Capítulo 61
La muerte de su padre era un suceso que, para ella, había ocurrido hacía más de tres años. Sin embargo, ahora que había retrocedido en el tiempo, se había convertido en un evento de hace menos de un mes. Por eso, no dejaba de escuchar constantemente las quejas sobre el asunto, y sin querer, resurgían los recuerdos que había intentado olvidar deliberadamente sobre Diego.
—¡Papá, yo también quiero ir al mar! El hermano Millen y Huberg dicen que lo han visto muchas veces. Dicen que si vas con la marquesa, puedes ver el mar.
Adeline, que entonces tendría unos diez años, tiró de la manga de su padre después de visitar la casa del marqués de Bellof.
Millen y Huberg solían acompañar a Katia al mar con frecuencia, y su queja surgía porque ella era la única que nunca lo había visto.
Gracias a eso, Carlyle, quien en ese momento tenía como principal tarea cuidar de Adeline, terminó sudando la gota gorda.
—Señorita, el duque está ocupado. Si me habla a mí sobre el mar, luego se lo transmitiré aparte a Su Gracia.
—Déjalo, Carlyle. No es para tanto, no es nada importante.
Diego se rió con un “ja, ja” y, haciendo un gesto con la mano a Carlyle, levantó a Adeline de un brinco.
Ella era de esas personas que crecen tarde, así que hasta los diez años, Diego podía cargar a su única hija sin problemas. Luego, con una voz dulce y baja, le preguntaba:
—Adeline, ¿quieres ver el mar?
—¡Sí!
—Bueno, Lamoro está cerca del mar. Seguro que esos niños Bellof lo han visto cada vez que visitan a su familia materna. Nuestra princesa debe estar triste por no haberlo visto todavía. Lo entiendo.
Con un gesto comprensivo, Diego acarició el cabello de Adeline con su gran mano.
—Ahora estoy un poco ocupado, pero el próximo año, para tu cumpleaños, iremos juntos. Para entonces, habrás crecido un poco más.
—¡Guau, ¿en serio?! ¡Prometido! ¡Por fin podré ver el mar!
Aunque Huberg se había burlado de ella diciendo: “¿Nunca has visto el mar, a pesar de actuar como si lo supieras todo?”, y todavía le molestaba recordarlo, ahora, cuando llegara su cumpleaños, por fin podría vengarse.
La pequeña Adeline, emocionada, sonrió radiante y abrazó con fuerza el cuello de Diego. Sin embargo, nunca llegaron a ir juntos al mar.
Para su undécimo cumpleaños, Diego estaba tan ocupado que ni siquiera regresó a casa, y después de eso, ella dejó de insistirle. Pero la duda de su infancia seguía viva en su mente:
—¿Realmente recordaba papá esa promesa?
No se atrevía a preguntar, por temor a descubrir que Diego la había olvidado. Eso le habría roto el corazón.
Más que nada, Adeline no quería ser una carga para su padre, siempre ocupado y cargado de responsabilidades. Era la heredera del Ducado de Zeller, y para eso, debía ser ejemplar desde pequeña.
Pero…
Si hubiera sabido que se quedaría sola tan pronto, quizás habría intentado aferrarse más a Diego.
Sabía que estaba ocupado, pero debió pedirle que pasara más tiempo con ella. Debio decirle que le dolió que no asistiera a su cumpleaños. *”Si lo hubiera hecho, habría tenido más momentos para recordar a mi padre”*, pensó.
Hace años, solo pensar en esto habría sido suficiente para que sus lágrimas cayeran de manera vergonzosa. Tal vez el hecho de que, después de tres años, sus emociones se hubieran calmado fuera algo afortunado.
Mientras tanto, Philip era regañado por Katia por mencionar sin motivo la historia de Diego.
—¡Ay, qué tonto eres! Justo cuando ya está sufriendo, le dices algo innecesario.
—Ah, ¿es así? Lo siento, Adeline. No era mi intención hablar sin sentido. Je, je.
Philip, avergonzado, hizo un gesto al sirviente para que llenara la copa de Adeline.
Entonces, Huberg, que estaba sentado junto a Katia y despedazando la carne con el lado romo de su cuchillo, soltó una risa burlona.
—¿Por qué, madre? ¿No es bueno que la familia se lleve bien? A ti te gusta, ¿no? Una familia armoniosa.
—Una familia tan unida que hasta derramarían lágrimas si uno muriera.
Mientras decía esto, Huberg jugueteaba doblando y estirando los dedos índice y medio de ambas manos, burlón.
—Podrías haber derramado al menos unas lágrimas, ¿no, Adeline? A nuestra madre le gustan esas cosas.
—¡Huberg! ¿Cómo se te ocurre decir algo así? —Katia alzó la voz, sobresaltada, pero Huberg se encogió de hombros con indiferencia.
—¿No es así? Pensé que a ti te gustaban ese tipo de cosas, madre.
—¿Qué demonios! No puedes decir esas tonterías delante de los invitados.
Katia, lanzando una mirada fulminante a Huberg, le tapó la boca y luego volvió a dirigir una dulce sonrisa a Adeline.
—Adeline, no le hagas caso y sigue comiendo. Huberg a veces hace travesuras un poco molestas. Ya lo sabes, ¿verdad? Ha sido así desde niños.
Por supuesto, Adeline no necesitaba remontarse a recuerdos de la infancia para conocer el carácter de Huberg. Lo había enfrentado en su vida pasada después de casarse con Julián. Sin inmutarse, respondió a Katia con una sonrisa.
Pero…
El ambiente era un poco extraño.
Adeline miró fugazmente a Huberg, Katia y luego a Philip, uno tras otro.
¿Acaso no era el ambiente tan armonioso como siempre, igual que en sus recuerdos hasta hace un momento?
Philip era conocido como un marido devoto. Trataba a su esposa como una reina, cumpliendo cada uno de sus deseos. Katia también parecía algo sorprendida y había alzado la voz, pero no era muy distinto a su comportamiento habitual. Tampoco había razón para sorprenderse ahora de que Huberg actuara como un verdadero granuja.
¿Cuál sería la razón por la que esta familia armoniosa, que desde pequeña había envidiado y admirado, ahora parecía un poco desajustada? En ese momento de duda, Adeline, sin darse cuenta, miró a su alrededor.
Básicamente, en la mesa se sentaban según el orden de precedencia, empezando por el asiento de honor. En los círculos sociales, el concepto del asiento principal era tan importante para la nobleza que incluso podían surgir peleas por si alguien había sido despreciado según su ubicación. Por eso, actualmente, en el centro de la mesa estaba sentado Philip, a su derecha Katia, y en el siguiente lugar de importancia, a la izquierda de Philip, se sentaba la invitada del día: Adeline.
Así, naturalmente, al lado de Katia estaba Huberg, y junto a Adeline, Millen. Cuando Adeline miró a su alrededor, sus ojos se encontraron con los de Millen.
Entonces, Millen, sin decir nada, arqueó ligeramente los ojos en una sonrisa, como preguntando “¿Qué ocurre?”. Solo entonces Adeline comprendió la naturaleza de esta incomodidad.
Desde que comenzó la cena…
En medio de todo este alboroto, Millen no dijo ni una palabra. Permaneció sentado en el asiento más bajo de la mesa.
Si simplemente se hubieran asignado los asientos según el rango, Millen debería haber ocupado el lugar junto a Katia. Sin embargo, fue Huberg quien, como si fuera lo más natural, tomó ese puesto, mientras que Millen se sentó en el último lugar.
Quizás le asignaron este lugar a propósito porque Millen me propuso matrimonio…, pensó Adeline.
Pero también le resultaba extraño que Huberg hubiera decidido quedarse con el título de Marqués de Bellof, que se suponía debía volver a Millen.
¿Sería solo una impresión mía? No tenía respuesta.
Justo cuando sus pensamientos empezaban a enredarse, Katia miró el reloj y se levantó de su asiento.
—¡Oh, ya es tan tarde! La tía de los niños me pidió que asistiéramos al banquete. Cariño, levántate. Debemos irnos pronto si no queremos llegar tarde. Si nos demoramos, tu hermana se quejará.
—De acuerdo. Pensé que al crecer reduciría estos banquetes, pero parece que cada vez organiza más —dijo el Marqués de Bellof.
Cuando la pareja marqueses regresó, muchos los llamaban para saludarlos, y Katia y Philip parecían necesitar diez cuerpos para atender a todos.
Traducción: Anto15

TRADUCCIÓN: ANTO 15
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK