millen, su marido quien solía ser pasivo se opuso firmemente. Fue entonces que ella lanzó su ultimátum:

—Si te pones así, yo también haré lo que me plazca. Veamos cómo te parece esto.

Según los recuerdos de Millen, los castigos de aquella época fueron los más dolorosos que sufrió.

Katia descargó sobre él toda la ira acumulada hacia Philip. Incluso le hizo una oferta deliberadamente dulce: dejaría de castigarlo si renunciaba a ingresar en la Academia. Pero Millen, incluso cuando el dolor nublaba su conciencia, no cedió.

Porque tenía una promesa con Adeline.

—Hermano Millen, cuando tenga tu edad, también ingresaré en la Academia. Así que tenemos que encontrarnos allí sin falta. ¿Lo prometes?

—Sí, Adeline. Nos veremos sin falta.

Por esa promesa, Millen mantuvo la boca cerrada. Finalmente, el día en que ingresó en la Academia Proud, Katia, en lugar de asistir a la ceremonia, partió hacia el Reino de Lamoro. Más tarde, su padre la hizo regresar, según supo.

Pero Katia, como si se hubiera enamorado de la libertad que probó, o como si odiara estar en Crawford, continuó viajando sin cesar desde entonces.

Para Millen, fue algo bueno. Sin castigos, su espalda que no había tenido un solo día de descanso finalmente sanó tras unos años.

Aunque las cicatrices permanecieron…

En lugar de castigos físicos, Katia optó por hacerle escribir confesiones-reflexiones durante sus ausencias. Luego las recibía por correo o, como ahora, las revisaba al volver. Como aquella vez que Adeline llegó a la residencia y Millen le entregó aquella carta a Max.

—¿La espera fue larga, Renée? Vámonos. Y tú, Max, entrégale esto a madre.

—Bien, joven señor.

La misteriosa carta, sellada con esmero, resultó ser una confesión.

Así, Millen había enviado esos escritos dos veces al mes. Ese día, al regresar Katia, el documento estaba en el estudio. Pero al ver que Adeline subió al cuarto piso, una inquietud lo invadió. Salió de su habitación y corrió escaleras arriba. 

«¿Acaso lo habrá descubierto?» Aunque planeaba confesarle sus secretos, ¡no era así como quería hacerlo!

No deseaba que Adeline se enterara por la declaración de arrepentimiento, ni siquiera por sus propias palabras. Al menos no ese día. Ahora mismo, no podía ser. Por más decidido que estuviera, no lograba predecir su reacción.

Había una razón para revelarlo poco a poco: el temor de que Adeline, al conocer la verdad, lo rechazara con disgusto. Pero si leía la confesión, ya no habría vuelta atrás.

Desde la primera línea, Millen pedía perdón por haber nacido como hijo ilegítimo. ¿Era necesario decir más?

PUM. PUM.

Mientras subía, los latidos de su corazón resonaban en sus oídos, acelerados y sordos. El flujo sanguíneo, agitado por la tensión, hacía que sintiera que su pecho estallaría. Pero no era solo ansiedad.

«Algo no está bien.»

Era una sensación extraña, como si sus terminaciones nerviosas ardieran. No era ilusión: su cuerpo se calentaba progresivamente, incongruente con el clima. La parte inferior de su abdomen pesaba, y el calor revolvía sus entrañas.

Su conciencia se nublaba, dificultando el control de su cuerpo. El calor era palpable, como si le hubieran administrado un afrodisíaco.

«¿Cuándo habría tomado algo así?»

—¡…!

De pronto, recordó el vino que Adeline le había ofrecido.

Aquel vino que, tras decirle que sabía raro y animarlo a probarlo, le arrebató en cuanto lo llevó a sus labios.

Aunque los movimientos de Adeline fueron rápidos, ya era tarde: una pequeña cantidad había pasado por su garganta. Por eso, Millen sabía que el sabor no había cambiado.

En su momento, le pareció extraño que Adeline llevara un vino normal, dijera que sabía raro, lo recuperara y hasta mencionara tirarlo.

«¿Habrá cambiado su gusto sin que me diera cuenta?»

Entonces, lo había pensado sin darle importancia. Pero ahora, al recordarlo, entendió que esa duda había sido innecesaria.

No había otra posibilidad: lo único sospechoso que había tocado sus labios era aquella copa dorada de vino.



TRADUCCIÓN: ANTO 15
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK


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