Capítulo 63
Fue por un motivo muy trivial que surgió la duda. De no haber sido por esa incomodidad que sintio durante la cena esta noche, ni siquiera lo habría pensado: una duda minúscula e insignificante que en circunstancias normales no habría notado. Adeline recordó las palabras que Huberg había dicho durante la cena:
—Es lo que le gusta a mamá, ¿no? Una familia armoniosa. Tan unida que hasta derramaría lágrimas si uno muriera.
En realidad, desde la perspectiva de Adeline, no era una frase digna de atención. Ya sabía perfectamente que Katia deseaba un hogar tranquilo y feliz. Por eso había pasado por alto esas palabras sin cuestionarlas.
Pero ahora, al contemplar el interior de la mansión que no había cambiado en casi diez años, de pronto aquellas palabras volvieron a su mente, haciéndole sentir perplejidad.
¿Acaso es normal que alguien que anhela una familia armoniosa casi nunca venga a casa y solo viaje constantemente?
Está claro que cuando Adeline era pequeña y frecuentaba la mansión de los marqueses Bellof, Katia solía pasar mucho tiempo haciendo arreglos florales o bordados.
Incluso ahora, los bordados que Katia hizo en aquel entonces seguían colocados por toda la mansión.
Cuando la pequeña Adeline mostró interés en Katia mientras bordaba, esta le acarició la cabeza y le dijo:
—En Lamoro, la evaluación de una ama de casa depende mucho de cómo y cuánto decore su hogar.
—Por eso, las amas de casa con poca habilidad a veces eligen deliberadamente criadas que bordan bien, para luego colgar los trabajos como si fueran suyos —continuó diciendo.
—Pero en Crawford, parece que las damas nobles no tienen mucho interés en cuidar los detalles del hogar. Sin ninguna vergüenza, pasean con sus amantes uno tras otro. Qué vulgaridad.
Katia murmuró para sí misma y, moviendo la cabeza con nerviosismo, le propuso a Adeline que también aprendiera bordado. Pero Adeline negó con la cabeza. No quería bordar, mirando ese bastidor lleno de hilos y pinchándose los dedos con la aguja.
—El bordado es bonito, pero… ¿No se puede simplemente comprar algo así? Claro que en Crawford no eran pocas las damas nobles que bordaban como pasatiempo. Solo que allí no decoraban casas enteras con bordados como en Lamoro.
En Crawford, las mansiones se adornaban principalmente con esculturas, jarrones, porcelanas y alfombras caras traídas de lejos.
Así que Adeline, sin notar que la expresión de Katia se había vuelto un poco rígida, rechazó la sugerencia y pronto olvidó el asunto.
Era natural: así como nadie recuerda cada detalle de su infancia, para Adeline ese momento tampoco tuvo nada de especial.
Al menos en ese momento, si no hubiera percibido la contradicción en Katia, probablemente nunca habría vuelto a recordarlo.
Sin embargo, una vez que lo pensó, la contradicción se volvió aún más clara.
Incluso en Lamoro, la señora dijo que era importante que la dueña de casa decorara personalmente la residencia…
Recordando las palabras de Huberg, parecía que Katia todavía deseaba un hogar sencillo y armonioso.
Entonces, ¿debía entender que la residencia del Marqués Bellof, que no había cambiado en absoluto, era solo un cambio en su estado de ánimo?
De repente, Adeline recordó la época en que Katia comenzó a viajar por primera vez. Fue el año en que Adeline cumplió doce años.
—¡Hermano Millen, felicidades por tu ingreso a la Academia!
El año en que Millen ingresó a la Academia Proud.
En el momento en que sus pensamientos llegaron a eso.
—Adeline.
Se escucharon pasos detrás de ella. Al girarse, vio a un joven de cabello plateado acercándose hacia ella.
Pero ese joven no era Millen. El plateado de Millen no era tan opaco, y el rostro de Millen no era tan afilado.
Ni su forma de caminar, como si golpeara el suelo con cada paso, ni la pose de tener una mano metida en el bolsillo eran propias de Millen.
