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Capítulo 59

Ante la franca acusación de ella, Koi se sobresaltó y lo negó.  

—Ja, jalapeño… no es para tanto.

Era la refutación más enérgica que podía hacer, pero, por supuesto, no surtió ningún efecto en Ariel. Ella soltó un —Hum— por la nariz, se echó la coleta hacia atrás por encima del hombro y dijo:

—Deberías agradecer que sea solo eso. En principio, en nuestro club tenemos hasta prohibida la entrada de los peperoncini.

Esta vez, se refería a que era una situación inevitable. Todos se habían burlado, pero para ellas era algo bastante serio. Ariel continuó hablando:

—Incluso nosotras, tras decidir aceptar chicos, tuvimos muchas discusiones internas y dudas. Pero, ¿qué íbamos a hacer? Si ya van cinco chicas así, pues aunque es obvio, lo es.

—¿Cinco? ¿No eran dos?

Ariel, ante el asombro de Koi, se tapó la boca con una mano —¡Ah!—. Se hizo un silencio incómodo, como si hubiera cometido un error, y pronto, como si se rindiera, suspiró y dijo:

—Son cinco. Se suponía que esto era un secreto.

Tras advertirle —Ahora que eres una miembro del club, mantén la boca cerrada—, continuó hablando.

—Ahora mismo, en la situación en la que nadie quiere unirse al equipo de cheerleading, si el número sigue reduciéndose así y al final terminan disolviendo el club, ¿qué vamos a hacer? Es algo que no puede pasar.

Con una expresión más seria que nunca, Ariel añadió con ímpetu:

—Así que tienes que hacerlo muy bien, ¿entendido?

Presionó y empujó el pecho de Koi con su dedo índice mientras le lanzaba una mirada feroz con los ojos muy abiertos.

—Si no lo haces bien, no te voy a dejar tranquila.

—Ah… está bien.

Koi, que retrocedió tambaleándose, respondió casi sin darse cuenta, intimidado por la actitud de Ariel. Ariel asintió con la cabeza —Bien—, pasó junto a él y salió. Sacó las llaves del coche del bolsillo y al pulsar el botón, se abrió el maletero del vehículo aparcado en la carretera. Ariel se volvió y dio una orden.

—Mete la bici.

—¿Eh?

Ante la pregunta desconcertada, ella se dirigió al asiento del conductor y respondió:

—Te voy a llevar, así que mete la bici. Date prisa.

—Eh…

Sin darle tiempo a decir nada más, Ariel se metió en el coche. Koi se quedó un momento parado, desconcertado, y luego, apresuradamente, cogió su bicicleta y se acercó al coche donde ella le esperaba.

—Puedo ir solo.

—Más vale que subas rápido, estoy cansada.

Ariel se quejó con fastidio mientras se abrochaba el cinturón de seguridad. Koi, apresuradamente, hizo lo que le dijo: guardó la bicicleta y abrió la puerta del asiento del copiloto.

—G-Gracias.

—Abróchate el cinturón.

Ariel sacó un chicle, lo masticó, arrancó el coche y salió del aparcamiento. Con una mano en el volante, pulsó el mando del parasol para cerrar la puerta del garaje y salió con habilidad del vecindario. Koi, con una sensación de desconcierto, parpadeó y se sentó junto a Ariel mientras se dirigían hacia su casa. Para entonces, sus lágrimas se habían secado por completo.

***

El coche de Ariel llegó en un instante a la calle donde vivía Koi. Él le pidió que aparcara en un lado de la carretera, sacó con cuidado la bicicleta que ella le había dado del maletero, la apoyó y luego se despidió de Ariel, que seguía sentada al volante.

—Gracias, Ari. Oye, ¿puedo llamarte Ari?

Cuando Koi preguntó con cautela, Ariel se encogió de hombros y dijo:

—No eres mi amiga, pero te doy permiso. Aunque será temporal, ya que estamos en el mismo club.

—Ah… vale.

A Koi le entró curiosidad de repente. 

«Mientras esté en el club, ¿también seré amigo de Ariel?».

Por supuesto, no pudo preguntárselo. Ariel infló un chicle y arrancó el coche. Koi se quedó allí de pie, mirando cómo el coche de Ariel se alejaba, y luego se dio la vuelta. El peso de la bicicleta era increíblemente ligero comparado con la anterior, pero los pasos de Koi hacia casa eran pesados.

El lugar donde Ariel había aparcado era exactamente el mismo donde Ashley había aparcado antes cuando llevó a Koi a casa. Al recordarlo, la tristeza que había olvidado por un momento inundó por completo su pecho.

De repente, dudó si lo que había oído era real. Pero lo sabía muy bien. No era un sueño ni lo había oído mal.

Conteniendo el nuevo nudo en la garganta, echó a andar. La caravana que le era familiar también estaba a oscuras. Entró en el estrecho vehículo vacío, se lavó y, perezosamente, se subió a la cama y se acostó.

Encorvó ligeramente el cuerpo y cerró los ojos; misteriosamente, cayó dormido al instante. Koi se durmió profundamente, sin soñar siquiera.

***

Cuando Ashley abrió los ojos por la mañana, se sentía fatal. No, en realidad, su estado de ánimo ya estaba por los suelos desde antes de dormirse. Había vagado durante casi dos horas, pero al final no encontró a Koi y regresó a casa.

«Si iba a ser así, debería haberle obligado a decirme dónde vivía».

Se arrepintió cuando ya era tarde. Lo único que podía hacer era ir al colegio en cuanto amaneciera y preguntarle a Koi qué había pasado.

Tras un rato de inquietud, se despertó antes de lo habitual e inmediatamente se preparó para ir al colegio. Era la única manera de ver a Koi. Siempre que no hubiera faltado.

«No creo que falte al colegio».

Se sentó al volante y pensó. Si Koi faltaba al colegio, no era normal. Algo grave debía haberle pasado.

«No te habrá pasado nada, ¿verdad, Koi?».

Con inquietud, agarró el volante con una mano y con la otra se pasó los dedos con rudeza por el pelo. El camino al colegio hoy le pareció especialmente largo.

***

—¡Ash!

Como siempre, Bill fue el primero en verlo y le saludó. Ashley, con los nervios a flor de piel por la falta de sueño, reprimió sus emociones y chocó la mano que le tendía a modo de saludo.

—¿Qué hiciste ayer? Pareces muy cansado.

Ante la pregunta perpleja de Bill, Ashley respondió distraídamente:

—Nada en especial.

—¿Eh… en serio?

Bill, que notó que algo no iba bien, le echó un vistazo y rápidamente cambió de tema. Como siempre, soltó una retahíla de cosas sin importancia sobre su perro, los deberes, etc. Ashley respondió por pura formalidad mientras caminaba. Su mente estaba completamente llena de pensamientos sobre Koi.

—Ah….

Sin querer, gimió y se frotó los ojos. Bill le preguntó:

—¿Qué te pasa? ¿Te duele algo?

—No, nada.

Ashley, notando una sensación de ardor dentro de los ojos, murmuró evasivamente:

—No es nada.

El dolor que había comenzado un día cualquiera había empeorado recientemente. Pensó que sería por no haber dormido bien la noche anterior, pero hoy le escocía especialmente el interior de los ojos, hasta el punto de molestarle. Pensó en saltarse el entrenamiento e ir al oftalmólogo, pero era obvio que le dirían que no tenía nada, así que abandonó la idea.

«Debería usar más colirio».

Recordó la medicina que le recetaron en el hospital y siguió caminando. Cerca de las taquillas, el grupo de amigos con los que solía ir ya se había congregado y charlaba animadamente. Bill fue el primero en saludar, y los chicos, al volverse, también alzaron la mano para saludar. Ashley, que levantó la cabeza tarde, se detuvo de repente.

Entre el grupo de chicos reunidos, vio de refilón al chico que estaba buscando. Fue solo un instante, pero Ashley no se lo perdió. Aunque hubiera un millón de personas, habría encontrado a Koi de inmediato. No podía ser de otra manera, porque entre toda esa gente, solo Koi entraba nítidamente en su campo de visión.

—Un momento.

Les dijo eso a sus amigos como lanzándoselo y, acto seguido, se abrió paso entre los chicos y avanzó. El grupo, que observaba su espalda, se miraron entre sí después de ver que Ashley agarraba a Koi y le hablaba. Pronto sacaron otro tema, pero en sus mentes había quedado una duda que no les cuadraba.

***

Koi fue al colegio en la bicicleta que le había dado Ariel el día anterior y llegó más temprano de lo habitual. No era para menos: a diferencia de la vieja bicicleta que tenía antes, con los pedales pesados y las ruedas que se desinflaban a menudo, lo que le impedía ir a toda velocidad, la bicicleta actual era muy ligera y las ruedas resistentes. Con esta, parecía que podría usarla otros diez años más.

Con un sentimiento de agradecimiento hacia Ariel, aseguró la bicicleta y se dirigió a su taquilla, pero se detuvo en seco. Los chicos del equipo de hockey sobre hielo estaban reunidos en un lado.

Rápidamente se encogió, intentando pasar lo más desapercibido posible. Por suerte, Ashley aún no parecía haber llegado. Koi empezó a recoger sus cosas a toda prisa para largarse de allí cuanto antes. Abrió la puerta de la taquilla, escondió la cabeza detrás y cogió sus libros apresuradamente. Metió a toda prisa lo necesario en la mochila y, cuando cerró la puerta de nuevo, una sombra cayó de repente sobre él.

—Koi.

—¿Eh?

Koi, que había gritado sin querer como si fuera un grito, levantó la cabeza sobresaltado. Y en el instante en que confirmó que la persona que más quería evitar en ese momento estaba allí, su mente se quedó completamente en blanco.

—Koi.

Ashley volvió a llamarle por su nombre. Con semblante serio.

—Quiero hablar contigo un momento, ¿te va bien?

Aunque alrededor había bulla, por alguna razón, el ambiente a su alrededor estaba mortalmente silencioso. Koi tragó saliva y le miró. Por mucho que lo pensara, no había forma de evitar a Ashley. Al final, Koi asintió levemente.

—Sí.

Apenas dijo eso, Ashley le agarró del hombro y echó a andar con paso firme. Koi no tuvo más remedio que dejarse llevar por él, casi corriendo. La única forma de escapar de Ashley era no haberse encontrado con él en primer lugar.



TRADUCCION: EPHYRA
CORRECCIÓN: EPHYRA 
REVISIÓN: M.R


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