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Capítulo 6

A las barracas donde se alojaban las tropas de Cask llegaron, de improviso, mujeres y caballos cargados con carne y vino en abundancia.

Desde que comenzó la guerra, algunos soldados ya habían violado y humillado a muchas mujeres del reino de Akin. Sin embargo, tras la llegada del coronel Jer, aquellos actos atroces quedaron completamente prohibidos.

Mientras el paradero del rey de Akin seguía siendo un misterio, el coronel no permitió que sus hombres se distrajeran ni siquiera un instante.

Jer, al ver llegar a las numerosas mujeres arrastradas con la cabeza gacha, recibió una carta enviada por Hetept.

Como se había pactado anteriormente, la misiva le otorgaba plena libertad para matar al príncipe Ramu si lo consideraba necesario y usar cualquier método de tortura con tal de encontrar al rey.

Lentamente, desvió la mirada hacia la tienda donde se encontraba el príncipe Ramu.

Ahora que incluso tenía autorización para ejecutar civiles, las posibilidades de Jer se multiplicaban. Y con ellas, la verdadera y dolorosa tortura del príncipe Ramu estaba por comenzar.

—Distribuyan toda la carne excepto el alcohol —ordenó—. Dejen que los hombres se diviertan con las mujeres durante dos días.

—¡Sí, mi Coronel!

—Desde hoy, me haré cargo personalmente del Príncipe Ramu.

El subordinado que oyó aquello tragó saliva. Sabía lo que eso implicaba. Cuando el coronel Jer comenzara personalmente su infame tortura, los alrededores de la tienda se teñirían de gritos de agonía, sin un solo momento de silencio.

Aunque pronto llegaría el día en que ni siquiera pudiera emitir gemidos.

—¿Qué hacemos con los subordinados y la niña que estaban con el Príncipe Ramu?

—No los maten —respondió Jer—. Nos serán útiles más adelante.

Jer, desinteresado en el vino, la carne o las mujeres, se encaminó hacia la tienda donde estaba el príncipe Ramu. Los soldados, que momentos antes se habían animado ante las recién llegadas, contuvieron la respiración y lo observaron al verlo pasar. Sin necesidad de que Jer diera ninguna orden, comenzaron a reforzar la tienda con mantas gruesas. Sabían que debían amortiguar lo que allí ocurriría.

Apenas el coronel cruzó la entrada, sus subordinados, veteranos que lo asistían, se pusieron en movimiento. En cuestión de segundos, cubrieron la tienda con las telas con precisión militar.

CRUJIDO.

Al entrar, los soldados que estaban dentro se pusieron de pie de golpe, tensos. Rígidos como el hielo, intercambiaron miradas antes de llevar rápidamente una silla para que se sentara.

En medio del alboroto, Ramu, atada a la silla, abrió los ojos con dificultad. Su rostro aún mostraba quemaduras rojizas que empezaban a sanar y su cuerpo estaba cubierto de moretones por las patadas. Sus ojos, abiertos a la fuerza, estaban enrojecidos por el polvo de chile. 

Al ver al coronel Jer frente a ella, cerró los ojos con esfuerzo. No era por miedo a la muerte. De hecho, durante el día en que la dejaron sin tortura, incluso había sentido terror.

Solo deseaba que todo terminara pronto, pero el coronel no parecía dispuesto a matarla fácilmente. La perspectiva de un tiempo prolongado y doloroso la abrumaba.

¡PAF!

—¡Abre los ojos! ¡El Coronel está aquí! —un subordinado le dio una patada a Ramu, que había cerrado los ojos a pesar de la presencia de Jer.

Obligada a abrirlos de nuevo, Ramu lo enfrentó. A diferencia de su primer encuentro, ya no podía llenar sus palabras de insultos y maldiciones, pero su determinación de no revelar el paradero de su padre seguía intacta.

Al leer su expresión, el coronel Jer ladeó la cabeza, escudriñándola de pies a cabeza. En sus ojos fríos, calculaba cuánto resistiría bajo tortura.

₊ ⊹🪻 ✧ ˚

Ramu, al no percibir ni un ápice de emoción humana en la mirada de Jer.

«Si este suplicio va a comenzar, uno que no terminará pronto, al menos pediré que maten a mis subordinados sin dolor.»

Pensó Ramu, con la garganta apretada.

—Tú eres el Coronel Kal Jer, ¿no?

Así como Jer le había preguntado repetidamente si era el Príncipe Ramu, ahora Ramu devolvía la pregunta. Aunque no recibió respuesta, ya lo sabía desde el principio que se trataba del coronel Jer. Pero la hizo con otro propósito: introducir el tema que realmente le importaba.

—Como Coronel, debes tener muchos subordinados bajo tu mando. A mí puedes torturarme cuanto quieras. Pero, como hombre…  te suplico que mates sin dolor a los que vinieron conmigo.

Jer no respondió.

—Solo eso te pido. No por deber… solo como favor entre hombres…

¡PAF!

—¡Ugh!

Ramu cayó hacia adelante, gimiendo de dolor. La larga pierna de Jer había pateado la base de la silla de madera, rompiéndola en dos con un solo golpe.

¡GLUP!

Al verlo desplomarse, tosiendo, Jer se levantó de la silla. Aunque ya estaba roto e inservible, lo agarró del cabello y lo obligó a incorporarse.

—Ugh…

—¿Me estás dando órdenes? 

—No es una… orden… es una súplica —jadeó, con la voz quebrada—. Aghh… —Ramu no pudo continuar.

El dolor de sentir que le arrancaban el cabello era insoportable. En la cultura de Akin, tanto el rey como los príncipes llevaban el cabello recogido y cubierto con un turbante, pero al ser agarrada con esa fuerza, su melena, que le llegaba hasta el cuello, quedó expuesta. De no ser por esta situación, ese cabello suelto habría acentuado su rostro afeminado.

—¿Una súplica, dices? —el coronel Jer dejó la frase suspendida, mientras observaba a Ramu retorcerse de dolor—. Repítela. 

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Ramu al escuchar esas palabras. Sintió que, si volvía a mencionar a sus subordinados, Jer sería capaz de cometer cualquier atrocidad frente a sus ojos. Permaneció en silencio, clavando la mirada en él. Sus pupilas negras parecían tragárselo todo, como un abismo sin fin.

—¿No escuchaste? Te dije que la repitieras.

—¡Este mocoso…! El Coronel te ha dado una orden.

«¿Qué estaba pensando? ¿Hacerle una súplica tan absurda a quien es conocido como el Ángel de la Muerte?»

Ramu se arrepintió al mirar esos ojos… pero ya era tarde. Temía que Jer trajera a sus hombres y cometiera alguna barbaridad delante de ella. Cambiaría de enfoque. Si tenía que soportar el castigo sola, lo haría. Redirigiría todo el odio de Jer hacia ella misma.

Quería provocarlo para que solo la torturara a ella.

—¿Me pides que repita algo que ya escuchaste? ¿Se te pudrieron los oídos o qué te pasa?

—¡Este… insolente! —los subordinados se sobresaltaron ante el cambio brusco de actitud en Ramu.

Pero Jer no parpadeó, mantuvo su mirada fija.

—De cerca, tienes cara de niña.

—¡…!

Los subordinados quedaron petrificados. Mencionar la apariencia del coronel era un tabú tácito en el ejército.

Aunque Ramu percibió el repentino cambio en el ambiente, no le importó. Con Jer sujetándole el cabello sin pestañear, ya había decidido seguir provocándolo.

—¿Un don nadie como tú es Coronel? ¿Y encima te llaman “Ángel de la Muerte”? Patético.

—…

—¿Que repita mi súplica? No. No lo haré. ¿Pedirle algo a un tipo como tú? Me equivoqué. No entiendo cómo alguien con esa carita bonita llegó a ser Coronel, pero… ¿en Cask no hay prostitución masculina? Sería el trabajo perfecto para ti.

Los subordinados se congelaron. Ramu ignoraba lo monstruoso que sonaban sus palabras en ese contexto.

Pero para entonces, ya había dicho suficiente como para enfurecer a Jer.

Sin embargo, en lugar de arremeter, la comisura de los labios de Jer se elevó lentamente. No fue un puñetazo de rabia, ni una mirada asesina… solo una sonrisa lenta y calculadora dirigida hacia él.

Finalmente, soltó el cabello de Ramu.

¡THUD!

Ramu cayó con fuerza al suelo, y entonces Jer ordenó a sus hombres que trajeran hierros al rojo vivo. Herramientas de tortura para marcar carne.

Mientras dos subordinados salían corriendo, Ramu solo se preguntaba qué tenía de graciosa esa sonrisa.

—¿Se te fue la cabeza? —soltó entre dientes—. Si te ríes de lo que dije… entonces quizás sí seas un maricón.

Jer se quitó la pesada armadura que llevaba puesta. Luego, se despojó meticulosamente de sus guantes.

—Solo había visto tu rostro en retratos. Pero sabía que te reconocería.

—¿Qué?

—Vas a decirme dónde está el Rey de Akin. Y vas a repetir esa súplica… por tus hombres.

—No me hagas reír. Jamás revelaré dónde está mi padre.

—¿Sabes cómo te encontré?

—Porque son como perros en celo arrasando todo en Akin. Era cuestión de tiempo.

—Por el olor a carne.

—¡…!

—Encendieron fuego sin notar el cambio en el viento. Por eso seguí el rastro de un novato como tú… y por eso tus hombres murieron como perros.

Ramu apretó los dientes. Todo había comenzado por esa maldita ardilla asada.

Cerró los ojos con fuerza, conteniendo las maldiciones que quería escupir.

Mientras los subordinados calentaban los hierros, Jer desató las cuerdas que la sujetaban. Aunque ya no estaba atada a la silla, seguía inmovilizada.

¡TOK!

Cuando Jer lo agarró del hombro para levantarlo, Ramu reunió todas sus fuerzas y lanzó un puñetazo hacia su rostro. Por supuesto, su puño fue atrapado con facilidad, aplastado en el agarre de Jer como si fuera a aplastar su puño con una fuerza que casi le rompió los huesos.

—¡Argh!

El dolor la hizo desplomarse. Jer la empujó contra otra silla y la ató con tanta brutalidad que apenas podía respirar.

—No resistirás mi tortura por mucho tiempo —dijo con frialdad—. Por eso empezaré despacio. Los estúpidos cortan carne o rompen huesos de inmediato, pero así solo aceleran la muerte.

TOK, TOK.

—Pero si quemamos zonas carnosas… se infectarán. Dolerá pero no morirás rápidamente —el coronel golpeó el muslo de Ramu con la vaina de su espada.

Luego, deslizó la empuñadura hacia la parte interna del muslo, cerca de donde estarían los testículos de un hombre.

El mango de la espada presionó sutilmente su entrepierna y Ramu tensó los párpados. Aunque no poseía un cuerpo masculino, sabía perfectamente cuán vulnerable y letal era esa zona.

Ella, que había viajado con sus subordinados simulando una anatomía masculina gracias a un trozo de madera en su ropa interior, se mordió el labio inferior, decidida a mantener la farsa.

—¿Dijiste que tengo cara de niña? ¿Qué me iría mejor como prostituto?

—¡Exacto! ¿Qué pasa? ¿No puedes negar que encajarías perfectamente?

—Has sido el primero en verme reír últimamente. Como me has divertido, te daré un regalo acorde.

—¿Un regalo? No me hagas…

—Coronel, todo está listo.

Entraron los soldados arrastrando un horno de carbón y un hierro al rojo vivo con el emblema de Cask. El calor era tan sofocante que en cuanto cruzaron la entrada, el aire dentro de la tienda se volvió irrespirable.

¡SSSSHHH!

Los pantalones de Ramu se rasgaron fácilmente en las manos del coronel Jer. Sólo entonces sintió el verdadero peligro.

No por el hierro al rojo vivo, sino por una realidad inesperada: podrían descubrir su disfraz masculino.

Hasta entonces, capturada y torturada por las tropas de Cask, no se había dado cuenta antes, pero bajo la tortura de Jer, las probabilidades de que descubrieran su verdadero sexo aumentaban peligrosamente.

Al ver su expresión distorsionada, los subordinados observaban al príncipe Ramu con satisfacción. Pero la sonrisa del coronel Jer seguía erizándoles la piel.

Jer tomó el hierro candente y se sentó frente a ella. Entre los jirones de los pantalones, sus muslos delgados quedaban expuestos, a punto de ser marcados con el símbolo de Cask.

—Primero será el muslo —dijo con calma—. Pero cuando tu cuerpo esté tan destrozado que ni siquiera puedas mover las manos, lo marcaré en tu rostro. Así, incluso muerto, llevarás el emblema de Cask. El símbolo del rey Hetept.

—Deja de decir estupideces. Ese cerdo de Hetept…

¡SSSSHHH!

—¡¡AAARGHH!!

El hierro se estampó contra su muslo sin titubear. El hedor a carne quemada llenó la tienda, y su grito desgarrador rompió el silencio. Su voz, más aguda de lo que debería sonar en un hombre, atravesó las capas de tela sin dificultad.

Tan desgarrador fue su grito que incluso los soldados de Cask, que devoraban carne fresca y arrastraban a mujeres cautivas, se detuvieron.

¡AAGH… HAAH…!

¡SSSHH!

—¡¡AAAH!!

Sin permitirle recuperar el aliento, el hierro ardiente volvió a presionar el otro muslo. El palo que tenía en la boca, colocado para impedirle morderse la lengua, se partió bajo la fuerza de su mandíbula y uno de sus colmillos se astilló.

El olor de la carne humana quemada era distinto al de cualquier animal. Incluso los subordinados, que hasta entonces observaban con crueldad, palidecieron al ver los muslos enrojecidos, abiertos y sangrantes. Solo el coronel Jer permanecía impasible, como si aquella escena no le afectará en absoluto.

Con calma, sin precipitación, devolvió el hierro al fuego.

—Haah… haah…

Tomó a Ramu del cabello y levantó su rostro, cubierto de saliva, sudor y gemidos apenas audibles.

—¿Dónde está tu padre?

—…Hah…

Solo logró soltar un quejido ronco. Aunque las gotas que caían de su boca revelaban el dolor insoportable, Jer no repitió la pregunta. En su lugar, hizo una seña a sus hombres.

Los soldados la desataron de la silla y la arrojaron boca abajo al suelo.

Esta vez, marcarían la parte posterior de los muslos. Jer jamás había dicho que las quemaduras serían solo en el frente.

Jer ya no le preguntó por el paradero de su padre. Después de repetir esto varias veces, sabía que, con el tiempo, Ramu empezaría a temer más su silencio que sus palabras.

Removió el hierro entre las brasas.

Aunque ya brillaba al rojo vivo, esperó un largo momento antes de sacarlo de nuevo.

Ramu no podía sentarse. Ni acostarse. Cada roce del aire en sus muslos abrasados era una nueva puñalada. Incluso con solo estar consciente era una tortura insufrible.

Estar de pie, atada, con los ojos cerrados solo un momento, era la única forma en que su cuerpo soportaba seguir vivo.



RAW HUNTER: ACOSB
TRADUCCIÓN: ROBIN
CORRECCIÓN: NYNX
REVISION: ARALDIR



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