Adeline, entrecerrando los ojos, pronunció el nombre del joven.
—¿Huberg?
—¿Te decepciona que sea yo? Aunque, por tu expresión, más bien pareces aliviada ¿Acaso has peleado con Millen?
Huberg, que ya se había acercado hasta quedar a un palma de distancia, inclinó exageradamente la cabeza para estudiar el rostro de Adeline antes de extender abruptamente lo que llevaba en la mano.
—Mi hermano me pidió que te diera esto. Como apenas probaste el postre, dijo que al menos deberías beber esto. Mientras decía esto, lo que Huberg le ofrecía era una copa de vino.
El líquido dorado pálido se movía tentadoramente en su interior.
—Este es el vino que mi madre trajo de Lamoro. Es muy dulce. Te arrepentirías de no beberlo.
—¿En serio? Gracias.
Millen le había pedido a Huberg que le trajera el vino. Había más que algunos aspectos sospechosos, pero Adeline extendió la mano y tomó la copa de vino.
Luego tomó un sorbo. Huberg levantó las comisuras de los labios con satisfacción al ver su garganta moverse bajo la copa de vino.
Entonces dio una patada con la punta de su zapato y habló:
—A decir verdad, yo…
—Tengo una duda, Adeline.
Dijo Huberg, quien había venido voluntariamente como sirviente sosteniendo una copa de vino, tras titubear un momento como si eligiera sus palabras con cuidado, antes de alzar repentinamente la cabeza y soltar la pregunta:
—¿De verdad te vas a casar con Millenberg?
¿Sería esto buena suerte o mala suerte? Justo cuando estaba llena de dudas, el objetivo mismo se acercó y sacó el tema que ella deseaba.
En el instante en que escuchó la pregunta de Huberg, Adeline casi no pudo evitar reírse sin querer.
Así que era esto lo que quería decir. ¿Qué si se casaría con Millen? La respuesta, por supuesto, era “No”. La razón por la que Adeline había ignorado a propósito sus propios sentimientos, que le atravesaban el corazón, y por la que había intentado descubrir el motivo detrás de la propuesta de matrimonio de Millen al encontrarse con Huberg.
Si realmente tuviera intención de casarse con Millen, no habría elegido un método tan complicado.
Si Millen realmente hubiera querido entrar en la familia del duque Zeller por ambición, habría sido suficiente con concederle lo que deseaba. Pero como no era ese su pensamiento, era necesario todo este complicado proceso.
Si lograba entender qué pensaba Millen, podría proteger a la familia incluso después de rechazar su propuesta de matrimonio.
Pero, sí… No podía negar que había una pequeña parte de ella que quería considerarlo de forma positiva. A veces, solo deseaba ignorar el pasado.
Si resolvemos las deudas de la familia del duque Zeller, ¿no habría problema en casarme con Millen?
Si no hubiera existido esa deuda, por mucho que Millen hubiera deseado derrocar a los Zeller, no habría podido hacerlo.
De esa manera, quizás podría quebrar la ambición de Millen y casarse con él sin preocupaciones.
Pero, al final de esos pensamientos, Adeline terminó una vez más frente a aquella barandilla.
—Ven aquí, Renée.
Recitando con alegre semblante la caída del ducado de Zeller, ese rostro que la engañaba.
Incluso en sus recuerdos, Millen era hermoso. Era la persona más radiante que Adeline conocía, así que era natural. Por eso mismo, el matrimonio era imposible.
No quería ver un amor apenas roto volviéndose a unir de manera torpe. Adeline no estaba segura de poder tener a Millen cerca sin volver a amarlo. Millen fue como un hito en su vida.
Todo lo que Adeline anhelaba ser, lo veía reflejado en Millen:
Su actitud serena y caballerosa, la excelencia que despertaba la admiración de todos.
Había admirado y amado esas cualidades. Pero desde que Adeline rechazó la propuesta de matrimonio de Millen y eligió casarse con Sir Julián, todo eso quedó en el pasado. Las relaciones humanas son irreversibles.
Y más aún después de volver en el tiempo.

TRADUCCIÓN: ANTO 15
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK