Capítulo 60
No era simplemente porque Adeline y Millen fueran cercanos.
Si esa sonrisa fuera una mera muestra de afecto, podría ofrecérsela con la misma facilidad incluso a los sirvientes de su propia casa.
Esa sonrisa llevaba algo más que cariño. Había admiración. Había afecto.
Adeline nunca había verbalizado lo que sentía y para ser exactos, ni siquiera parecía ser consciente de ello, pero cuando cruzaban la mirada, se volvía evidente.
Que Adeline deseaba a Millen.
«Es imposible no notarlo.»
Una joven criada en un invernadero era ignorante de sus propias emociones, y al mismo tiempo, incapaz de ocultarlas.
Cada vez que esa mirada, teñida de verdes intensos, se llenaba de afecto, Millen sentía una satisfacción que nacía desde lo más profundo de su pecho.
Lo preservaba como si disecara el instante, almacenándolo en su mente para revivirlo en momentos como este.
—…Haah.
Tras un largo silencio, su respiración se calmó. Enderezó el cuerpo que tenía recargado y, con la respiración más tranquila, su corazón también recobró su ritmo, como si jamás hubiera latido con violencia.
Aunque todo parecía haber vuelto a la normalidad, su rostro, una vez arrugado por la tensión, no se suavizaba.
«Qué asfixiante.»
Aunque su corazón se había calmado, la sensación de opresión en el pecho no desaparecía. Y no era difícil entender por qué.
Al final, era un problema de raíz.
No importaba cuánto sintiera que Adeline lo deseaba, ni cuántas veces pudiera revivir su sonrisa en la memoria…
Si Adeline no aceptaba su propuesta de matrimonio, ¿de qué servía todo eso?
«¿Hasta cuándo tengo que esperar?»
Es como si le mostraran un caramelo justo frente a los ojos, agitándolo en el aire, sin permitirle jamás tomarlo.
Millen apretó con fuerza la corbata en su cuello y luego la soltó.
Las palabras que Katia dijo sobre la relación entre Jack y Adeline aún flotaban en su cabeza.
—Dicen que esa chica, Adeline, a quien le propusiste matrimonio, está saliendo con Jack Hartzfeld.
—En las reuniones sociales, Hartzfeld siempre habla de Adeline. Presume de sus dotes para los negocios… y, con disimulo, deja claro con quién está saliendo.
En realidad, el contenido en sí no era sorprendente.
Millen ya había tenido un encuentro con Jack antes.
«Incluso si Carlyle no me lo hubiera pedido, ya me estaba planteando actuar.»
Carlyle solo le había pedido a Millen en tres ocasiones que “limpiara los alrededores”, incluyendo el caso de Jack, pero en los años anteriores, Millen había actuado por cuenta propia en demasiadas ocasiones para llevar la cuenta.
Solo que el caso de Jack fue tan inesperado que no pudo anticiparse.
Así que, en una de las recepciones, Millen fingió un encuentro casual con Jack para poder acercarse.
—Buenas noches, señor Hartzfeld. ¿Nos habíamos visto antes?
Técnicamente, era la primera vez que Jack y Millen intercambiaban palabras.
Mencionar una “cara conocida” cuando apenas eran unos desconocidos era una alusión deliberada al día en que Millen los había visto en el salón de té.
Jack captó la insinuación de inmediato, entrecerró los ojos y soltó una breve risa por la nariz.
—Claro que sí. “Ese día” pareció tener la agenda apretada. Se fue con bastante prisa, ¿no es así?
—Ah, “ese día”…
Millen repitió sus palabras con una sonrisa calculada y respondió:
—Ser un testigo no es tan malo, pero convertirse en un estorbo… eso ya sería problemático, ¿no cree?
Arrebatarle algo con lo que jugaba hace unos instantes… Señor Hartzfeld, me imagino que eso tampoco le haría gracia a usted.
—Fue por eso que decidí tener la cortesía de no interrumpir. ¿No lo había notado?
—Pues no, la verdad. No tenía espacio en mi cabeza para preocuparme por un espectador inesperado.
La provocación de Millen endureció por un segundo la expresión de Jack, quien alzó apenas una ceja. Pero no fue más allá.
Por alguna razón, Jack lo observó de arriba abajo con un gesto tosco, impaciente y cortante.
—Por cierto, Millenberg…
Soltó las palabras con indiferencia, como si lanzara una piedra al agua.
—¿No has escuchado otras cosas… de mi novia?
—…¿Qué otras cosas, exactamente?
Millen preguntó, pero Jack no respondió.
Solo desvió la mirada, se tocó la mandíbula inferior con aire pensativo y luego dejó escapar una risa sarcástica.
—Parece que ni tú ni yo contamos con su confianza, ¿eh?
—Así, no sé si podré arrebatársela del todo, Milenberg…
Jack murmuró aquello y le dio un toquecito en el hombro a Millen con el dedo índice.
Sus ojos, como cuchillas, se clavaron fríamente en el joven de cabellos plateados.
—Entonces esfuérzate con todo lo que tengas. ¿Quién sabe? Tal vez Adeline te compadezca lo suficiente como para regalarte una sola noche.
Tras lanzar esa burla, Jack silbó con ligereza y se alejó sin prisa, como si nada.
Dejando atrás a un Millen paralizado por la derrota y la humillación.
Millen, por naturaleza, era alguien que mantenía la compostura caballerosa en cualquier situación, siempre que hubiera ojos observándolo.
Así como lo había hecho frente a Katia hacía unos momentos, incluso si minutos antes había jadeado oculto tras un muro, frente a los demás debía lucir impecable.
Pero en ese momento… no pudo.
Aunque sabía bien que el lugar donde se encontraba era un salón de recepciones, donde cualquiera podía verlo si se le antojaba.
La sensación de derrota le rasgaba las entrañas al punto de marearlo. Y no era solo por la actitud relajada de Jack ni por sus burlas.
«…Me descubrió.»
Por más que Millen rondara cerca de Adeline, la verdad era que entre ellos no había nada… y eso había quedado expuesto.
El que realmente seguía aferrado a Adeline, incapaz de dejarla ir, no era Jack. Era él mismo.
Jack ya era su pareja. Millen no.
Y había dejado ver su miseria justo ante la persona que menos debía saberlo.
Al darse cuenta de ello, el rostro se le encendió de vergüenza.
Desde ese encuentro con Jack, una incomodidad sutil se había instalado en Millen.
Y él sabía muy bien qué necesitaba para aliviar ese síntoma.
Frente al muro, soltó el aliento contenido y luego giró sobre sus talones.
Minutos antes, había escuchado el portón abrirse y las ruedas de una carroza. Ahora, con el sonido de un caballo resoplando, era claro que el carruaje ya se había detenido.
Y no había duda de quién venía dentro.
La puerta del carruaje se abrió, y Adeline, con un vestido de gala, bajó sosteniéndose de la mano del cochero. Su rostro, suavemente maquillado, se iluminó al encontrar a Millen.
En cuanto cruzaron miradas, Millen pudo respirar de nuevo.
—Millen.
—Bienvenida, Renée.
Millen le sonrió con ternura y tomó su mano.
—Te estuve esperando todo este tiempo.
***
La cena en la casa del Marqués Bellof transcurría, como siempre, en un ambiente apacible y familiar.
Tener una invitada más no parecía alterar en absoluto la armonía; Katia hablaba animadamente durante toda la comida, compartiendo historias de su viaje y sonriendo con calidez.
—Volver a Lamoro después de tanto tiempo fue maravilloso. Especialmente porque mi tierra natal está cerca del mar… lo echaba mucho de menos. Ahora que lo pienso, ¿no dijiste que nunca has estado en el mar, señorita Celler?
—No, aún no he tenido la oportunidad —respondió Adeline con una leve sonrisa, asintiendo suavemente.
Al ver que Adeline asentía, fue el propio Marqués Phillip Bellof quien tomó la palabra.
—Pensándolo bien, no había nadie que pudiera llevarte. Diego… ese buen hombre siempre estaba tan ocupado. Cuando nos llegó la noticia de su fallecimiento en Lamoro, fue un verdadero impacto.
—Sí… así era. Siempre estaba ocupado —respondió Adeline, bajando la mirada con una expresión melancólica.
Una sonrisa amarga se dibujó en su rostro mientras bajaba los ojos, evitando las miradas.
Desde que había regresado en el tiempo, Adeline experimentaba, de vez en cuando, esa extraña disonancia entre su vida pasada y el presente.
Y entre todos esos temas que la estremecían con nostalgia, ninguno lo hacía tanto como Diego, su padre.

TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK