Capítulo 59
Katia Madison Bellof.
La noble señora, conocida por su amabilidad y carácter apacible, pasó junto a su hijo mayor y agitó la mano hacia los sirvientes formados en dos filas, indicándoles que regresaran a sus labores.
Sin siquiera voltear la cabeza, lanzó una pregunta con tono afilado.
—Millen, no me digas que Huberg no está en casa.
—Claro que no. Me dijeron que se quedó dormido, pero ya se está preparando.
La respuesta de Millen, serena y sin cambiar de expresión, fue inmediata, pero Katia frunció el ceño, claramente insatisfecha.
—El hermano mayor debe cuidar al menor. ¿Cómo es que siendo el mayor, solo piensas en ti? Te dije que no fueras egoísta, ¿cierto?
—…Por supuesto. Debí haber estado más al pendiente…
—Ay, mamá. No le digas tanto a mi hermano. Fui yo quien le pidió que no me despertara.
Mientras Millen agachaba la cabeza con familiaridad, se escucharon pasos descendiendo por la escalera.
Apenas terminando de alistarse, Huberg bajaba las escaleras con el cabello peinado impecablemente y vestido con un traje mucho más formal de lo habitual.
Al verlo, una sonrisa dulce apareció de inmediato en el rostro de Katia.
—¿Has estado bien, hijo? Ay, pareces un poco más delgado…
—Hoy en día está de moda mantener una figura más delgada porque dicen que la ropa luce mejor así. Huberg también se cuida por esa razón.
—Hmm… Bueno, si es por eso, no está tan mal.
Katia asintió como si comprendiera, al escuchar la explicación inmediata de Millen.
A su lado, el Marqués Bellof, Phillip, también intercambió unas cuantas palabras cordiales. Luego, no tardó en llevarse a Huberg rumbo al comedor.
Ya se acercaba la hora acordada para el almuerzo con Adeline.
Cuando ambos desaparecieron, Katia miró el reloj en la pared, borró su sonrisa y volvió a hablar.
—Hace mucho que no veo a Adeline. Entonces, ¿ya se confirmó lo del matrimonio? Tu padre tiene muchas expectativas al respecto.
Las palabras de Katia, dichas mientras echaba un vistazo cortante a Millen, no carecían de intención.
—Te lo pregunto porque escuché algo en el salón hace rato. Dicen que Adeline, a quien supuestamente le propusiste matrimonio, está saliendo con Jack Hartzfeld.
Al oír el nombre de Jack Hartzfeld, una ceja de Millen se estremeció por un instante.
Sin embargo, Katia no lo notó, pues le había dado la espalda y siguió hablando como si nada.
—Dicen que cada vez que Hartzfeld va a una reunión social, habla sobre Adeline. Presume de su talento para las inversiones y, de forma bastante obvia, da a entender con quién está saliendo. No pensarás, ni por un segundo, dejarte vencer por un tipo así… ¿verdad?
No hacía falta que lo dijera con todas sus letras. Katia hablaba con indiferencia, como si relatara una historia trivial, pero cada palabra era un reproche directo hacia Millen.
El joven de cabello plateado apretó y soltó ligeramente su mano. Luego, volvió a sonreír.
—No tiene que preocuparse tanto, madre. Usted sabe bien que Adeline no elegiría a alguien como él.
—Eso espero. Confío en que no me decepcionarás. Al final de cuentas, sigues siendo el primogénito de esta casa, ¿no?
Finalmente, Katia le sonrió con dulzura como había hecho con Huberg y acarició suavemente el brazo de Millen.
Con un tono más amable, le hizo una petición afectuosa.
—Tienes que apoyar bien a Huberg, que será el próximo Marqués Bellof, Millen. Siendo un bastardo, lo mínimo que puedes hacer si quieres actuar como su hermano mayor… es eso, ¿no crees?
Katia añadió aquello con una sonrisa ladeada, retirando la mano de Millen y dándose la vuelta.
—Me adelantaré al comedor. Entra con calma, ¿sí?
Ese “con calma” significaba, en realidad, que no debía entrar hasta que Adeline llegara.
Para Millen, las verdaderas intenciones de Katia ya eran tan claras como el agua.
Por eso, respondió al instante: —Sí, madre —y no se movió hasta que Katia dobló por el pasillo y desapareció por completo. Entonces se dio la vuelta y salió hacia el jardín.
En la mansión Bellof, donde el número de sirvientes era reducido, el jardín también solía estar desierto.
Era lógico: la mayoría del personal debía estar ocupado dentro de la casa, preparando la comida y atendiendo a los invitados.
Al confirmar que no había ni una sombra humana a su alrededor, Millen dejó escapar una respiración áspera.
—Haah… ja… Maldita sea…
Maldiciendo por lo bajo, Millen se llevó una mano al cuello y manoseó con brusquedad su corbata.
Más que acomodarla, parecía querer arrancársela. A pesar de haberla anudado como siempre, sentía que lo estrangulaba.
Pero sabía que, aunque se la quitara o arrancara incluso los botones del cuello, no lograría respirar bien. Sin darse cuenta, ya respiraba de forma irregular.
TUM, TUM.
El rostro de Millen se torció de golpe mientras llevaba la mano al pecho, justo sobre los latidos acelerados.
«¿Será porque hacía tiempo que no veía a mi madre…?»
O quizás era porque nunca antes lo habían acorralado de ese modo, usando incluso el nombre de Adeline. Tal vez por eso su corazón latía así, con tanta ansiedad.
Los latidos que a veces lograba controlar sin problema incluso frente a Huberg, se aceleraban con facilidad en cuanto aparecía esa sensación de ahogo. Al final, todo el problema comenzaba siempre con la falta de aire.
Millen apoyó la mano sobre la pared exterior del edificio, pegó su frente contra ella, cerró los ojos e intentó regular la respiración.
Su pecho seguía sintiéndose como si tuviera un peso encima, como si sus pulmones estuvieran bloqueados, y su respiración no mostraba señales de calmarse. Sin embargo, Millen sabía bien qué debía pensar en esos momentos.
—…Renée.
Era un murmullo casi instintivo. Como una ave migratoria regresando a su nido, como la aguja del reloj volviendo al mismo número una y otra vez, Millen se tragó el apodo de Adeline como un acto reflejo.
Ese nombre, apenas pronunciado, traía consigo una fragancia familiar. Olor a principios de primavera. Como esas flores blancas que brotan en los árboles antes de que salgan las hojas; un aroma que duele un poco, pero consuela.
Dicen que las fragancias se parecen a sus dueños. Y al pensar en Adeline, esa frase siempre le pareció cierta.
Millen recordó a Adeline en los días de la academia Proud. En cada uno de sus recuerdos felices, Adeline siempre estaba presente, aunque fuera en un rincón.
En su infancia, en su adolescencia y, por supuesto, en sus años como estudiante en la academia.
Millen y Adeline eran conocidos por su cercanía incluso en la academia, pero eso no significaba que siempre anduvieran juntos.
Ambos habían ingresado en distintos años, tenían diferente edad y no estaban en el mismo grado, así que era natural.
Sobre todo porque Millen siempre estaba rodeado de gente. Era, sin duda, uno de los más populares de la academia Proud.
«Pero Renée siempre prefería la tranquilidad…»
Por eso, Millen evitaba acercarse demasiado a Adeline durante el día a día. Ella solía andar con solo un par de compañeras, o prefería ir sola.
Cualquiera que no conociera bien su relación podría dudar de si realmente eran cercanos, ya que en su vida diaria se mantenían a cierta distancia.
Pero solo alguien completamente ignorante diría algo así.
Porque cada vez que Adeline cruzaba la mirada con Millen, siempre le regalaba la misma sonrisa.
Una sonrisa un poco infantil, un poco traviesa, y al mismo tiempo propia de una chica de su edad.
Cuando sus ojos se encontraban, Adeline siempre le decía “hola” moviendo los labios, en un saludo silencioso.
Incluso si estaban en extremos opuestos del patio, eso se veía con claridad. Era tan hermosa que dolía mirarla.
Después, ella borraba la sonrisa como si nada y caminaba con su porte elegante, y al ver su espalda alejarse, a Millen siempre se le escapaba una risa silenciosa.
«Esa sonrisa… seguro solo me la muestra a mí.»
Porque Adeline jamás sonreía así a nadie más en toda la academia.
*Nota: JA! pobre eztupido

TRADUCCIÓN: ELLIS
CORRECCIÓN: ROBIN
RAW HUNTER: GLOOMY CLOCK